Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

9 ago 2013

Pura cuestión de clase

El muy exclusivo y elegante Cosmos Club reúne desde el año 1878 a la “inteligencia” de la ciudad.

 

La sala de billar también funciona como biblioteca. / Cristina F. Pereda

El último gran debate que dividió al Cosmos Club se libró el verano pasado y versó sobre la posibilidad de que ante las brutales temperaturas del verano washingtoniano se permitiera no llevar chaqueta a los miembros masculinos de la asociación
. Ya el año anterior se había logrado que se relajaran las costumbres y se aceptó no imponer la axfisiante corbata.
Aquello fue un trago duro de pasar para una establecimiento que abrió sus puertas en 1878 y que más de un siglo después seguía sin aceptar mujeres entre sus miembros, algo que no cambió hasta 1988 (sí, 1988, finales del siglo XX).
Renunciar también a la chaqueta era un ataque que minaba los cimientos más profundos del club, aquellos que se remontan a la tradición británica de los lores y caballeros de alta ceja y baja tolerancia para las nuevas costumbres.
La edad media de los socios es elevada y la chaqueta casi suponía una contraindicación médica... a pesar de lo cual hubo quien luchó hasta el último minuto para que no se permitiera prescindir de lo que muchos consideraban un símbolo de estatus y estricto sello de calidad.
Por supuesto, la medida fue temporal y prescribió al final del verano de 2012.
Verano de 2013. Los termómetros marcan 33 grados pero la sensación térmica supera los 42.
 El símil apropiado a la hora de salir a la calle sería decir que es como entrar en una sauna, vestido (y con chaqueta). Localizado en la Avenida Massachusetts, en pleno corazón de la Calle de las Embajadas, cercano a una estatua de Gandhi —el hombre que independizó a la India de la metrópoliti cubierto solo por una sencilla sábana blanca—, el Cosmos Club sigue siendo hoy un lugar para la élite de la nación.
Sin dar nombres, el club cita que entre sus miembros ha habido tres presidentes de EE UU; dos vicepresidentes; una docena de jueces del Tribunal Supremo; 56 premios Pulitzer y 32 premios Nobel —una de las paredes del vetusto club está dedicada a la galería fotográfica de los Nobel, entre lo que se encuentra el escritor español Juan Ramón Jiménez—.
Acceder al Cosmos —siempre de la mano de un miembro; en el caso de este periódico, del director de orquesta Ángel Gil-Ordóñez— es entrar en otro mundo, en un universo en el que no se permite hablar por el teléfono móvil; donde el olor a madera transporta a mansiones de la campiña británica y en el que los miembros leen libros —de papel— en la sala dedicada a la biblioteca —donde no se permite tomar fotografías— y donde un antiguo atlas languidece frente a una bellísima chimenea (“French Renaissance”, apunta la bibliotecaria) mientras sus hojas amarillean a la espera de que alguien las pase.
Todo, a pocas calles del Dupont Circle, cuya rotonda central es el epítome del caos de tráfico y donde cada martes antes de Halloween se celebra la famosa Carrera de Tacones con más de una docena de drag queens mientras cientos de espectadores contemplan entusiasmados y entre gritos el frenético descenso de esas damas por la calle 17 intentando guardar un equilibrio casi imposible.
Entre sus miembros: tres presidentes,
dos vicepresidentes, 56 Pulitzer y 32 Nobel
Cerca de las cinco de la tarde en el Cosmos se toma el té (también café, americano y de cafetera eléctrica). O un gin-tonic, dependiendo del estado de ánimo y lo que permita el doctor
. En el recorrido por habitaciones tocadas por la pompa y por las que circulan sin las prisas ni el frenesí del exterior unos miembros ensimismados en sus pensamientos se pasa por la Sala de Baile; frente a la estancia del billar o frente a la fotografía de John Wesley Powell, un Phileas Fogg americano, soldado, explorador y geólogo que fundó el club en 1878 después de que un grupo de amigos le incitara a crear en la capital de la nación un círculo similar al Century de Nueva York. Powell parece seguirte con la mirada mientras se deja la sala.
El Cosmos lo forman miembros que rozan la excelencia en ciencia, literatura o arte y son presentados para su candidatura por otros dos miembros de la sociedad, que hacen un fotografía detallada del candidato. De ser aceptado pagará algo más de mil dólares anuales por su membresía si es menor de 45 años y cerca de 2.500 si es mayor de esa edad.
Aunque entre los más de 3.000 miembros del Club existen negros y mujeres, su pertenencia es relativamente reciente en los más de 130 años de historia de la asociación —desafortunadamente, como en otros muchos sitios y estancias de la sociedad, estadounidense y mundial—
. En 1962, el Club rechazó la nominación de Carl T. Rowan, un periodista afroamericano que fue nombrado asistente al secretario de Estado por el presidente John F Kennedy. Como resultado, el economista John Kenneth Galbraith dimitió, lo que provocó el efecto dominó de que Kennedy nunca llegase a formar parte del club porque Galbraith era uno de los dos espónsores del mandatario.
Si en el piso tercero están las habitaciones para los miembros y sus invitados; en el segundo la biblioteca; y en el primero el jardín y el comedor (entre otros)
. La fotografía del Cosmos está incompleta si no se menciona “la camaradería, la atmósfera cálida, la dignidad y la elegancia”, que son todos bienes “intangibles” de la organización, explican.
 “Los miembros que entren en el club en busca estimulación intelectual y amistad encontrarán las dos en amplia medida”, dicta la filosofía del club.
 “Pero si alguien busca soledad, el aislamiento queda respetado”, garantizan.
Y todo ello, en pleno centro de Washington.

8 ago 2013

Todo y Nada



La confianza del consumidor casi se duplica en julio

La confianza del consumidor casi se duplicó en julio al alcanzar los 63,3 puntos frente a los 37,6 del mismo mes de 2012, cuando alcanzó el punto más bajo, según el Indicador de Confianza del Consumidor (ICC), difundido hoy por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). El buen dato de julio, que supera en 1,5 puntos al de junio, es consecuencia de la mejor valoración de la situación actual (47,4 puntos frente a 45,9 de junio) y al incremento de las expectativas (79,2 frente a 77,6).
Si se compara con julio de 2012, el incremento de 25,7 puntos se debe al aumento de 23,1 puntos en la valoración de la situación actual y de 28,4 en las expectativas

. El importante incremento de la valoración actual se concentra especialmente en la situación de los hogares y, en menor medida, en las posibilidades del mercado de trabajo. En cambio, la valoración de la situación económica general registra una evolución negativa.

Amable tensión y un milagro

por JESÚS RUIZ MANTILLA
PeticionImagenCAJQ6J68 José Antonio Abreu creó su sistema de educación musical en 1975.
Una algo distraída, plácida, templada y amable tensión gobierna estos días la ciudad de Salzburgo. Por un lado, la histórica que ya de por sí da la obligación de celebrar los dos centenarios del nacimiento de Verdi y Wagner juntos. La algo más explícita de los divos, que pueden encarnar lo que representa en su corriente algo demodé Ana Netrebko para unos o en su rigurosa modernidad Cecilia Bartoli para otros
. La del discurso musical de directores como Simon Rattle, Riccardo Muti, Daniele Gatti, Antonio Pappano, Giovanni Antonini o Zubin Mehta frente a la explosiva juventud de Gustavo Dudamel… ¿Y la escénica? Este año anda de capa caída.
El caso es que la presente edición de Salzburgo se ha rendido al paso del ejército venezolano de José Antonio Abreu, por tierra, mar y aire con la contagiosa espectacularidad de su discurso y sus resultados. La Orquesta Simón Bolívar ya arrasó en la primera quincena y ahora, los más jóvenes, apadrinados por Rattle, se disponen a cerrar su participación como residentes este fin de semana. Y es con ellos también donde vino, aparte de la tensión, el milagro de contemplar ese lunático desafío de Abreu y sus sistema educativo a todas las convenciones.
 Puede que los agentes internacionales no consideren la aparición del Coro de Manos Blancas algo de tirón. Pero les puedo asegurar, desde que presencié por primera vez una actuación suya en Barquisimeto (Venezuela), que hoy en el mundo no se puede contemplar nada parecido.
Un buen día, una niña sordomuda acudió a uno de los centros del sistema de orquestas de Venezuela para que la enseñaran música.
 “No se puede”, le dijeron. Pero insistió en quedarse y le permitieron quedar presente en las clases. Pronto, Naybeth García, la responsable, observó que aquella niña respondía a ciertos impulsos musicales por vibración y así fue como se plantearon crear un coro de sordo mudos.
Hoy ese coro, lo dicho, todo un desafío a las leyes de la física y la biología, viste unos guantes blancos con los que siguen a la perfección en ritmo y armonía las voces de un grupo de discapacitados de otro orden –ciegos, paralíticos, chavales con síndrome de down- que emiten un canto absolutamente cuajado y emocionante.
 El éxito fue abrumador en el Mozarteum. Algo corroborado por el mismísimo Plácido Domingo, que acompañó a Abreu en el acontecimiento.
Mientras, la ópera sigue su curso. Un Falstaff dirigido por Mehta y cuyas representaciones terminaron ayer da paso hoy a la expectación que ha generado Gawain, de Harrison Birtwistle, con Ingo Metzmacher en el foso y Alvis Hermanis en la dirección escénica al tiempo que la nueva oferta convive con la visión que de Los maestros cantores de Nuremberg nos ofrece Gatti. Wagner compite este año en Salzburgo con ese título y con Rienzi en versión concierto
. Mientras que la batería verdiana gana por goleada, además de con el Falstaff, con un Don Carlo dirigido por Pappano, una Juana de Arco que sirvió de reaparición a Plácido y lucimiento a Netrebko y un Nabucco con el que Muti cerrará la carrera entre verdianos y wagnerianos. 4-2 a favor del italiano
. En terreno centroeuropeo. No está mal.
Pero no solo de grandezas centenarias vive Salzburgo este año. Mozart –siempre fundamental y jugando en casa- aparece con Cosi fan tutte, a cargo de Christoph Eschenbach, Lucio Silla con Marc Minkoski y El rapto del serrallo por Hans Graf.
Aunque uno de los platos fuertes viene con la Norma que ofrece Bartoli.
 Visión con instrumentos originales de Antonini, que coloca a la mezzosoprano en un papel tradicionalmente reservado a sopranos pero que Bellini concibió para Giudita Pasta, cuyas cuerdas vocales tiraban más hacia lo grave.
 Ya se estrenó el título en mayo durante el festival de Pentecostes, que dirige la cantante romana, pero repite este agosto.
Estos días, la ciudad ve pasear a sus divas por la calle como si nada.
 Netrebko se contoneaba el miércoles por la plaza del Festpielhaus estampada en rojo y llamando poderosamente la atención, mientras que Bartoli lo hará a partir del 17, quizás pasando más desapercibida. Cuando la historia te ha bendecido y abierto ya sus puertas como una de sus cantantes más gloriosas no necesitas apelar al foco por las aceras, como es el caso de la italiana.
Pero para ser justos, Netrebko se muestra artísticamente en forma y guerrera. 
Lo hace adentrándose ahora en el repertorio verdiano más duro después de hartarse, literalmente y por propia confesión, de haber cantado La Traviata.
 Aquel fue el papel que la catapultó internacionalmente precisamente en Salzburgo junto a Rolando Villazón. Hoy se decanta por la oscuridad de Lady McBeth o Juana de Arco
. Pisa muy fuerte la rusa.