Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

23 ene 2013

Luis Bárcenas se acogió a ella » ‘Blancanieves’ gana en la 18ª edición de los Premios Forqué

Maribel Verdú, mejor actriz, y José Sacristán, mejor actor, en los trofeos que entrega EGEDA.

El equipo de la película 'Blancanieves': de izquierda a derecha, el productor Ibon Coremenzana, la actriz Maribel Verdú, el director Pablo Berger y la también actriz Macarena García. / Alberto Martín (EFE)

Blancanieves, de Pablo Berger, ha sido la mejor película española en 2012 para los votantes de los premios Forqué
. Sus rivales para el galardón eran Lo imposible, de J. A. Bayona; Grupo 7, de Alberto Rodríguez, y El artista y la modelo, de Fernando Trueba.
 Los Forqué son los galardones que desde hace 18 años entrega EGEDA, la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales. Ibon Cormenzana, de Arcadia Films, recogió muy emocionado el galardón, junto a otros productores y el director Pablo Berger.
 Con el trofeo, otorgado a un drama en blanco y negro y silente, el filme se convierte en el gran favorito para los Goya.
En el patio de butacas de los Forqué estaba el Ministro de Educación, Cultura y Deportes, José Ignacio Wert, justo en el acto en el que el año pasado dijo que era “uno de los vuestros” en el mundo del cine, jugando con el título del filme de Martin Scorsese
. Y justo por ahí atacó el presentador Álex O’Dogherty, que como el año pasado apostó por lo musical, con canciones más adecuadas para otro tipo de eventos, y no en este, que reunió a toda la industria española del cine –estaban todos los que son- en los teatros del Canal. Enrique Cerezo, en su discurso como presidente de EGEDA, habló directamente al ministro, al que le presentó la calidad de la cinematografía española y la subida de cuota de pantalla. “El cine español ha hecho marca española antes de que existiera este concepto”.
 También recalcó la importancia del idioma, su capacidad de crear empleo y su impulso tecnológico. Y deseó que el recorte de las ayudas derive en un nuevo modelo. “Ministro, puede contar con nosotros para mejorar nuestra industria”, dijo antes de recalcar lo importante de las negociaciones que se mantienen actualmente.
El único premio que sabía a priori era la Medalla de Oro para Gerardo Herrero, que reconoce la carrera de uno de los productores españoles con más vasta carrera, potente currículo y que más ha apostado por la conexión sudamericana –ganó el Oscar con El secreto de sus ojos-
. Herrero ha acabado compaginando la producción con la de dirección. En su discurso recordó su carrera de 120 títulos, de la presión que se siente cada vez que empieza un filme.
 “Es como escalar una montaña, corres constantemente el peligro de despeñarte”. Recordaba que un país sin su cine es “incompleto”. “Es un día feliz para mí, pero tengo la amarga sensación de no haber sabido convencer a los poderes políticos de la importancia de cine”.
 Recordó la importancia de compaginar industria y cultura, en estos momentos de cambios de leyes, y reclamó “que los productores españoles tuvieran los mismos derechos que los productores ingleses y franceses”.
 Finalizó dedicando la Medalla a sus compañeros: “Sin nosotros, los productores, no hay películas”.
José Sacristán, con Madrid, 1987, ganó el premio a la mejor actuación masculina, en el que competía contra Antonio de la Torre, por su trabajo en Grupo 7, y Jean Rochefort, por El artista y la modelo. Los tres se verán las caras en los Goyas, aunque allí, el próximo día 17 de febrero,
 Sacristán defenderá su labor en El muerto y ser feliz. El madrileño agradeció que el jurado recordara una película como Madrid, 1987, de David Trueba, antes de homenajear al cineasta que da nombre a los galardones, José María Forqué, “a quien admiré mucho”, y a sus compañeros fallecidos “demasiado pronto”.
Maribel Verdú fue elegida como mejor actriz y derrotó a Macarena García, su compañera en Blancanieves, y a Carmina Barrios, por Carmina o revienta.
 “Como no sé si me van a dar más premios por esta película, suelto hoy todo lo que tengo que decir”. Y recordó a Barrios y a García, sus rivales: “Macarena, sin Blancanieves no hay madrastra”, antes de hablar de la experiencia gratificante de correr esta aventura con Pablo Berger.
En los Forqué se recordó a los fallecidos con un buen video que fue mejorado con la presencia posterior en el escenario de cinco de los familiares
. En nombre de ellos habló Luis Merlo, hijo del actor fallecido Carlos Larrañaga.
El mejor filme de animación del año fue, no cabía ninguna sorpresa, para Las aventuras de Tadeo Jones, de Enrique Gato.
El acto se cerró con unas palabras del ministro José Ignacio Wert, que habló de esperanza y oportunidades del cine español. También de la potente cosecha de 2012, “de la que todos debéis estar orgullosamente satisfechos”.
 Si el año pasado usó el título del filme de Scorsese, en esta ocasión, y homenajeando a Herrero, su productor, mencionó la argentina Todos tenemos un plan, de Ana Piterbarg, en referencia a las negociaciones que se mantienen actualmente para una nueva Ley del Cine.
De las diecisiete ediciones precedentes, en once ocasiones el triunfador en los Premio Forqué ha repetido días después en como ganador en los Goya.
 A esta 18ª edición han concurrido 106 largometrajes de ficción, 40 documentales y 11 largometrajes de animación, estrenados entre el 1 de diciembre de 2011 y el 30 de noviembre de 2012.

 

Existe otra Elizabeth Taylor

Aparece en castellano la novela “La señorita Dashwood” de la novelista británica tocaya de la estrella cinematográfica.

 

Imagen de la portada de 'La señorita Dashwood'.

Nada de ojos violeta, nada de corpiños ceñidos ni diamantes de escándalo, nada de Cleopatras… la otra Elizabeth Taylor también existe, muy discreta desde el arco de sus cejas a su inveterado collar de perlas, pero sí con mucho talento literario, con una obra tan sólida como olvidada.
Delicada, aguda, incisiva en la descripción de los caracteres, con una capacidad de observación del entorno cotidiano digno de un cirujano, en 2012 se conmemoró el centenario del nacimiento de esta escritora británica nacida el 3 de junio de 1912 y muerta los 63 años, abatida por el cáncer y bastante sola. En mayo del año pasado el diario The Guardian hablada de “redescubrimiento”, y la inteligencia intelectual está de acuerdo en que es una de las mejores y más refinadas novelistas inglesas del siglo XX, pero pruebe usted a preguntar a alguien menor de 30 años, aún dentro del Reino Unido, “¿quién es Elizabeth Taylor?” y veremos qué pasa. O probemos a teclearlo en Google. Si no agregamos la palabra “writer”, jamás llegaremos a este talento si bien reconocido en su tiempo, infravalorado, arrastrada por la marea de una cierta modernidad tan mal entendida como eufórica de las más bien pasajeras novedades formales.
A los lectores en castellano, Ático de los Libros pone en circulación primero La señorita Dashwood (1946), y a la que seguirán a lo largo de 2013 otros como At Mrs. Lippincote's (1945), Blaming (1976, su obra póstuma), A game of Hide and Seek (1951) y Mrs. Palfrey at the Claremont (1971), en sus títulos originales en inglés; este ambicioso proyecto editorial, con traducciones expresamente encargadas, aún no ha definido los nombres con que aparecerán. También en el siglo XXI llega el cine a redimir, si es que hay algo que reponer.
 Primero fue Dan Ireland en 2005 con su adaptación a la pantalla de Mrs. Palfrey at the Claremont, y después en 2007 François Ozon hizo Angel basada en The Real Life of Angel Deverell, una hilarante comedia de 1957 que apareció también como Angel a secas. Una vez que se la descubre, no se la abandona.
 Su prolífica obra de cuentista se reunió en cuatro gruesos tomos y probó suerte también con un libro de literatura infantil.

Un primer párrafo ejemplar

Cassandra, gracias a las novelas que había leído, estaba segura de experimentar las emociones adecuadas mientras estaba de pie en su dormitorio, contemplando por última vez desde las ventanas desnudas el espacio oblongo de papel de pared intacto, justo encima de la repisa de la chimenea, que durante trece años había ocupado el retablo en sepia de “El encuentro de Dante y Beatriz”.
Elizabeth Taylor, a ojos de la crítica actual, es una novelista de corte más clásico que convencional, afianzada por su portentoso lenguaje descriptivo.
 Dar el nombre de Cassandra a la protagonista de La señorita Dashwood es ya un aviso, una premisa argumental, y ese personaje ha sido institutriz, como lo fue también la novelista en su juventud. Esa “Casandra” moderna ha sido valorada como “una Jane Eyre de la posguerra”. No hay coincidencias: se apellida como las heroínas de Jane Austen en Sentido y sensibilidad, pero su nombre evoca concretamente a la lectura trágica y clásica de la visionaria, esa especie de profeta de las desgracias tanto ajenas como propias. Philip Hensher la ha descrito como “uno de los tesoros escondidos de la novelística inglesa”.
No han faltado tampoco los artículos que resalten esa especie de “crueldad del destino”, pues el mismo año en que la novelista luchaba por establecer su nombre en el panorama literario con su primera novela, la actriz homónima estaba empezando a brillar.
 No había competencia mediática posible entre las obras “aparentemente anticuadas de siervos y señores, amas de casa y sus complicaciones matrimoniales” con la fulgurante presencia de la de los ojos violeta. Desde que la escritora se casó con un tal John Taylor, pastelero y dueño de una confitería, y cambió su apellido (había nacido Coles) la suerte estaba echada: era, para la eternidad, “la otra”.
Si Kingsley Amis insistió en aquello de que era una de las mejores escritoras del siglo XX en lengua inglesa, Antonia Fraser no dudó en señalar que Elizabeth Taylor es “uno de los escritores más subestimados” de ese mismo siglo. Y no nos llamemos a engaño por sus reposados retratos de estudio en blanco y negro.
Su vida fue intensa y llena de acción entre té y té. Elizabeth Jane Howard, a la que la unió una larga amistad íntima y que se negó a escribir una biografía de la Taylor tras su muerte, declaró una vez que envidiaba “a cualquier lector que se encuentra con su lectura por primera vez”.
Cuesta pensar que en su momento superó editorialmente a Rudyard Kipling y que Ivy Compton-Burnett le escribió una encendida carta después de leer sus novelas donde ponía que había llegado el momento de encontrar obras herederas de Persuasión y de Cumbres borrascosas, y que estas novelas eran “dignas sucesoras” de las primeras.
Elizabeth Taylor tuvo veleidades de roja en su juventud, perteneció brevemente al Partido Comunista, aunque luego se decantó de por vida con los laboristas. Era público que mantuvo una relación extramatrimonial fija durante 12 años “de la que se sabía todo lo que hay que saber”. Era tímida y reservada, solía evitar el mundillo literario londinense y aborrecía la publicidad, lo que trajo de cabeza a sus editores más de una vez. Es legendario que en una ocasión, entrevistada en la televisión, contestó a una treintena de preguntas en el tiempo récord de minuto y medio con los monosílabos “sí” y “no”
. La elocuencia la reservaba a la escritura.
* La señorita Dashwood de Elizabeth Taylor. Traducción de Claudia Casanova. Ático de los Libros, Barcelona. 18.50 euros.

‘La Habana del Flaco’, un “homenaje” singular al pueblo cubano

Una exposición del fotógrafo José García Poveda repasa 10 años de viajes por Cuba.

 

Niños cubanos en el malecón de La Habana. / José García Poveda

En marzo de 1990 llegó por primera vez a La Habana el fotógrafo valenciano José García Poveda, alias el Flaco.
 Venía de Nicaragua, donde el Frente Sandinista acababa de perder las elecciones, y tanto la amargura por aquella derrota como el hecho de no volar directamente desde Europa le hizo aterrizar de un modo “distinto” en la realidad cubana, que por entonces empezaba a adentrarse en la tinieblas del denominado Periodo Especial, la crisis galopante que se instaló en la isla tras la desaparición del bloque socialista.
En aquel viaje iniciático Poveda conoció al legendario Alberto Korda y a través de él al también fotógrafo José Antonio Figeroa, y muy pronto ambos se convirtieron en sus puertas de entrada a Cuba y sus gentes.
Quizás es por ello que la conocida imagen del Che Guevara tomada por Korda, una de las más reproducidas en la historia de la fotografía, abre la exposición La Habana del Flaco, que se inaugura este 23 de enero en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MUVIM).
El Che Guevara en diferentes soportes – en camisetas, en pintadas, en cuadros para turistas, en propaganda revolucionaria, junto a altares de santería – nos abren los ojos a la visión habanera del Flaco, que en esta muestra se estructura en seis grandes bloques: Korda y el Che; la ciudad; la gente; el éxodo; Fidel, el Papa y el Rey; y, por último, el malecón.
Poveda viajo a La Habana en diez ocasiones entre 1990 y 1999, la última de ellas en noviembre de ese año, durante la cumbre iberoamericana que llevó a la isla al Rey Juan Carlos y al ex presidente del Gobierno José María Aznar, pero la curadora de la exposición, Cristina Vives, no ha querido que rigiera en ella una “lógica” cronológica.
Organizar las fotos y textos de Poveda – pues tanto sus imágenes como sus comentarios son parte de la misma obra - ha sido un acierto, ya que permite ver y entender mejor los interés y obsesiones de el Flaco.
“En La Habana que el Flaco fotografió no sobresalen las fachadas ni los interiores domésticos de arquitecturas despintadas, de hecho casi no hay color en sus archivos fotográficos”, asegura Vives.
“Sus espacios se construyen por la acción de sus gentes, pero esas gentes no están permanentemente felices, ni rebosan de optimismo en cada fotograma.
 Es curiosa, en ocasiones, la mezcla de humor y drama visual, muy dado al carácter del cubano y al suyo propio
. Otras veces hay sensualidad, sexualidad, belleza, provocación… pero con un debido margen de extrañeza que nos lleva a la duda”, escribe la comisaria en el catálogo de la exposición.
Una de las secciones de La Habana del Flaco es especialmente dura y es la titulada Éxodo, que contiene las imágenes que tomó de la crisis de los balseros de 1994. Poveda había llegado a La Habana de Guatemala y enseguida se instaló en Cojimar, el pueblo marinero desde donde Hemingway salía a pescar en su yate Pilar, por entonces convertido en un astillero.
 Unos 35.000 cubanos abandonaron la isla por aquellos días, y el Flaco captó aquella locura y aquel drama a través de historias concretas de muchos de sus protagonistas.
Qué decir de la imagen de esos niños en el malecón sosteniendo un pequeño depósito plástico de gasolina, en los tiempos de los apagones de 15 horas diarias, con una ternura y una risa que es toda una lección de vida.
Dice Cristina Vives que en los malecones del Flaco el color no es lo principal.
 “En realidad sus Malecones no son paisajes, sino estados de ánimo”.
Y Poveda asiente:
 “Esta exposición es mi homenaje al pueblo cubano”, asegura, recordando el momento exacto en que tomó cada una de esas fotos.

“O te quitas el pudor o no escribes”........Juan Cruz

Jorge Edwards publica ‘Los círculos morados’, primer tomo de sus memorias personales.

El escritor y diplomático chileno Jorge Edwards, ayer en Madrid. / CRISTÓBAL MANUEL

Se desnuda y contempla desnudos Jorge Edwards (Chile, 1931, premio Cervantes de 1999) en el primer tomo de sus memorias personales
, Los círculos morados (Lumen), que aparece en España. Pudor, curas, enamoramientos y sexo (imaginado o real) en una colección de recuerdos de su infancia, hasta la adolescencia. Sobre el contenido elaboramos ayer con él este diccionario.
Pudor. “Es un sentimiento muy juvenil; de viejo uno se vuelve impúdico.
 Es natural y preerótico. Aquí hay mucho pudor, pero lo rompí.
No se pueden escribir memorias auténticas si eres demasiado púdico. O dejas a un lado el pudor o dejas de escribir. La sociedad chilena a la que pertenezco es muy cursi, muy siútica; en ella el qué dirán es paralizante, hay demasiado sentido del ridículo, demasiadas modas imperativas. Pero era también una sociedad llena de excéntricos que rompían la norma.
 Decía Pablo Neruda que había que guardarlos en alcanfor.
 En ese ambiente era difícil escribir memorias como estas, así que las he escrito de viejo, cuando ya no hay pudor. Me hizo bien escribirlas a 10.000 kilómetros de distancia, en París, donde soy embajador de mi país”.
Memoria. “Otra vez con las memorias. Las memorias tienen límites y trampas; yo invento personajes, dejo que el lector vaya para un lado cuando yo estoy ya en el otro extremo.
 La memoria es un invento y un arte, tienes que romperla en pedazos, porque la memoria absoluta te vuelve loco. El secreto de todo es escribir: la escritura te libra incluso de la memoria, y eso es lo que hago, escribo, aunque parezca que hago memoria. Aquí he sido capaz de contarme con mis limitaciones.
 Ahora por lo menos soy un personaje de mi memoria, no sé si salgo bien o mal parado. ¿Es digno mi pasado? ¿No lo es? No nos metamos en honduras”.
Edwards. “¿Que quién es este Edwards que sale en el libro? El que se ha salvado por la escritura de la memoria. La escritura te permite ir conquistando una serenidad, consigues con ella exorcizar unos defectos: he sido muy tímido, muy limitado, muy testarudo, muy obstinado.
 Siempre veo en los otros perfecciones de las que carezco, son mejores lectores, mejores deportistas… A veces me da rabia haber sido escritor, ¡tendría que haber sido futbolista!
 A veces no sé qué hago en ningún sitio”.
Curas. “Aún siento el revoloteo de sotanas de los curas jesuitas a los que me llevó mi madre después de haber hecho la primaria en un colegio mixto. En el mixto pololeaba con las chicas.
En el de curas había un jesuita que tenía ojos de uva (lo llamábamos Diuva)
. El padre Lorenzo.
Sombrío, imperaban las normas. Preguntaba: ‘¿Cómo está tu pureza?’. Uno que se llamaba Jaramillo le preguntó, a su vez: ‘¿Y la suya?”.
Sexo. “Ahí lo cuento. Un cura llamado Cádiz, al que luego sacaron de la compañía, se aficionó, me buscaba
. Lo cuento porque ya está maduro para ser contado
. No quería explayarme ni montar un escándalo, ni eso es tan importante en el libro, porque no lo es en mi memoria. Me quedaron algunas secuelas, miedos, angustias, incertidumbres…, pero ya no, ya pasó. Es mi prehistoria de escritor, no significa nada. Lo que sí ocurre es que me paran muchos en Santiago: ‘A mí también me pasó, a mí también me pasó…’.
 ¡Caramba, a cuántos les pasó!”.
Enamoramientos. “Hubo muchos, no todos están en el libro.
 Hubo platónicos, con amigas de mis hermanas.
 Hubo amores muy escondidos, con mucho miedo. En la adolescencia me atreví más, y tuve que aprender boxeo para defenderme de algunos celosos.
Pero el médico me dijo que yo no debía boxear, así que paré un poco.
 Había un poeta inglés que decía que él había creído que el sexo acababa a los 40, luego pensó que a los 50, y así hasta los 80. ¡Y no se acaba nunca!
 No se acaba nunca, doy fe
. Eso decía también un cura jesuita que revolucionó el colegio; era norteamericano, se bañaba con tanga, imagínate.
 El problema sexual, decía, no tiene cura, ni casándote, ni siendo cura, ni haciéndote maricón (marricconn, pronunciaba)… Y nos aconsejaba: ‘Tiren (follen, en el argot chileno), pero tiren con condón…’. El condón era anatema entre los curas, claro”.
Unamuno. “Lo descubrí en la adolescencia; me gustaba que estuviera en contra, que discutiera.
El padre Hurtado, al que luego hicieron santo, puso el grito en el cielo: ‘¡Es un hereje!’.
 Lo hicieron santo a Hurtado. Un día me escribió el cura Bernardino Piñera, que tiene 96 años y es sobrino del presidente chileno.
 Le había interesado la figura de Hurtado en mi libro.
 Era un verdadero santo, me dijo, pero no tenía ningún gusto literario.
 No es justo: no tenía gusto, pero sabía por dónde debía ir la literatura católica
. Me hizo leer a Maritain, a Claudel.
También leí a Azorín, lo imitaba”.
Neruda. “Sí, se rió de mis versos
. Le había gustado, dijo, un libro mío de relatos, El patio, así que un día le llevé un soneto
. Se lo leí. No dijo nada, mantenía sus manos en la panza, mirándome. ‘¿Qué, Pablo, te gusta?’, le dije. ‘Eres mejor prosista’. Él estaba harto de que le leyeran versos; un tío iba a leerle poemas hasta cuando él estaba sentado en el trono del excusado”.