Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 ene 2013

El fin del buen humor.........Vicente Verdú

Un último informe de CEDRO, la asociación que trata de proteger los derechos de los escritores, nos comunicaba anteayer que el sistema de protección de la propiedad intelectual de los autores y editores de libros se ha debilitado en tal grado que los derechos de autor han quedado “vaciados de contenido económico
”. ¿La razón? Falta de compensación por copia privada, lenidad en la Administración y los centros de enseñanza, usos torcidos de Internet, falta de regulación en los préstamos de las bibliotecas públicas.
La cuestión invitaría a la lástima si al lado del vaciamiento económico de los derechos de autor no se alzara el gigantesco cráter de seis millones de parados.
 Un 36% de ellos ha dejado de comprar carne o pescado, la mitad ha entrado en una depresión, dos millones de hogares tienen a todos sus componentes (potencialmente activos) en un paro tan prolongado que han vendido ya casi un 10% de sus coches, junto a todos los enseres de algún valor.
 Los derechos de autor se han vaciado de contenido económico pero, ¿cómo revertir o comparar esta situación a la que padece el albañil?
Muy característico de esta crisis es que la adversidad, lejos de provocar una reacción subversiva, cae en abatimiento y su contagio crea la extensa cultura de la desesperanza que hoy sobrevuela.
 Cuanto más tiempo un trabajador permanece parado menos esperanzas tiene de hallar un empleo.
De modo que la desdicha de la desdicha se agranda y la maldición engendra otra nueva maldición.
 En estas condiciones no hay lugar sino para la escritura maldita, la cultura del mal.
¿Poemas de amor, novelas de humor y policíacas, excursiones argumentales hacia la historia del antiguo Egipto o la Roma imperial, excursiones hacia los hombres primitivos del Neanderthal? Todo esto junto a los partidos de fútbol y los cotilleos televisivos alivian el peso de la negra tonelada ambiental.
No por casualidad el programa más trivial de la tele se llama Sálvame y los best sellers de la narrativa son aquellos que proporcionan guarida en la oscuridad (la trilogía de Las cincuenta sombras de Grey).
 O, para redondear, los partidos embriagadores entre el Madrid y el Barça se repetirán próximamente a razón de tres por mes.
La derecha franquista sabía bien lo decía cuando en los años de miseria confiaba los víveres a los éxitos del Real Madrid en Europa
. Pero la situación se presenta hoy, igualmente, con el cariz de una dictadura enajenante.
 Millones de protestas son aplastadas por la ideología de una Gran Crisis sistémica, tan fatal como una hecatombe de la Naturaleza.
 El pus de una cólera tan vasta que se extiende ya desde los funcionarios a los albañiles y desde los periodistas al Alma Venus de Gimferrer. ¿Para qué pugnar?
 El poder ha hecho sentir que esta crisis es como el efecto natural de una encrucijada en el seno genético de la sociedad occidental.
De modo que incluso Merkel declara su asombro ante el desempleo de España y la inminencia de una biológica recesión alemana.
Todo ello, como prueba de que el fracaso del sistema neoliberal expande un virus que enferma todo: los niños y sus escuelas, la sanidad y sus sábanas, la investigación y sus cálculos.
Editorial Península ha publicado recientemente un libro mío que, por evidente deseo del editor, se ha titulado Apocalipsis now.
 Nunca, en los preparativos previos a la edición, nos pareció que exagerábamos con ese rótulo teniendo en cuenta las líneas mediáticas evocando una situación “al borde del abismo” así como los diagnósticos que los analistas hacían sobre el final de un tiempo, al modo de las estremecedoras revelaciones de San Juan.
Pero además, visto lo visto, vaciados todos de espíritu, de ingresos de CEDRO incluidos, habríamos de llamar al mundo la Emptiness now.
 Es decir, el mundo donde la creciente vaciedad de soluciones nos privara de toda morada ideológica mientras nos infundirá la desmoralización como ideario emocional y general.

Manet se retrata en Londres

La Royal Academy acoge una ambiciosa retrospectiva centrada en los retratos del artista francés

En ellos, se une el clasicismo de Velázquez y Tiziano con el posimpresionismo de Gauguin.

Un hombre junto 'M. Antonin Proust' de Édouard Manet, en el preestreno de la exposición 'Manet: Retratando la Vida' en la Royal Academy of Arts de Londres. / Andy Rain (Efe)

Cuando Édouard Manet (París, 1832-1883) pintó Olympia, célebre retrato de una belleza desnuda que escruta inmisericordemente al espectador, inspirado en La venus de Urbino,de Tiziano, el rechazo resultó tan feroz como para que un crítico escribiera:
 “El arte ha caído tan bajo que no merece ni reproches”.
Con parecida ausencia de simpatía fue recibida su inmortal comida campestre, Le déjeuner sur l’herbe (1863), en la que dos hombres vestidos y una mujer desnuda comparten escena y viandas.
Ambas obras fueron rechazadas en el parisiense Salón de Otoño por su descaro y por una técnica que, aún nadie lo sabía, acabaría siendo contemplada como revolucionaria.
 Manet, desesperado, escribió a su amigo Baudelaire: los insultos, le confesó, caían sobre él con la dureza del granizo.
Lejos quedaban aún los tiempos en que aquella escena bucólica inspiraría a Picasso y a Jean Renoir. Y aún más distante el día en el que Manet protagonizaría una de las grandes fechas en la temporada de exposiciones londinense.
 Fue ayer, cuando la Royal Academy desveló las cartas de su gran apuesta para 2013: una gran retrospectiva centrada en la faceta de retratista del genio, con 50 obras maestras que muestran que supo vincular la tradición de Velázquez y Tiziano con los planteamientos posimpresionistas de Gauguin y Cézanne.
Le déjeuner sur l’herbe, propiedad de la Courtauld Gallery de Londres, es la estrella de Manet. El retrato de la vida, que se abre al público el próximo viernes y podrá ser visitada hasta el 14 de abril. La comisaria, Mary Anne Stevens, se mostraba ayer convencida de que la cita desmontará muchos prejuicios y malentendidos que aún circulan en torno a la obra del pintor francés
. “Es una figura enigmática y de algún modo se tiende a evitarle. Ha generado mucho material literario, pero casi todo interpretativo y de segunda mano”.
 Para esa tarea, Stevens cuenta la ayuda de Larry Nichols, experto del Museo de Arte de Toledo en Ohio, que ha invertido cinco años en investigar a Manet. “Sin él, no se puede entender la historia del arte desde 1850”.
Nacido en el seno de una familia de clase media acomodada en París como el hijo de un magistrado del Ministerio de Justicia, heredó a los 30 años una considerable fortuna que le permitió dedicarse enteramente al arte, libre de presiones económicas. Rompedor en sus temas, estilos y técnica, los rechazos se sucederían a partir de entonces
. Sus vivos contrastes de luces y sombras se confundieron a menudo con zafios borrones. Sus personajes, tomados de apuntes hechos en las calles o en los bares, se tacharon de vulgares.
Acaso por eso mismo, fue admirado y respetado por los jóvenes impresionistas (Monet, Renoir, Sisley, Cézanne), aunque Manet declinase exponer con ellos. Su afán de solitario impenitente le convirtió en un héroe marginal
. Y pese a los esfuerzos de su amigo Émile Zola, el reconocimiento a su obra fue discreto en vida.
Una existencia corta, pero fructífera; se le atribuyen 400 obras, auténticas joyas por las que suspiran las colecciones públicas y privadas de todo el mundo, incluso aunque algunas sigan inacabadas o luzcan roturas producidas por el muy exigente Manet.
La muestra de Londres avanza empujada por dos fuerzas (la cronológica y la temática), aunque siempre sobre un mismo eje: el retrato.
 La primera parada trata del artista y su familia.
A la intimidad se yuxtapone en el recorrido la amistad: la que le unió a Baudelaire, Zola, Georges Moore, Zacharie Astruc, Théodore Durer, Antonin Proust, Eva González, Berthe Morisot y Victorine Meurat y otros rostros que funcionan en la exposición como un deslumbrante fotomatón del siglo XIX y sustentan la advertencia de Stevens; no ha sido fácil reunir tantas obras maestras.
Cierto es que no están los grandes lienzos de los últimos años, cuando la luz se adueñó de las telas. Es también la etapa en la que empieza a sufrir dolores terribles causados por una enfermedad relacionada con la sífilis.
 Son también los tiempos en que abandona el óleo por resultarle demasiado trabajoso y opta por el pastel. Tras su última gran obra (El bar del Folies Bergère, de 1882), su estado empeoró y tuvieron que amputarle una pierna gangrenada. Murió una semana después. Tenía 51 años.
 Los honores no tardaron en llegar, pero para él ya era demasiado tarde.

 

 

Alta costura dulce y fetiches de café

La 'Sweeture', nueva cultura de la repostería, desfiló en la pasarela de Madrid Fusión 2013

Josean Alija y Pierre Hermé coinciden en explorar las posibilidades cafeteras.

Plato dulce de Josean Alija: fresas, helado de té negro y kéfir. / NERUA

La alta costura dulce desfiló por Madrid Fusión 2013
. Los organizadores del congreso denominaron Sweet Fusion la presencia de figuras de la pastelería como Paco Torreblanca (maestro de la vanguardia repostera española), Jordi Roca (revolucionario de postres helados), Jordi Butrón (pedagógico alquimista de Espai Sucre), José María Guerola (campeón de la copa del mundo 2012), los franceses Pierre Hermé (que elevó el macaron a objeto de moda/deseo) y Patrick Roger (arquitecto de la bombonería) y el belga Dominique Persoone (para quien el chocolate es rock and roll).
Láminas crujientes de café, realizadas por Josean Alija.
Todos ellos traspasan fronteras saladas y azucaradas y exploran galaxias de sabores y formas sin límite. Iinventivos e iconoclastas, cocinan Sweeture, la cultura del dulce.
 Así llamó su taller en MF Josean Alija, cuya cocina vegetal convive con las obras de arte del Guggenheim de Bilbao
. Con ese nombre presentó sus trabajos con frutas, verduras, frutos secos, cacao, semillas y un ingrediente estrella, el café. Se bebe y se come: láminas crujientes, pichón de Bresse con granos de café verde, cerveza negra de café, caldo de hongos infusionado de café...“Busco el dulzor como concepto, sin utilizar edulcorantes ni grasas.
 Aprovecho distintos tipos de maduración de las frutas para llegar a texturas curiosas”, explica a propósito de platos como fresas con helado de té negro y kéfir; pomelo helado y perifollo o breva a la brasa con menta e hibiscus.
El café es también la nueva materia creativa del parisino Pierre Hermé, que prepara la colección Infinitamente café.
Se trata de un fetiche (como llama a las familias o declinaciones de productos o a partir de un mismo ingrediente o sabor) con diseños de bombones, milhojas, tartas, mousse... que saldrá en septiembre y que presentará previsiblemente con la espectacularidad de los desfiles.
El pastelero francés Pierre Hermé. / CRISTÓBAL MANUEL
Hermé ha trabajado con un torrefactor francés que le ha hecho "redescubrir la pasión por el café" y ha investigado el efecto de los grosores de molienda, del tipo de tueste y de infusionado.
 “Busco llevar al paroxismo el sabor del café”, dice el creador en los ochenta del término “pastelería de alta costura” para “marcar diferencia con la pastelería convencional”. Opina que "en la pastelería hay diez productos indispensables: los huevos, la harina, el azúcar, la sal, la mantequilla, la leche, la crema, el chocolate, la vainilla y las almendras",  pero uno de ellos "es un mundo aparte"
. "El chocolate ofrece   muchísimas posibilidades: bombones, helados, pasteles, tartas... Es mágico".
“He echo evolucionar los códigos tradicionales de la pastelería, tanto en la creatividad y la presentación como en la manera de vender los productos”, asegura Pierre Hermé.
 Y lo hizo: elevó un minibocado redondo y dulce, el macaron, a la categoría de joya y objeto de deseo de franceses y de medio mundo.
 Las pastelerías son boutiques para Hermé, que lanza sus diseños por temporadas, al modo de las colecciones de moda, y que llegó a presentar una (Deseo) en el Crazy Horse de París.
 Muchos han seguido su línea exquisita y espectacular.
 “Hay muchos jóvenes con talento. Se ha incentivado la innovación”, opina sobre la órbita francesa del mundo dulce.
El chocolatero Patrick Roger. / CARLOS ROSILLO
Uno de esos talentos es Patrick Roger, un escultor del cacao cuyas figuras de simios de tamaño natural habitan la selva dulce del escaparate.
Son mensajes, como el verde de sus bombones, "para llamar la atención sobre la biodiversidad en peligro".
 Pero este autodenominado "chico de campo" no solo produce espectaculares animales, de su obrador salen 10 millones de bombones al año y gamas de 300 productos diferentes que llegan a sus nueve boutiques, ocho en París y una en Bruselas. Alcanzó popularidad con unas semiesferas multicolores, Amazon, bombón que va evolucionando.
 “Gracias a las tecnologías de hoy podemos lograr una capa muy fina en el exterior y una explosión de sabor en el interior”.

 

Alumbramiento en agosto

La novela de Faulkner muestra el lado más siniestro y vil de la condición humana. Hoy, buena parte del mundo se empeña en parecerse a la sociedad apocalíptica que describió el escritor.

FERNANDO VICENTE

Sólo hay un placer más grande que leer una obra maestra y es releerla. William Faulkner escribió Light in August en seis meses, entre agosto de 1931 y febrero de 1932, y sólo hizo unas pocas enmiendas al corregir las pruebas, algo que maravilla dada la complejidad de la estructura y la perfección de la prosa con que está escrita la novela, sin un solo desfallecimiento de principio a fin.
 Se ha traducido al español como Luz de agosto pero, ahora que acabo de leerla de nuevo luego de dos o tres décadas, tiendo a dar la razón a quienes piensan que acaso hubiera sido más justo llamarla en nuestro idioma Alumbramiento en agosto.
Porque el nacimiento del niño de Lena Grove y el borrachín, vago y canallita Lucas Burch, que ocurre en el corazón del verano sureño y que trae al mundo con sus manos el reverendo Hightower, es un hecho central del que arrancan o con el que coinciden hechos capitales de la historia, una de las más deslumbrantes y violentas de la saga de Yoknapatawpha County
. El mundo al que viene a habitar esta desamparada criatura, pese a estar como en los márgenes de la civilización, una tierra pobre, antigua, aislada y salvaje, se parece mucho al de nuestros días, porque está devastado como el de hoy por el fanatismo religioso, los prejuicios raciales, el despotismo y una falta de solidaridad que hace vivir a los seres humanos en el miedo y la soledad y los empuja a menudo a la locura.
No son la política ni la codicia lo que más envenena la vida de las gentes en la sociedad donde el mulato Joe Christmas padece la maldad de los otros e inflige la suya a los demás, sobre todo a las mujeres, sino la religión.
 Es verdad que Christmas no muere asesinado y castrado por un pastor sino por el ultranacionalista y patriota Percy Grimm, convencido de que “la raza blanca es superior a todas las otras y la de América superior a todas las otras razas blancas”, pero igual hubiera podido asesinarlo y castrarlo su propio abuelo, el viejo Doc Hines, que iba a predicar a las iglesias de la gente de color sus convicciones racistas y, en vez de ser linchado por ellas, fue respetado y alimentado por los negros asustadizos y reverentes que lo escuchaban y le creían.
 La esclavitud ha sido abolida en el condado, pero no la mentalidad que la sostenía y que sigue vigente, en las costumbres, en el lenguaje cotidiano, en el desprecio y la marginación de los blancos —sobre todo de las blancas— que socializan con los negros como si fueran seres humanos, y los linchamientos a quienes osan transgredir las invisibles pero estrictas fronteras raciales que regulan la vida.
No son la política ni la codicia, sino la religión lo que más envenena a las gentes del relato de Faulkner
El padre adoptivo de Joe Christmas, que lo rescata del orfanato donde lo abandonó el abuelo, el fanático Mr. McEachern, le hace aprender el catecismo a latigazos y quiere, además, inculcarle que Dios creó a la mujer —esa Jezabel— para tentar al hombre, hacerlo pecar y condenarse al infierno, una idea generalizada entre los pobladores de Jefferson, la capital del condado, de la que participa incluso uno de los personajes menos repelentes del lugar, el reverendo Hightower, quien trata por todos los medios de impedir que el buenazo de Byron Bunch se case con la madre soltera (en otras palabras, pecadora) Lena Grove.
 El horror a las mujeres del extraordinario Hightower, que, antes de ser expulsado de la parroquia presbiteriana que regentaba, solía mezclar en sus sermones las alegorías bíblicas con una carga de caballería en la que participó su abuelo durante la guerra civil, se acentuó con su matrimonio: estuvo casado con una mujer que escapaba los fines de semana a Menfis para prostituirse y terminó suicidándose.
Al igual que la religión, el sexo es en el mundo puritano de Faulkner algo que atrae y espanta al mismo tiempo, una manera de desfogarse de ciertos humores destructivos que turban la conciencia, de ejercer el dominio y la fuerza contra el más débil, de abandonarse al instinto con la brutalidad ciega de los animales en celo.
 Nadie goza haciendo el amor, nadie siente el sexo como una manera de enriquecer la relación con su pareja y vivir así una experiencia que exalta el cuerpo y el espíritu. Por el contrario, al igual que Joe Christmas, que hace pagar en la cama a las mujeres que se acuestan con él las humillaciones y vejaciones que ha recibido y el rencor que tiene empozado en el alma, el ayuntamiento sexual es en este mundo de fornicantes reprimidos y tortuosos una manera de vengarse, de hacer sufrir al otro, de inmolarse en la vergüenza y en la culpa. Cuando Percy Grimm lleva a cabo la mutilación del mulato, simbólicamente se automutila, que es lo que, en el fondo sucio de sus corazones, quisieran hacer todos esos puritanos de Yoknapatawpha horrorizados de tener urgencias sexuales y convencidos de que por ellas arderán por la eternidad.
¿Por qué nos hechiza de esta manera un mundo en el que hay tanta gente malvada y estúpida que usa la religión para justificar sus inclinaciones perversas y sus taras y prejuicios?
 Es verdad que, entre esa muchedumbre de pobres diablos despreciables, aparecen también algunas personas sanas y bien intencionadas, como Byron Bunch o la propia Lena Grove, pero incluso ellas parecen ser buenas gentes más por cándidas o tontas que por generosidad, convicción y principios. La fugaz aparición del cultivado Gavin Stevens, héroe de tantas aventuras y desventuras de la saga faulkneriana, reconcilia al lector por un momento con esa fauna de seres tan horribles.
¿Por qué el hechizo, pues? Porque el genio de Faulkner, como el de Dostoievski, a quien tanto se parece en sus obsesiones y en la creación de personajes desorbitados, ha sido capaz de construir una historia, en la que se muestra sobre todo la dimensión más siniestra y vil de la condición humana, con tanta astucia, sabiduría y elegancia que, en ella, esta valencia estética, su belleza verbal, la sutileza con que se silencian ciertos datos para infundirles ambigüedad y misterio, la sabia reconstitución del tiempo, el escudriñamiento acerado de los laberintos psicológicos que mueven las conductas, redimen y justifican el horror de lo que se cuenta. Y generan la tensión, el alelamiento, las intensas emociones y el trance psíquico que experimenta el lector. Esas son las magias y milagros de la gran literatura.
 De ese baño de mugre salimos conmovidos, turbados, sensibilizados y mejor instruidos sobre lo que somos y hacemos. Ahora bien, ¿de veras somos así, esas basuras ambulantes? ¿Es la vida esa cosa tan terrible? No exactamente
. Esa es sólo una parte de la verdad humana, que ha servido de materia prima al que cuenta para fantasear una mitología sesgada y soberbia de la vida.
 Hay otra, felizmente, que no aparece en esa radiografía parcial y mítica concebida con tanto maquiavelismo y destreza por el gran novelista norteamericano.
La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla
La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla, añadiéndole aquello que, en la vida vivida, sólo se experimenta gracias al sueño, los deseos y a la fantasía. Pero el pesimismo de Faulkner nunca se aleja demasiado de lo real
. El sur profundo no es hoy lo que era cuando él lo vivió.
 Hoy mismo, Barak Obama, un presidente negro, juramenta por segunda vez en Washington en el día en que todo Estados Unidos recuerda a Martin Luther King como un héroe nacional indiscutido.
 Los prejuicios raciales, aunque no hayan desaparecido, tienden a declinar, y, al igual que la discriminación de la mujer, se enmascaran y disimulan porque hay una moral y una legalidad que los rechazan
. En este sentido, la sociedad norteamericana ha avanzado más rápido que otras, que progresan a paso de tortuga, o retroceden.
Pero el mundo de nuestros días sigue siendo faulkneriano en lo que concierne a la religión.
 En los grandes centros de la civilización occidental, como la propia sociedad estadounidense, la religión sirve todavía de refugio a fanáticos e intolerantes que quisieran detener la historia y hacerla regresar al oscurantismo, aboliendo a Darwin y reemplazando la teoría de la evolución por el “diseño inteligente divino”, y no se diga en otras regiones del mundo, como Israel o los países musulmanes, donde, en nombre de un Dios justiciero e implacable como el que truena a través de las bocas de los pastores en las iglesias de Jefferson, se justifican los despojos territoriales, la discriminación de la mujer y de las minorías sexuales y hasta los asesinatos y torturas de los adversarios.
 En The New York Times de esta mañana leo la historia, en Afganistán, de una jovencita de 16 años que por rehusar casarse con el viejo que la negoció con su padre luce la cara desfigurada a cuchillazos por su hermano mayor, que de esta manera lavó el honor de la familia. La nota añade que en los últimos meses varias decenas de jóvenes afganas han sido asesinadas o mutiladas por sus propios padres o hermanos por razones parecidas.
Ochenta años después de publicada Light in August, buena parte del mundo se empeña todavía en parecerse a la pequeña sociedad apocalíptica de verdugos, víctimas y desquiciados mentales que Faulkner fantaseó en esta formidable novela.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013