Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

2 sept 2013

Poema Bajo La Luz Quemada de Luis García Montero .

Poema Bajo La Luz Quemada de Luis García Montero

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
-Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

Y este otoño: Surrealismo

Y este otoño: Surrealismo

Magritte-la-trahison-des-images
El célebre cuestionamiento de la realidad de Magritte: "Esto no es una pipa".
No creo
que se haya pasado nunca de moda: el Surrealismo es más bien uno de esos “ismos” de los cuales se echa mano cada cierto tiempo, aunque cambie como un camaleón.
 Pero si en los 80 era el estilo sofisticado en el punto de mira de la revista October, durante años  árbitro de las modas en el arte y las relectura histórica de estilos, en este momento me parece que no es sino una clara estrategia de mercado: el Surrealismo atrae millones de visitantes -literalmente.
 Y lo hace porque se trata de un estilo figurativo, particular, popularísimo e inconfundible -¿quién  o reconoce a Dalí, a Magritte o incluso a Man Ray si lo ha visto una vez? 
Sobre todo, el Surrealismo despierta el interés de la gente porque cuenta historias y me parece que lo esencial para el ser humano es que le cuenten historias, que haya un relato que seguir y escuchar – o mirar. Lo ha probado la exposición Dalí en París primero y luego en Madrid.
 Las colas daban literalmente la vuelta a la plaza del Reina, mientras otras exposiciones más sofisticadas pero “sin historias” languidecían de visitantes, al menos en comparación.

El otoño va a estar otra vez lleno de Surrealismo, no sólo en Madrid donde parece que algunos han tenido una idea semejante, sino internacionalmente hablando.
 De hecho, el propio MoMA de Nueva York abrirá a finales de  septiembre una exposición Magritte  -otra estrella mediática, por  cierto, que augura colas-  con más de 80 cuadros, collages y objetos, entre los cuales se encontrará una de sus obras maestras y parte de la colección del museo neoyorquino, El asesino amenazado, de 1929
. En este cuadro ambiguo  varios personajes, desdoblados como en la historia de Jack el Destripador, acaban por ser el asesino potencial y múltiple
. Cada uno de ellos ha usado un arma para derribar el cuerpo sin vida -asesinato a la Orient Express
. Y la ciudad, convertida en montaña, los paseantes de la ciudad, se asoman al delito de esos burgueses que bajo el bombín esconden el más terrible secreto en este cuarto moderno, donde suena en el pick-up , tal vez, un disco de jazz importado.
  Luces desordenadas, tinieblas, ciudad superpoblada, excitaciones espirituales...  Ante las descripciones de Poe parece casi que viene a la memoria la escenografía pintada por Magritte: escenas misteriosas donde por un momento alguien tropieza con nosotros y cambia nuestras vidas.

Y  pese a todo este artista tan popular hoy en día representa cierta disidencia frente al Surrealismo más canónico, una forma de revisar la realidad que siempre implica el Surrealismo, aunque su popularización desorbitada nos haga olvidarlo a veces.
 Magritte pertenece al Surrealismo belga, el movimiento que surge en Bruselas y El Henao hacia 1924, el mismo año de la publicación del Primer Manifiesto de Breton, dejando claro que no se adhieren por completo a las máximas bretonianas.
 Nada de automatismo psíquico ni de objetos encontrados: éstos acaban siendo para los belgas el objetc bouleversant , algo que ha habido que idear y construir, como muestran algunas de las imágenes más lúcidas de Magritte.

Curiosos los surrealistas belgas.
 Curiosos siempre con su aspecto burgués, aquel con el cual insistían en retratarse a mediados de los 30 -Scutenaire, Magritte, Nougé...-.  Aspecto de gente de fiar frente a los dicharacheros parisinos.
 Surrealistas belgas atrincherados tras sus oficios de bien -médicos, abogados...-; gentes serias como se muestran en las fotos. Eclipsados surrealistas belgas, borrados casi por la excelente autopropaganda del Surrealismo francés, construcción bretoniana orquestada con  inusitada contundencia, cuya importancia enorme en los años 20 y 30, la de los belgas,  siguió floreciendo  hasta mediados de los 70, convertido  el Surrealismo mismo en un producto diferente, si bien guardando parte de su esencia primera, mucho más radical que la francesa en la órbita de Breton. 
 Cosas banales que nos dan sorpresas y hasta sustos sin aparentarlo, jugando siempre al mantenimiento de un mundo estable, sin sobresaltos.
 O apariencia de estabilidad como muestra Magritte en sus cuadros.

Porque de pronto llueven burgueses en Bruselas. El terapauta titula Magritte a esa lluvia de 1937.  Burgueses que se pasean por las ciudades. 
 Burgueses a los que nada, nunca altera. Tal y como los pinta Delvaux, incongruentes y fuera de contexto, paseando  por las ruinas clásicas, por las ciudades soñadas, como quien pasearía frente al mítico Metropole de la capital de Bélgica.
 Porque llueven siempre burgueses en esa ciudad plana y comme il faut , aburrida, dicen los que nunca llegaron a conocerla.
 Ciudad que los franceses soñaron vivía prendida de los sueños parisinos.
 Mientras el surrealismo parisino se debatía frente a su pasado glorioso, los belgas se reunían en los pequeños cafés, no muy lejos de la plaza principal, y escalaban muros para transgredir - o para pasar el rato, que en el fondo es lo mismo, como se muestra a Magritte en la foto: juegos modernos. 
Y es que quizás los Surrealistas triunfan aún, tanto, porque se erigieron desde el principio en portavoces de la Modernidad. Si embargo ¿qué es ser moderno después de todo?

Es la pregunta con la cual acaba la ópera de Schoenberg estrenada en febrero de 1930, De un  día para otro . Un marido, fascinado por una antigua compañera de su mujer, tan moderna, le echa en cara a la esposa su dedicación al hogar, su abandono de las ropas a la moda y las costumbres mundanas, las propias de la Modernidad, las de las ciudades apresuradas en las cuales todo, incluso el amor, se intercambia y se borra.
 La venganza no tarda en llegar y la esposa, decidida a ser moderna, se viste con ropas que el marido no puede pagar, baila hasta altas horas de la madrugada escuchando el pick-up y se deja seducir por un cantante triunfador, amigo de la seductora compañera.

El marido sólo espera que las cosas vuelvan al lugar de partida  y, recuperada la calma en el hogar, habiendo desparecido los causantes de la catástrofe familiar, exclama refiriéndose a la pareja modernizante en la que es la penúltima frase de la ópera: “La verdad es que hoy no me parecen tan modernos.”
 La ópera se cierra así de un modo prodigioso. La voz del hijito de la pareja se oye preguntando: "Mamá, ¿qué es gente moderna?
" Pues eso, ¿qué es “gente moderna”?

 

 

Las escaleras son una ilusión de la mente

Uly Martín

He aquí un fotograma de una película de cine negro.
El personaje baja las escaleras de espaldas, para aparentar que las sube.
 Por si su actitud no fuera del todo convincente, se vuelve con perspicacia al objetivo y adelanta un poco la mano que permanece a la vista para subrayar el efecto.
 Fíjate bien, parece decir, estoy subiendo, a ver qué publicáis luego.
 Nos recuerda al criminal de novela policiaca que baja colocando los pies sobre las huellas que dejó al subir a fin de que la poli se vuelva luego loca.
–Hay huellas de subida, pero no de bajada.
–Registrad la azotea.
Y mientras una brigada entera se engolfa en el tejado y sus alrededores, el asesino reforma las pensiones que juró no tocar, sube los impuestos que juró disminuir, viola la constitución a la que prometió no tocar, se carga las energías alternativas, introduce la religión como materia obligatoria, prohíbe el aborto, salva a los bancos con el dinero del IVA, y pone por testigos a sus muertos de que ni conoció a ese Bárcenas que le pasaba presuntamente sobres de dinero negro.
–¿Pero usted sube o baja?
–¿Yo subo o bajo qué?
–Las escaleras, claro.
–Pero si aquí no hay escaleras.
Y es que a lo mejor ni siquiera las hay, a lo mejor las escaleras las pone nuestro cerebro, como cuando vemos medio gato asomar por detrás de un árbol y damos por supuesto que se trata de un gato entero.
 Así también resulta imposible ver a Rajoy y no dar por hecho que se encuentra en unas escaleras, subiéndolas o bajándolas, eso no se sabe, aunque seguro que para engañar a alguien.

Una cicatriz en una rodilla................Rosa Montero

Michael Poliza

A principios de este verano estuve en una cena en la que dos amigos empezaron a disputar entre sí, jocosa y alegre­mente, cuál de ellos era más biónico debido a sus diversos implantes.
 Y, así, echaron mano de sus smartphones y se pusieron a comparar las radiografías de sus cuerpos. Imágenes espectrales de tornillos y placas de titanio en caderas, brazos, mandíbulas y vértebras empezaron a pasear mesa arriba y mesa abajo para la diversión de los comensales.
 Fue un momento alucinante, porque, en efecto, estaban más llenos de mecanismos metálicos por dentro que un reloj suizo; pero lo más impresionante fue la naturalidad con la que todos asistimos a esa escena de ciencia ficción, y lo asumido que tenemos el hecho de llevar con nosotros, en nuestros terminales electrónicos, todo el archivo, la memoria, la huella completa de nuestras vidas.
 ¿Se imagina alguien yendo a cenar con amigos hace tan sólo cinco años y apareciendo con todas su radiografías bajo el brazo, por ejemplo? Ahora somos como caracoles y vamos con nuestra existencia a cuestas.
 La realidad cambia cada día a velocidad vertiginosa, y es tal la capacidad de adaptación del ser humano que apenas nos damos cuenta.
Con todo, la anécdota me recordó, en ver­­sión cibernética, un momento genial de una película de 1990, Las montañas de la Luna, un estupendo film de aventuras sobre los míticos exploradores británicos Richard Burton y John Speke, que, a mediados del siglo XIX, emprendieron la búsqueda de las fuentes del Nilo a través de una exótica y desconocida África.
 Al principio de la película, Burton y Speke se encuentran en Londres, ya no recuerdo si en mitad de la calle o en un club privado, y, para demostrarse el uno al otro lo avezados exploradores que son, empiezan a enseñarse las cicatrices de sus antiguos viajes, y cada vez la zona que señalan es más íntima: esto fue el zarpazo de un león, dice uno abriéndose la camisa y mostrando las costillas; esto, la herida de la lanza de un masái, dice el otro, bajándose los pantalones y luciendo una nalga agujereada....
“El cuerpo se va llenando de rastros de tu vida,  de muescas de la peripecia de existir”
Y es que ambas escenas, más allá de las evidentes diferencias tecnológicas, comparten un sustrato idéntico y esencial, algo básico desde la aparición de los humanos: el hecho de que la vida rompe, la vida mancha, la vida marca.
 En realidad, si me paro a pensarlo, las cicatrices son lo más parecido al smartphone en su faceta de archivo de datos…
 Es información de tu pasado que queda grabada en tu cuerpo de manera visible e indeleble.
Siempre me han gustado las cicatrices.
Los personajes de mis novelas muestran una inquietante propensión a perder dedos y a sufrir tajos que les señalan todo el cuerpo
. No sé de dónde viene esa tendencia mía, porque la ficción nace del inconsciente, de un territorio oscuro que está más allá de lo que uno cree saber.
Pero, en cualquier caso, también me gustan, o no me desagradan, las cicatrices reales.
 El cuerpo se va llenando de rastros de tu vida, de costurones o agujeros o costuritas, de muescas de la peripecia de existir. Acabo de hacer un rápido recuento y, si no me equivoco, luzco nueve cicatrices, algunas muy evidentes. Todas ellas tienen una historia detrás, y aunque la mayoría sean historias banales, son hitos orgánicos que van jalonando mi tiempo. Es imposible pasar por la vida sin romperte un poco; y creo que la rotura física, la que, tras curarse, deja cierta memoria sobre la piel, es siempre más manejable que la psíquica.
 Las cicatrices, en fin, demuestran que hemos vivido. No olvidemos que nuestra primera huella propia tras nacer es la cicatriz de nuestro ombligo (naturalmente, no he contado este nudo de carne entre mis nueve señales).
Es verdad que hay cicatrices y cicatrices. Que hay destrozos físicos que te deforman de tal modo que resultan insuperablemente traumáticos
. No me refiero a esto, por supuesto; cuando los daños alcanzan tal nivel, son mutilaciones, no cicatrices. Pero de todas formas me gustaría decir que gracias a una de mis cicatrices he aprendido una de las enseñanzas más importantes de mi vida.
 La llevo desde hace cuarenta años, fue de resultas de un accidente y es la más visible y espectacular que tengo: un agujero enorme en una rodilla. Pues bien, con mis veinte años me puse todas las minifaldas del mundo, aunque me faltara media rodilla. Y, ¿saben qué? Nadie se dio cuenta de la cicatriz, o sólo la advertían tras meses de frecuentarme
. Y esto era así porque a mí no me importaba, porque yo no la señalaba con mi angustia o mi complejo, porque yo la hice mía.
 O sea: no hay como quererse y aceptarse para que los demás te acepten y te quieran.