Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 ago 2013

¡Qué arte tuvo De Niro!

El crítico de cine recuerda con nostalgia los primeros filmes y con disgusto las últimas películas del actor en su 70 cumpleaños.

Robert de Niro, retratado en Nueva York en 2009 en la presentación de 'Todos están bien'. / Peter Kramer (AP)

Durante muchos años, ver el nombre de Robert de Niro en el reparto de una película suponía un imán irresistible y amortizable para comprar la entrada.
 No solo por el magnetismo, el poder expresivo, la complejidad y el talento que desprendía este actor insólito, sino también por su intuición, su inteligencia o su suerte para elegir personajes memorables en el gran cine estadounidense de la década de los setenta, una época cinematográfica en estado de gracia, poblada por directores que ofrecieron lo mejor de sí mismos durante esos años.
No puede ser casual que Robert de Niro —que mañana cumple setenta años— protagonizara sucesivamente tantas obras maestras, películas que mantienen su fascinación y su profundidad, que te siguen removiendo aunque las hayas disfrutado infinitas veces en el curso del tiempo, ese atributo que nunca poseerán las odiosas modas, don exclusivo del clasicismo.
De Niro, como Travis Bickle en 'Taxi driver'.
Hagan la prueba si la memoria alberga dudas de que esto sea cierto. De Niro empalma en diez años una galería de personajes destinados a perdurar en la retina y en el oído del espectador.
 En El padrino 2 se mete en la estilizada piel y el temible cerebro del joven Vito Corleone, ese hombre razonable e implacable, osado y pragmático, vengativo y negociador, esposo y padre modélico.
 Dos años más tarde se convertirá en Travis Bickle, ese urbanita enloquecido por la soledad y el rechazo sentimental que pretenderá purificarse e inmolarse montando un infierno de sangre alrededor de una puta adolescente en Taxi driver. Más tarde viajará a Italia para interpretar a un dubitativo señor feudal durante la época mussoliniana en la poética y grandiosa Novecento. Será el productor genial y el hombre íntimamente devastado que creó Fitzgerald en su novela El último magnate. Intentará salvar a su autodestructivo amigo y sobrevivir mentalmente después de haber vivido el espanto de la guerra en la preciosa El cazador.
Se convertirá por dentro y por fuera en el compulsivo, celoso, paranoico y trágico boxeador Jake LaMotta en Toro salvaje.
 También otorgará autenticidad y sentimiento con admirable sobriedad gestual a esa persona común que cree tener estabilizada su existencia familiar hasta que se enamora de una compañera de tren que también parece felizmente casada en la tan creíble como emotiva Enamorarse.
  Y será ese gánster anciano y conmovedor que descubre que aquellos que más amaba le traicionaron y le engañaron en la violenta, lírica y más que triste Érase una vez en América.
 O sea, palabras mayores, un actor extraordinario al servicio de las mejores historias y de una imborrrable galería de personajes.
Pero a este actor legendario también le llegó el invierno y a mi juicio envejeció fatal
. Los pasotes histriónicos siempre le tentaron (su amigo Scorsese se lo consintió en viejas épocas de esplendor, como sus insoportables interpretaciones en New York, New York y El cabo del miedo) pero desde hace demasiado tiempo ese histrionismo repetitivo y su vana convicción de que posee una irresistible vena cómica se ha multiplicado en una filmografía mediocre o directamente olvidable.
 En mi caso, que antes pagaba por ver a De Niro, ahora lo haría por evitarlo.
Casi siempre me resulta cargante. Las leyendas deberían sentir respeto hacia su esplendoroso pasado. Sobre todo, cuando estás forrado de pasta.
Las últimas interpretaciones grandiosas que le recuerdo a Robert de Niro son las de Casino y en el antológico duelo de Heat, en la que se colocaba por primera vez enfrente de Pacino (su carrera en las últimas décadas también roza el patetismo), el otro glorioso peso pesado de su generación
. Ojalá que antes de despedirse, este actor vuelva a demostrar su arte
. Como director, también lo posee. La turbia y profunda El buen pastor era una obra maestra. Todavía nos debe alguna obra excepcional
. Delante o detrás de la cámara.

 

“Un ejército está para defender al pueblo, no para masacrarlo”

Docenas de cadáveres en la mezquita Al Iman en El Cairo el 15 de agosto. / Khaled el Fiqi (EFE)

Los nombres de los fallecidos se gritan y se apuntan en una lista que, de momento, tiene 253 nombres
. Los médicos dicen que los muertos son más, pues a muchos de ellos no se les ha identificado aún.
 Hay unos cuantos cadáveres calcinados.
 Un enfermero enseña, dentro de una bolsa de plástico, miembros amputados y chamuscados: un pie, una mano, varios dedos.
 Los familiares que han logrado encontrar los restos de sus fallecidos los custodian, algunos con la mirada perdida, otros con llantos, los menos con gritos de dolor.
 La temperatura fuera es de 35 grados.
 Dentro no hay aire acondicionado, solo unos ventiladores y bloques de hielo que se colocan sobre los cuerpos. Hay quienes intentan tapar el intenso olor a cadáver con un asfixiante ambientador con aroma a flores, que solo hace el aire más irrespirable.
La mezquita de Al Imam, en Ciudad Nasser, se convirtió ayer en la mayor morgue de El Cairo tras la carga militar contra los campamentos islamistas de la mañana del miércoles.
 Se halla cerca de otra mezquita, la de Raba al Adauiya, que durante seis semanas fue refugio último de los Hermanos Musulmanes tras su expulsión del poder. Las tiendas de campaña, las barricadas, los escenarios, todo ha desaparecido ya, aplastado por el Ejército. Quedan los cadáveres
. Muchos. Anoche, las fuerzas de seguridad se apresuraron a sitiar la mezquita, para retirar de ella los cuerpos que quedaban en su interior.
Dice el Gobierno, en su último balance, que son 538. “Es una cifra ridícula. Son muchos más. Solo por aquí han pasado 400”, dice Mustafá Abdelgani, de 34 años, cardiólogo de profesión y, desde el miércoles, dedicado a poner algo de orden en este enorme y caótico depósito de cadáveres.
 Se dedica a emitir certificados de defunción para las familias. “¿El motivo que más he escrito? Disparos en la cabeza, en el cuello, en la espalda”, dice.
Por la espalda mataron a Ahmed Mohsen, de 48 años, que dormía en una tienda de campaña en Raba al Adauiya. Quedó atrapado por las barricadas, a merced de los fusiles del Ejército.
 Ayer quedaba su cuerpo, envuelto en una sábana blanca, como todos los demás. Sus sobrinas lloraban, desconsoladas. “No nos van a acallar. Solo nos dan más razones para seguir en la calle”, decía una de ellas, Heba Wabdin, de 25 años. El hijo de Ahmed, Mosim, de 25 años, custodiaba el cuerpo, a la espera de un certificado para poder llevárselo. No perdió la compostura. Sabía que su padre iba frecuentemente a la acampada de los islamistas. “No pertenecía a los Hermanos Musulmanes”, dijo.
 “De verdad, me decía que iba a la mezquita porque estaba en contra el golpe de Estado, por una cuestión de legitimidad y dignidad”.
Estos cadáveres no han pasado por los hospitales de El Cairo, y no son las autoridades las que han certificado su muerte. Por eso, los islamistas sostienen que la cifra de muertos tras el asalto del miércoles es mucho mayor de lo que admite el Gobierno, porque este solo cuenta los fallecidos registrados en centros sanitarios.
Tras el desmantelamiento de los campamentos, muchos islamistas trajeron los cuerpos a esta mezquita, y las autoridades no han tenido acceso a ella para incluirlos en sus cómputos.
Afuera de la morgue improvisada, una multitud clamaba contra el Ejército y contra el nuevo Gobierno de Egipto. Cada vez que salía un cuerpo, siempre cubierto con la sábana blanca, en ataúdes de madera o de metal, muchos exclamaban “Dios es grande”, en señal de respeto, anhelando justicia o venganza. “Matad a Al Sisi”, cantaban en otros momentos, en referencia al general Abdel Fatá al Sisi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y máximo artífice del golpe. Hasta hace unos pocos días estos islamistas se contentaban con pedir su marcha.
“¿Ejército?
 En Egipto no tenemos un Ejército.
Tenemos una milicia.
Un ejército está para defender al pueblo, no para masacrarlo”, decía Mohamed el Malla, de 42 años, que perdió a seis amigos en Raba al Adauiya.
 Él se salvó porque fue al baño, fuera del recinto.
Cuando quiso regresar, las llamas ya consumían el campamento, y los soldados disparaban al aire para espantar a los que aun pudieran huir.
“Lo que vi es cómo Egipto avanzaba un poco más hacia la guerra civil”.

15 ago 2013

Fallece a los 69 años Rosalía Mera, la mujer más rica de España

Al final la muerte se la llevó. Nos enteramos de su derrame cerebral pero....no consiguió remontarlo.
Descanse en Paz

Karen Black, una actriz poco convencional en Hollywood

Interpretó una gran variedad de papeles durante los años sesenta y setenta. Los últimos años se convirtió en una referencia del cine de terror de serie B.

Karen Black durante el rodaje de una película en 1971. / JOHN SPRINGER (CORBIS)

Con más de un centenar de películas en su haber, a Karen Black le dio tiempo a hacer de todo en Hollywood
. Y lo hizo.
Porque la actriz fallecida esta semana a los 74 años fue la musa de la contracultura de los 60, la heroína del cine comercial de los 70 y el ídolo kitsch del cine de terror de los últimos años, cantante de country candidata a un Grammy cuando Robert Altman se lo pidió para Nashville o el nombre de esa banda de glam punk que decidió llamarse The Voluptuous Horror of Karen Black en su honor 
. Actriz cultivada en el Actor’s Studio de Lee Strasberg o por siempre recordada como la azafata que salva el día en Aeropuerto 1975.
 Black hizo de todo y todo lo hizo bien, incluso cuando los papeles eran malos
. Por eso su muerte, víctima de las complicaciones de un cáncer que le fue diagnosticado en 2010, es ahora lamentada en Hollywood con titulares como un adiós a la mujer que redefinió la sexualidad en la pantalla. “Una mujer nada convencional”, como dijo de ella el actor y director Peter Fonda.
Además de talento, Black siempre tuvo ese aspecto diferente a las demás.
 Una sonrisa amplia de labios carnosos (antes incluso de que estuvieran de moda) y unos ojos demasiado juntos y profundamente oscuros mucho antes de que Amy Winehouse hubiera nacido.
 Como añadió Fonda, la actriz tenía “una monstruosa belleza”. Fonda, al igual que Dennis Hopper y Jack Nicholson fueron cruciales en la carrera de Black, quien saltó a la fama como reina de la contracultura gracias a ese viaje de LSD que protagonizó en Easy Rider.
 Más tarde volvería a repetir con Nicholson en el papel que la acercaría al Oscar, cuando consiguió una candidatura como mejor actriz secundaria por su papel en Mi vida es mi vida.
 En ella interpretó a esa camarera de pocas luces pero perdidamente enamorada de Nicholson.
 Un trabajo para el que Bob Rafelson no quería contratarla por considerarla demasiado lista para el papel. Alfred Hitchcock también admiró su talento cuando trabajó con ella en el que sería el último filme del maestro del suspense, La trama.
 De hecho los juegos de palabras que se trajeron actriz y director llevaron a la primera a regalarle un diccionario a Hitchcock, un volumen que tituló “DictionHarry”.
En la pantalla Black fue camarera, puta, asesina, ladrona, transexual o lo que le pidiera el papel siempre con la misma convicción.
 Así dio tantos bandazos como el cine de su época, ese que se movió entre el cine contracultural o las grandes películas de masas tipo Aeropuerto 1975. La actriz nacida en Park Ridge (Illinois, EEUU) y que adoptó como nombre artístico el apellido de casada de su primer matrimonio también interpretó a Myrtle Wilson en la versión de El Gran Gatsby de 1974, junto a Robert Redford y Mia Farrow, y fue la joven buscando fama en Como plaga de langosta.
Sin embargo con el cambio de era, también cambiaron los papeles y aunque Black permaneció en activo su trabajo se redujo a series de televisión (Law & Order, Cinco en familia), monólogos teatrales off-Broadway y numerosas cintas de terror que le ganaron un nuevo grupo de fans. Películas como Trilogy of Terror o esa más reciente que rodó junto a Rob Zombie titulada La casa de los mil cadáveres.
En lo personal su vida también fue muy poco convencional, casada en cuatro ocasiones, la última junto a Stephen Eckelberry, montador y productor, y madre de tres hijos de sus diferentes matrimonios.
 Miembro durante muchos años de la Cienciología, Black declaró con llaneza a la prensa que pertenecía a esta secta porque funcionaba para ella.
 Su cáncer la dejó tan endeudada que el pasado abril puso en marcha una colecta pública para poder pagar el tratamiento, una forma de pago con la que llegó a recaudar unos 45.000 euros gracias a una página de crowdfunding dedicada a un proyecto tan personal como cuidar de su salud.