Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 sept 2013

San Sebastián, ¡de cine!




Leonard Cohen

Leonard Cohen - Famous Blue Raincoat (Songs From The Road D

 http://youtu.be/hAanOLTsFGc

 http://youtu.be/qGBsU2Sr18o

Haneke contra Paco Martínez Soria


Codigodesconocido
Fotograma de Código Desconocido (2000), de Haneke.
Me contaron una historia real: una mujer dejó unos instantes a su hija chapoteando los pies en la orilla de una piscina municipal, se fue a comprar unas patatas y cuando regresó había un corro de personas sufriendo alrededor del cadáver de la niña, que se cayó al agua nada más irse su madre
. Se ahogó y nadie vio ni pudo hacer nada por ella hasta que fue demasiado tarde.
 Mientras, su madre caminó hasta el bar, pidió unas patatas, pagó esperando las vueltas y regresó a la piscina.
  Cuando la mujer vio a su hija tendida en el césped, y al socorrista confirmando que ya estaba muerta, ella se sentó en el suelo, como si la historia no fuera con ella, como si nunca hubiera dado a luz, y empezó a comerse las patatas que traía en la mano.
 Su mente le otorgó unos minutos de shock antes de sumergirse en un dolor y una culpa que le acompañarían toda la vida.
Cogió, masticó y tragó varias patatas, y cuando le empezaron a dar náuseas se puso en pie y detuvo su silencio anunciando que era la madre
. Así comenzó su pesadilla.
Supe de esta historia porque nuestra película tiene algunos puntos en común, un amigo me la contó. Pero ahora la rescato para subrayar que dentro de la narración forense: “niña muere en piscina por imprudencia de su madre”, en ficción los matices son los que enriquecen una historia, y esos matices buscan un tempo y un punto de vista completamente alejados de la radiografía, de la crónica objetiva.
 Esta historia, de hecho, podría rodarse de muchas formas diferentes: en paralelo, con la cámara siguiendo sólo a la madre, desde el punto de vista nervioso de un bañista o como plano secuencia con la cámara inmóvil en un punto concreto de la piscina.
Pero si hay un Dios en alguna parte, no debería permitir rodar una secuencia Hanekiana utilizando el mismo orden de planos que en una ficción de Paco Martínez Soria.
En ficción, contar una historia nada tiene que ver con la objetividad de los hechos, sino con la empatía. Eso se consigue en guión zigzagueando entre lo plausible, y en dirección con el punto de vista: ¿dónde colocas la cámara? ¿cuánto dura el plano? ¿qué está visible y qué no? ¿qué sonidos cobran protagonismo…? Por eso a veces se dice que el cine es “la mirada” con la que el director expone una historia, y eso me parece lo más difícil y lo más bonito de rodar: no saber cuando vas a meter la pata rodando un Funny Games como si fuera El turismo es un gran invento.
MartinezsoriaPaco Martínez Soria afinando el oído.

Yo ruedo sin storyboard
, y muchas veces no conozco la localización hasta que no estoy grabando allí, así que todo esto de “la mirada” se complica para mí porque la puesta en escena de cámara es algo que no suelo llevar pensado al rodaje.
 Nunca. Así que eso de conocer la película y su sensibilidad se va convirtiendo en un descubrimiento constante. Al principio del rodaje todavía soy sólo un guionista temeroso, y poco a poco voy encontrando los planos, la mirada, y me siento cada vez más director
. Explico aquí un claro ejemplo de este tanteo de ciego que me traigo en el rodaje
. Una secuencia que empecé grabando a lo Paco Martínez Soria, y que tras insistir logré “calzar” con una mirada más personal, y más empática con la plástica de la película, el significado de esta pieza dentro del puzle, y el tempo general.
En Fantasma, el personaje de Marta bebe en una barra; en una mesa cercana unas amigas celebran una despedida de soltera y bromean con unas diademas con penes puestas en la cabeza. Marta deja de beber y se dirige a ellas, ebria; detiene sus bromas inocentes y les revela un gran drama personal.
 La fiesta queda suspendida de un plumazo. Teníamos dos horas para rodar esta secuencia, así que traté de ser eficiente y grabé pensando en alternar un plano general de las chicas bebiendo, con primeros planos de todas ellas. Es decir, narración clásica, radiografía pura. En plano general sería así:
Despedida_mal

Grabé tres veces este plano general.
Y al principio estaba muy satisfecho de su composición y de lo poco que nos había costado (dinero), estéticamente daba el pego.
 Pero enseguida empecé a pensar que me estaba equivocando rodándolo así ¿qué es esto, teatro? Este punto de vista no aporta nada a la empatía con el personaje de Marta, enseña demasiado, desnuda el interés, lo banaliza…
 Así que opté por lo contrario, esconder la acción con un plano secuencia que sacara partido a las sombras y al desenfoque, generar ceguera, embriaguez:
Despedida_bien

Grabé desde el otro lado de la barra.
 Primero veríamos beber a Marta (a foco) y muy al fondo (desenfocadas) sus amigas charlando. A las amigas las escucharíamos perfectamente desde el principio, y como no las vemos con claridad, como espectadores agudizaremos la atención sobre la conversación: como era de esperar que hiciera el personaje de Marta, que está de espaldas.
 Cuando Marta se levanta y se dirige a sus amigas nuestra cámara no cambia de foco, seguimos viendo la mesa desenfocada y ahora ya no vemos nítida ni siquiera a Marta, que ahora está con ellas.
 Y esa sensación de pseudo-ceguera es precisamente la que nos ayuda a empatizar con Marta, a sentirnos ebrios y enajenados, a agudizar nuestro oído para escuchar todo lo que no vemos, a afilar la mirada.

El regreso del viejo zorro

 
El actor Donald Sutherland en una imagen de la serie 'Crossing lines'.

s. Ha dado muchas en su vida (“todas las que no he podido evitar”), pero no es la estrella hollywoodiense que acoge en sus brazos al periodista de turno y contesta las preguntas con una sonrisa en los labios. Sutherland es más bien lo contrario
. Un veterano del negocio, el show business, que a los 78 años de edad, con doscientos títulos a sus espaldas, preferiría estar en cualquier otra part
e. Aun así, la promoción forma parte de su contrato y por eso se obliga a recibir a El País Semanal en una desangelada sala de un hotel de Praga. Sutherland se sienta detrás de una mesa de trazos estudiantiles que de algún modo no encaja con un look impecable que combina la camisa de rayas con unos tirantes azul cobalto. “Soy un clásico”, dice con recochineo al preguntarle por el atuendo: “
Y no, no tiene nada que ver con mi papel”, añade sin pregunta de por medio.
A sus 78 años, Donald Sutherland atesora cerca de 200 papeles en su filmografía. En la imagen, con Clint Eastwood en ‘Los violentos de Kelly’, de Brian G. Hutton (1970). / Album
La primera sorpresa de la jornada se produce antes de la entrevista, cuando la publicista de Sutherland llama a consultas al periodista: 
“El señor Sutherland contestará cualquier pregunta que desees hacerle, excepto las que hagan referencia a la serie”. La serie se llama Crossing lines, es el nuevo invento de Edward Allen Bernero, el tipo que convirtió Mentes criminales en una mina de oro, y explica la historia de una división especial de la policía formada por agentes de toda Europa y que trabaja a lo largo y ancho del continente (de hecho, Bernero asegura que van a incorporar a un policía español en la segunda temporada).
 A primera vista parece extraño que en una entrevista convocada a cuento del estreno de una serie se advierta que no se pueden hacer preguntas sobre la serie, pero al fin y al cabo se trata de Donald Sutherland
. Las quejas son mínimas.
El peor error de mi carrera fue enseñar el culo en ‘Desmadre a la americana’. Ahora no lo enseño bajo ninguna circunstancia”
“¿Por qué no quiero hablar de la serie?”. El actor canadiense se mesa la barba como si estuviera estudiando la posibilidad de tomar algún tipo de represalia (física o de otra índole) contra el plumilla que se sienta delante de él.
 “Te lo voy a contar: hace unos años vinieron unos periodistas a verme en un rodaje. Estábamos como tú y yo estamos ahora y uno de ellos me preguntó por mi personaje en la película que estábamos empezando.
 Yo se lo conté todo, de arriba abajo: quién era, qué hacía, mi inspiración, mis motivaciones, mis referentes. Todo. Luego volví al rodaje y descubrí que no podía seguir trabajando: el personaje se había ido. Yo lo había destruido al desnudarlo. Acabé aquella película como pude y me prometí a mí mismo no volver a hacerlo nunca más. Por eso no puedo contestarte ninguna pregunta de Crossing lines
. Cuando acabemos de rodarla, puedes venir y te contestaré lo que desees, pero ahora no
. A cambio, puedes preguntarme lo que te dé la gana, prometo contestarte”.
Dicho y hecho: ¿Actor durante cinco décadas, no siente la tentación de dejarlo ya? “¿Dejarlo? No. Lo hago porque me gusta. También por el dinero y porque a estas alturas de mi vida puedo permitirme hacer lo que me apetece. El día que no me llamen más, no trabajaré más. Soy un actor, eso es lo que hago, y no, no tengo intención de retirarme”. 
Sutherland empezó su carrera en 1962, haciendo un montón de televisión: “La tele no era lo mismo que ahora, la miraba todo el mundo, había muchos menos canales, pero no era sinónimo de calidad, sino de entretenimiento (lo cual no quiere decir que fuera ambas cosas).
 Ahora veo a mi hijo con Mad men o Los Soprano y me doy cuenta de que ha pasado medio siglo. ¿Crossing lines? Lo siento, pero si contesto, estoy siendo poco coherente con lo que he dicho: no puedo hablar de la serie”.
Donald Sutherland en ‘Novecento’, de Bernardo Bertolucci (1976). / Album
La negativa tiene su lado bueno: Sutherland está dispuesto a hablar de lo que sea, y eso sí es una novedad. “¿El peor error de mi carrera? ¿A qué nivel? Bueno, lo peor fue cuando vendí mi primer Ferrari
. Debía de ser a mediados de los sesenta
. Creo que me costó 80.000 dólares. Lo vi en un concesionario en Italia y me enamoré. ¿Alguna vez has conducido un Ferrari? Cuanto más c
orres, más sólida es su conducción. La cuestión es que lo compré, lo disfruté y luego lo tuve que vender porque mis hijos no cabían allí.
 En aquella época empezaba a ser conocido y tampoco necesitaba demasiado el dinero, así que lo vendí por una cantidad extremadamente razonable.
 Después me enteré que el comprador lo había vendido por diez veces su precio.
 El muy cabrón puso un anuncio que decía: ‘Vendo el Ferrari de Donald Sutherland’
. El otro error, y creo que ya he hablado algunas veces de ello, fue enseñar el culo en Desmadre a la americana. John Landis me aseguró que solo era una prueba de cámara y que no saldría en pantalla
. Así que allí me tienes, el día del estreno, con mi mujer, en un teatro con dos mil personas.
 Al cabo de un rato va y aparece mi culo en esa pantalla gigantesca. Mi mujer me miró, volvió a mirar a la pantalla y estuvo sin dirigirme la palabra varias semanas
. Ahora no enseño el culo bajo ninguna circunstancia”.
Soy un clásico”,
dice el actor con
recochineo al ser preguntado por el atuendo. “Y no,
no tiene nada que ver con mi papel”
. Hay pocos actores con sus tablas fuera y dentro de la pantalla, y ninguno que sepa administrar sus silencios con tanta sabiduría.
 “A algunos periodistas les incomodan mis pausas, piensan que de algún modo los estoy estudiando (y en parte es cierto), pero, francamente, a veces me gusta reflexionar lo que voy a decir
. Una cosa es hablarte de una película que hice hace 30 años y otra si me preguntas por Ocuppy Wall Street [movimiento sociopolítico al que el actor ha apoyado públicamente en numerosas ocasiones]. 
En el segundo de los casos prefiero medir mis palabras porque algunos medios de comunicación son muy ladinos a la hora de sacarlas de contexto para colocarme en una determinada posición: ¿Creo en la revolución?
 Por supuesto. ¿Pretendo que seas tú el que transmitas eso? Claro que no.
 No creo en los medios de comunicación como correa de transmisión de una determinada ideología o corriente política, pero no tengo duda de que eso es lo que son muchos de ellos”.
La entrevista toca a su fin. Sutherland juguetea con sus tirantes y Crossing lines aún no ha salido en la conversación
. “No, no, ya sé por dónde vas y no te va a funcionar. Si te hablo de cómo ha sido mi experiencia trabajando con William Fitchner o con los otros actores, en realidad te estaré hablando de mi papel en la serie, y si hago eso, ya sé lo que puede pasar.
 Lo siento, te he pillado, hijo”. Luego alarga la mano, sonríe con esa práctica que da haber toreado a miles de periodistas en el último medio siglo y dice: “Mucha suerte la próxima vez”.