Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

10 sept 2013

Paisajes para vender vestidos

Las firmas se vuelcan en los entornos espectaculares para seducir con sus propuestas

Victoria Beckcham se legitima como diseñadora, Custo basa su colección en un grafismo fácil de digerir y Carolina Herrera demuestra cómo aportar contexto a una camisa blanca.

Escenario de playa californiana para el desfile en Nueva York de la colección primavera-verano 2014 de Tommy Hilfiger. / LUCAS JACKSON (REUTERS)

La escena salta de una ascética sala blanca a un centro comercial con una docena de coches deportivos para luego detenerse en una playa californiana.
Así de amplio es el arco de localizaciones elegidas para los desfiles de primavera/verano 2014 en Nueva York. El vaivén de paisajes subraya la dificultad de encontrar un equilibrio entre la creatividad en el diseño y en la puesta en escena.
Los responsables de las tiendas Opening Ceremony, Carol Lim y Humberto Leon, apostaron casi todo a lo segundo para el primer desfile de su propia marca. Lim y Leon (ambos, nacidos en Los Angeles en 1975) son también los directores creativos de Kenzo desde 2011.
¿Palidecía su colección de inspiración coreana junto al espectacular decorado de tiendas y coches? Desde luego. Pero nadie como ellos —con permiso de Karl Lagerfeld— sabe que el entorno es parte de la venta. Para eso, estaban Rihanna, Justin Bieber y Baz Luhrman entre los invitados
. "Al final, lo que la gente compra casi siempre es una camisa blanca", razona el también californiano Scott Sternberg, antiguo agente de actores reciclado en diseñador hace 10 años y creador de Band of Outsiders. “Que se elija una u otra marca depende del contexto: del decorado, del desfile, las campañas de publicidad... Es mejor aplicar tu imaginación a todo ello. Si solo la utilizas en la ropa, te vuelves loco y terminas haciendo prendas que nadie se puede poner”.
Para demostrar su teoría, Sternberg presentó su línea femenina —una revisión de los códigos deportivos masculinos— acompañada de una reproducción de las letras de Hollywood vistas por detrás y recortadas sobre un vídeo del paisaje nocturno de su ciudad, Los Ángeles.
Como si el espectador estuviera al otro lado del cartel, viendo la cara oculta de la ciudad de las estrellas. Tommy Hilfiger también se esmeró con la escenografía y construyó una playa de la costa Oeste de Estados Unidos, muy presente en esta edición de la pasarela neoyorquina
. Había dunas, caseta de vigilante y música de los Beach Boys
. Su clásica estética de universitarios acomodados fue sometida a un baño de skate, arena y olas
. Los vestidos, polos y pantalones se inspiraban en los trajes de neopreno, pero estaban realizados en piel de vivos colores.
No es que la referencia a los monos para hacer surf sea particularmente original —lleva varias temporadas en boga—, pero la colorida imagen de Hilfiger rejuvenecía de su mano.
Vestido de la colección primavera-verano 2014 de Victoria Beckham. / LUCAS JACKSON (REUTERS)
En este debate el concepto de espectáculo es muy relativo.
 Puede que Victoria Beckham (Reino Unido, 1974) apueste por espacios minimalistas, pero es que ella solo necesita a su hija pequeña en primera fila y en brazos de su padre —el exfutbolista David Beckham, aunque acaso no haga falta aclararlo— para que la gente sienta que ha vivido un momento único durante su presentación
. Para añadir contexto a sus camisas blancas.
 La colección, en todo caso, brillaba por sí misma a partir de una inspiración parecida a la de Sternberg.
Superando los lógicos prejuicios que su figura despertaba, Beckham ha conseguido desde 2008 una legitimidad como diseñadora que se reafirma con colecciones como la del domingo
. En sus primeras temporadas, la británica diseñaba ajustados vestidos que parecían hechos para sí misma, pero su discurso ha evolucionado y ahora incluye un estudio de la forma con chaquetas y pantalones que se alejan del cuerpo y un interesante juego de capas. “Me gusta empujar mis propios límites y buscar retos nuevos. No quiero hacer siempre lo mismo”, explicaba al día siguiente. En mitad de la frase, su hija le interrumpía para probarse un bolso rosa. Entre risas, Beckham protestaba: “Siempre me está robando el protagonismo”.
En Custo también parecen apuntarse a la idea de que el trabajo debe centrarse en las prendas.
 “Esta colección habla de nuestra identidad de siempre, basada en el color y en el grafismo, pero de una forma mucho más elaborada y fácil de digerir”, asegura Custo Dalmau (Lleida, 1959).
 Una mayor contención en el uso de los estampados proporciona a los diseños la simplicidad necesaria para competir en un mercado feroz.
 Cuando llegaron a Nueva York en 1996, recuerda Custo, eran los únicos extranjeros en un calendario de apenas 40 desfiles y se contaban entre los pocos que proponían color. Las cosas han cambiado mucho
. Hoy rivalizan con centenares de diseñadores de todo el mundo y no pocos de ellos juegan con la carta del color y los estampados.
Una modelo luce diseños con efectos ópticos de Carolina Herrera. / MEHDI TAAMALLAH (AFP)
Si alguien sabe cómo aportar “contexto” a una camisa blanca esa es Carolina Herrera (Caracas, 1939).
La venezolana lleva 30 años incorporando su propia y personal narrativa a esa pieza.
Su desfile de ayer empezó con una revisión de la prenda, combinada con una de sus también muy queridas faldas largas.
 Pero el desarrollo posterior y, sobre todo, la ingeniosa forma de insuflar movimiento a los estampados con varias capas de tejidos que creaban juegos ópticos sobre el cuerpo dieron, finalmente, el brillo a la colección.
Hay que vender muchas camisas blancas para que la rueda siga girando, pero para mantener viva la moda también es necesaria la clase de magia que solo sucede en el frunce de un vestido innovador.

 

Manuel Longares y la escritura, esa maravillosa banalidad

Manuel Longares recorre, en su novela ‘Los ingenuos’, el Madrid popular

que transcurre desde antes de la Guerra Civil hasta la muerte de Franco.

Manuel Longares. / Alvaro Garcia (EL PAÍS)

Defiende Manuel Longares que la literatura es algo banal, un entretenimiento sin mayor importancia, incluso condenado a desaparecer.
Y lo hace con una modestia no muy habitual en su gremio.
 “Yo es que ese ego no lo he tenido nunca. He tenido orgullo. Defender que no me pusieran una coma porque era mi estilo, eso sí.
Y en ese sentido el periodismo lo llevaba mal. Pero, al fin y al cabo, escribir novelas no es una cosa que aporte mucho a la marcha de la humanidad
. No cortas un apéndice, no eres un físico cuántico. Ni siquiera un político. Escribes para que la gente se solace; para explicar cómo discurre la vida. Y ya está. No hay más”.
Resulta extraño escuchar esto al escritor madrileño de 70 años, premio Nacional de la Crítica en 2001 por Romanticismo, para muchos y muy respetados colegas de profesión una obra maestra sobre la Transición. Pero él no duda.
 “Escribir ficción es reflejar la vida que pasa
. Y, para determinada gente, poca, cada vez menos, aunque entre ella pueda estar yo, es la Biblia. Pero en ningún caso es la vida. Es un refugio para un puñado de lectores, una forma de protegerte del exterior que no cambiarías por nada, pero una novela es solo eso: una novela.
La literatura cada vez tiene menos fuerza. Yo creo que está condenada a desaparecer.
 Se lleva como una deficiencia interna. Si te gusta eres un raro”.
A pesar de esta visión apocalíptica hoy presenta en sociedad su séptima novela, Los ingenuos (Galaxia Gutenberg<TH>/ Círculo de Lectores) y a este hombre tranquilo y reposado le espera una maratón de entrevistas
. “De joven has estado fastidiado porque no te hacían caso, pues ahora te tienes que joder”
. Cambiará por un día su rutina. Escribir desde que se levanta, a las cuatro de la mañana. “No es realmente una manía de autor. Es cierto que es buena hora para trabajar, no hay ruido ni suenan los teléfonos.
 Pero la realidad es que me voy pronto a la cama y me despierto a esa hora. Ya se sabe que los viejos dormimos poco”.
Su nueva obra narra las vicisitudes de una familia madrileña.
 Transcurre en tres momentos históricos, narrados como tres escenas, casi tres actos teatrales. El primero, desde antes de la Guerra Civil hasta finales de los años cuarenta.
El segundo, en la década de los sesenta, y el último, en noviembre de 1975, días antes de la muerte de Franco.
 El epicentro es una lúgubre portería de la calle de las Infantas en los alrededores de la Gran Vía. Ese es un detalle que considera importante aclarar: no es un libro sobre esa arteria:
 “Novelas sobre la Gran Vía hay muchas, estos son los aledaños. Madrid tiene esa peculiaridad: una calle principal, majestuosa, y luego callejuelas a su alrededor notablemente más pobres, más deslucidas
. Está claro que no hay rico impune. Cada uno tiene cinco o seis pobres detrás”.
No es el suyo el Madrid de la “relaxing cup of café con leche” que describió la actual alcaldesa ante el COI, una mención que le altera, aunque nunca sube la voz:
 “Es increíble, de verdad. Increíble. Yo he oído a una señora que el PP es el partido de los trabajadores. Y con el taconazo puesto
. Sin ninguna vergüenza. Les va tan bien que no se dan cuenta que todo el mundo sabe que son unos tramposos. Si les llegan a dar los Juegos Olímpicos, se enriquecen 100 personas. Cien contados
. Siempre pasa igual”.
La suya es una capital obrera. Una ciudad hecha por emigrantes que llegaban en tren. En Los ingenuos vienen desde Zaragoza, con una maleta y una talla de la Virgen del Pilar. “Madrid es un referente básico de la literatura española.
Desde Galdós, por no hablar de los clásicos. Está también en los autores de los años cincuenta. En García Hortelano y en el mismo Juan Benet”.
Sonríe cuando, tras mencionar a Galdós, se le comenta que le incluyen en la lista de los grandes galdosianos. “Con galdosiano a secas me conformo.
Hubo una época en la que era un autor despreciado. Pero hay que reconocer que es el creador de la novela moderna en España y posiblemente en el mundo<CF></CF>”.
Asegura que hay poco de su biografía personal en Los ingenuos.
 Lo que hay son atisbos de realidad. Por ejemplo el Café Mañico, donde se reúnen los emigrantes maños a cantar jotas en la posguerra, está basado en uno que existió.
 “Había un Café Gaviria en la calle de Victor Hugo. Pero seguro que no está mi vida. Porque no tiene importancia y me daría vergüenza. ¿Qué cojones haces dándole la paliza a la gente con tu vida? ¿Qué les importa?”.
Su vida: Antes de escritor a tiempo completo fue periodista.
 Un oficio que no añora “Soy muy tímido y lo pasaba fatal. Entre periodismo y literatura hay muchas diferencias. El periodismo es el instante y opera sobre certezas. La literatura es mentira y opera sobre el pasado más que sobre el presente”.
Otra diferencia es el ritmo. Solo ha publicado siete novelas desde su debut en 1979.
 No es precisamente prolífico. “Para nada. Soy lento, muy lento, muy concienzudo. Muy de elaborarlo todo y dejar que madure solo. A veces estás escribiendo y piensas: ‘aquí voy demasiado rápido’
. Entonces paras y te vas a pasear. Porque quieres que se sedimente, que repose. Eso te hace ser lento. Sería incapaz de hacer algo con un plazo breve”.
 Cuidando tanto cada frase es de suponer que tendrá algún hijo predilecto.
“Tiendes a sobrevalorar las obras que no han sido apreciadas.
 Pero es una manera de engañarte, porque si no le han hecho aprecio, por algo será, joder. La gente no es tonta”.

 

Nadal es infinito

El español logra 6-2, 3-6, 6-4 y 6-1 su 13º torneo grande, ante Djokovic y tras domar un partido épico.

Nadal llora tras su triunfo. / STAN HONDA (AFP)

Dos caníbales se acechan en la noche
. Para cuando Rafael Nadal celebra 6-2, 3-6, 6-4 y 6-1 sobre el serbio Novak Djokovic su decimotercer grande, Nueva York ha visto un pulso nacido en lo más profundo del corazón de dos tenistas tremendos
. Se pelea por cada bocanada de aire, por cada centímetro de pista, por que cada gota de sudor reporte réditos solo a cambio de rendir antes el tributo del esfuerzo agónico. Los dos mejores tenistas del planeta dejan tiros antológicos, pero sobre todo escriben un poema al deseo, al hambre, al largo aliento. Nadal pega primero y suma la primera manga.
 Nole recupera la desventaja y parece despedazarle de zarpazo en mordisco.
 Finalmente, el español se impone porque es capaz de levantar en el tercer set un 0-40 que destruye el cerebro del mejor tenista del planeta.
 Él, que tiene tantas cicatrices, levanta una Copa que le retrata como el mejor del curso, le fotografía como el campeón que ha perdido menos veces el saque en la historia del torneo (cuatro) y le corona como un tenista único e inimitable.
"Ha sido todo muy emotivo, mi equipo sabe lo que significa este partido para mí", dice Nadal todavía sobre la pista. "Posiblemente nadie saca este nivel de mí como Novak"
Posiblemente nadie saca este nivel de mí como lo hace Novak
Rafael Nadal
Así se llega hasta ese punto. Djokovic juega con la facilidad de los elegidos.
Olvidado el borrón de la primera manga, cada pelota que toca es un puñal en las defensas de Nadal. No hay nada forzado en sus gestos, ningún esfuerzo aparente, solo sutil coordinación, perfección en movimiento.
 De su raqueta solo brotan malas noticias para el español, que no encuentra guarida en el servicio, reposo en el juego de fondo ni fonda en la red
. Por momentos, da igual donde Nadal cite a Djokovic, porque Djokovic se impone a Nadal en todo. Sus restos abren heridas en el juego del español. Sus voleas cierran contraataques que parecen triunfales. Sus piernas, sus pulmones y su cabeza son capaces de dominar intercambios extenuantes, como el que le da el primer break a su favor del partido, con 54 impresionantes tiros, el más largo del torneo.
Nadal, en cualquier caso, es perro viejo
. Sabe que la perfección no es eterna, que las musas son esquivas y traicioneras, que hasta el mejor pintor tiene que descansar de vez en cuando para luego seguir con su trabajo.
 De ninguna parte, vuelve al partido. Djokovic, que tiene bola de break para ponerse 0-3 en la tercera manga y soñar con firmar el 4-0 con su saque, se ve de repente 4-3 abajo.
 Del encuentro que ya siente como suyo, grácil poeta de afilada pluma, se encuentra en una auténtica guerra.
Suena Safe and Sound, de los Capital Cities, diciendo que todo es posible, que el optimismo puede cambiar el mundo. Y Nadal quiere, aprieta y tiene la fe de los que creen que se puede andar sobre el agua: con 4-4, levanta un 0-40 que habría dejado a Nole sacando por el tercer set. Ruge la grada. Brama el público. Nadal, que en ese juego se trastabilla y se cae al suelo, calla.
 Él ya está en el siguiente paso. Él ya está en su labor de destrucción impasible sobre la mente de un campeón digno del número uno: Nole no solo pierde ese 0-40, sino que inmediatamente cede el saque y el set en un juego que dominaba 30-0. Impresionante: desde la bola de break para 0-3 a favor de Nole, el español suma ocho de nueve juegos y se pone set y break arriba en la cuarta manga.
El mallorquín empieza dominando el duelo con su derecha paralela y lo acaba peleando con su cabeza, su corazón, con cada molécula de su cuerpo.
Tira con todo
. Una y otra vez le dice a Nole que no, que hoy no, que nunca se dará por vencido.
Una y otra vez encuentra un salvavidas al que agarrarse, tiene la decisión, la voluntad y la clase de los grandes, confunde al número uno hasta enmarañarle en 53 errores no forzados por los 20 propios
. El serbio, que es el mejor restador del planeta, uno que tira bombas con un simple toque de muñeca, se despide en la noche con un terrible tres de once en bolas de rotura.
 Las matemáticas aun no lo dicen, porque su contrario aún debe llegar a semifinales de Pekín para asegurarlo, pero el número uno ya no es suyo: por méritos propios, su dueño es Rafael Nadal Parera.

 

Todos vieron Ganar a Nadal



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