De todos los colores que afloran en la naturaleza el violeta (y su
fugitiva familia) me sigue pareciendo el más aristocrático.
Atrás, rojo
redondo y simplón, obediente verde, blanco autista, amarillo
campechano...
Tiene el violeta (malvas, lilas, rosas...) la soberanía del porque sí, efímera cuanto más extravagante.
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Aquí están, por fin, los primeros vencejos; el primero lo divisé en lo
alto, al borde de una cortina de lluvia, el día 1 de abril.
El calor les ha abierto el grito. Ahora son los pioneros, los que
sobrevuelan las aristas y los aleros, tanteando. Ya llegará la lluvia de
alas como lágrimas de san Pedro...
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Durante este vértigo que me mantiene, buscar la eternidad
ahí -cuántos imposibles; solamente el vértigo, y ya sin mí.
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Las estelas a veces sienten nostalgia de las nubes, con las que guardan
parentesco. Por eso dejan al objeto que las esclaviza y regresan al seno
de aquéllas. No se sabe de ninguna estela rechazada por las nubes.
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La fascinación por el arcoiris.
La Madre le decía a uno que si llegaba
al arcoiris cambiaba de género. Nunca accedí al deseo de la Madre, que
siempre es mortal. Pero su dedo -su sonrisa- señalando el otro lado me
condujo a la metáfora.
*
¿Podría un dios dejar de suscribir la adoración de Pushkin por la vagina
de la mujer, según se lee en el diario secreto que se le atribuye
? A un
dios le daría lo mismo quién redacto esas páginas en vísperas de la
bala en el duelo que lo quitó de la vida.
Querría ser un hombre, ese
dios, para por un momento gozar de la saliva del éxtasis femenino.
Después sí, después de morir y renacer a través de la cópula, alzaría
otra vez el vuelo para continuar en su no morir, en su ignorancia de la
muerte como "un regreso al nacimiento: a la vagina".
Del Diario Virtual de Jose Carlos Cataño