Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 feb 2013

Caballero Bonald o el placer de leer por razones estéticas

José Manuel Caballero Bonald. / Gorka lejarcegi

"Creo que ha significado mucho, que ha sido un perseverante aprendizaje literario, aunque no fuera siempre consciente de ello… Yo me hice escritor porque leí primero a unos escritores que me emocionaron, que me abrieron un camino.
 Sin esas lecturas previas, estoy seguro que no me habría dedicado a cultivar la literatura.
 Y además, el hecho de haber sido un lector constante a lo largo de los años, también me ha servido para ir calibrando la natural evolución de mis gustos estéticos".
 Con estas palabras José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) cuenta lo que ha significado y significa la lectura en su vida. Una apreciación que cobra especial vigencia en estos días cuando este poeta, narrador, ensayista y último premio Miguel de Cervantes, que recibirá el 23 de abril, publica el libro Oficio de lector (Seix Barral), una serie de artículos y conferencias sobre escritores, básicamente, en español.
Es un recorrido por una galería de recuerdos literarios.
 Un entretenido y culto viaje por las lecturas de un lector como Caballero Bonald, por sus impresiones, opiniones y afectos a autores y obras en los que parece escucharse la voz nítida del escritor jerezano, sus palabras redondas que llevan al lector por los pasadizos de la creación literaria.
 De los cambios del gusto, de la preferencia, de la percepción o del rastro que han dejado en él.
Por eso, ante la pregunta de cuáles son los autores cuya opinión ha cambiado, primero muy a favor y luego no tanto y viceversa, Caballero Bonald reconoce que no sabe, "así a primera vista"; pero luego reconoce que si lo pensara bien le saldrían más autores de los que puede citar. Entonces se anima: "Que yo recuerde, y sin salirnos de la órbita de la lengua española, cada vez me siento más alejado de escritores tan distintos como Unamuno o Baroja, León Felipe o Manuel Machado, y al contrario, cada vez aprecio más a Valle-Inclán, a Juan Ramón Jiménez, a Onetti, a Rulfo, a Lezama…
 El caso es que el gusto se modifica con el paso del tiempo y que hay libros que un día resultaron atractivos y pueden acabar siendo prescindibles. Y al revés, claro". Y no duda en señalar que un escritor que no está tan bien valorado como debiera pero que todos deberían leer es Benito Pérez Galdós.
Cada vez aprecio más a Valle-Inclán, a Juan Ramón Jiménez, a Onetti, a Rulfo, a Lezama… El caso es que el gusto se modifica con el paso del tiempo y que hay libros que un día resultaron atractivos y pueden acabar siendo prescindibles. Y al revés, claro
Una recomendación que podría trasladarse, especialmente, al 37% de los españoles que no lee, según el reciente barómetro de Hábitos de lectura y compra de libros 2012 presentado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Una cifra alta dentro de la Unión Europea lo que hace recordar a Caballero Bonald que hace no tanto esa cifra era la mitad. ¿Las razones de esos índices? Supone que se trata de "una cuestión pedagógica o, mejor, de educación escolar.
 Si no se inculca en los niños el amor por el libro, la libre aventura de leer, incluyendo la opción a sustituir un libro que no agrade por otro, las cosas seguirán yendo mal… O seguirá produciéndose el consumo de ínfimos productos de la subliteratura".
Tras esta advertencia el premio Cervantes explica por qué es importante leer, por qué se debe leer: "Hay muchas respuestas a esa pregunta.
Yo, personalmente, leo por razones estéticas, sin atender mayormente a otros aspectos argumentales, a todas esas copias miméticas de la realidad.
 Los únicos argumentos que me interesan son los de los heterodoxos. Yo leo por el placer estético que me produce la poesía o la prosa que va más allá de las palabras propiamente dichas. Si el libro que leo no me seduce por ese camino, lo abandono, adiós muy buenas.
 Pero también entiendo a los que leen por instruirse, por distraerse, y compadezco a los que leen por obligación".
Su lecturas placenteras, además de las obras de Miguel de Cervantes, son de autores como Fernando de Herrera, Góngora, Quevedo, Bécquer, Clarín, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Lezama Lima, García Lorca, Olga Orozco, Juan Rulfo, Álvaro Cunqueiro, Álvaro Mutis; y entre los escritores en otros idiomas figuran Dostoievski, Mallarmé, Eliot, Albert Camus, Paul Bowles...
Yo, personalmente, leo por razones estéticas, sin atender mayormente a otros aspectos argumentales, a todas esas copias miméticas de la realidad.

Los únicos argumentos que me interesan son los de los heterodoxos.
Es su biografía lectora Una biografía lectora De todos ellos y de muchos más escribe el autor de obras como Entreguerras, Dos días de septiembre, Ágata ojo de gato, Toda la noche oyeron pasar pájaros, En la casa del padre y Campo de Agramante.
 Textos esparcidos de reflexiones, análisis, emociones, recuerdos. Incluso confesiones. Como esta que recoge parte del espíritu del autor y del libro: "Yo he sido un lector de Dostoievski bastante indisciplinado. En realidad, he sido un lector indisciplinado de casi toda la literatura que más me ha ido afectando y a la que he vuelto con metódica envidia".
O como cuando habla de Bowles: "A medida que uno no se hace viejo va desarrollando una cierta especialización sensitiva en cuanto al control de calidad de las obras ajenas, aun sin haberlas frecuentado de hecho.
 Por ahí se filtra lo que a todas luces puede parecer una predicción arbitraria y termina siendo un baremo irrefutable".
Confesiones de José Manuel Caballero Bonald que el 28 de febrero será investido Doctor Honoris Causa por la Uned y el 23 de abril recibirá el Premio Cervantes, donde hablará sobre la poesía en lal obra del autor del Quijote. Un trazo biográfico de un lector que lee por el placer estético y que reconoce: "Si el libro que leo no me seduce por ese camino, lo abandono, adiós muy buenas".

La vida oculta del asesino de Yolanda, Terrible que sea verdad....

El ‘ultra' Emilio Hellín Moro fue condenado en 1982 a 43 años por asesinar a Yolanda González

Trabaja para la Guardia Civil y la policía en terrorismo y crimen organizado.

Emilio Hellín, de 63 años, la pasada semana. / Carlos Rosillo

Un excriminal de la ultraderecha condenado a 43 años por asesinato trabaja para los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado en casos judicializados y forma a sus agentes en técnicas forenses de espionaje y rastreo informático.
—¿Emilio Hellín Moro?
—Yo soy Luis Enrique Hellín…
—Perdone, pero ¿no es usted Emilio Hellín, el autor del asesinato de Yolanda González, la joven de 19 años que murió en 1980?
—No… Emilio Hellín murió hace tres o cuatro años… Somos familia.
—No sabía que tuviera un hermano llamado Luis Enrique.
—Es una historia complicada porque somos hijos de la misma madre, pero de distinto padre. Luego juntamos los apellidos… ¿Sabe? Líos de familia que prefiero no comentar.
—¡Se parecen ustedes muchísimo! ¡Y los dos eran informáticos! Usted se ha cambiado el apellido y aparece su currículo en Linkedin [web de contactos profesionales] como Luis Enrique Helling. Se ha añadido una g al apellido.
—Es que nuestro abuelo era de origen inglés.
—¿Sabe de qué murió Emilio? ¿Dónde puedo localizar a su familia?
—No lo sé.
—¿De qué pueblo son ustedes? ¿Puede enseñarme su DNI para demostrar que no es usted Emilio Hellín?
—La conversación ha terminado…
Luis Enrique Hellín Moro, de 63 años, es un tipo alto y corpulento, tiene una frente despejada y pelo blanco en las sienes.
No rehúye la mirada y habla con aparente calma y frialdad. Viste una camisa de lana clásica de cuadros, pantalón de pana beige y zapatos marrones
. De su cuello cuelgan unas pequeñas gafas graduadas. El encuentro con el periodista tiene lugar en la oficina de su empresa, New Technology Forensics, especializada en peritaje criminal, en una tranquila calle en el barrio madrileño de San Isidro, frente a un colegio público.
 El local, de tres alturas, es una desordenada oficina de 30 metros cuadrados repleta de ordenadores y teléfonos móviles, la especialidad de este técnico superior de sistemas de telecomunicaciones e informáticos. Junto a la puerta blindada de hierro, siempre cerrada, un cartel exhibe su nombre y el de dos de sus colaboradores, uno de ellos apellidado Hellín Asensio.
 Emilio Hellín estaba casado con María del Carmen Asensio.
DETENIDOS
La portada de EL PAÍS: El asesinato en Madrid de Yolanda González Martín, de 19 años, conmocionó a España
. Semanas antes de su ejecución a manos de un comando de ultraderechistas había muerto otro joven. El 12 de febrero de 1980 este periódico informó de que dos militantes de Fuerza Nueva eran los asesinos de la joven y de que habían sido detenidos por la policía tras incautarles gran cantidad de armas y explosivos.
En el departamento de defunciones del Registro Civil de Madrid, en el número 66 de la calle de Pradillo, no consta el presunto óbito de Emilio Hellín Moro, el militante de Fuerza Nueva —partido de extrema derecha que dirigía Blas Piñar— que protagonizó en 1980 uno de los asesinatos más brutales de la Transición; tampoco la Dirección General de la Policía ha expedido en los últimos años ningún carné de identidad a su nombre
. Sí lo ha hecho, en cambio, a nombre de Luis Enrique Hellín Moro, el experto informático que niega ser el excriminal pese a su extraordinario parecido físico.
Emilio Hellín Moro, condenado a 43 años de cárcel por el asesinato en Madrid de Yolanda González Martín, una joven militante del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), ha cambiado su nombre por el de Luis Enrique, según ha comprobado ELPAÍS en su acta de nacimiento, depositada en el Registro Civil de Torre de Miguel Sesmero, un pueblo de unos 1.200 habitantes en Badajoz.
 El cambio se oficializó hace 16 años, el 25 de enero de 1996, en virtud de un auto dictado por el Registro Civil de Madrid en el expediente 402/95. Desde entonces, este es su secreto mejor guardado.
Con este cambio de nombre que permite la ley “si se demuestra una causa justa y no perjudica a terceras personas” el ultra Hellín Moro disfrazó su pasado criminal poco después de cumplir condena —permaneció entre rejas 14 años, con el paréntesis de una espectacular fuga a Paraguay—, de los 30 de pena máxima que contemplaba el Código Penal. Y al salir de la cárcel de Jaén 2 se construyó una nueva vida centrada precisamente en el mundo de la investigación criminal y judicial, un escenario del que él mismo fue protagonista estelar después de secuestrar a Yolanda González en su casa de Madrid y descerrajarle dos tiros en la cabeza en un descampado con el argumento de que ella era miembro de ETA, una falsedad.
EXPLOSIVOS Y GRANADAS
Planeaban otros atentados: Los agentes encontraron en el registro 50 kilos de goma 2, dos granadas de mano, mechas para explosivos, cebos electrónicos, detonadores, scanner VHF y un receptor de las emisoras policiales y de la Guardia Civil.
El nuevo Luis Enrique Hellín Moro es ahora uno de los principales asesores del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, participa en investigaciones judicializadas sobre terrorismo y delincuencia, imparte cursos de formación a agentes de este cuerpo, de la Policía Nacional, el Ministerio de Defensa, Ertzaintza y Mossos d’Esquadra, da conferencias a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado en organismos oficiales y cobra por sus servicios del Ministerio del Interior, según ha comprobado este periódico. También asiste como perito a la Audiencia Nacional y a numerosos juzgados de distintas ciudades españolas
. Su especialidad es el rastreo de pruebas en teléfonos móviles, ordenadores y dispositivos digitales que han intervenido en actos terroristas, crímenes, homicidios, secuestros, delitos económicos, financieros o informáticos, según consta en su currículo y confirman varias fuentes oficiales y judiciales. Jamás confiesa que el hábil y frío experto en telecomunicaciones, teléfonos espías, localización de llamadas, intervención de comunicaciones, recuperación de SMS o móviles activadores de explosivos es, en realidad, el ultra que a los 33 años, casado y con tres hijos, dio “un paseo a Yolanda González por una España grande, libre y única”, tal y como reivindicó el asesinato el Batallón Vasco Español, antecesor de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL)
. Desde su aparición, el 24 de mayo de 1978, los comandos paralelos del Batallón Vasco Español asesinaron a 12 personas en atentados dentro y fuera de España.
 La diferencia entre este y otros crímenes del grupo parapolicial es que la víctima no tenía nada que ver con ETA.
ARMAS Y EXPLOSIVOS
La escuela-bomba: En el registro de la escuela de electrónica de Hellín, en Madrid, donde el militante de Fuerza Nueva impartía clases desde hacía 11 años, la policía encontró las armas del crimen, una pistola Walther y una Star, un subfusil marca Comando, un bolígrafo pistola y abundante munición, entre otro material.
El comandante Ramón García Jiménez, exdirector del departamento de ingeniería, electrónica e informática del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, explica así el trabajo de Hellín para este Cuerpo: “Nos asesoraba en cómo resolver y orientar algunos casos forenses.
 Nosotros no abarcamos todos los campos. Le pedíamos apoyo sobre cómo rescatar información de teléfonos móviles en casos judicializados que estaban bajo nuestra custodia y control. También colaboraba, y me imagino que sigue colaborando, en la formación de nuestros hombres.
 Es uno de los técnicos civiles más formados y va más adelantado en determinados campos de investigación”.
¿Sabe usted algo del pasado de este colaborador? “No conozco el pasado de este señor, solo sé que ha respondido siempre a todo lo que le hemos pedido”, responde el comandante García, destinado en el Ministerio del Interior.
El renacido Luis Enrique Hellín participó en 2008 en un seminario sobre nuevas tecnologías en la lucha contra el delito del Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Policiales (IUICP) que dirigía José Antonio García Sánchez-Molero, subdirector del organismo y entonces coronel jefe del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil. Virginia Galero, directora del IUICP, asegura que a Hellín se le invitó por “su especialidad”, y añade que el curso perseguía mejorar los medios de la policía científica y del servicio de criminalística de la Guardia Civil. Este instituto mixto depende de la Universidad de Alcalá y de la Secretaría de Estado para la Seguridad del Ministerio del Interior.
EL JUICIO Y LA CONDENA
Asesinato con alevosía: El juicio contra los asesinos de Yolanda González levantó una gran expectación. Emilio Hellín fue condenado a 43 años de prisión
. En la fotografía, sus abogados Fernando Muñoz Perea, Dimas Sanz y José Luis Díaz Echegaray, en la puerta de la Audiencia Nacional. Foto: Bernardo Pérez

El coordinador de este seminario y subdirector del IUICP, José Miguel Otero, comisario jefe de la Unidad central de Investigación Científica y Técnica de la Comisaría General de Policía Científica, asegura no conocer a Hellín y afirma no recordarlo. “Vendría invitado por otros miembros del instituto”, dice. Junto a Hellín participaron también en la formación de policías y guardias civiles el juez Eloy Velasco, hoy en la Audiencia Nacional, y Matías Bevilaqua, un informático detenido recientemente e imputado en la trama de compra y venta de datos confidenciales desarticulada por la policía en la que hay implicados varios detectives
. El hacker asegura que aquel programa fue “del más alto nivel” y apostilla que la empresa de Hellín trabaja “muy bien”. El exconvicto ha impartido numerosos cursos y talleres de formación en la Dirección General de la Guardia Civil sobre “teléfonos espías”, obtención de evidencias en Mac, iPhone e iPod, e interpretación de datos binarios obtenidos de teléfonos móviles.
Su último trabajo conocido es el rastreo de llamadas en el caso José Bretón, los dos niños supuestamente asesinados por su padre en Sevilla
PROTEGIDO EN PARAGUAY
La fuga: En 1987, Hellín aprovechó un permiso para huir a Paraguay, donde recibió protección de Stroessner.
 Abajo, la casa en la que residió
. En la fotografía de arriba, con el ministro de Justicia de Paraguay, Hugo Estigarribia. Fue extraditado en 1990. Fotos: Reuters / J. García
El asesinato de Yolanda González en 1980 conmocionó a todo el país. La joven nació en Deusto (Vizcaya) en el seno de una familia trabajadora
. Era la mayor de tres hermanos y obtenía notas brillantes en el colegio público donde estudió el bachiller. A los 16 años se afilió a las juventudes socialistas.
 Comprometida con sus ideas repartía de madrugada propaganda revolucionaria a las puertas de fábricas como en las que trabajaba su padre, un emigrante burgalés y soldador metalúrgico en Nife.
LA ANTESALA DE LA LIBERTAD
Polémicos permisos:
 En la imagen, Emilio Hellín sale de la cárcel de Jaén en septiembre de 1993 para disfrutar de siete días de libertad. Había cumplido la cuarta parta de la condena y su permiso fue muy criticado a causa de sus antecedentes: una evasión y dos intentos de fuga.
Del cuello de Yolanda colgaba una cruz Lauburu regalada por el comité de empresa de una factoría vasca. A los 18 años se trasladó a Madrid para estudiar electrónica en el centro de Formación Profesional de Vallecas.
 Vivía en un modesto piso en la calle del Tembleque, en el barrio de Aluche, y limpiaba casas particulares para no pedir ayuda a sus padres.
“Era una persona lista, con una gran fuerza vital y entusiasta de las cosas y las personas. Siempre pensando en ayudar a los demás”, recuerda ahora Alejandro Arizcun, de 61 años, su novio de entonces y hoy profesor de Historia de la Economía en una universidad pública.
La vida de Yolanda en Madrid giraba entre sus clases en Vallecas, su trabajo de limpiadora y la sede del PST, una escisión del PSOE.
 Durante la segunda quincena de enero de 1980 participó en una huelga general de enseñanza, según reflejan fotografías en las que aparece a la cabeza de las manifestaciones estudiantiles
. El viernes 1 de febrero de 1980, los militantes de Fuerza Nueva Emilio Hellín Moro e Ignacio Abad Velázquez, estudiante de Químicas, se presentaron en el domicilio de Yolanda, en el número 101 de Tembleque, con la intención de secuestrarla e interrogarla
. No estaba, por lo que volvieron sobre las doce de la noche.
 En la calle contaban con el apoyo de otros dos militantes de Fuerza Nueva, Félix Pérez Ajero y José Ricardo Prieto, y del policía nacional Juan Carlos Rodas, que les aguardaban en un turismo.
 La joven intentó impedirles el paso, pero no lo logró. La redujeron con violencia, registraron el piso y la obligaron a acompañarles hasta el coche de Hellín. Se dirigieron por la carretera de Alcorcón hacia San Martín de Valdeiglesias, a las afueras de Madrid.
 En el trayecto, gritos, insultos y preguntas sobre un supuesto comando de ETA que no existía salvo en la imaginación de los dos matones. Acusaciones a las que Yolanda, que acababa de cumplir 19 años, no podía responder.
 En un descampado frío y solitario, Hellín obligó a la joven a descender de su coche y le disparó dos tiros en la cabeza a menos de un metro de distancia.
 Abad, de orden de Emilio, la remató en el suelo. Su disparo impactó en un brazo. “Cuando vi caer a Yolanda, quedé atontado y no me di cuenta de que disparaba”, relató el primero a preguntas del fiscal durante la celebración del juicio
. La versión de Abad, en la que implicó a su compañero y dio todo lujo de detalles sobre el secuestro y asesinato, fue idéntica a la del fiscal.
Yolanda González Martín.
Días después, el agente que colaboró en el crimen confesó el asesinato al comisario Francisco de Asís. Hellín descansaba en Vitoria alojado en la casa de un amigo, inspector de policía.
 El ultra se jactaba de sus contactos en la Brigada Operativa de la policía.
 Además, tenía un hermano en la Guardia Civil, y entonces los vínculos entre miembros de la ultraderecha y los sectores más reaccionarios de las Fuerzas de Seguridad del Estado eran frecuentes.
El 7 de febrero, Hellín y Abad fueron detenidos y confesaron el asesinato.
 Ambos aseguraron que lo hicieron en venganza por el asesinato de seis guardias civiles en el País Vasco y porque sospechaban que Yolanda militaba en ETA.
 En el registro de la escuela de electrónica de Emilio, en la que impartía clases desde hacía 11 años, en el número 1 de la calle de San Roque, se descubrió un arsenal de armas y explosivos
. Con una gran antena, un Scanner VHF y un receptor captaban las emisoras de la policía y de la Guardia Civil.
Era el material del denominado Grupo 41 de Fuerza Nueva, que dirigía Hellín, destinado a otros atentados.
Ficha policial de Emilio Hellín.
Hellín no se resignó a cumplir los 43 años de condena (asesinato con alevosía, delito de depósito de armas y seis delitos de falsificación de documentos de identidad).
 Meses después de su ingreso en prisión preventiva se escapó de la cárcel de Alcalá de Henares en compañía de 10 presos comunes, aunque fue detenido horas después.
 Fue clasificado como interno especialmente peligroso y trasladado a Herrera de la Mancha, la cárcel más segura del país.
 Pero no cejó en su empeño y lo intentó de nuevo cuando le llevaron a la prisión de Cartagena, y lo logró al aprovechar un polémico permiso de seis días de libertad concedido el 20 de febrero de 1987 por el juez de vigilancia penitenciaria de Valladolid José Donato cuando estaba en la cárcel de Zamora. Hellín huyó a Paraguay con su mujer y sus tres hijos.
Y de nuevo volvió a su pasión: la informática y la inteligencia. Creó el Centro de Estudios Profesionales de Asunción, dedicado a las clases de informática, y trabajó para los servicios secretos policiales y militares paraguayos formando a agentes en la instalación de micrófonos y rastreo de llamadas. Cambiaba de domicilio y utilizaba solo su segundo apellido hasta que fue descubierto por un reportero de la revista Interviú que denunció su paradero.
 En julio de 1989, la Interpol lo detuvo y el 21 de septiembre de 1990 fue entregado a España y devuelto a su celda de la prisión de Zamora. Su aventura en Paraguay bajo la protección del régimen de Alfredo Stroessner duró tres años.
 El dictador había invitado a su toma de posesión en Asunción a Blas Piñar, dirigente de Fuerza Nueva, y a León Cordón, entre otros ultras.
CAMBIO DE NOMBRE
De Emilio a Luis Enrique: Tal y como consta en su acta de nacimiento Emilio Hellín Moro cambió su nombre por el de Luis Enrique mediante un auto dictado por el Registro Civil de Madrid de fecha 22 de enero de 1996, poco después de salir de la cárcel
. El ultraderechista nació el 8 de abril de 1947 en Torre de Miguel Sesmero, un pueblo de Badajoz. En el DNI de Luis Enrique Hellín Moro figura la misma fecha de nacimiento y en la misma localidad.
Los padres y hermanos de Yolanda González ignoraban la nueva vida del asesino de su hija.
 Eugenio tiene 79 años y Lidia, 72. Siguen viviendo en Deusto y no han conseguido olvidar. Asier, de 39 años, el hermano pequeño, no oculta su malestar. “Estoy perplejo. Es indignante que este hombre realice esa actividad. No sé si se habrá arrepentido; todo el mundo tiene derecho a una nueva oportunidad, pero, si lo hace con una nueva identidad, solo ratifica el tipo de personaje que es
. Está claro que en este país las personas vinculadas a la extrema derecha gozan de privilegios”. Alejandro Arizcun, el novio de Yolanda, responde atónito con una palabra: “Tremendo”.
 Y añade: “Lo que usted me cuenta demuestra los lazos que Hellín tenía entonces con los cuerpos policiales y que todavía mantiene vivos
. Nunca se investigó a fondo la implicación de algunos policías en el asesinato”.
Tras la visita del periodista a su oficina en Madrid, Luis Enrique Hellín ha suprimido de su biografía en Linkedin la g de su “abuelo inglés”. En su currículo de perito todavía queda una huella muy profunda de su oscuro pasado: asesor en telecomunicaciones e informática (1988-1989) del comandante en jefe de Estado Mayor del Ejército y del director general de la Policía Nacional de Paraguay.
 ¿Nadie en la Guardia Civil y la policía sabe quién es este experto forense informático que colabora en investigaciones criminales y forma a agentes de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado?

 

23 feb 2013

Nimiedades.....????

Nevó sobre las cinco, por esta zona del Carmelo, y ahora el sol está deshaciendo la nievecilla.
 El sol, siempre deshaciendo lo que ha costado tanto trabajo.

Nada que ver con la nevada de hace tres años
. La taxista que me traía a casa también se bajó del coche, toda ilusionada con sacarla unas fotos a la nieve.

En el momento en que todo se va al garete hay que fijarse bien en estas nimiedades. El porqué no se va todo completamente al garete, cuando por hechos menores los países se descangallaron, es un misterio cuyo fuego uno mantiene, en parte, para que su propia vida no se haga trizas.

Cuando en realidad todo ha estado hecho trizas, y solo con amor de ficción ha mantenido uno su destartale como figuración de una frágil rama sobre al abismo.
Del Diario Virtual de Jose Carlos Cataño

Balas y mitos caídos en la noche africana

El héroe de las piernas de titanio cogió su pistola la noche de San Valentín y mató a tiros a su novia. ¿Un error terrible o un asesinato?

 En un país marcado por la violencia, el juez puso ayer en libertad bajo fianza a Oscar Pistorius. 

A la espera de un juicio que tiene visos de convertirse en el más mediático desde el de O.J. Simpson

Son las tres de la mañana, la noche de San Valentín, en un lujoso barrio residencial de Pretoria, el Beverly Hills de la capital sudafricana. Disparos, gritos. Llega la policía y encuentra el cuerpo ensangrentado de una bella y joven mujer; al lado de la víctima, en estado de shock y también cubierto de sangre, un hombre que reconocen inmediatamente como una leyenda nacional e internacional, uno de los deportistas más famosos del planeta, Oscar Pistorius. El atleta la mató. De eso no hay duda.
Suena al comienzo de un thriller de Harold Robbins, pero no es ficción. Hay más, mucho más. Todo real.
Cinco días después de aquel jueves 14 de febrero un fiscal propone que Pistorius disparó con una pistola a su novia, la modelo y estrella de la televisión reality Reeva Steenkamp, con la deliberada e inequívoca intención de asesinarla. El fiscal argumenta ante un magistrado que, pese a la pulida imagen pública que Pistorius ha procurado transmitir, la realidad demuestra que es un hombre violento. Propone la siguiente tesis: que hubo una pelea en su casa, donde aquella noche estaban solo él y la víctima; que ella huyó de él, que él fue detrás de ella; que ella se encerró en un lavabo; que él disparó cuatro veces a través de la puerta del lavabo y que tres de las balas penetraron en el cuerpo de la mujer, acabando con su vida. El cargo formal contra Pistorius, anuncia el fiscal, es homicidio premeditado. En Sudáfrica conlleva la cadena perpetua.
Pistorius no discute que él fue quien mató a Reeva Steenkamp. Pero su versión de los hechos —y él es la única persona en el mundo que realmente sabe lo que pasó— es radicalmente diferente. Él mantiene que todo fue un terrible, trágico error. Pistorius hizo una declaración jurada en la que afirmó que alrededor de las tres de la mañana salió a una terraza pegada a su dormitorio, que compartía con la víctima. De repente oyó un ruido procedente de su baño, al que se llegaba cruzando el dormitorio, e inmediatamente concluyó, aterrado, que se trataba de un intruso. Cogió una pistola de su habitación y entró en el baño, donde había un lavabo detrás de una puerta. Los sonidos venían del lavabo y, al descubrir que este estaba cerrado, disparó cuatro veces a través de la puerta. Logró abrir y descubrió, horrorizado, que el supuesto intruso era su novia, Reeva Steenkamp, que yacía en el suelo dando sus últimos suspiros. “Murió en mis brazos”, dijo Pistorius.
¿Cuál de las dos versiones de lo ocurrido en la casa la madrugada del día de los enamorados es la verdadera? ¿Un triste pero comprensible error o un asesinato pasional? Esta es la cuestión que debate toda Sudáfrica y medio mundo; es la cuestión que se debatirá de manera exhaustiva entre los abogados rivales cuando se celebre el juicio, seguramente en menos de seis meses; y es la cuestión que se debatió esta semana ante un magistrado cuya labor consistió en determinar si Pistorius merecía ser liberado bajo fianza. Ayer el juez decidió que sí. Le concedió la libertad condicional y le impuso una fianza de 85.000 euros. Pistorius podrá dormir en casa de unos familiares (tiene prohibido ir a su vivienda de Pretoria) y deberá acudir dos veces por semana a comisaría.
Reeva Steenkamp. / GETTY
La conmoción mundial generada por el breve ensayo de juicio llevado a cabo entre el martes y ayer indica que este va a ser el caso legal más mediático desde el juicio del deportista estadounidense OJ Simpson por el asesinato de su exesposa en 1994. En aquel entonces el consenso inicial entre la mayor parte del público fue que Simpson era culpable, aunque un jurado finalmente lo declaró inocente. La diferencia fundamental con el caso Pistorius es que nunca se estableció que Simpson había disparado la pistola. Otra importante diferencia es que Simpson es un hombre negro y su exesposa era blanca; en el caso Pistorius, afortunadamente para Sudáfrica, no existe ningún componente racial. La división de opinión nacional no se definirá, como ocurrió durante el juicio de Simpson, por el color de la piel.
También hay una importante diferencia técnica con el caso Simpson, y es que en Sudáfrica no existen los jurados; será un un juez el que decidirá el destino de Pistorius.
Con lo cual los abogados que defenderán a Pistorius no contarán con el recurso con el que contaron los de Simpson de poder apelar a las emociones de 12 personas elegidas al azar. Ante un jurado hubieran tenido una importante arma a su favor: la extraordinaria historia de Oscar Pistorius. Consideren lo siguiente, podría haber dicho uno de los abogados de Pistorius, dirigiéndose a los señores y señoras del jurado: un niño nace con un defecto congénito y le amputan las piernas por debajo de las rodillas a los 11 meses. Su desafío para cuando sea mayor: convertirse en un atleta capaz de correr en unos Juegos Olímpicos contra los hombres más rápidos del mundo. El objetivo no solo era imposible, el mero hecho de proponerlo en voz alta habría parecido una broma de pésimo gusto. Pero Pistorius lo logró. Compitió en las semifinales de los 400 metros lisos en los Juegos de Londres de 2012. “¿Ha habido en toda la historia del deporte,” podría haber preguntado el abogado de Pistorius, “un ejemplo más admirable, único o extraordinario de perseverancia, de valentía, de fe?”. La respuesta tendría que ser que no. Porque la verdad es que Pistorius ha inspirado no solo a sus compatriotas sudafricanos, que hasta los sucesos del 14 de febrero lo tenían como una figura heroica, sino al mundo entero.
Pero tales argumentos tendrán un valor limitado, no decisivo. Los abogados de Pistorius se tendrán que remitir a los hechos, sabiendo que cualquier intento de manipulación emocional del juez al estilo OJ Simpson podría volverse en su contra. Y los hechos, empezando por la irrefutable y enorme verdad de que Pistorius mató a su novia, no juegan a favor de la defensa.
Esta semana no le costó mucho al fiscal del caso subrayar las aparentes inconsistencias en la narración de Pistorius. Si hay solo dos personas dentro de una casa, dijo, y una oye un ruido en el baño en medio de la noche, lo lógico es suponer que se trata de la otra persona; lo lógico también es comprobar si la otra persona está en la cama que uno comparte con ella, despertarla y preguntarle si también oyó el ruido; lo lógico, si no está en la cama, es suponer que es ella la que está en el baño. Lo ilógico es suponer que un ladrón vaya a encerrarse en un baño; lo ilógico es disparar primero y hacer preguntas después.
Sudáfrica ya está dividida en dos, entre aquellos que creen la versión expuesta por el fiscal, que consideran absurda la versión de Pistorius de que la muerte de Steenkamp fue un accidente, y aquellos que no desean abandonar la fe invertida con enorme entusiasmo durante años en el mito sudafricano más admirado desde Nelson Mandela.
El problema del fiscal será demostrar beyond a reasonable doubt —más allá de cualquier duda razonable, como exige la ley sudafricana— que Pistorius mató a Steenkamp de manera intencionada, sabiendo que ella era su víctima. No hay testigos oculares. Como mucho, parece que, según la policía, hay unos vecinos que oyeron gritos a la hora del crimen. Pero lo que está claro es que los abogados defensores se centrarán en la violencia endémica que padece Sudáfrica, en el temor general que la población tiene a ser atacada, robada, asesinada. La versión de los hechos presentada por Pistorius no sería creíble en un país relativamente pacífico como España, Noruega o incluso Estados Unidos. Pero en el contexto criminal sudafricano lo puede llegar a ser: el ataque de miedo que dijo haber sentido Pistorius cuando oyó el supuesto ruido en su casa en medio de la noche (“caí preso del pánico”, fueron sus palabras exactas) tiene su coherencia en un país donde todos conviven con esa misma pesadilla, sin excluir a los jueces. La paranoia en Sudáfrica no es siempre una enfermedad; puede ser enteramente racional.
Pero existe otro terreno de la opinión pública en el que la defensa de Pistorius es vulnerable. Desde mucho antes de la muerte de Steenkamp un sector importante de la sociedad civil, al que pertenecía la propia víctima, se ha movilizado para denunciar la violencia extrema en Sudáfrica contra las mujeres. Un estudio reciente del respetado Medical Research Council sudafricano (Consejo de Investigación Médica) reveló que el índice de violencia contra las mujeres en Sudáfrica supera la media mundial por un factor de cinco.
Una mujer es violada en Sudáfrica cada cuatro minutos y una es asesinada cada ocho horas por su pareja o por un familiar.
Un grupo de manifestantes, casi todas mujeres, se presentó cada día de esta semana en la calle ante el tribunal donde compareció Pistorius exigiendo su cabeza
. Desean que se le condene por asesinato sabiendo que, siendo un personaje tan famoso, su castigo serviría como mensaje ejemplar.
Hay infinidad de precedentes, pero hay uno en particular que recuerda el caso Pistorius, por lo inverosímil del caso y por que también tuvo como uno de sus protagonistas a un personaje famoso. Se trata de Charlize Theron, la actriz de Hollywood ganadora de un Oscar, nacida en Sudáfrica en 1975.
 El padre de Theron fue un hombre abusivo, borracho, que tenía la costumbre de amenazar a la madre de Theron con su pistola. Una noche, cuando Charlize tenía 15 años, la madre temió que esta vez su marido realmente la iba a matar
. En vez de someterse a su destino, tomó la iniciativa. Sacó una pistola, ante la mirada de su hija adolescente, y lo mató. Se la juzgó por asesinato pero fue declarada inocente.
Se demostró que había actuado en defensa propia.
De manera bastante más polémica, y más dificil de demostrar, Pistorius argumenta que actuó igual; que él también mató creyendo que era en defensa propia.
 Pase lo que pase, sea declarado inocente o culpable, Pistorius no podrá seguir adelante y prosperar después del juicio como hicieron la señora Theron y su hija. Él segó una vida y ha destrozado la suya.
 La pena es que Pistorius, un fanático de las armas, no hubiera actuado como recomendó Charlize Theron en una entrevista que dio a la televisión estadounidense en 2004 sobre la muerte de su padre.
“Lo terrible”, dijo Theron, “es que todo el mundo en Sudáfrica va armado… Es el estilo de vida allá.
 No debería uno de tener armas en la casa porque, cuando la gente se vuelve irracional y emocional y se emborracha, cosas terribles pueden ocurrir”.