Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

13 ene 2013

Rajoy, en caída libre en un momento crítico

Con la actual estimación de voto del PP (29,8%) ningún partido ha ganado unas generales

El PSOE frena su bajada pero está a más de seis puntos de los populares

  • El 96% de los españoles cree que la corrupción política es muy alta , por algo será.
  • La situación de Mariano Rajoy es paradójica: es el presidente del Gobierno con mayor poder real de la historia constitucional y, al tiempo, es el que tiene menos apoyo popular y más baja estimación de voto de todos, a solo un año de su llegada a La Moncloa.Que se vayan los feos....
     En esta situación debe afrontar el 2013 que arranca con los retos más enormes a los que ha tenido que hacer frente un jefe del Ejecutivo en España: la crisis económica y el desafío soberanista de Cataluña, combinados con notables crisis institucionales y políticas.
    Según el sondeo de Metroscopia para EL PAÍS, la imagen de Rajoy cae en picado y la estimación de voto del PP se desploma hasta el 29,8% de los votos.
     Con ese dato nunca ningún partido ha ganado unas elecciones generales en España. Incluso, un partido perdedor no tiene ese resultado desde 1989, cuando el centro derecha se llamaba Alianza Popular (AP), su líder era Manuel Fraga, su voto era del 25% y el PSOE de Felipe González gobernaba con mayoría absoluta holgada desde siete años antes.
     La estimación de voto del PP ha bajado 15 puntos en solo un año en el Gobierno y su desgaste le lleva a estar diez puntos por debajo de su resultado de 2008, cuando perdió por segunda vez frente al PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero.
    Intención de voto. Fuente: Metroscopia / El País
    La debilidad de Rajoy es la de su pérdida acelerada de respaldo ciudadano, con la fidelidad de voto del PP más baja de hace más de diez años, que le lleva a que solo un 45% de sus votantes esté dispuesto a repetir en este momento.
     Su debilidad es también su pésima valoración entre los españoles, ganada con esmero en solo 12 meses
    . Rajoy nunca fue un político carismático o especialmente bien valorado por los ciudadanos, pero ahora es el presidente más rechazado y a un 84% de los encuestados no le inspira confianza.
     Ni siquiera a él parece importarle cuando admite abiertamente que ha incumplido su programa y sus compromisos.
    Cuenta José María Aznar en sus memorias que, tras descartarse Rodrigo Rato, optó por Rajoy como sucesor por su habilidad para manejar y negociar a los nacionalistas.
     La realidad del desafío de Artur Mas en Cataluña pone a prueba ahora esta supuesta virtud del presidente, una vez derrumbada la etiqueta de previsible que él mismo se atribuía.
    IU sigue subiendo (15,6% ) y Rosa Díez es la líder política mejor valorada
    En esa pérdida de respaldo, está acompañado por sus ministros, porque ninguno aprueba y todos siguen cayendo
    . El rechazo afecta a los ministros clave, porque el peor valorado es José Ignacio Wert, encargado de la ambiciosa reforma educativa que requiere de fortaleza política y apoyo social; le sigue Fátima Báñez, responsable de las políticas de Empleo que han de paliar las terribles cifras de paro; a continuación está Alberto Ruiz-Gallardón, el ministro estrella, con la agenda más amplia de reformas y también el más rechazado por los sectores afectados por su gestión en Justicia y luego Cristóbal Montoro, quien como responsable de Administraciones Públicas tiene sobre la mesa el desafío territorial.
    Por el momento no hay visos de cambios en el Gobierno, salvo que Rajoy quiera sacar a Javier Arenas de la sombra.
    La ventaja de Rajoy con este panorama y en un momento tan crítico es que no hay elecciones a la vista hasta las europeas de 2014
    . Y su evidente fortaleza está en que mantiene su apabullante mayoría absoluta en las Cortes y el control de los principales ayuntamientos y casi todas las comunidades.
     También tiene su fortaleza en la debilidad del adversario, porque el PSOE ha mejorado ligeramente respecto al anterior sondeo, pero está en el 23,3% de los votos (5,4 puntos menos que el último resultado en generales).
    La explicación de la estrategia futura de Rubalcaba está más en la física elemental que en la política: primero hay que frenar la caída y luego empezar a pensar en subir. Para eso tiene un año para recomponer su posición ideológica con la tranquilidad de no tener elecciones previstas que, en su caso, se cuentan por derrotas.
     Esa situación la afronta también con un rechazo ciudadano notable y con un 81% de sus propios votantes que dicen no confiar en él.
    Los beneficiados siguen siendo IU y UPyD. La formación de Cayo Lara llega al 15,6% de los votos, casi nueve puntos más que su resultado de las generales de noviembre de 2011. Rosa Díez es la mejor valorada en su gestión política entre los líderes de los cuatro principales partidos.
     

La esclavitud, según Tarantino



Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, 1963) entra en la habitación de un hotel de Nueva York y con él, el mejor cine de las últimas dos décadas.
 El joven director que rompió todas las reglas y revolucionó a los cinéfilos en los noventa con Reservoir dogs y Pulp fiction ha conseguido en el siglo XXI, a punto de cumplir los 50, revolucionar también la taquilla.
Salvo por el bache de Death proof, Tarantino ha logrado convertirse en un cineasta taquillero estos años: si Kill Bill Vol. 1 y Vol. 2 le llevaron a conectar con el gran público, este le respondió y aplaudió con ganas su violenta e hilarante revisión histórica en Malditos bastardos.
 Tras este éxito, los estudios le dieron el apoyo y todo el dinero que pidió (más de 75 millones de euros) para rodar Django desencadenado, darle una vuelta al western y hablar a gusto sobre el gran tema tabú en Estados Unidos: la esclavitud. Y, además, hacerlo al estilo Tarantino: derrochando sangre, humor y diálogos frenéticos.
Entra con un café en la mano, el pelo despeinado (y más rojizo de lo normal) y viste esmoquin, sin pajarita ni corbata, con la camisa abierta, como si fuera el fin de fiesta.
 Así lo siente Tarantino. Por fin presenta Django desencadenado —que se estrena en España el próximo viernes—, su séptima película como director (según sus cuentas), que llevaba 10 años rumiando, los tres últimos de intenso trabajo
. “Hace solo unas semanas que la he terminado, ahora por fin puedo descansar. Estoy deseando recuperar mi rutina: ver películas, estudiar cine, a mis directores, actores, escribir, reflexionar sobre ellos”.
Ha acabado tan cansado que en la primera entrevista que concedió por Django soltó que se retiraría tras su décima película. “No quiero convertirme en un director de cine viejo”, dijo a Playboy. Hoy, en la presentación internacional en Nueva York (en Estado Unidos en menos de un mes ha superado los 75 millones de euros en taquilla), no quiere ahondar mucho más en el tema: preferiría irse en el momento alto de su carrera.
 Y hacer por fin un western es uno de esos momentos cumbre con los que siempre soñó. “Amo los westerns, pero sobre todo los spaghetti westerns. Pulp fiction para mí era un rock & roll western, Kill Bill tenía muchísimas influencias, y lo mismo en la primera secuencia de Malditos bastardos. Además siempre he usado sus músicas…”, cuenta con su habitual y gratificante verborrea.
“Con Django, la estética del spaghetti western y en concreto el universo de Sergio Corbucci [autor del Django original], me ayudaban a contar la historia, porque son como óperas violentas y casi surrealistas. Y en el Sur de mi país en aquella época la violencia era tan fuerte que no podrías ni creerlo, parece surrealista visto ahora”.
Al aplicar las reglas y la estética del western a una historia del Estados Unidos sureño de esclavos y terratenientes, Tarantino decidió clasificar su propia película como un southern en el que cuenta la historia de Django (Jamie Foxx), un esclavo negro rescatado por un cazador de recompensas, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz, recuperando la ironía de su coronel Hans Landa en Malditos bastardos).
Juntos emprenden un viaje a caballo que acabará en casa de Calvin Candie, el caprichoso y sádico algodonero interpretado por Leonardo DiCaprio.
El primer villano que Tarantino odia en toda su filmografía, por cierto. Schultz va por el dinero, pero Django solo quiere rescatar a su mujer, Broomhilda (Kerry Washington), propiedad de Candie. Parece Kill Bill, pero no lo es.
“Django no está en un viaje de venganza, esto es un viaje romántico. Su objetivo es rescatar a Broomhilda y ya después destrozar a los que se la quitaron.
Yo quería que este viaje de un esclavo negro se pareciera al de un personaje mitológico, quería que este viaje de salvar a su princesa en la torre del malvado rey fuera la odisea de Django”.
El entretenimiento puro e inteligente es su sello. Lo que busca en el cine y lo que da en su cine. Aunque lo parezca, Tarantino no tenía ninguna intención de revisitar la Historia como hizo en Malditos bastardos. “Django ni siquiera está basada en un hecho real. Sí es verdad que estos personajes habrían sido víctimas según la Historia, pero aquí los convierto en héroes. Esa es la diversión de la película”.
Sin embargo, convertir al esclavo en héroe no ha sido suficiente para los sectores críticos con la película. Colegas de la industria (como Spike Lee) y algunos periodistas han vuelto a acusar al director de abusar de la palabra “negro”, (la n-word innombrable en inglés, nigger) y de no tomarse demasiado en serio el pasado de los afroamericanos.
“La polémica existe porque la película se estrena ahora, ¿pero quién se acordará de ella dentro de cuatro meses?”, se defiende. Y casi sin tomar aire continúa: “La mayoría de los países tiene episodios terribles en su pasado y se han enfrentado a ellos para superarlos.
 Desde que se abolió la esclavitud, Estados Unidos ha evitado el dolor de encarar y afrontar a aquella época.
 Esto lo he experimentado mientras hacíamos la película.
Y no solo entre la gente blanca, la población negra tampoco ha querido enfrentarse a la verdad de lo que fue. Por eso hay tan pocas películas sobre el tema”.
Su intención nunca fue abrir un debate sobre la esclavitud, aunque, ahora que ha saltado, se muestra bastante satisfecho de haberlo logrado.
 “Hablar del tema quizá nos llevaría a todos como nación a un sitio diferente.
 Es la razón por la que muchos actores entraron en la película [Jamie Foxx o Samuel L. Jackson, por ejemplo]: este filme podría ser importante para generaciones futuras que no tengan miedo de hablar de la esclavitud”, se explaya.
Pensando justo en la audiencia no ha quitado ni un “negro” de la boca de sus personajes, aunque por primera vez sí ha tenido que controlarse en su característica explosión de violencia. “Nunca me han afectado las críticas ni he tenido miedo de hacer lo que yo creía que tenía que hacer, pero con Django necesité hacer varios pases con distintos públicos para encontrar el equilibrio entre todos los tonos de la película. Y me di cuenta de que, en concreto, en la lucha de los mandingo o en la de los perros, yo podía soportar algo mucho más violento, pero al público le dejaba traumatizado.
 Preferí sacrificar eso a cambio de lo que busco.
 Quiero que todo el mundo, y no solo el público estadounidense, tenga una idea de lo que fue aquella época y grite y aplauda con Django al final”.

Apogeo y decadencia de Occidente.....Vargas Llosa


FERNANDO VICENTE

En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante quinientos años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbre
s. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharía . Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979 cuando los ayatolás emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la “occidentoxicación” y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Esta civilización tiene un legado siniestro que también constituye parte de ella
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias pero es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella —la Inquisición, el nazismo, el fascismo, el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo—, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización.
 Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político
. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1.339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada “la Jerusalén china”, en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo.
 La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos “jefes cristianos” de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado —Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica—, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas.
 El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones.
 Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo, reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen sólo a minorías insignificantes.
El hedonismo, hoy valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo.
 Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos.
 Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla.
 A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas.
Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en New York, a ver la película Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama bin Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea.
 Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013
© Mario Vargas Llosa, 2013

La palabra ruin de Juan Cruz

María Dolores de Cospedal arremetió contra Artur Mas con un adjetivo de diversas acepciones.

Para introducir la palabra ruin hay que tener mucho cuajo
. Porque miren lo que dice la RAE. “Ruin (de ruina). Vil, bajo, despreciable. Pequeño, desmedrado y humilde. Dicho de una costumbre o de una cosa: mala. Mezquino y avariento.
 Dicho de un animal: falso y de malas mañas. Extremo de la cola de los gatos, que suele arrancárseles violentamente, suponiendo que así crecen”.
 Fui al diccionario a ver esas acepciones tan terminantes (la del gato da repelús, pero mira que las otras) una vez que escuché a María Dolores de Cospedal, número dos del partido en el Gobierno, hablar de Artur Mas, presidente de la Generalitat. Como me pareció que la televisión había emitido un sonido exagerado (ruin es palabra grave), al día siguiente quise comprobar en EL PAÍS que lo que dijo era ruin y no otra cosa.
Leí en EL PAÍS: “La actitud de Mas en la inauguración del AVE irritó tanto al PP que su secretaria general, María Dolores de Cospedal, arremetió ayer contra él. Cospedal afirmó que Cataluña es la comunidad que recibe más inversiones.
‘Con lo cual la actitud del presidente de la Generalitat me pareció, como secretaria general de mi partido, muy desafortunada y también muy ruin”.
No solo dijo ruin, sino que además dijo muy ruin.
Y lo decía, eso afirmó, “como secretaria general de su partido”. O sea que durante tres horas del día anterior, un martes nublado, el heredero del trono, el presidente Rajoy, la ministra Pastor y tutti quanti se habían juntado para ir a la frontera con un tipo vil, bajo y despreciable, por citar solo tres de las numerosas acepciones del insulto más breve y más directo del diccionario de la RAE.
Es imposible penetrar en la mente de quien dice ruin, y es difícil entrar en lo que piensa quien juzga oportuno usar “muy ruin” como calificativo de otro, pero si las cosas son como se dicen probablemente es porque haya una explicación. Quizá lo que pasó es que Cospedal sabe que en esa misma ristra de definiciones académicas hay una que se abona en Álava, donde ruin es reyezuelo.
Mas, reyezuelo ruin.
 A las palabras las carga Dios y también las cargas el diablo, y el que habla debe estar atento a seguir una u otra tentación. En el encuentro con el “ruin” escuché que se decían reproches, pero también banalidades. Por ejemplo, la ministra de Fomento, que es una persona tan educada que alguna vez tendrían que hacerla secretaria general de su partido, le consultó a Mas si él había engordado.
 Rajoy le explicó al presidente de la Generalitat, con quien tiene muchas diferencias, que él hacía mucho deporte, desde las cinco de la mañana; a una y otra cosa respondió Mas, y además sin ruindad, me pareció
. En un caso, no, no había engordado, al contrario. Y no, no hace deporte, qué más quisiera.
 Un poco de piscina y pare usted de contar.
Las crónicas contaron que este encuentro tenía como objetivo poner el tren en marcha y juntar a los que quieren separarse con los que quieren impedirlo.
 No parece que ruin (o muy ruin) fuera la mejor palabra para proseguir esa conversación que habían iniciado en el tren el jefe de la señora Cospedal y otras personas de gran fundamento.
Al día siguiente una de esas personas, Mas, precisamente, lanzó en el Parlament la bruma en la que está: la propuesta independentista. Pero esa bruma todavía no había sucedido cuando la número dos del PP llamó ruin al causante del actual desaguisado.