Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

9 ago 2013

Gran tipo, Luis Candelas

Una persecución, esto es lo que es, una persecución. Total, por unos milloncillos de nada.

fernando vicente

Enseguida me di cuenta de que el corpóreo estaba de un humor de perros.
—Hay que empezar a moverse, Luis.
—Ya lo sé, Luis, ya.
—No, ya lo sé, no, Luis, que estás de fantasma para algo. Que en cuanto me descuido, te me despistas. Claro, como el que está en la trena soy yo…
—No, Luis, es que aún estoy aprendiendo a despacharme como fantasma…
—Pues a ver si aceleras, Luis…
—Si ya acelero, Luis, pero es que esto es muy difícil, que fíjate que aún ando intentando quitarme el abrigo…
—Déjate de abrigos, Luis, y a lo tuyo…
—Oye, Luis, no me chilles…
—Te chillo porque me da la gana, Luis, que un recluso es un recluso…
Le decía la verdad, que esto de ser incorpóreo y tratar de mover cosas corpóreas tiene lo suyo.
Por no hablar de aparecerse, que intentaba concentrarme mucho en el dedo corazón de la mano derecha a ver qué pasaba, y nada.
 Por repasar la peineta, que me quedaba muy lucida. Incorpóreo.
También el dedo. Y es que estas cosas llevan años, para dar el pego, y siglos para dominar las suertes.
Pero es verdad que nuestro asunto ya había llegado demasiado lejos, y teníamos que movernos con rapidez. Por un lado, tenía que empezar a meter miedo a los jefazos de Génova, con la Cospe en lugar destacado. ¿Les he dicho ya que es una bruja, una arpía, una bellaca?
Pues eso, que pronto se va a enterar de lo que vale un peine.
Además, el corpóreo pensaba que ya era hora de echar mano de los papeles, pero es verdad que yo no estaba en condiciones de ir por ahí, y el resto de tesoreros, que tanto habíamos hecho el uno por el otro, todos para uno, uno para todos, también estaban muy vigilados.
Una persecución, esto es lo que es, una persecución. Total, por unos milloncillos de nada…
—Pero hombre, Luis, aunque sea irte hasta ese banco…
—Luis, ni pasar la puerta…
Así que me encerré en el despacho de Mariano, que estaba vacío, y empecé a practicar.
 Miraba fijamente el último Marca y el último As de la mesa a ver si se movían un poco, que yo intentaba incluso empujarlos con el pie, como haciéndome el distraído, pero nada. Tal que si estuvieran pegados con Superglú.
—Te dije que ni se te ocurriera entrar en este despacho.
Reconocí la voz de Leandro. No, no, le dije, si solo estaba probando…
—Te vas a probar donde tu hnckkbcbcjhjmcnmnc…
… Que no sabía yo que había nobles que hablaran tan mal. Me fui, claro. Pensé que a lo mejor en el mío…
—¡¡¡Esa partida de 300.000 euros la encuentro yo por la gloria de mi madre!!!
Mi sucesora estaba ya destrozada, los ojos fuera de las órbitas, el pelo desgreñado como Puyol en una final de Copa, se había comido el bolígrafo y ahora había empezado con las uñas. Ya iba por la primera falange.
—¡¡¡Todos a repasar!!! A ver, el folio 2.357…
Me dio mucha risa. Pensé pasarle un papel diciéndole que el truco estaba en el folio 5.618. Es mentira, claro, que está en el 12. Un par de años, calculaba yo para que encontraran la cosa…
 Tampoco allí había buen ambiente, todos a los gritos, así que me puse a buscar un hueco.
—Te veo un poco pasmao, Barcenitas…
Era el fantasma de Luis Candelas. Por corporativismo, me dijo. Me arrastró a una sala del primer piso, donde está el PP de Madrid. “Es la querencia”. Estaba airoso Candelas, moreno, bien parecido, dientes blancos, patilla ancha y flequillo bajo el pañuelo, bien afeitado, calañés, faja roja, capa negra, calzón de pana y calzado de mucho tirar.
—Que el chache era también un dandi, figura, que no solo los Bárcenas lucís tipito y hechuras…
Se brindó a enseñarme, que entre colegas, volvió a decirme, hay que echarse una mano, que primero flojeas y cuesta un potosí cualquier cosa que emprendas, pero “aluego va de buten”.
—Es que yo era de Lavapiés, sabes, chato…
Me presentó a unos colegas que le acompañaban.
—Aquí, Paco El Sastre, ese es Pablo Luengo, El Mañas, y detrás los hermanos Antonio y Ramón Cusó. Gente de fiar, Luisito, gente de fiar.
Así serían, pero tenían una pinta de patibularios que daban miedo…
—Tú al loro, que aquí estamos para desasnarte
. A ver, Paco, ensilla al caballero, que nos observe con cuidado, que me ha gustado cantidubi que todos nos llamemos Luis, que incluso yo me hice llamar Luis Álvarez de Cobos cuando presumía de indiano rico en mi vida de buen súbdito de su graciosa majestad…
Y empezó a darme las primeras lecciones, que si tal y que si cual, que primero hay que concentrarse, luego tener decisión y primero echar la mano a los objetos menos pesados, que es de mucho efecto lo que quitar y poner hojas de los escritorios.
—Que nadie te guipa si tienes pupila, ¿sus dais cuenta?
Un palmo. Moví un folio un palmo.
—¿Lo ves? ¿Te caminas, prenda?
Llamé al corpóreo.
—Antes de nada, te mando recuerdos de Luis Candelas…
—Qué casualidad, oye, que yo me he encontrado aquí con Díaz Ferrán. Saluda a Gerardo, Luis…
—Te llamo para decirte que muy pronto estaré en condiciones de poner en marcha el plan. Aguanta, Luis, como si estuvieras en el Aneto…

 

LA OPCIÓN DE LA POESÍA

LA OPCIÓN DE LA POESÍA



La historia en desbandada
cubierta de un manto
de falsedades,
la tónica del dinero
convertida en la avanzadilla
que mueve el mundo,
el toque olvidado de la justicia
llenando de inquietud
a las multitudes,
la flor que se marchita
antes de nacer y ya no esparce
ni su color ni su silencio,
las costumbres importadas
pisoteando nuestras raíces,
la cultura olvidada
entre los pozos de un café
tomado en despachos inmaculados,
el tiempo y la vida
como fuentes de todo caminando
hacia una despótica muerte,
el aire que envenena
hasta los mismísimos sueños,
los dueños del futuro
decidiendo impávidos
sobre los humanos y la primavera...
Entre tanta aridez
quién va a ocuparse
de transcribir las penas del alma
y los alborozos del corazón,
cuantos locos seguirán militando

en la opción de la poesía.
 
Del Blog Escrito con Sentido
 
De Paco Gor

Islas desiertas llenas de libros

Que un lugar del Pacífico se llame Robinson Crusoe es el triunfo de la literatura y el turismo sobre la geografía.

Isla Alejandro Selkirk. / Flickr: Tres Torres Author / Pato Novoa

Las palabras tienen vida propia
. Seguimos diciendo que el Sol sale por el Este aunque sabemos desde hace siglos que el Sol no sale por ninguna parte porque es la Tierra la que se mueve a su alrededor.
 Por eso, aunque también sepamos que quedan pocas islas desiertas y que nuestras posibilidades de terminar en alguna de ellas sean más que remotas, cada tanto escuchamos una pregunta clásica: ¿qué libro te llevarías a una isla desierta?
El mero hecho de pensar que nos llevamos ese dichoso libro equivale a imaginar que lo metemos en la maleta antes de salir de viaje y lo sacamos al llegar a nuestro destino, es decir, que vamos de vacaciones, pero basta con escuchar juntas las palabras desierta e isla para que, irremediablemente, pensemos en naufragio. Mejor, en un náufrago: Robinson Crusoe.
Que ese sea, además del título de la célebre novela de Daniel Defoe, el nombre de una isla chilena es otra demostración de que las palabras caminan por su cuenta.
 Hasta que en los años sesenta, y con la inestimable ayuda del Servicio Nacional de Turismo de Chile, la literatura triunfó sobre la geografía, las islas del archipiélago Juan Fernández llevaban el nombre que les había puesto el mismísimo Fernández, un navegante portugués del siglo XVI que, perdido en el Pacífico, se topó con tres ínsulas a las que llamó Más Afuera, Más a Tierra y Santa Clara.
Hoy las dos primeras reciben el nombre de Isla Alejandro Selkirk e Isla Robinson Crusoe, algo así como si Oviedo hubiera pasado a llamarse Vetusta a partir de la consagración de Clarín. O mejor, si unos llamasen a Oviedo Ciudad Regenta y otros, Ciudad Ana Ozores, porque el Selkirk real y el Robinson ficticio son el mismo. Selkirk fue un marino escocés que, tras rebelarse contra su capitán, fue abandonado en Más a Tierra en 1704. Allí pasó cuatro años solo hasta que un barco lo devolvió a Europa.
 Poco después Daniel Defoe construyó con sus aventuras la primera novela en lengua inglesa, la epopeya de un hombre moderno, es decir, de un individualista.
Defoe publicó su obra en 1719 y casi tres siglos más tarde, en el otoño de 2010, uno de los representantes más ilustres de la estirpe inaugurada por él, Jonathan Franzen, viajó hasta el archipiélago chileno para aislarse —qué si no— tras la extenuante promoción de Libertad y para esparcir allí parte de las cenizas de otro joven ilustre: su amigo David Foster Wallace, suicidado dos años antes. La crónica de aquel viaje está recogida en un volumen que lleva por título el viejo nombre de la isla Selkirk: Más Afuera. La editorial Salamandra lo publicó hace unos meses en traducción de Isabel Ferrer.
 Sabemos que, junto a las cenizas de Foster Wallace, Franzen llevaba una edición de bolsillo de Robinson Crusoe.
La elección parece obvia —es el libro de la isla desierta al cuadrado—, pero tan solo sirve para un lugar así. Por eso sigue en pie, por los siglos, esa pregunta a la que, socarrón, G. K. Chesterton respondió diciendo que a la famosa isla él se llevaría un manual para la construcción de veleros.
A los curiosos que se hayan preguntado si Robinson tenía algo que leer en su bendita isla les diremos que sí. En el capítulo cuarto del relato, el náufrago rescata de su barco encallado —al personaje no lo abandonan: la ficción es menos cruel que la realidad— varios mapas, tratados de navegación, devocionarios, un puñado de libros portugueses cuya identificación sigue entreteniendo a los eruditos 300 años después y tres biblias.
La Biblia es clave, y no solo por ser el libro de los libros o porque sea el único que supera a Robinson Crusoe como el más leído de la historia en inglés; es clave porque es un fijo de las islas desiertas.
 Y más si son misteriosas como, efectivamente, La isla misteriosa, la novela que Julio Verne publicó en 1875 y cuyos protagonistas llegan accidentalmente en globo a la isla Lincoln, por cierto, inexistente. Allí les hará llegar el Capitán Nemo un arcón con un atlas, un diccionario de lenguas polinesias, una enciclopedia de ciencias naturales y, por supuesto, una Biblia. Chesterton firmaría esa lista.
En el fondo, el inefable libro de la isla desierta tiene algo de aviso de la fragilidad de todo lo que necesita enchufes, ebooks incluidos.
También algo de antídoto contra el dulce veneno de los récords mundiales: lo más visto, lo más vendido, los fologüers de Twitter… Julio Verne nos cuenta que Nemo guardaba en el Nautilus 12.000 volúmenes. La mitad que el propio Verne en su vivienda de Amiens, pero un número astronómico si pensamos que en la supuesta casa natal de Leonardo se exhibe una lista con los libros que, Gutenberg mediante, formaron su biblioteca. Solo son 75, pero no faltan Tito Livio, Plinio, Ovidio, Lucano o San Agustín. Destilada por la pobreza o por la inteligencia, la del genio de Vinci se parece mucho a aquella biblioteca que recordaba Monterroso en sus memorias de infancia: era tan mala que solo tenía libros buenos.
 De wifi, por supuesto, ni hablamos.

 

Belleza superficial


Vincent Rottiers y Michel Bouquet, los dos Renoir, en la película.

"El sufrimiento pasa, la belleza queda”, dijo Pierre-August Renoir, como premonición de su crepúsculo como artista y ser humano: un hombre hundido por la muerte de su esposa y atrapado por una artritis que le llevó a atarse el pincel a la mano porque los dedos no le obedecían, pero que legó algunos de sus desnudos más hermosos gracias a la luz, interior y exterior, que le proporcionó su última musa, la pelirroja de cuadros como Las bañistas.
 Un contraste al que se ha acercado Gilles Bourdos con Renoir, retrato de esos años, en los que también tuvo mucho que ver el otro genio familiar, Jean, futuro cineasta y entonces joven melancólico y herido de guerra.
RENOIR
Dirección: Gilles Bourdos.
Intérpretes: Michel Bouquet, Christa Theret, Vincent Rottiers, Romane Bohringer.
Género: drama. Francia, 2012.
Duración: 111 minutos.
La pena es que parte de los temas que apunta o no tienen desarrollo o resultan superficiales: la imposibilidad no ya del amor, sino del contacto físico, y el consuelo en su plasmación artística; el genio de los padres que aplasta cualquier pensamiento creativo en los hijos; la cotidianidad como fuente para futuras ensoñaciones artísticas.
 Sí, se perfilan, pero sin la fuerza ni la rabia necesarias para traspasar el lienzo (perdón, la pantalla) y escapar de un lánguido preciosismo.
 Con poco diálogo, la conversación más interesante entre padre e hijo se produce a diez minutos del final, mientras Bourdos fija su objetivo en la anatomía de la chica, en las comidas campestres (básicas en la carrera de Jean) y en el aliento de la naturaleza, pero sin un punto de vista claro
. Así, la película se desliza con una aparente belleza que no provoca emociones.