Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 jun 2013

Arte ...........................Paco gor

ARTE


El concepto de arte
ha de ser lo opuesto
al del consumo,
por más que tengamos
que pagar por acceder
a esa experiencia
y por más que esas obras
por las que uno paga
circulen en un mercado.
Si comprar un bañador
para lucirlo en la playa
o una cerveza bien fría
para combatir el calor
es consumir,
no se puede realmente decir
que uno está consumiendo
cuando lee un poema,
asiste a un concierto
o ve una película
(al menos ciertos poemas,
determinados conciertos
y algunas películas).
Si así fuera sería
como consumir en el amor
a la persona amada,
o consumir al amigo

en una relación de amistad.
 
http://youtu.be/ex6khI-IQc4
 

Dj Zaplana

Con el el exalcalde de Benidorm en la cabina, el Nasti lo peta. Al final el 'jipsterío' y el 'pijerío' son los mismos lebreles con distintos collares.

 

Aznar con Eduardo Zaplana en el Club siglo XXI. / EFE

Me dicen de arriba que me ande con ojo, que estoy pisando callos.
 Al principio, creía que se referían a mis juanetes propiamente dichos.
 Con el cambio climático, he pasado de botas a chanclas de un día para otro sin pedicura, y tengo las pezuñas como los pies de los caballos a los que ha dejado Amador Mohedano a Rosa Benito, según le solloza ella a diario a Jorge Javier Vázquez.
 Pero no, era otro conflicto diplomático.
 Por lo visto, han llegado a la planta noble quejas del entorno de Amancio Ortega atribuyéndome el desplome de los beneficios de Inditex desde que tonteo con H&M
. Y por ahí sí que no paso. No es que una no sea sumisa. Según cómo, dónde y con quién, soy más bien mandada que Floriano. Pero en cuestión de marcas no me caso con nadie a no ser que me patrocinen de tobillo a sobacos. Y, por inconcebible que parezca, aún no he recibido ofertas, pese a que estoy más abierta a todo que la exconcejal Hormigos Atómica.
Lo que no gano es para sustos. Ahora que había aprendido a llevar el shopping-bag de los chinos enhebrado del bracete con la mano en alto saludando al público como Vicky Beckham, sale no sé qué traumatólogo de no sé qué instituto tecnológico con que la posturita provoca tendinitis, esguinces y desgarramientos. Poshitis, le llaman los hipsters
. Pues eso: pijitis, según los modernuquis.
Pero mira, al final van a tener razón los agoreros esos, porque el otro día me tocó ir de incógnito a un bolo de Aznar el Redivivo en el Club Siglo XXI, y se me abrieron las carnes de llevar el bolso de esa guisa y de ver tanto pijo junto. Hija, qué pelazos, qué lustre de haberse atizado filetes de choto desde el destete, qué de bótox
. Con decirte que el menos estirado era Zaplana, el maestro de ceremonias, que acaba de pasar por el quirófano para hacerse una rinoplastia por problemas de tabique.
Sí, mujer, el exalcalde de Benidorm, expresidente de la Generalitat Valenciana, exministro de Trabajo, expreboste del PP, un tipo extraordinariamente encantado de conocerse que ahora está forrándose de superejecutivo en Telefónica y dándose pisto como animador del garito ese del Tercer Milenio Viejuno. Bueno, de momento, porque se ve que el prócer tiene mono de política, le ha dado envidia ver a Aznar echándole rapapolvos a Rajoy en público, y se ha lanzado él también a enmendarle la plana a su sucesor, Alberto Fabra, soltando que "Valencia necesita un nuevo proyecto político". Lo que le faltaba a Fabra el Bueno. Justo ahora que había tenido que despedir a su coach de liderazgo porque le pillaron con el carrito del helado de los fondos públicos, viene el ZP fallero a moverle la silla con ese carisma que tira de espaldas. Él y no yo es el que se tiene que andar con ojo.
Ahora, yo que Zaplana, me pensaba otro plan B si lo que quiere son baños de masas diarios. Ya que sostiene que su especialidad es reflotar naves a la deriva -que primero rescató Valencia, después Trabajo, y que en cuanto ponga al siglo el chiringo de las Segrelles, se pira; le oyeron decir estos oídos- hacía un training con David Guetta, reabría el Nasti y me hacía de oro macizo.
 Sí, hombre, un local de culto madrileño lleno de hipsters, indies y gafapastas que echa la persiana por la crisis. Te digo yo que con DJ Zaplana en cabina, ese templo lo peta de cachorros peperos. Total, si al final el jipsterío y el pijerío son los mismos lebreles con distintos collares.

No es el descontento, es la desafección


RAQUEL MARÍN

Si en estos días se votara la palabra más utilizada para describir la política española, es muy probable que la desafección se alzara con el premio. Es un término omnipresente.
 No hay tertuliano que no llegue a tres conclusiones: una, que la desafección es el principal problema político; dos, que su causa está vinculada a la pésima actuación en todos los órdenes de los principales partidos durante la crisis económica; y tres, que ambos partidos están sufriendo por ello pérdidas electorales crecientes y quizá irreversibles
. Pero todos tienen su propia idea de lo que sea desafección. Circulan así conceptos tan dispares como desorientación, decepción, insatisfacción, enfado e incluso cabreo y alienación.
Las relaciones de los españoles con la política han sido siempre difíciles.
 Durante la Segunda República, la polarización ideológica y la atomización del sistema de partidos fomentaron la concepción del español como alguien medio anarquista y medio monje, individualista al máximo y en todo caso ingobernable. Tras los horrores de la Guerra Civil, la dictadura franquista se asentó sobre la farsa de que la política equivale a mentira y corrupción, por lo que era mejor dejarla en manos de una élite que se sacrificaría por todos los españoles.
 Y en las casi cuatro décadas transcurridas desde la Transición, los ciudadanos han podido crear partidos y votarlos, afiliarse a ellos o a cualquier otra organización, participar en actividades sociales o políticas a través de muchos canales, interesarse por la política o por cualquier otra cuestión, estar informados o conformarse con unos pocos clichés.
 En cambio, y como demuestran numerosos estudios, durante todos estos años los españoles se han quejado mucho de la política y de los políticos, al tiempo que desperdiciaban los mecanismos de participación a su alcance, presumían de su desinterés e indiferencia hacia la política y exhibían una información política tirando a muy baja.
La insatisfacción con la democracia alcanza al 70%, el porcentaje más alto desde la Transición
Todos estos elementos constituyen para nosotros un cuadro clásico de desafección, y distinto de lo que entendemos por descontento. Este último supone la insatisfacción por los rendimientos negativos del régimen o de sus dirigentes ante su incapacidad para resolver problemas básicos.
 El descontento no suele afectar a la legitimidad democrática, que sigue siendo alta incluso entre quienes están sufriendo en mayor medida las consecuencias de la crisis económica. En realidad, el descontento es sobre todo coyuntural, y depende de los vaivenes de una opinión pública vinculada a la popularidad de los Gobiernos y de sus políticas; de ahí que pueda corregirse por los cambios electorales o las mejorías económicas. En cambio, la desafección se expresa a través de un cierto desapego o alejamiento de los ciudadanos con respecto al sistema político. Suele medirse por el desinterés hacia la política, las percepciones de ineficacia personal ante la política y los políticos, el cinismo hacia ambos y los sentimientos combinados de impotencia, indiferencia y aburrimiento hacia la política.
En contraste con las oscilaciones del descontento, la desafección tiende a ser estable y suele transmitirse por las vías de la socialización política. Solo así cabe explicarse cómo, pese a los inmensos cambios de todo tipo ocurridos desde la Transición (y en general positivos), todavía predominaran antes de la crisis las imágenes de la política como engaño y aprovechamiento, como una complicación tan absurda como innecesaria; y también las imágenes de los políticos (de todos ellos) como incompetentes, inútiles y por supuesto corruptos.
Los datos existentes corroboran lo anterior. De acuerdo con la larga serie de encuestas del CIS, el descontento político ha alcanzado niveles nunca vistos hasta ahora. Cuando tanto se discute sobre quién podría ser el peor presidente del Gobierno en la historia de la democracia española, Mariano Rajoy lleva las de ganar: disfruta de la valoración más baja que la de cualquiera de sus cinco antecesores, incluyendo José Luis Rodríguez Zapatero. Solo el 17% confiaba en Zapatero al dejar el Gobierno; pero solo el 12% lo hace ahora en Rajoy. Desde la restauración de la democracia, ningún Gobierno ha recibido peor valoración que el actual del PP. La valoración negativa de la situación política es del 70%, y la de la situación económica del 90%. Como consecuencia, la insatisfacción con los resultados de la democracia alcanza al 70% de los españoles, la más elevada desde la Transición. Según datos recientes del eurobarómetro, la desconfianza en los partidos está entre las más altas de los países europeos occidentales: en 2012 era del 90%, solo empeorada por la de los griegos e italianos.
La desafección política muestra también niveles considerablemente altos; a diferencia de los del descontento, ya existían con anterioridad a la crisis. Seleccionemos un solo indicador. Según la encuesta social europea, España ha sido desde hace décadas el país con menos interés por la política de todos los europeos, incluyendo las nuevas democracias del este de Europa; el promedio de desinterés se ha movido en torno al 80% que declaraba que la política le interesa poco o nada.
 Este desinterés ha sido invariable: se ha producido tanto en momentos de crisis económica como en los de bonanza, tanto con Gobiernos socialistas como con los conservadores, tanto cuando existía una elevada satisfacción con la democracia y apenas casos de corrupción como cuando predominaba un cierto descontento.
 Es cierto que la desafección política ha aumentado algo en estos últimos años, pero no tanto por la crisis económica como por la pasividad de los partidos ante la dramática situación del desempleo, los chalaneos ante los escándalos de corrupción y el descaro del principal partido de la oposición cuando aseguraba que la crisis económica acabaría como por ensalmo con la sola desaparición de Zapatero y su eventual llegada al poder.
El político debe prestar atención al ciudadano crítico si quiere evitar el castigo electoral
En buena parte de los países europeos, el incremento de la insatisfacción con la democracia ha dado nacimiento durante las últimas décadas a los denominados ciudadanos críticos.
 Su principal rasgo es que intervienen activamente en la vida política para así modificar el funcionamiento e incluso los rendimientos del sistema político que les disgustaban. Los políticos deben necesariamente prestar atención a la voz de esos actores si quieren evitar su castigo electoral en forma de no reelección.
 En España, sin embargo, las principales características de los desafectos han radicado en la desinformación, la pasividad y el rechazo indiscriminado de partidos y dirigentes políticos
. Exceptuando algunas minorías muy movilizadas, la participación política de los españoles para expresar sus preferencias y necesidades ha sido escasa.
 Ello ha aumentado la brecha entre los ciudadanos y los políticos, y sobre todo ha concedido a estos últimos una enorme capacidad de maniobra para actuar al margen (y casi siempre en contra) de los ciudadanos. Cuando llegaban las elecciones, la rendición de cuentas ha sido muy deficiente y la posibilidad de castigar a estos malos políticos resultaba aleatoria.
La crisis económica puede estar cambiando esta situación.
Hay indicios de que el interés por la política se ha incrementado en algunos puntos, y es notorio que muchos españoles han participado quizá por vez primera en actividades de protesta a través de alguna de las muchas mareas existentes. Si las protestas se mantuvieran ante la incompetencia, el acomodo o la frivolidad de las élites políticas, el descontento podría radicalizarse y llevarse al ámbito electoral con consecuencias imprevisibles
. Y si las protestas fueran sistemáticamente desoídas y no vinieran acompañadas de cambios relevantes, la desafección podría agravarse al extenderse sentimientos de frustración entre los ahora participantes que por fin ejercen su voz.
Ninguno de estos resultados hipotéticos es positivo
. Los cambios, si se producen, deberían venir de otra dirección. Quizá la crisis económica, la gestión del Gobierno conservador y el descrédito de la oposición lleven a los españoles a la convicción de que la democracia tiene costes que solo ellos deben sufragar.
Para ello hacen falta mayores dosis de información, vigilancia y participación que permitan el control de los partidos y el envío a sus dirigentes de mensajes inequívocos de lo que se quiere o de lo que se rechaza. Si los ciudadanos pasan de política, no piden cuentas a los candidatos, no castigan a los corruptos, ni premian a quienes lo merecen, ¿quién controlará a los partidos o a los Gobiernos, cómo podrá obligárseles a que cambien para convertirse en instrumentos democráticos al servicio de los ciudadanos?
José Ramón Montero y Mariano Torcal son catedráticos de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universitat Pompeu Fabra, respectivamente, y han publicado Political disaffection in contemporary democracies (Londres, 2006).

El hombre sin cualidades

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FERNANDO VICENTE

Estuve una semana en París y el fantasma de Hannah Arendt me salió al encuentro por todas partes
. En tres cines del Barrio Latino exhibían la película que Margarethe von Trotta le ha dedicado y me gustó mucho verla. No es una gran película pero sí un buen testimonio sobre la recia personalidad de la autora de Los orígenes del totalitarismo, su lucidez y su insobornable independencia intelectual y política.
El film está casi totalmente centrado en el reportaje que Hannah Arendt escribió, a pedido suyo, para The New Yorker sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann que se celebró en Jerusalén en 1961, y el escándalo y la controversia que provocó, sobre todo al aparecer ese texto ampliado en un libro en 1963, donde la pensadora alemana desarrolla su teoría sobre “la banalidad del mal”.
 La actriz Barbara Sukowa hace una sutil interpretación de Arendt; la mayor flaqueza de la película es la fugaz y caricatural descripción que presenta del vínculo que unió a Hannah Arendt con Martin Heidegger, de quien fue primero discípula, luego amante eventual y al que, pese a la cercanía que aquel tuvo con el nazismo, profesó siempre una admiración sin reservas (al cumplir Heidegger 80 años le dedicó un largo y generoso ensayo).
Y, justamente, nada más salir del cine de ver esa película, descubrí que en el pequeño teatro de La Huchette, donde se siguen dando las dos primeras obras de Ionesco (La cantante calva y La lección) que vi en 1958, se representaba también la obra de un autor argentino, Mario Diament, Un informe sobre la banalidad del amor, subtitulada Historia de una pasión, y dedicada a las relaciones de Hannah Arendt y Heidegger.
¿Existió realmente una pasión entre la brillante muchacha judía que padeció persecuciones, pasó por un campo de concentración y debió exilarse en Estados Unidos para escapar a la muerte y el gran filósofo del ser, que aceptó ser rector de la Universidad de Friburgo bajo las leyes nazis y murió sin haber renunciado nunca a su carnet de militante del Partido Nacional Socialista? En la obra de Diament, sí, tuvieron una pasión compartida, duradera y traumática, que ni las atrocidades del Holocausto pudieron abolir del todo. La obra está bien hecha y los dos actores que encarnan a los protagonistas son magníficos —Maïa Guéritte y André Nerman—, pero en la realidad, al parecer, la pasión fue bastante asimétrica, más profunda y constante de parte de la discípula que del filósofo, en quien aparentemente tuvo un sesgo más superfluo y transitorio (la verdad es que sobre este asunto hay todavía más conjeturas y chismografías que verdades comprobadas).
Sorprende que el admirable ensayo de Hannah Arendt recibiera tantos ataques grotescos
En todo caso, estos episodios me llevaron a leer Eichmann en Jerusalén, que había dejado sin terminar la primera vez que lo tuve en las manos.
 Leído ahora, medio siglo después de su publicación, sorprende que ese denso, intenso y admirable ensayo pudiera provocar al aparecer ataques tan grotescos como los que recibió su autora (llegó a ser acusada de “pro nazi” y “anti judía” por algunos exaltados fanáticos que firmaron manifiestos para que fuera expulsada de la universidad norteamericana donde enseñaba).
Pero no debería llamarnos demasiado la atención pues el siglo XX no fue sólo el de las grandes carnicerías humanas sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron.
La rigurosa autopsia a que somete Hannah Arendt al teniente coronel SS Adolf Eichmann, hombre de confianza de Himmler y uno de los más destacados especialistas del régimen hitleriano en “el problema judío” —mejor dicho, en la exterminación de unos seis millones de judíos europeos—, a raíz de los documentos y testimonios que se exhibieron en el juicio, arroja unas conclusiones escalofriantes y válidas no sólo para el nazismo sino para todas las sociedades envilecidas por el servilismo y la cobardía que genera en la población un régimen totalitario.
 El espíritu romántico, congénito a Occidente, nunca se ha liberado del prejuicio de ver la fuente de la crueldad humana en personajes diabólicos y de grandeza terrorífica, movidos por el ideal degenerado de hacer sufrir a los demás y sembrar su entorno de devastación y de lágrimas.
 Nada de esto asoma siquiera en la personalidad de ese mediocre pobre diablo, fracasado en todo lo que emprende, inculto y tonto, que encuentra de pronto, dentro de la burocracia del nazismo, la oportunidad de ascender y disfrutar del poder.
 Es disciplinado más por negligencia que convicciones, un instinto de supervivencia abole en él la capacidad de pensar si hay en ello algún riesgo, y sabe obedecer y servir a su jefe con docilidad perruna cuando hace falta, poniéndose una venda moral que le permite ignorar las consecuencias de los actos que perpetra cada día (como despachar trenes cargados de hombres, mujeres, niños y ancianos de todas las ciudades europeas a los campos de trabajos forzados y las cámaras de gas). Con énfasis aseguró Eichmann en el juicio que nunca había matado a un judío con sus manos y seguramente no mintió.
Cualquiera que haya padecido una dictadura, incluso la más blanda, ha comprobado que el sostén más sólido de esos regímenes que anulan la libertad, la crítica, la información sin orejeras y hacen escarnio de los derechos humanos y la soberanía individual, son esos individuos sin cualidades, burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapariciones, mirando sin mirar, oyendo sin oír, actuando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes que, de este modo, como le ocurrió a Adolf Eichmann, llegan a escalar las más altas posiciones. Invisibles, eficaces, desde esos escondites que son sus oficinas, esas mediocridades sin cara y sin nombre que pululan en todos los rodajes de una dictadura, son los responsables siempre de los peores sufrimientos y horrores que aquella produce, los agentes de ese mal que, a menudo, en vez de adornarse de la satánica munificencia de un Belcebú se oculta bajo la nimiedad de un oscuro funcionario.
Esos individuos sin cara y sin nombre son los responsables de los peores sufrimientos
Kafka ya lo identificó en esos invisibles personajes que juzgan y ejecutan a inocentes como K. por crímenes fantásticos e inexistentes, pero el gran mérito de Hannah Arendt es haber sacado de la literatura a ese hipócrita y darle el protagonismo que merece como secuaz indispensable de los verdugos y haberlo tipificado como el agente predilecto del mal en el universo totalitario.
Eichmann “no era ni un Yago ni un Macbeth”, dice Hannah Arendt, ni tampoco un estúpido. “Fue la pura ausencia de pensar —lo que no es poca cosa— lo que le permitió convertirse en uno de los más grandes criminales de su época. Esto es ‘banal’ y hasta cómico, pues, ni con la mejor voluntad del mundo se consiguió descubrir en Eichmann la menor hondura diabólica o demoníaca”.
Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann.
Algo de esto había dicho años antes Georges Bataille, comentando el prontuario criminal del valeroso compañero de batalla de Juana de Arco al que se le descubrió más tarde que asesinaba niños en serie porque era un pervertido sexual: que, nos guste o no, en el fondo de todos nosotros, no sólo los “malos”, también los “buenos”, se esconde un pequeño Gilles de Rais.
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