Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

10 sept 2013

El ego de Isabel, el ego de Fernando Por: Natalia Marcos.

El ego de Isabel, el ego de Fernando

Por: | 10 de septiembre de 2013
Isabel
Vuelve Isabel a TVE, una de las series mejor valoradas del año pasado. Vuelven las intrigas palaciegas, el viaje al pasado y el repaso a nuestra historia (con las licencias evidentes y necesarias en estos casos)
. La serie ha regresado para seguir mostrando su superioridad frente a otras recientes incorporaciones a la ficción televisiva nacional (mejor no comentamos el estreno de Vive cantando...). Isabel estuvo meses y meses esperando su turno en el cajón de la cadena pública.
 Finalmente vio la luz en septiembre del año pasado y su buena acogida sirvió para que el Ente público le concedira una segunda temporada. Ahora regresa a la parrilla con el seguro de su continuidad tras tener ya confirmada la tercera entrega.
Como ocurrió el año pasado, el arranque nos lleva por un momento al futuro, a la entrega del rey musulmán de Granada de las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos
. Aquí no importa saber qué va a pasar (la Historia es la que es). De ahí, saltamos atrás en el tiempo para regresar al punto en el que dejamos Isabel, justo después de la autocoronación de la nueva reina de Castilla ante el estupor de una corte que se veía a merced de la ambición de una mujer.
 Rápidamente la serie recuperar lo mejor de sí misma: las intrigas palaciegas, la lucha por el trono de Castilla tras la falta de apoyo a la nueva reina y el plan que se va trazando en Portugal para intentar poner a la niña Juana (la Beltraneja) en el trono.
 Y por otra parte, la lucha de egos de Isabel y Fernando y los problemas de alcoba -y políticos- que traía.
Porque si divertido es ver a Carrillo conspirar en contra de unos o de otros, según sople el viento (como hacía Juan Pacheco), también divierte ver los tira y afloja entre dos reyes orgullosos, ninguno de los cuales quiere ceder ante el otro, por muy marido y mujer que sean.
Isabelfernando
Con un vestuario renovado y nuevos escenarios, la Alhambra de Granada entre ellos, la segunda temporada de Isabel promete brillar y traer entretenimiento.
 Empezamos en 1479 y terminaremos en 1492, una fecha marcada por varios acontecimientos históricos que cambiaron el curso de la historia.
 En los primeros compases de la nueva temporada, eso sí, se ha echado de menos a Juan Pacheco (Ginés García Millán) y Enrique IV (Pablo Derqui).
Se les ha echado de menos tanto por los personajes, que ejercían a la perfección de contrapunto en la historia de Isabel y Fernando, como por las excelentes interpretaciones de los dos actores.
 Pero, es lo que tienen las series históricas, hay cosas contra las que no se puede luchar. Esta temporada tampoco contará con el director argumental de la primera entrega, Javier Olivares.
 El tiempo dirá si su marcha dejará huella en la serie.
Pero sí sigue contando con grandes alicientes.
 Desde los protagonistas, Michelle Jenner y Rodolfo Sancho, que ya se han hecho plenamente con dos de los personajes más conocidos y, a la vez, más desconocidos de la historia española, hasta Pedro Casablanc, el arzobispo Carrillo, resentido por no haber sido nombrado cardenal, o Bárbara Lennie, esa Juana de Portugal dispuesta a lo que sea por que su hija llegue a ser reina de Castilla.
Carrillo
Nos queda mucha Historia por delante.
 Y mucha historia, porque si esta semana Isabel tenía que enfrentarse a La cúpula en Antena 3, el próximo lunes lo tendrá que hacer también al regreso de La Voz a Telecinco
. Ahí es nada. Habrá que ver cómo se desarrolla una lucha que promete ser más cruenta que la Guerra de Sucesión Castellana o la de Isabel y Fernando contra los musulmanes.

Alaya da el primer paso para que se impute a Griñán y Chaves por los ERE

La juez Mercedes Alaya, esta mañana en los juzgados de Sevilla. / Paco Puentes

La juez Mercedes Alaya, que instruye el caso de los ERE, el supuesto fraude con ayudas públicas a empresas y empleados, ha dado los primeros pasos para imputar a los expresidentes José Antonio Griñán y Manuel Chaves, así como a los exconsejeros Carmen Martínez Aguayo, Francisco Vallejo, José Antonio Viera, Manuel Recio y Antonio Ávila.
Griñán, que siempre ha negado que le advirtieran del fraude, había dejado la presidencia de la Junta para evitar que esta situación perjudicara a la Administración andaluza y tan solo horas después de que su sustituta tomara posesión del cargo, Alaya ha abierto el proceso para imputarle en el fraude.
En el auto, la juez considera que hay "elementos precisos" que apuntan a la "concesión de subvenciones al margen del procedimiento legalmente establecido" y que van, en opinión de Alaya, desde el cobro de comisiones por encima de lo habitual permitido por la Junta de Andalucía y el establecimiento de un sistema que, de acuerdo al texto del auto, pretendía "eludir el cumplimiento de la Ley de Subvenciones, que sujetaba el procedimiento a estrictos trámites y los controles de la Intervención, provocando además millonarios desfases presupuestarios cada año durante una década".
La juez añade que, en función de la investigación y el seguimiento de informes y atestados, así como las declaraciones, "resulta conveniente de manera muy somera y con el horizonte de la investigación anteriormente dibujado, abordar la cuestión del aforamiento de determinadas personas designadas en el procedimiento y presuntamente relacionadas con los hechos que se investigan".
En este caso se encuentran los siete exresponsables de la Junta mencionados y a los que Alaya pretende interrogar por supuestos delitos de prevaricación y malversación, "entre otro", según el auto de la juez.
Alaya reclama a los aforados que se "personen si lo desean" y entiendan el auto firmado como una resolución "asimilable a trámite de denuncia o querella", lo que permite comunicar a los aludidos que pueden ser imputados de acuerdo a su interpretación del artículo 118 bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
 No obstante, la misma juez admite que "no constituye un acto de imputación judicial, pero permite al querellado defenderse en el proceso por los hechos que pudieran incriminarle".
En este sentido se pronunció la Audiencia de Sevilla el pasado mes de agosto, cuando resolvió que "nada impediría al aforado que piense que puede quedar involucrado en una investigación judicial salvaguardar su derecho de defensa poniéndose a disposición del juzgado para declarar (...) el juez puede recibir declaración al aforado si voluntariamente se presta a ello”.
Chaves, que se encontraba en la reunión del Grupo Socialista en el Congreso, conoció el contenido de esta auto esta misma mañana y abandonó este encuentro.
La juez concluye el auto afirmando que su resolución puede ser recurrida.
El consejero de Justicia de la Junta de Andalucía, Emilio Llera, conoció el auto tras la primera reunión del nuevo Consejo de Gobierno.
"Me parece increíble", afirmó el fiscal en excedencia ante la oportunidad del auto judicial.

9 sept 2013

La última sopa del Che

La última sopa del Che

Por: Jaled Abdelrahim

JAchehiguera
 Estatua del Ché en La Higuera (Bolivia).
Julia Cortez entró en la escuelita porque quería ver al “monstruo”. Los milicos y la CIA llevaban tanto tiempo tratando de dar con él… Y ahora estaba allí, detenido, en La Higuera, encerrado en su diminuta escuela. A esa aldea boliviana de poco más de 50 almas, perdida en la montaña, ella había llegado hacía no muchos meses para ser la maestra. “Tenía 19 años”, cuenta lento esta mujer de 65. “Yo ni siquiera sabía cómo se llamaba el preso. Lo que nos habían dicho desde meses atrás es que era un cubano comunista que venía a Bolivia a imponer sus ideales y a hacernos daño. Que era el jefe de unos guerrilleros que asaltaban y violaban. Que llevaba una coraza y un casco y que era imposible que muera”. No pudo  resistir la tentación de ver al villano, al animal enjaulado, a ese tipo que más tarde supo que se llamaba Ernesto Guevara.
“El Che estaba sentado en una silla al lado izquierdo de la pieza, detrás de la puerta, a oscuras. Le  alumbraba una vela”, relata esta docente jubilada acomodada en el sofá de su casa en Vallegrande 45 años después de aquello, “Llevaba una manta sobre las piernas y con eso tapaba la herida de bala que tenía del combate en la Quebrada. Estaba pálido, deteriorado, sin higiene, aunque trataba de demostrar firmeza”. El guerrillero acababa de ser capturado. La maestra, entró porque el centinela que vigilaba le había dado permiso para ojear. Eso hizo. “Esperaba otra cosa, ese hombre no daba miedo”, cuenta que pensó. Entonces Guevara levantó el rostro para mirar a la persona que había venido a observarle: “Se saluda”, dijo él. Ella no supo qué hacer y se marchó corriendo.
JAmuralcolegioMural del Ché en el actual colegio de La Higuera.
Era un 9 de octubre de 1967 y la cacería que habían llevado a cabo durante los últimos once meses el ejército boliviano y la inteligencia estadounidense se cerraba en brindis. Del comando de 52 guerrilleros con el que había contado el Che en este país para tratar de derrocar la dictadura de René Barrientos y avivar la mecha que hiciera triunfar la revolución de Latinoamérica -la que él mismo había prendido en Cuba-, ya no quedaba nadie. Todos habían muerto en combate, o fusilados, pocos pudieron huir y alguno había desertado. Liquidada la parte del grupo que había tratado de abrirse camino por  Río Grade, el último halo de resistencia liderado por Guevara se extinguía un mes después en un valle llamado la Quebrada del Churo, a las faldas del monte espeso donde se ubica la Higuera. Allí, a la escuelita de esta aldea, trasladaron al líder comunista herido.
JAsillaescuela
La escuela de La Higuera donde fue asesinado el Ché.
El silencio del insignificante habitáculo aún hoy impone. Sus paredes, su piso y su techo están renovados. Conserva su emplazamiento, sus ínfimas dimensiones y algunas de las sillas y pupitres de madera carcomida donde permaneció sentado el comandante durante el arresto. La cabaña entonces tenía el suelo de tierra. El que volvió a pisar Julia cuando horas más tarde de su primer encontronazo con el mito fue avisada por los militares de que el prisionero pedía verla.
Julia Cortez “No sé por qué quiso verme a mí, pero pasó eso. Yo ni quería”, prosigue esta anciana de ojos negros, recuerdos intactos y tono severo.
-       ¿Qué le dijo?
-       Que si era la maestra y que si había escrito yo en la pizarra ‘Ángulos’ sin acento,  que eso era una falta de ortografía.
-       Tenía carácter.
-       Sí, ya lo creo que tenía. Pero era algo más.
-       ¿Qué más?
-       No sé bien cómo hacerlo entender. Mire, yo lo que tenía ante mis ojos era un hombre pálido, sucio, sentado y herido -afloja la aspereza de su rostro Julia, -pero no entiendo por qué no podía verle así. Era raro. Con todo eso, era fuerte, firme, atractivo. Empezó a hablarme...
-       ¿De qué?
-       Fueron unos diez minutos. Me empezó a contar que él y sus guerrilleros habían venido a Bolivia a luchar por los débiles. Que había llegado el momento de que los pobres vencieran a los ricos. Que nosotros teníamos que luchar... Me hablaba de sus ideales.
-       ¿Y qué pensó usted cuando escuchó todo eso?
-       Verá, era inteligente, respetuoso, hablaba bien. Decía cosas con mucho sentido. Lo cierto es que me quedaba parada mirándole. No sé. Por lo que decía y cómo lo decía más que por su aspecto. Pero también por su aspecto. Yo siempre digo que era hermoso. Bello. No era un monstruo. Pensé que tenía razón en lo que hablaba.  
A Julia le desapareció el miedo. Horas más tarde, sintió el impulso de preparar una sopa para llevársela al recluso. “El guardia me dio permiso a entrar de nuevo”.
-       ¿De qué era la sopa?
-       De maní.
-       ¿Le gustó?
-       No lo sé, pero me dio las gracias.
-       ¿Le habló de algo más?
-       Si, ahí fue cuando le hice la promesa. Se lo había prometido.
-       ¿Prometer? ¿Qué le prometió?
-       Estuvo hablándome otro ratito de su causa y yo le escuchaba. Estaba cómoda hablando con él. Yo le miraba todo el rato.
-       ¿Pero cuál fue la promesa?
-       Él me pidió que si podía enterarme, preguntando con disimulo a los militares, que qué iba a pasar con él. Le dije que lo iba a hacer. Quedé con él de volver a la escuelita y contárselo. Se lo prometí, ¿sabe?
-       ¿Lo hizo? ¿Se lo dijo?
-       20 minutos más tarde o algo así, desde mi casa, escuché disparos-, entrecruza Julia los dedos de las manos como haciendo resistencia al recuerdo – Volví corriendo a la escuelita y la puerta estaba abierta. Entré y él estaba allí, tirado en el suelo. […] No pude cumplir mi promesa.
-       ¿Qué hizo cuando entró usted en esa escuelita y vio a Guevara muerto, doña Julia?
-       Para mí no era Guevara, era ese hombre que me había hablado y al que le había hecho una promesa.  Me quedé paralizada. No sé por qué. Me había entrado mucho miedo. No podía ir ni quedarme. Estaba sola e inmóvil. Le miraba. Cuando pude mover las piernas, sin pensar, empecé a andar muy rápido hacia fuera del pueblo.
JAbustolahigueraBusto conmemorativo en La Higuera.
Ernesto Guevara había sido ejecutado. La rebeldía del combatiente más conoció de todos los tiempos había terminado en el habitáculo donde esta sexagenaria impartía sus clases de joven, ese día suspendidas por causas mayores. Un miembro de la CIA –supuestamente- dio órdenes de asesinarle disparándole del cuello hacia abajo ya que las radios llevaban desde el día anterior diciendo que el Che había muerto en combate. Mario Terán, el suboficial del ejército boliviano que ofició de verdugo, entró con su fusil M-2 al aula y efectuó las descargas. Fueron dos ráfagas que le agujerearon primero las piernas y luego el pecho. Más tarde, el suboficial relató aquel momento en una emotiva carta de arrepentimiento [según publicaron algunos medios] en la que cuenta como al ingresar en aquella escuelita el condenado se puso de pie, levantó la cabeza y le lanzó una mirada que le hizo “tambalear por un instante”. “Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre”, le ordenó el reo a su ejecutor. Terán fue, quien con la camisa impregnada “de miedo, sudor y pólvora”, salió de allí tras finalizar su encargo dejando a su espalda “la puerta abierta” que encontró Julia instantes después.
JAsusana-osinagaSusana Osinaga, una de las enfermeras que lavó el cadáver del Ché, en Vallegrande.
“Trajeron un cuerpo a la lavandería del hospital y me dijeron que lo lavara, que era el Che Guevara. Pero yo no sabía quién era el Che Guevara. Qué iba a saber”. Habla Doña Susana Osinaga, una señora de 82 años sentada dentro de una minúscula tienda de abastos. Le ha costado desvelar a la primera que ella fue una de las dos enfermeras que lavaron el cadáver del revolucionario.
Doña Susana agarra la foto enmarcada que posee del cuerpo del guerrillero sin vida. La imagen preside su tiendecita. No sabía ella cuando le encomendaron aquella tarea a los 35  años que estaba enjuagando al que más tarde convertiría en su santo. El cadáver del Che que aparece en la fotografía, una instantánea replicada en todo el mundo, lo había adecentado ella. La anciana está “orgullosa” de eso. Para inquietud de la versión oficial, insiste en que en el cuerpo del rebelde no había varios, sino un solo agujero de bala.
-       ¿Cuándo supo realmente la importancia del fallecido que usted limpiaba?
-       Años más tarde-, responde esta ex enfermera de pelo grisáceo desde la banqueta de su tienda de la que no se levanta, o no puede levantarse. -Aquí ha venido harto de gente a estrecharme la mano con la que le lavé-, afirma, y muestra la extremidad de su cuerpo que es parte de la historia. 
JAlavander'ia
La infame lavandería de Vallegrande.
Lo cierto es que Vallegrande se ha convertido en un pequeño lugar de culto cuyo difícil acceso le incorpora una suerte de misticismo budista, y al que acuden a cuentagotas enamorados del mito. “De todos los sitios del mundo”, dice Osinaga. El momento álgido es cada 9 de octubre. En la fecha de la conmemoración de su muerte, pequeños grupos de paganos peregrinos acuden aquí a visitar la lavandería donde se lavó al icono guerrillero y las viejas fosas (hoy mausoleo y muestrario) donde en 1997 fueron hallados su cadáver y los de algunos de sus camaradas gracias a las declaraciones que hizo el ex militar boliviano Mario Vargas Salinas al periodista Jon Lee Anderson.
Muchos de los autóctonos también le mitifican. Pero en este pueblo boliviano de agricultores, pequeños comerciantes y campesinos, donde una gran parte de la población no cobran mucho más de 200 euros mensuales, este protagonismo fortuito también es una oportunidad de negocio [lean la crónica de Los Mercaderes del Ché del periodista Alex Ayala].
Gonzálo Flores Gura, un experto en la historia de Guevara que atiende la casa de la cultura de Vallegrande, saca un extra por acompañar a los curiosos hasta los agujeros donde el ejército dejó oculto los restos del comando rebelde. Eran dos fosas secretas en las inmediaciones e interior de la antigua base militar. “Antropólogos argentinos y cubanos pasaron dos años buscando tras conocerse la pista que ofreció Vargas Salinas”, explica el guía. “Una vez hallados, a Guevara y a otros se los llevaron a enterrar a Cuba. Fue fácil identificarle a él porque su esqueleto estaba sin manos. Se las habían cortado antes de enterrarle para dar fe de su muerte”.
Blanca Cadima.
Blanca Cadima con una foto de su padre sonsteniendo la foto que hizo al Ché muerto.
Doña Julia también pide dinero antes de la entrevista (una cantidad alta), aunque por algún motivo accede a hacerla de todos modos tras la negativa al pago (asuntos de ética periodística). Ella al menos tiene un motivo para solicitar pago, algunos otros oriundos sin más relación con el guerrillero que el ser de allí, tratan de paliar las escaseces rurales con la plata de los pocos visitantes, curiosos y reporteros que pasan por aquí. Otros tienen otro estilo. “Yo no pido nada por hablar de esto. Porque es historia y no se puede cambiar por dinero”, se opone a la tendencia Blanca Cadima, que sufre de vergüenza ajena y que quizás es inconsciente de que también se cobra entrada por entrar a las pirámides egipcias o al Coliseo romano. Ella es la hija de René Cadima, un fotógrafo y zapatero local fallecido en 2010 que capturó algunas instantáneas del cadáver del Che que dieron la vuelta al planeta. La descendiente de otro de los testigos más relevantes del final de la leyenda. “Mi padre era poco más que un aficionado a la fotografía, pero después de aquello, vinieron a comprarle sus imágenes periódicos de todos los lados. Hasta de Japón”, cuenta esta acomodada regente de la ferretería Vallegrande. El pobre casi se queda sin cámara porque hizo una foto al cadáver desnudo. Le mandaron arrancar ese rollo cuando le vieron hacerla. Y al final, sus fotos por todo el mundo y fíjese que no sacó mucho. Siguió haciendo zapatos toda su vida”.
 Ruta turística en La Higuera.Después de aquel paso por la lavandería mortuoria de doña Susana y las fotos de Cadima, todo acabó
. El cuerpo del líder fue retirado, y Vallegrande, siguió cultivando su tierra inconsciente de que en ella quedaban descansando los restos de una de las efigies más notorias del siglo XX.
 Durante 30 años la biología en descomposición de Ernesto Guevara, sus compañeros de armas y la mítica agente secreta revolucionaria de origen argentino-europeo Tania (Haydée Tamara Bunke Bíder) permanecieron allí ocultos bajo el conocimiento de unos pocos militares que supieron guardar bien el secreto. Tampoco dejaron a este pueblo conservar ese reducto de la historia cuando los cadáveres fueron descubiertos.
Para esta localidad y su satélite, la Higuera, queda un lugar en las enciclopedias, muchos monumentos al guerrillero y una oportunidad de fomento del turismo mal gestionada. Pero no solo eso. Doña Julia tiene en casa varias fotografías del Che, -y sin importarle que él se reconociera ateo-, les prende velas como si fueran la estampa de un santo. Lo mismo hacen muchas de sus vecinas. “Era un hombre bueno. Quería ayudar a los desfavorecidos. Yo creo en él y en las cosas que decía”, asegura la ex maestra. Al parecer aquella sopa que sirvió al monstruo cubano, con mayor o menor ortodoxia marxista, acabó llenándole a ella.

Josep Carreras: “Quienes tenemos la suerte de haber cumplido, nos sentimos bien”

Cuando se cumplen 25 años de la Fundación Josep Carreras contra la Leucemia, el tenor habla de su lucha contra la enfermedad, de sus primeros pasos en el mundo de la ópera y sobre el origen del canto

En su opinión, son el alma y las emociones.

 

Caterina Barjau

Verano. Ampurdán. Girona profunda, paisajes de olivo, viña, el fantasma de Plá con boina, bufanda y pitillo de liar, la tramontana daliniana dormida antes de una cita con Josep Carreras
. Como hay tiempo y no sé muy bien llegar al sitio donde debe celebrarse la entrevista –Mas Torrent, un refugio campestre de lujo, masía relais & châteaux, cercano al lugar donde el cantante reposa en verano–, quedo a comer con Javier Cercas, que también descansa por la zona, para que me guíe.
Cataluña, su retiro berlinés, una conversación sobre Chequia y la pereza mental atorrada que tiene y no le deja escribir esa tarde le hacen ofrecerse como chófer entre las carreteras secundarias y pasar la tarde enganchado a ese gen suyo de curiosidad permanente. 
“¿Puedo quedarme? Nunca he estado en una entrevista”.
Confiesa su completa ignorancia musical.
 Pero quiere ver de cerca al divo y desentrañar sus comparaciones sobre la inspiración entre el canto y la escritura; por ejemplo, saber si la música, como decía Nietzsche, es alegría, conocer la lucha que este tenor lúcido, humilde y distante en su divismo, emprendió en su día contra la leucemia que se le presentó sin avisar cuando se encontraba en lo mejor de su trayectoria. 
No entra Cercas al principio. Luego irrumpe, se descalza y nos acompaña.
 Le pido permiso para firmar juntos, pero no me deja. Así que tendrá que conformarse con estatus de colaborador especial.
Carreras lo recibe encantado.
 Se ha vestido como un pincel para las fotos, pero luego se quita la corbata, se desabrocha los botones, se apoya en el sofá orejero y empieza a relatar los sentidos de su vida, la celebrada nostalgia de quien ha triunfado, se ha hundido y ha resurgido de las cenizas propias de su sangre para derrotar en buena medida el tabú de la leucemia.
13 de julio de 1987. Le diagnostican leucemia. Tenía 40 años. Visto con distancia, ¿fue para bien o para mal? Ya sé que puede parecer un poco oportunista que diga esto, pero creo que al cabo de estos años fue para bien.
¿Por qué? Yo hubiera continuado con una vida muy intensa
. Pero el estímulo extraordinario que ha representado para mí esta fundación y para las personas que como yo han sufrido esta enfermedad me ha enriquecido mucho y ha sido para mí una gran compensación.
Mi Fundación contra la Leucemia ha sido para mí un estímulo humano"
Habla de estímulo. ¿Qué pasa? ¿No estaba usted suficientemente estimulado en su carrera? Sí, pero de otra forma. Este es un estímulo humano. El otro era el estímulo del héroe romántico con capa y espada en el escenario, pero que la deja luego uno colgada en el camerino.
¿Aquel mundo era demasiado cartón piedra? Evidentemente, pero enriquecido con las emociones y sentimientos que los artistas intentamos imprimir.
¿Cuál ha sido el sentido de su vida entonces? ¿Ser un gran artista o un impulsor de conciencias? Las dos cosas construyen. Ser un artista, más o menos popular, ha sido una ayuda para sensibilizar a las personas sobre qué es la leucemia.
La enfermedad le llegó en una etapa en la que la ópera se encontraba en proceso de transformación.
 La etapa de los divos daba paso en el poder a la de los directores de escena por aquellos tiempos. Me da la impresión de que no era usted el divo para el tiempo que venía, con la exposición, la gran influencia de los medios de comunicación. ¿Me equivoco? Eso es reflejo de personalidades.
Aunque usted fue uno de Los Tres Tenores, era el menos tenor del trío.
 No se encontraba en su época. Es posible, pero yo he convivido muy bien con lo que la profesión me ha dado. He sido muy feliz.
 He tenido una carrera, permítame la arrogancia, importante, si tenemos en cuenta dónde y con quién he trabajado a lo largo de los años, que es lo que cuenta en realidad.
No se lo decía como una crítica, sino como un halago. Lo suyo era otro tiempo, otro estilo. Veo a los cantantes de hoy tan expuestos, tan frágiles a la agresividad de su era.
 Varias carreras importantes se quiebran, es más difícil en muchos aspectos hacerse un hueco hoy que entonces. En cierto modo, tiene usted razón
. Es el reflejo de unos tiempos que exigen más. Hay circunstancias. Tantos factores marginales influyen…
Tengo nostalgia de momentos extraordinarios. Es volver a vivir"
¿Cuáles eran sus prioridades antes de que le diagnosticaran leucemia? Para mí, la vida, mi pasión, mi dedicación total, era el canto.
Cantaba en los grandes escenarios, con los enormes directores, acompañado de los mejores de su tiempo… Eso cansa. No, no cansa.
 A mí me reprochaban que no me cogía vacaciones. Cómo iba a descansar si un día me llamaba Claudio Abbado y me proponía una cosa o Riccardo Muti otra. No era la carrera, sino el placer de hacerlo.
Pero agota. ¿Sabía decir que no? No, no, es algo que he ido aprendiendo con los años. Mucha gente tampoco sabe, es difícil, en lo profesional y en lo privado.
Eso habla bien de usted. ¿En qué sentido?
Por ambición, en lo profesional, y por bondad, en lo personal. Me sabía mal decepcionar a las personas. Desde cantar con alguien hasta cenar con amigos, acabas cediendo. Es la experiencia la que te lleva a decir no para no pagar las consecuencias.
¿Cree que ese estrés influyó en la enfermedad? Es difícil decir eso. Me limito a pensar que mis células no funcionaban en el sentido correcto.
¿Y ese no saber decir que no, puede que se debiera también al chico humilde que veía su sueño cumplido y se creía obligado a quedar bien? Bueno, a ver, es un tema interesante este. La gente de mi generación, volviendo al estímulo, teníamos un algo más que la posterior
. Queríamos salir de un estrato social, conseguir lo que debido a circunstancias, como la Guerra Civil, entre otras, nuestros abuelos y nuestros padres no habían conseguido.
 Y la forma de lograrlo era la suerte de contar con un talento, luchar de verdad, con determinación. Quizá las nuevas generaciones sean más acomodaticias.
¿Qué niño fue? Feliz, muy feliz. Una familia humilde, pero sin necesidades perentorias.
 Había un plato en la mesa e íbamos a la escuela
. Mi padre, antes de la guerra, fue maestro de escuela, y después, por circunstancias, no pudo continuar.
¿Maestro republicano? Porque la represión en ese ámbito fue brutal: o al hoyo o al exilio o… O a callarse, es así. Después trabajó en la Guardia Urbana y mi madre era peluquera.
¿Se traslucía aquel castigo? Imperaba el silencio, pero yo sabía que era maestro de escuela.
 Nací a finales del 46, habían pasado unos años, pero ejercía conmigo, dentro del tiempo que tenía, aunque también hacía otros trabajos.
¿Y la afición? Mi abuelo materno fue barítono aficionado. Hablaba de un día que fue al Liceo a ver algo, al teatro Tívoli, tenía esta pasión.
¿Y el fútbol? Yo iba con mi padre, él iba vestido de guardia y me colaba debajo de su abrigo.
Qué pena que no le pudiera colar en el Liceo. La primera vez fui al quinto piso y con él también. Vimos a Renata Tebaldi… Yo tenía siete u ocho años, pero ya andaba con la fantasía de poder cantar.
La Tebaldi le podía cambiar a uno la vida. 
Desde luego, yo entonces empezaba con el solfeo, pero mi interés nace en el cine, cuando vi la película sobre Enrico Caruso que hizo Mario Lanza. Aquello fue un impacto y empecé a cantar en casa. Tan insistente fui que mis padres probaron a ver qué pasaba con clases de música.
De ahí no se movió casi. Era tan inconsciente que pensaba que estudiaba música ya directamente para ser cantante. Entonces ocurre algo muy curioso.
 Una llamada del Liceo. Tenía 10 años y querían que cantara el Retablo de maese Pedro, con José Iturbi, dirigiendo, y Manuel Ausensi. Había cantado en algún programa de radio. La donna è mobile, nada menos. Yo ya anunciaba unas pretensiones que ni le cuento.
 Aceptaron, aunque tenían miedo de que me convirtiera en un niño prodigio.
¿Siempre creyeron en usted en casa? Siempre.
 Querían que estudiara música al tiempo que el bachillerato, después me matriculé en Química, pero matricularme solo, por aquello de hacer algo serio; seguí cantando hasta que llegó mi verdadero debut, la Lucrecia Borgia que hice con Montserrat Caballé. 
Mi madre no llegó a verlo, murió muy joven, a los 51 años; era el motor de la familia. Mi padre se casó otra vez, era un hombre eminentemente bueno, con un gran sustrato moral.
De Karajan a Abbado, usted ha coleccionado un buen ramillete de directores. De Karajan
, Abbado, Giulini, Muti, Carlos Kleiber, hay una diferencia entre aquella generación y ahora: el número de ensayos. Existía una seriedad que es difícil aplicar hoy entre las nuevas generaciones.
 Muchas horas de preparación…
Karajan era riguroso, medio nazi, pero riguroso. No, no es verdad que fuera medio nazi…

Un niño precoz

Josep Carreras (Barcelona, 1946) era un niño cuando sintió ganas de cantar.
 A los 10 años se estrenó en el Liceo con ‘Retablo de maese’. Su ascenso fue muy rápido. En 1970 debutó como tenor en ‘Norma’ en el mismo escenario. A los 30 años (en la imagen, en 1978) estaba ya en la cima.
Pero en 1987 le diagnosticaron leucemia. El tenor desaparecía del mapa durante un tiempo de duro tratamiento. Luego creó su fundación, que lucha desde entonces contra esta enfermedad y que cuenta con 40.000 socios.
 Muchas de sus actuaciones son para financiarla
. Cree que las aportaciones privadas son fundamentales para que los científicos sigan trabajando.
Un poco. Bueno, con quienes no le gustaban, la verdad es que sí. 
Pero conmigo fue afectuoso, no puedo hablar más que bien de Karajan.
Karajan… Eso era el poder. Si alguien debe tener poder, es el director de orquesta. Es importante lo que ocurre en escena, más hoy, por la exposición, la televisión, todo lleva a la espectacularidad, pero el director de orquesta debe llevar la batuta de verdad. En aquel momento, Karajan lo hacía
. A mi modo de ver, era el mejor, aparte de reinar en Salzburgo y en Viena, y se convirtió en un pionero en muchos sentidos, junto a Bernstein.
¿Para trasladar ese mundo a la sociedad de masas? Desde luego, pero tampoco hay que olvidar a las discográficas, entonces.
La ópera, como el Vaticano, ha sabido adaptarse a cada tiempo. De los ‘castrati’ a la era de los directores de escena, ha sabido encontrar su conexión con el público. En el siglo XXI, ¿dónde estamos? La ópera cuenta con una gran ventaja. 
Si usted va al Prado y ve un cuadro, siempre es el mismo. En la ópera, la partitura y personajes son los mismos, pero contamos con unos intérpretes, una orquesta, un escenario diferente cada vez, es nuevo, se reinventa.
De no haber irrumpido en su vida la leucemia como lo hizo, ¿cómo le hubiese gustado acabar en el repertorio que hacía? Es difícil. 
La voz cambia, el repertorio se adapta a lo que eres.
 Es muy difícil saber eso.
 Yo seguí debutando varias óperas, pero de no haber cambiado mi forma física habría seguido un camino natural. A los 40 años, yo tenía la suerte de haber cantado ya la mayor parte de lo que me gustaba. Los artistas debemos conocer nuestros límites.
El reto en el caso de la lucha contra la enfermedad fue a nivel privado primero y luego público. 
 El personal fue duro. Después de meses de aislamiento, uno debe reconstruir su fortaleza mental, tuve la suerte de conseguirlo.
En esos meses de aislamiento, de completa soledad, ¿qué pasaba por su mente? Lo interpreté como un paréntesis. Tenía confianza en salir, subirme a un escenario, volver a cantar.
En aquellos tiempos era mucho creer, porque los índices de mortalidad resultaban altos. 
 He sido muy afortunado.
Le ayudó la música. Usted cantaba encerrado. Sí, me encontraba en una situación en la que te sientes muy deteriorado: sin uñas, sin cejas, sin pelo; pero, bueno, lo viví como algo por lo que debía pasar.
Ya, pero la soledad
. Bueno, uno tiene tiempo de pensar en todo: en lo consecuente y extraordinariamente sabio que vas a ser cuando salgas del atolladero, y después resulta que no es verdad.
 En el momento que empiezas a encontrarte bien, vuelves a caer, no siempre, en lo que en ese periodo te planteaste no volver a hacer, los mismos errores.
¿Cuáles han sido sus grandes errores? Estaríamos aquí hasta mañana… Las prisas por cantar algunas óperas… A mí me admiran los niños que pasan por esta enfermedad. Maduran de una forma extraordinaria. Son ellos los que animan a sus padres.
A usted se le ha asociado en igual medida la palabra ópera y la palabra leucemia. ¿Le molesta o le motiva? No me molesta en absoluto, tuve la suerte de ganar la batalla.
 Fueron tales las muestras de apoyo y de cariño que me sentí en deuda con la sociedad y la comunidad científica y médica. La mejor manera que yo tenía de mostrar mi agradecimiento era devolviéndolo así, con lo que hago, luchando contra ello.
Como un proyecto de Estado. Hay una anécdota muy curiosa. Cuando usted va a ver a Felipe González para recabar apoyo y le dice lo de pasar el cazo. ¿Me lo cuenta? Esto fue genial. Organizó una reunión con empresarios de máximo nivel y a mí me dijo: tú haces el discurso bonito y luego yo paso el cazo. Y así fue.
¿Cómo pasa el cazo un presidente de Gobierno? Bueno, si hay uno que lo pudo hacer en su momento, fue él. Allí estaban, en La Moncloa, reunió a banqueros y empresas públicas y privadas y fue diciendo a cada uno lo que tenían que poner. Tú 50, tú 25 y así, eh, así mismo. 
De esta cena, año 1989, conseguimos 800 millones de pesetas. Esto nos permitió arrancar en muy buenas condiciones.
¿Fueron duros los comienzos? Sí, pero ahora nos financiamos con socios, ayudas de empresas y con los recitales que yo he dado, que nos han permitido guardar un dinero con el que hacer cosas en este momento. Llevamos a cabo un instituto de investigación en dos campus: Badalona, con un edificio de científicos que tendrá 8.500 metros cuadrados y nos costará 14 millones de euros, y otro en el Clínico de Barcelona. Podemos hacer cosas importantes.
Pero usted no será eterno, ni tirará del carro siempre con sus conciertos. Evidentemente no, de ahí los socios. También otros cantantes nos ayudan, Plácido Domingo, por ejemplo.
Ahora la cosa de las ayudas se pone cruda. Evidentemente, no son los mejores tiempos para esto. En este momento tenemos 40.000 socios.
Por no decir que el actual Gobierno no es que apueste mucho por la investigación en su modelo de país. Desde mi modesto punto de vista, la investigación es esencial para todo el mundo.
 Cualquier iniciativa que la apoye es fundamental. Ocurre que ni los países más ricos del mundo cubren todas las necesidades, hay que confiar en las aportaciones privadas porque los Gobiernos no llegan, sobre todo en momentos como el actual.
No es poner directamente dinero, pero sí mostrar la audacia o la autoridad o la capacidad de mando que mostró González en aquella ocasión. ¿Puede repetirse eso ahora? Bueno, él creyó en este proyecto, pero nos han apoyado más.
Volviendo a la ópera, ¿sufre más como espectador o como intérprete encima del escenario? Es otro disfrute. La excitación, la intensidad, la verdad. 
Las emociones son muy verdaderas, muy auténticas, encima del escenario.
¿Se detiene el tiempo allí arriba? A ver si sé explicarlo. Un cantante, cuando interpreta un personaje, está en trance
. Si te metes en la piel de Werther, tú eres Werther, de sentimiento, pero al tiempo con un cerebro que te va dando órdenes que registras de manera automática y te dicen: “Cuidado aquí, no te caigas allí, no te equivoques con el texto, atento al director de orquesta”.
(Cercas ha entrado hace un rato y pregunta). Voy a hacer dos preguntas nada más. ¿Existe la inspiración? Existe más en otros ámbitos. La inspiración en el escenario es dar a un personaje lo que uno cree que debe darle, sus colores, sus dinámicas, su emoción.
 La música es poderosa, arrebata, es difícil guardar el control, pero imprescindible. Todo se aúna en un momento de modo natural, como cuando conduces. Funciona automáticamente.
 Lo que genera el canto son las emociones. Eso lo da el alma.
 De ahí pasa a la voz mediante el cerebro, que es responsable de filtrar las órdenes que lo hacen posible. Pero el motor del canto son las emociones.
Y uno no sabe cómo ha llegado siquiera a conseguir según qué momentos. Lo consigues de forma distinta. 
Nunca se repite. Luchas con tu propio instrumento: un día te ofrece muchas ventajas, y otro, limitaciones. Que yo me haya encontrado dando lo mejor de mí… 10%. No más. Después, 60% o 70% estás bien, y luego viene un 20% en que vas a la defensiva, pones el cerrojo como el Inter de Milán.
Pero eso es porque usted es un maniaco perfeccionista. No, no, ya me gustaría.
 El instrumento está aquí, en la garganta, son dos centímetros y medio, de los cuales la mayoría de su estado depende mucho de condiciones externas: el aire acondicionado, lo que bebes o no, lo que duermes, cómo funciona el hígado…
Javier Cercas. Segunda pregunta: ¿Dónde queda la alegría en el canto, que diría Nietzsche? No necesariamente viene de la alegría el canto
. Pero le puedo decir que, como ser humano, yo me siento realizado cuando canto.
¿Pesa la nostalgia cuando ya empieza usted a pensar que no se puede cantar tanto? ¿Por qué debe pesar la nostalgia? La podemos disfrutar también, hay una alegría en la nostalgia
. Tengo nostalgia de momentos extraordinarios. 
Es volver a vivir, es positivo para mí, lo que no es nostalgia son malos recuerdos.
 No todo dura para siempre, quienes hemos tenido la suerte de haber cumplido, creo que nos sentimos bien.
A veces pesa tanto que no deja avanzar. No lo veo.
Del Liceo, por ejemplo. Ahora que atraviesa tiempos sombríos. No es que yo esté muy al día, pero vamos, sé cosas.
Hombre, usted ha mandado allí. Bastante. No, no.
Entre Caballé y usted sí que han manejado el cotarro. No, no es así.
 Hemos tenido un gran afecto por este teatro y lo que ha representado en la sociedad catalana y española. Durante años fue el único teatro de ópera en el Estado. Hemos tenido afecto y hemos hecho cosas por él que quizá no hubiésemos hecho por otros, pero es parte del juego, ¿no?
Es la casa de uno y no hay que justificarlo. Pero hay que preocuparse. ¿Mucho o poco? Mire, cuando el Liceo se quemó, quien verdaderamente impulsó que se reconstruyera el teatro fue la sociedad civil. (“Eso es verdad”, murmura Cercas).
 Por tanto, si hay problemas con la Administración, que los hay, pero no quiero entrar, lo que significa el Liceo tendrá el apoyo de la sociedad civil, por tanto el Liceo juega con red.
Quiero pensar que la sociedad catalana apoyará al teatro en caso de que sufra una debacle, y esto no es tanto una debacle, sino una situación difícil como la que están pasando muchos.
No hablemos de Italia, por ejemplo…