Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

5 may 2013

Genoveva, el nuevo tesoro...........................Boris Izaguirre

No está casada con el hijo de la duquesa, pero es directora de comunicación de la Casa de Alba. Genoveva Casanova ha ganado a la vez la libertad y la permanencia.

Genoveva Casanova, fotografiada en Madrid el pasado lunes. / GTRESONLINE

No hay nada para animar una semana de descomprensión poselectoral como descubrir que un hackeador ha conseguido tu número de móvil y lo ha subido a una red social! El célebre link con los móviles de los famosos ha originado un nuevo quién es quién de la celebridad nacional. 
Algunos desearían estar entre el grupo de los 80 afectados.
 No hay nada más in en este momento: si no apareces en el link de los móviles hackeados, desapareces, no eres nadie.
 Para otros ha sido más cruel: María Teresa Campos sufrió un ataque de ansiedad tras recibir más de 800 llamadas en su móvil. 
Se ha comentado que el teléfono de donde se habría extraído el listado pertenecía a un ex de Terelu, la hija de la Campos. 
“No pienso llamar al móvil que viene en la lista, porque sospecho que ya habrá cambiado de número”, explica otra persona que también deja caer su malestar por no estar en ella. “Te hace sentir casi inferior”, confirma. “Lo que nunca entenderé es el criterio: ¿por qué están unos y otros no?”.
Con el link, la cultura de la celebridad encuentra una nueva senda
. Que todo es público, no existe intimidad, ya ni siquiera tu teléfono te pertenece. Pero la crisis impone relativizarlo todo, como hace el expresidente de Bankia, señor Blesa, que nos ha dicho esta semana que “todos cometimos excesos”, reconociendo que a él le compraron en su banco un coche blindado de 500.000 euros, casi la misma cantidad recaudada el jueves en Barcelona en la Gala contra el Sida. Es para quedarse perplejo, que al final es casi lo único que podemos hacer, porque al señor Blesa el valor de sus palabras y de sus excesos debe de darle relativamente igual. Mientras observamos cómo se arrojan miles de millones de euros al pozo sin fondo de la locura inmobiliaria, los implicados en la gestión del banco se empeñan en afirmar que la no responsabilidad era y es su moneda de cambio. 
Cada día de esta semana hemos asistido al paseo de esa ausencia de responsabilidad saliendo a bordo de sus berlinas blindadas.
 Un día son los presidentes de los bancos intervenidos, otro son los implicados en la mafia hispano-china.
El Madrid Arena se cobra una quinta vida y encontrar un responsable se vuelve imposible, es lo que pasa en las sociedades sin responsabilidad. La muerte de la quinta joven hizo cancelar la ­inauguración de la exposición de tesoros artísticos de la familia Alba en el palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid. La nueva portavoz de la casa de Alba, Genoveva Casanova, esa vocacional y entusiasta historiadora de arte, nos explicó que la exposición servirá para descubrir la colección y la historia de nuestro país.
 Podríamos agregar que hay un ejercicio de responsabilidad en hacer y mantener una colección así, y que confiamos que en el palacio de Cibeles no haya los fallos que se han visto en otras dependencias municipales.
Es también reconfortante la floreciente relación de Genoveva con las artes.
 Lo hizo primero casi eclipsando en la entrega del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, y continúa ahora promoviendo la exposición de la familia Alba, a la que ella ha agregado unos nietos que se suman felizmente a tan fabuloso patrimonio.
 Genoveva tiene el espíritu del coleccionista, sabe hacer las cosas a largo plazo.
 Aunque linda, no llama en exceso la atención, y como mexicana, es capaz de sortear con dulzura todo tipo de accidentes. Recordemos que a la entrega del Nobel acudió con la pierna escayolada y una colección de abrigos de piel cedidos por una amiga peletera.
 Aunque ya no está casada con el hijo de la duquesa, quienes han viajado con ella han recibido su tarjeta de presentación como directora de comunicación de la casa de Alba. Genoveva ha conseguido al mismo tiempo la libertad y la permanencia.
Como la permanencia de Urdangarin al lado de su esposa y su suegra para visitar al Monarca. Aunque la imagen ha quedado eclipsada por la perplejidad poselectoral de los de Mas, puede decirse que ha sido un nuevo éxito del concepto de relaciones públicas que maneja Letizia Ortiz desde este último verano en Marivent: juntos, perplejos, pero no revueltos.
 Cronometradísimo para que en la foto se noten más los ausentes que los presentes.
 Los que importan no están. 
 Así, en plan comando, Cristina ha conseguido reintroducir a su marido y a sí misma a la foto familiar, calculando que la anestesia de la operación mantendría al padre más o menos adormilado. 
Cristina se dio un buen regalo de Reyes y además consiguió instaurar una nueva máxima: No sin mi esposo.
Mucho se ha especulado sobre si coincidieron o si era necesario coincidir en las habitaciones del hospital. En cualquier caso, fueron los niños, que también son primos, los que inyectaron oxígeno en el ambiente. Cristina e Iñaki importan, a su manera, la tradición del Día de Acción de Gracias que conocieron cuando vivían en Washington. Urdangarin aprovechó también para devolvernos su feroz mirada, y de paso saludar a Spottorno, el hombre que hace un año lo apartó de la familia.
 Su reaparición y su maniobra de aproximación pueden alargar la convalecencia del Monarca y alejarlo a él de cualquier responsabilidad.

 

4 may 2013

Historia de un libro único

Ve la luz 'A sangre y fuego', mítico libro de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil

Esta edición incluye dos relatos nunca publicados en España que adelantamos en exclusiva.

Archivo Pilar Chaves Jones

La importancia de A sangre y fuego de Chaves Nogales y su fortuna literaria actual no podrían entenderse acaso sin contar la historia de ese libro que se había publicado por vez primera en 1937 en Chile y del que no se tenían noticias hasta que Abelardo Linares lo encontró en uno de sus viajes a América.
 Cuando los lectores de Las armas y las letras, de 1994, se tropezaron poco después con las primeras y memorables líneas del prólogo de Chaves (“yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”), advirtieron que aquello no sólo sonaba a otra cosa, sino que era otra cosa. ¿Qué? No se parecía a nada ni le conocíamos a nadie un coraje semejante hablando de la guerra. Fue una conmoción.
Era el eslabón perdido de algo que habíamos estado buscando a ciegas durante años.
 Conocíamos ya, claro, el único libro que se le parecía un poco, el no menos inexistente Ayer y hoy, de Baroja, publicado en 1939 y también en Chile, pero el del barojiano Chaves Nogales era de otra naturaleza y, si podemos decirlo así, menos confuso en la defensa de los principios democráticos y de la Ilustración.
 No debemos olvidar que en el mismo 1938 y en la Salamanca franquista y ante un sínodo de notorios fascistas, el ilustrado Baroja juraría defender por el Ángel Custodio no sé qué demonios.
Veinte años después de aquel 1993 las cosas han cambiado mucho en España.
 En 1993 Chaves era un desconocido, autor de un libro sobre Belmonte; hoy es un clásico estimado y sus obras se reeditan de continuo. ¿Qué las hace tan especiales, por qué ha sido tan bien recibido su autor en la élite intelectual, de la que se le había excluido durante medio siglo? ¿Y por qué fue excluido de ella?
La historia de A sangre y fuego es a un tiempo, sí, la historia de su infortunio, pero también del nuestro
Sin duda por advertir y denunciar antes que nadie la semejanza del terror, que estaba siendo igual en uno y otro bando, adelantándose a quienes poco después, como Hannah Arendt, iban a descubrir la raíz común del mal, esa poetización de la Historia que estaba justificando en toda Europa masacres sin cuento.
 Y por supuesto que Chaves no estaba hablando de equidistancia, y sí de trabajar para la verdad, la de contar cómo los sublevados soñaban “un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza”, y cómo los que se apoderaron de la República durante la guerra hicieron de ella un país revolucionario en el que el trabajo que “daban antes como una limosna los patrones, ahora lo darían como un premio los sindicatos”.
 Quienes como el propio Chaves no eran ni reaccionarios ni revolucionarios, sólo tenían dos opciones
. Al igual que el personaje de otro de sus relatos, sólo les quedaba o morir, “batiéndose por una causa que no era la suya”, o marcharse, y esto hizo él, buscando un lugar donde seguir libre.
Ni unos ni otros le perdonarían sus escritos, confirmando con ello que si algo detestaba más que ninguna otra cosa cada uno de los dos bandos no era el bando contrario, sino cualquiera que se resistiese a pertenecer a uno de ellos.
 Así que el día que Chaves escribió en La defensa de Madrid (México, 1939), acabada aquella “estúpida guerra”, que “la verdad es esta: los heroicos y gloriosos ejércitos que luchaban en Ciudad Universitaria estaban formados con la escoria del mundo.
 Basta fijar los ojos en la lista de las fuerzas que los componían.
Frente a la Brigada Internacional de los rojos, la Novena Bandera del Tercio Extranjero de los blancos, una y otra, receptáculo de todos los criminales aventureros y desesperados de Europa”, el día que escribió esta frase y otras parecidas, decía, firmó su sentencia de muerte literaria y civil, y empezando por su amigo el comunista Jesús Izcaray y siguiendo por el delator antisemita César González Ruano, lo calumniaron sin piedad a partir de entonces.
El olvido vino por esta correa de transmisión.
No le importó
. Su “pecado” fue haber sido demócrata antes, durante y después de la guerra, y si el 19 de julio de 1936 el país dejó atrás la política, aprestándose a aniquilarse con saña feroz, eso hizo Chaves como narrador, con voz apagada pero muy firme: hechos escuetos, contados con brío en una prosa vibrante que tiene lo mejor del Baroja de las Memorias de un hombre de acción y lo mejor del Valle-Inclán del Ruedo Ibérico, con los ecos al fondo de La caballería roja de Babel.
 Al lector sólo le queda asistir atónito y consternado al triunfo de la barbarie.
La historia de este libro es a un tiempo, sí, la historia de su infortunio, pero también del nuestro.
 Hace veinticinco años España llegaba cincuenta tarde a unos hechos que deberían haberse olvidado hacía mucho.
 Ahora, tres cuartos de siglo después de que se publicase por primera vez, nos recuerda que entre los hunos y los hotros estaba la inmensa mayoría, la primera que cayó en la guerra, junto a la verdad.
 A sangre y fuego empezó a hacer visibles una y otra.

 

Isabel Coixet: "Todas mis películas son historias de amor" La realizadora catalana ha presentado 'Ayer no termina nunca', primera cinta a concurso

Isabel Coixet en el primer photocall del festival. :: Álvaro Cabrera
Isabel Coixet ha aterrizado hoy en Málaga con su última película, ‘Ayer no termina nunca’, un drama con tintes políticos protagonizado por Javier Cámara y Candela Peña.
 La realizadora catalana ha asegurado que, a pesar del trasfondo social del filme, este es el más romántico de todos sus trabajos.
 “He querido abordar el mundo de la pareja, y me parecía fundamental situarlo en el aquí y ahora. Tenía ganas de manifestar mi perplejidad y mi confusión por todo lo que está pasando. 
Es una película de amor trufada por las contradicciones que vivimos cada día”, ha declarado Coixet durante la rueda de prensa celebrada tras la proyección en el teatro Albéniz.
La cinta, marcada por una estética futurista y teatral, narra la historia de una pareja que se reencuentra cinco años después de que la crisis económica les obligara a distanciarse. Los diálogos de Coixet, considerada una de las realizadoras más personales del cine español, descansan en su totalidad sobre las espaldas de sus protagonistas. “No hubiese sido posible rodar esta película sin ellos”, ha afirmado. 
El rodaje tampoco ha dejado indiferente a los actores. Candela Peña ha destacado la libertad de movimientos concedida por Coixet y ha aseverado que esta película supone un puto de inflexión en su carrera.
 “Soy otra actriz después de interpretar este personaje
. Durante todo el proceso he sido consciente de que éramos herramientas de trabajo para contar la historia de Isabel en la forma que ella había soñado
. Cuando tengo a Javier (Cámara) delante, pienso que es el único hombre con el que quisiera trabajar. Es mi marido en el cine, me siento como si fuéramos Concha Velasco y Manolo Escobar”, bromeó la actriz, ganadora del Goya a la mejor interpretación de reparto en la última edición de los premios de la Academia. No en vano, ambos actores demostraron ya su complicidad hace una década en la comedia de Pablo Berger ‘Torremolinos 73’, estrenada también en el Festival de Málaga.
Esta noche, y tras la gala de inauguración presentada por las actrices Verónica Sánchez y Aura Garrido, ‘Ayer no termina nunca’ se proyectará en su primer pase abierto al público en España
. El largometraje llegará a los cines de todo el país el próximo viernes.
Efectivamente, no termina nunca.

Crueldad fraternal

'Mi hermana y yo' de J. R. Ackerley es un monumento de maledicencia y humor cruel.

 

Joe Randolph Ackerley.

Todo lo que escribió J. R. Ackerley (Londres 1896-1967) trataba de lo suyo: su vida, su homosexualidad, su perra, su padre y su hermana. Capitán en la I Guerra Mundial, herido, prisionero en Suiza, escribió una obra de teatro, Los prisioneros de guerra, para hablar de sus amores carcelarios.
 Pasó cinco meses en la India, secretario de un maharajá, y lo contó en Vacación hindú. Noveló en Vales tu peso en oro su pasión por un muchacho de la clase trabajadora y una perra pastor alemán, a la que dedicó además Mi perra Tulip.
 Esperó a morirse para airear sus devociones familiares.
 El fantasma del padre se le apareció cuando leyó dos cartas de esas que sólo se abren después de la muerte del firmante: su padre, el magnate inglés del plátano, había llevado una doble vida, con dos casas, dos mujeres y dos familias. Ackerley escribió la extraordinaria autobiografía Mi padre y yo.
Mi hermana y yo es una selección de los diarios de Ackerley, sacados un tanto subrepticiamente del dormitorio del escritor, todavía de cuerpo presente, por su amigo y albacea Francis King, que ha editado también estas páginas.
 Hay una diferencia entre los dos espejos elegidos por Ackerley para mirarse a sí mismo, el padre y la hermana: si su padre le merece admiración y respeto, “generoso y de trato fácil”, su hermana le parece insoportable.
 Mi hermana y yo es un monumento de maledicencia y humor cruel, como si, más que de una relación fraterna, tratara de un matrimonio insensato.
 La pareja bebe para soportarse y aplacar la irritación de estar juntos, y se pelea más, porque el alcohol desata la lengua.
 Pero da igual no beber: “La ira vale tanto como el alcohol para decir verdades como puños”.
Mi hermana y yo es un retrato y un autorretrato.
 Los protagonistas son el bello Ackerley y la bella Ackerley, Joe y Nancy. “Entre todos los dones que conceden las hadas madrinas no es la belleza el más propicio a la felicidad”, se leía en Mi padre y yo. Joe fue un estudiante famoso por su belleza; Nancy, tres años menor que su hermano, era en 1923 modelo en París. Joe llegaría a director literario de la revista de la BBC.
El poeta Auden dijo una vez que Ackerley tenía cuatro motivos para ser feliz: haber disfrutado de un padre comprensivo, del aprecio de los escritores jóvenes, de una perra como Tulip, y de haber escrito cinco buenos libros
. Pero, según Ackerley, Nancy, después de veinticinco años alimentándose de resentimiento y celos de todo el mundo, incluida la perra del hermano, “ha fracasado hasta en el intento de matarse”.
Estos diarios son un
caso excepcional de sinceridad embustera. La ironía y el humor dolido, como el alcohol, son reveladores de verdades
Cuando empiezan estos diarios, en el verano de 1948, Nancy se aloja en una casa de huéspedes y sólo quiere vivir con Joe, que dice no disponer de sitio porque ha acogido a una tía octogenaria.
Los dos hermanos se atienen en sus relaciones a una “enloquecida y terrible lógica interna”: más histérica se pone Nancy, menos deseable es estar con ella, y entonces Nancy se da cuenta y más histérica se pone.
 El episodio más significativo de todas estas desventuras se inicia con una carta deslizada por debajo de la puerta al final de unas navidades:
“No puedo seguir adelante”, dice la hermana. ¿Va a suicidarse otra vez? A las seis de la mañana, a oscuras en la casa de huéspedes, el hermano se pregunta dónde está la habitación de la dueña.
Quiere subir al dormitorio de Nancy, pero no sabe cuál es. El razonable Ackerley concluye: “Si se había matado durante la noche ya estaba muerta y, si no lo había hecho, estaría viva”. ¿Vale la pena soliviantar a toda la casa?
Entonces confiesa su peor maldad de misógino, clasista y misántropo: interrogado por la policía después del suicidio fallido, niega la existencia de la carta y convierte su mentira en una alucinación de la hermana. “Gracias a Dios, pensé, estallé en lágrimas”, cuenta Ackerley, como un actor que debe llorar en primer plano. “En la última vuelta de tuerca de nuestro chantaje emocional, a mí también me agradaba haber sido capaz de llorar de aquella manera tan natural y espontánea”.
 Y, “sobrecogido por una inmensa piedad por la pobre criatura”, repite contra sí mismo las acusaciones que había lanzado contra Nancy: nadie le importa.
 Sólo quiere a su perra, Queenie. “Me gustaría utilizar este diario sólo para hablar de Queenie y de lo bien que lo pasamos juntos”.
 Estos diarios, muy bien traducidos por Andrés Barba, son un caso excepcional de sinceridad embustera. La ironía y el humor dolido, como el alcohol, son reveladores de verdades, y Mi hermana y yo parece las anotaciones de un estudioso del comportamiento animal que, dotado de un excelente instinto literario, no observara a los ratones desde fuera de la jaula, sino conviviendo con ellos, dentro. Nancy Ackerley creó y dotó a la muerte de su hermano el premio para autobiografías J. R. Ackerley.
 No conoció estas páginas.