Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

8 jun 2013

"Ser sexy es cuestión de energía"

Heather Graham: "Ser sexy es cuestión de energía"

A sus 43 años, la dulce stripper de la saga Resacón ha aprendido a tomarse con sentido del humor la imagen de rubia con cabeza de chorlito que Hollywood le ha reservado.

Heather Graham
Heather Graham lleva camisa de Vanessa Bruno, sujetador de Carine Gilson, falda de Tom Ford, sombrero de Bijou Van Ness, guantes de AF Vandevorst y zapatos de Christian Louboutin.
Ángel o demonio. ¿Se hace la tonta… o es muy lista? De lo que no cabe ninguna duda es de que Heather Graham personifica a la eterna secundaria, rubia, de mirada dulce y, sobre todo, terriblemente sexy que todo director quiere en su película
. A sus 43 años, lleva muchos morando en la lista de las mujeres más deseadas del cine, así como Jennifer Aniston, de 44, o la otra Jennifer (Lopez), de 43.
Lo mismo le pasa en pantalla. Saltó al ruedo en Boogie Nights, como la actriz porno que nunca se quitaba los patines, y se consagró con Austin Powers, donde su personaje generaba decenas de insinuaciones sexuales.
 Ahora vuelve con R3sacón, en la que retoma su papel de streaper con un corazón de oro capaz de ganarse a la manada de lobos que protagoniza la tercera y última entrega de esta exitosa comedia.
Hollywood parece tener fijación con la carga sexual de la actriz, pero a esta nativa de Milwaukee parecen importarle otras cosas.
 Por ejemplo, sus sandalias. «Son Casadei, y me tienen obsesionada», comenta mientras muestra un modelo de tacón alto como una niña con zapatos nuevos. «Son increíblemente cómodas. Tanto, que me dedicaría a besarlas y a hacerles el amor», añade con más inocencia que picardía.
Heather Graham
Vestido de chifón con tulipanes bordados de Valentino, sujetador de Carine Gilson y culotte de Chantal Thomas.
Foto: Greg Lotus
En realidad, a ella no le gustan especialmente los tacones y, en cuanto salga de la entrevista, afirma que se calzará sus botas Fendi de motorista. Esas que, como confiesa, se «autorregaló» por navidades.
 Pero ahora está interpretando su papel y eso exige stilettos, aunque duela.
«Digamos que encarno a una persona normal que pretende ser una estrella de cine. Ese es mi personaje», confiesa juguetona.
 De ahí los tacones y el vestido blanco y negro ajustado de Talbot Runhof que muestra dando una pirueta. «Es la suerte de ser actriz. Que me lo prestan todo», sonríe.
Graham las suelta así de claras. O se queda sin palabras y su publicista le tiene que sugerir las respuestas. Por ejemplo, que su estilista fue quien le enseñó a vestir eligiendo modelos que resaltaran su belleza.
 «Pero lo más importante es sentirme bien con lo que llevo, y no hablo de estar cómoda sino de ser yo. Creo que el mejor vestido es el que te hace expresar lo mejor de ti misma», añade ahora con sus propias palabras y la lección bien aprendida.
La actriz no se considera una obsesa de la moda.
 De hecho, si no es su estilista, siempre tiene alguna amiga cercana que le aconseja qué ponerse.
 Su filosofía es que arreglarse es tan divertido como el no hacerlo, momento en el que tira de chanclas y de su colección de camisetas de yoga Sweaty Bett. «Yo me siento sexy incluso cuando estoy toda sudada y con el pelo revuelto. Todo es cuestión de energía», explica como declaración de principios.
 «Ser sexy es muy divertido», añade.
Heather Graham
Camisa de crepé de Vanessa Bruno y sombrero de Bijou Van Ness.
Foto: Greg Lotus
Al parecer, Graham no siempre fue así de lanzada.
 Aunque no le gusta hablar del tema, la actriz, que se crió en la fe católica, recuerda una infancia llena de tabús familiares en la que la amenazaban con enviarla a un convento. Se hace difícil imaginarla allí. «Solo oía las palabras “pecado”, “infierno”, cosas así», recuerda sin entrar en más detalles.
 Su independencia fue un proceso personal que la llevó a tener una fulgurante carrera en Hollywood y lucir una igual de impresionante lista de amantes que incluye los nombres de Leonardo DiCaprio, Heath Ledger, Ed Burns, Kyle MacLachlan o James Woods, entre otros. «Todos fueron geniales», dijo recientemente. Geniales, tal vez, pero no lo suficiente. Graham ha preferido seguir soltera hasta la fecha.
 Ella no busca un marido, busca la felicidad.
Y, como asegura, prefiere estar sola y feliz que ser una esposa desdichada. «A estas alturas tengo claras mis prioridades», señala. ¿Algún consejo? «Eliminar las neurosis, todos esos pensamientos que te hacen sentir triste», dice con los ojos bien abiertos como mostrando el vacío de la mente.
«Claro, eso es más fácil decirlo que hacerlo», se ríe. ¿De ahí que no se case? «Quizá», admite enigmática. «Porque puedes dejar que la sociedad te imponga lo que debes hacer o te puedes preguntar si eso es para ti y decir que, quizá, lo que quieres no es lo que se supone que tienes que hacer, pero es lo que te hace feliz».
En otros temas, Heather es una mujer mucho más transparente.
 No le importa, por ejemplo, mostrar qué lleva en su bolso: el iPhone (otra obsesión), sus gafas de sol Dita, una barra de cacao para los labios y una crema de manos hidratante. «Ese es el único consejo de belleza que llevo a rajatabla.
 La hidratación. Bebo mucha agua y no puedo vivir sin una buena hidratante», detalla.
Heather Graham
Look total a rayas y gafas de sol, todo de Marc Jacobs; y zapatos de Dior.
Foto: Greg Lotus
Sus otros consejos para ser ella misma y sentirse bien son igual de sanos: un masaje semanal, exfoliar la piel con regularidad, nada de alcohol ni drogas, dormir mucho y realizar unas buenas sesiones de yoga. «Ahora también me ha dado por eliminar la harina blanca de mi dieta. Me hace sentir más sana.
Y le he tomado cariño a los zumos de algas.
Con manzana y limón, eso sí. No soy muy de zumos, pero dicen que son saludables», comparte.
Los resultados saltan a la vista, aunque Graham dice que hay más, algo que aprendió de David Lynch cuando trabajó con él en esa serie de culto que fue Twin Peaks.
Se trata de la meditación transcendental, que practica a menudo y que la lleva a retiros espirituales por todo el mundo para poder perfeccionar sus técnicas. Mens sana in corpore sano
. Eso sí, nada de cirugía plástica. «Me da miedo», se ríe. No es esa la única razón. Bajo su apariencia de rubia cabeza de chorlito, la actriz es consciente de las presiones de la sociedad (especialmente en Hollywood) a la hora de imponer cánones. «Me gusta tener una cierta apariencia, pero eso no lo es todo. Por ejemplo, mi ídolo en esta industria, la actriz más atractiva de Hollywood, es Susan Sarandon. Ella es una mujer sexy, muestra su edad y tiene su propio estilo. Está cómoda en su pellejo y eso le confiere una sensualidad que la hace diferente. ¡Ya me gustaría que se me pegara algo!».
Además, su película preferida es Harold y Maude, la historia de amor entre una octogenaria y un adolescente de la que desearía hacer una nueva versión cuando sea anciana.
Quizá cambie de idea cuando le salga la primera cana. O no: «Ya tengo una y ¿sabes qué? Las canas son muy fáciles de ocultar».

La moral en un callejón sin salida

La cineasta canadiense Anaïs Barbeau-Lavette narra el conflicto palestino-israelí a través de la experiencia de una doctora en 'Inch´Allah’.

 


Cuando te niegan la existencia con represión, miedo y violencia, la reacción puede ser adversa.
 Convivir, aunque sea como agente externo, en un entorno de guerra velada por la connivencia internacional, puede desembocar en comportamientos igual de inesperados
. La cineasta canadiense Anaïs Barbeau-Lavalette pasó 12 años de viajes intermitentes entre Israel y Palestina y de la experiencia sacó Inch'Allah, la historia de una tocóloga canadiense que trata a mujeres embarazadas en un campo de refugiados en Cisjordania.
 “Introducir a una occidental en terreno de batalla me permitió transformarla de testigo a actor directo, plantear el interrogante: '¿hasta qué punto el conflicto de otros puede convertirse en propio?”,
 cuenta la directora al otro lado del teléfono.
Chloe cruza cada mañana el puesto de control que separa su casa en Tel-Aviv -en apariencia segura- de la pequeña clínica donde atiende a madres y bebés capaces de sobrevivir entre la pobreza, la basura y la esperanza
. El muro que separa su residencia de su trabajo, también divide sus emociones. A un lado, su vecina y amiga, una soldado en prácticas
. Al otro, una joven a punto de dar a luz, y sus dos hermanos: un fervoroso resistente; y un pequeño vestido con los harapos de súper héroe, un personaje con la habilidad de desanclar la película de la realidad.
“Si se implica a un extranjero en un conflicto como el palestino-israelí, se consigue un mayor impacto en el público”. Barbeau-Lavalette no pretende convertirse en juez: “No voy a resolver una situación que ni siquiera yo soy capaz aún de entender”.
Su recurso está en apilar la película sobre la historia de la joven doctora y llevar sus valores al límite de la moralidad.
“La guerra puede penetrar en nuestro interior y destrozarnos, no somos inmunes”.
Heredera de una familia cinematográfica, sus padres ambos cineastas de prestigio en Canadá, y nieta del pintor Marcel Barbeau, se hizo con el premio FIPRESCI y la mención especial del jurado de la sección Panorama de la última edición de la Berlinale
. De sus progenitores heredó la técnica del documental con la que estrenó su filmografía y a la que recurre en Inch'Allah, aunque de ficción se trate.
 “Está rodada cámara en mano para conseguir mayor realismo”, señala, “permite al espectador ver, oler, sentir a través de Chloe”.
Por si la experiencia sensorial de la protagonista se quedaba escasa, la cineasta mandó levantar 300 metros de muro y ampliar uno de los escenarios centrales de la película: el basurero-parque de recreo donde los niños palestinos juegan a falta de columpios
. Los productores visitaron Palestina, pero decidieron trasladar el rodaje a un campo de refugiados en Jordania “al contar con una mayor estructura cinematográfica”.
En este lugar encontraron al pequeño Safi, el menor de los hermanos de la familia palestina de acogida de Chloe. “Necesitaba un personaje que me permitiese romper con el hilo de la historia, que aportase un toque luminoso, poético”
. Aunque sus directores de casting se negaron a indagar entre las chabolas del campamento, la cabezonería de Barbeau-Lavalette ganó la batalla y una mañana se encontró con más de 100 niños en la puerta de su tienda.
 “Ahí estaba él, entre los primeros de la fila”, relata, “tuvimos que pedir permiso a sus padres y le explicamos sus escenas, sin hacer hincapié en la parte más dura de la historia”. La cineasta se convirtió en cuentista, sin darse cuenta, reconoce, que es complicado edulcorar la violencia a un niño que desayuna con ella.
“Creo profundamente en el deseo de perdón”, dice para remitirse al final de la película.
La esperanza con la que optó por cerrar su historia la había encontrado años antes en sus conversaciones con jóvenes palestinos e israelíes.
 “Creo en una solución, porque entre la juventud existe el deseo para que se consiga”.

Una semana con Pasolini...................Marcos Ordóñez

He disfrutado enormemente con la exposición Pasolini Roma, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), y con su espléndido catálogo, lleno de cartas, poemas, memorias y ventanas.
He estado viviendo una semana con Pasolini, por así decirlo, con sus textos y sus películas, y no dejo de ver su sonrisa, refulgente como una camisa blanca, porque la muestra exhala felicidad, la felicidad de ver a un hombre imaginando, abrazando, multiplicando, levantando acta de un mundo feroz y construyendo otro mundo posible, con la “desesperada vitalidad” que cantó Laura Betti
. Enorme personaje: poeta, novelista, ensayista, pintor, guionista, cineasta, siempre igual y siempre distinto, gran contradictorio, marxista y libertario, creyente y nihilista, apocalíptico pero nunca integrado, y, por encima de todo, rastreador de lo sagrado, ese pálpito de eternidad “que el laicismo consumista”, escribió, “ha arrebatado al hombre para transformarlo en un estúpido adorador de fetiches”.
Pocos como él encarnaron de forma tan rotunda al intelectual y al artista de los sesenta, aunque al evocarle he acabado pensando en nuestros años treinta y en Lorca, el Lorca popular y visionario, alegre y oscuro, el Lorca fecundísimo y, como él, muerto en circunstancias nunca del todo aclaradas.
 Los dos, cada uno a su modo, pagaron un alto precio por ser tan libres.
 Fueron a por Pasolini fascistas y democristianos y sus propios compañeros comunistas, en distintas épocas pero en significativa unanimidad a la larga, y le brearon a juicios: 33 procesos, por los más diversos motivos, desde homosexualidad a “vilipendio de la religión del Estado”, que siguieron hasta dos años después de su muerte, pero acabó absuelto, conviene señalarlo, de todas las causas.
Esta semana he redescubierto el fulgor vital de sus primeras películas, Accattone y Mamma Roma, y su extraordinaria poesía, y la lucidez profética de algunos de sus Escritos corsarios, tan cercana a Guy Debord. Difiero en muchas cosas, pero al releerle ha crecido mi admiración por su pensamiento encendido, su alegría “estoica y antigua”, siempre cercada por el dolor.
 Tres heridas esenciales: la muerte de su hermano Guido, el jovencísimo partisano caído en 1945; la separación de Ninetto Davoli, el amor de su vida, en 1971, y como un pájaro negro o una negra mancha de petróleo, el fin de una Italia devorada por el neocapitalismo, y muy especialmente la pérdida de aquel pequeño paraíso subproletario, de vida durísima pero mucho más intensa y luminosa que la hormigonación que vino luego: las borgate que conoció a su llegada, arracimadas a las orillas del Tíber y todavía oliendo, como sus gentes, “a jazmín y sopa humilde”.
El Pasolini de los últimos años es un hombre amargo, a menudo desaforado, quizás porque la época, los terribles “años de plomo”, también lo fue; un utopista que pide cosas tan imposibles (y en el fondo tan comprensibles) como la abolición de la televisión y de la escuela secundaria, para empezar de cero. Recuerdo aquellos años, cuando no comprendíamos que la dicha impúdica de la Trilogía de la vida pudiera dar paso a la abjuración, al horror y a la violencia inasumible de aquel Salò que mostraba, como un almuerzo desnudo, la desolación de su quimera.
Escucho de nuevo el impresionante discurso fúnebre de Moravia a las puertas de su casa, el 5 de noviembre de 1975, mientras bajan el cadáver, diciendo, con rabia, con extrema claridad, sin gota de retórica, lo que había que decir:
“Ha muerto un poeta y un testigo, un hombre valeroso, un hombre bueno, de inteligencia lúcida y firme”.
Me vuelve ahora la lejana memoria de Vincenzo Cerami, que habla del Pasolini profesor, en la escuela de Ciampino, aquel profesor de voz dulcísima que vivía en Rebibbia y tenía que tomar dos autobuses y un tren para poder dar la clase, que jugaba al fútbol de manera prodigiosa y regalaba sus libros, y al que no le importaban tanto los errores gramaticales como los errores éticos: “hacer la pelota, decir mentiras”. Y pienso en Accattone cayendo como Ícaro en el poema de Auden, “y luego solo el agua negra que corre, y buenas noches”, pero no solo eso, nunca solo eso, y es así como florece de golpe, primaveral, este recuerdo: la primera vez que me topé con el nombre de Pasolini, en los primeros setenta, en casa de Raúl Ruiz. Tenía sobre la mesa una edición original de Le ceneri di Gramsci, y yo, que no sabía italiano, creí que el título era Las cerezas de Gramsci, y Raúl sonrió y dijo: “Cerezas por cenizas, a Pasolini le hubiera gustado eso”.

Michael Douglas solo quiere una vida normal

Por sus genes corren las adicciones que él superó pero que llevaron a su hijo a la cárcel

Su mujer, Catherine Zeta-Jones, padece un trastorno bipolar. Y él venció a un cáncer de garganta que atribuyó, con el consiguiente revuelo mediático, al sexo oral.

El actor Michael Douglas durante una rueda de prensa en la pasada edición del Festival de Cannes. / Dave J
La vida es eso que pasa mientras llegan las segundas oportunidades.
 De eso va esta historia. Michael Douglas (Nueva Jersey, 1944) se ha hecho un experto en la última década en segundas —y terceras— oportunidades.
 Sobre todo en los últimos tres años, tras superar un muy avanzado cáncer de garganta, apoyar a su mujer, Catherine Zeta-Jones, diagnosticada bipolar, y sobrellevar el encarcelamiento de su hijo mayor, Cameron.
 Y entre todas esas desgracias: paseos en familia por el neoyorquino Central Park, algún rodaje y vacaciones en Mallorca (cada vez más esporádicas), donde el actor se divide las estancias en su finca S’Estaca con su exmujer, Diandra Luker.
Es decir, Douglas realiza denodados esfuerzos por normalizar lo innormalizable desde que nació: su vida.
Tengo la sensación de haberme convertido en un hombre anuncio del cáncer de boca", dijo
Hace unos días soltaba, con toda normalidad, en una entrevista con The Guardian, que su enfermedad se había producido debido al sexo oral. “Este tipo de cáncer está causado por el HPV, que en realidad se produce a partir del cunnilingus”. Y se permitía añadir: “El cunninlingus es también la mejor cura”. Aparte de la evidente controversia, generó todo un debate médico respecto a si es o no factible esa transmisión venérea.
No es que a él le haya pasado, tuvo que matizar
. Hasta su exmujer se vio obligada a negar que ella tuviera el virus
. Él solo lo señalaba como una de las posibles razones y no lamenta haberlo hecho si así se previene, dijo, precisamente, en una gala que la American Cancer Society celebró este lunes en Nueva York. “Tengo la sensación de haberme convertido en las últimas 24 horas en un hombre anuncio del cáncer de boca. No tengo ni idea de qué causó el mío, si lo supiera, me darían un Nobel”, bromeó con los asistentes.
Días antes había recogido en el Festival de Cannes los elogios por encarnar al pianista gay Liberace en Behind the Candelabra. Probablemente, el ambicioso y viril Douglas de los años ochenta,
 el que desde Wall Street jaleaba aquello de “la codicia es buena” y saltaba de mujer en mujer en su trilogía del sexo (Atracción fatal, Instinto básico y Acoso), jamás se imaginaría que su “rejuvenecimiento” artístico llegaría rodeado de adonis rubios y lentejuelas.
Tampoco se imaginaría aquel Douglas que casi lloraría ante la prensa en la presentación de la cinta de Steven Soderbergh en Cannes.
“Para mí…”, se le quebraba la voz al hijo de Espartaco Kirk. Aguantó la respiración, golpeó la mesa y volvió a empezar. “Fue justo después de mi cáncer, este papel es un regalo.
Y estoy eternamente agradecido a todo el equipo por esperarme”.
La prensa respondió con un aplauso. ¿Un actor a punto de llorar? Normal. Quizá para otros
. Pero estamos ante el actor que en septiembre de 2010 confirmó que tenía cáncer de garganta en cuarto grado, terminal, sonriendo, entre bromas, en uno de los programas más vistos de EE UU, el show de David Letterman.
Días después de la revelación apareció en el estreno de Wall Street 2, igual de sonriente, con Catherine Zeta-Jones. El 25 de septiembre de aquel 2010, como cada año desde que se casaron en 2000, la pareja celebró su cumpleaños (los dos nacieron el mismo día, con 25 años de diferencia) en un hotel con ilustres amigos (el alcalde Bloomberg, Barbara Walters, Danny DeVito…).
Fue justo después de mi cáncer, este papel es un regalo. Y estoy eternamente agradecido a todo el equipo por esperarme
Dos meses después, en noviembre, tras ocho semanas de quimio y radioterapia, apareció con Zeta-Jones y sus hijos, Dylan (13 años) y Carys (10), en Disneyworld.
 Estaba bronceado, sonriente y, como dice Soderbergh, “ni siquiera había perdido su pelo”. En enero de 2011 volvió a la tele con razones para reír: estaba curado.
 Y aún lo está. Su mujer, en cambio, el mismo día en que Douglas casi lloraba en Cannes, salía de su segundo ingreso voluntario para tratar su bipolaridad.
 “Ella está bien”, dijo el actor, con normalidad.
“¡Me parezco a mi padre!”, grita horrorizado su Liberace en Behind the Candelabra.
 Por suerte o por desgracia para Michael, él tiene más que asumido que de su padre, de origen judío-bielorruso (Danielovitch era su apellido original), lo ha heredado todo. Por un lado está lo bueno: ese pelazo, la longevidad, la valentía. Kirk Douglas sobrevivió a un accidente de helicóptero, a un ataque al corazón y ahí está, con casi 97 años, y aún se escapa a alguna gala.
Los genes malos, en cambio, son los que transmiten esa (maldita) adicción. Michael lo cree así: él estuvo ingresado por alcoholismo en 1992, lo mismo que intenta superar su hermano, Joel; su medio hermano, Eric, murió de sobredosis en 2004, y su hijo mayor, Cameron, cumple ocho años de cárcel, desde abril de 2010, por consumo y tráfico de drogas.
“Ha sido castigado por su apellido”, recordaba en Cannes.
 “Recibió la sentencia más larga en la historia penal americana por un delito así”.
Fui un mal padre. Cometí errores, mi carrera estaba antes que mi familia
La genética puede tener la culpa, el apellido quizá no ayude, pero, al final, un Douglas tiene que apechugar. “Fui un mal padre. Cometí errores, mi carrera estaba antes que mi familia en aquella época”
. Michael repitió así lo que su padre había hecho con él. Sus ausencias durante la adolescencia de Cameron provocaron que su hijo “no haya estado sobrio desde los 13 años”. Ahora tiene 35.
Por eso cuando la vida le concedió “una segunda oportunidad de ser padre” no la desaprovechó.
“Si pudiera, les amamantaría”, llegó a decir Zeta-Jones de la relación de Michael con sus niños
. Les hace el desayuno, los lleva al cole, los recoge… Rutinas que no abandonó ni durante la enfermedad. Aunque el acoso que sufrían de los paparazi, apostados en la puerta de su casa en Central Park West, les obligó a mudarse a Westchester, a 40 minutos de Manhattan, donde han recuperado algo de la tranquilidad que tuvieron durante casi ocho años viviendo en Bermudas.
Una forzada normalidad, su vida, eso que pasa mientras acude a galas benéficas, eventos deportivos (como su campeonato anual de golf, Michael Douglas & Friends), películas
. Y de repente, un día sin programarlo, casi llora.
 Quizá eso sí que era normal.