Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

15 dic 2012

Película de Oxido y de Hierro

Jacques Audiard nos tenía muy bien acostumbrados con sus personales filmes de serie negra planteados de muy distintas maneras, de la historia de venganza y conocimiento de Regarde les hommes tomber al relato carcelario de Un profeta, pasando por la exposición de una conducta heroica inventada en Un héroe muy discreto, el drama criminal trufado de elementos de thriller sicológico entre personajes contrapuestos de Sur mes lèvres, y la reescritura de un excelente thriller de James Toback (Melodía para un asesinato) en la también espléndida De latir mi corazón se ha parado.

Con De óxido y hueso (De rouille et d'os, sugerente y enigmático título), Audiard da un considerable giro, deja de lado cualquier tipo de intriga criminal o derivados –aunque el protagonista masculino del filme podría muy bien participar de algunas de las cintas precedentes del director–, se somete a los designios del star system francés (presencia de Marion Cotillard) y bascula entre el melodrama social y el romance turbulento sin acabar de decantarse por ninguna de las dos claras opciones.

De óxido y hueso enfrenta de nuevo a dos personajes opuestos a partir de una tragedia individual.
 La mujer que encarna Cotillard trabaja como entrenadora de orcas en un parque acuático.
 Durante uno de los espectáculos sufre un aparatoso accidente, pierde ambas piernas a la altura de las rodillas y tiene que aprender a caminar, y a vivir, con prótesis.
 Lo que sigue es un ejercicio de superación y supervivencia matizado por la relación, atropellada, previsible y repleta de secuencias esforzadas porque sí –algo extraño tratándose de un filme firmado por el meticuloso Audiard–, que la mujer entabla con un individuo desarraigado y marginal, sin trabajo y sin dinero, y que también debe aprender a vivir de otra manera a partir del momento en que se encarga del cuidado de su hijo de cinco años.

Encuentros y desencuentros. Cuando se conocen, él no es nadie y ella goza de cierta estabilidad.
 Cuando se reencuentran, él comienza a atisbar un lugar en el mundo y ella ya no es, ya no puede ser, lo que era, sumida en el caos y la depresión
. Las prótesis pueden oxidarse como se oxidan, víctimas de la herrumbre del tiempo, las emociones y las relaciones
. Pero el hueso se mantiene firme. Esa parece ser la lógica de los acontecimientos y el punto de vista del director en relación al personaje de Cotillard, quien acaba perdonando a la orca que le amputó las piernas en un bello plano ralentizado que parece ajeno al resto del relato.
 Pero para llegar a expresar ese punto de vista, Audiard da demasiados requiebros, adorna la historia con elementos innecesarios, se somete al obligado tour de force de "estrella cinematográfica encarnando un personaje con limitaciones físicas" y filma momentos impensablemente previsibles en su filmografía.

Subversión y moraleja


Hacia 1900 el Vaudeville Theatre escenifica la ceremonia del té de 'Alicia en el País de las Maravillas'. / [AUTFOTO]Hulton-Deutsch Collection / Corbis
Mis primeros compañeros de juegos fueron Noddy, el muñeco de Enid Blyton, y el Pequeño Muck, un descendiente alemán de Las mil y una noches, soñado por Wilhelm Hauff.
 Más tarde, a estos personajes supuestamente correctos y pulcros se agregaron otros de la misma especie: la tan atenta Hormiguita Viajera de Constancio C. Vigil y Narizinha, la niña respingada de los cuentos de Monteiro Lobato. Luego vinieron Pinocho, el títere de Collodi que aspira a la condición humana; Bomba, el musculoso niño de la selva copiado por un tal Roy Rockwood del Tarzán de Edgar Rice Burroughs, la servicial Jo de Mujercitas de Louise May Alcott, y también los lacrimógenos y empalagosos héroes de Cuore de Edmundo d’Amicis que con devoción y arrojo salvan la vida de la abuela, defienden el honor de la patria y atraviesan el mar en busca de una madre supuestamente desaparecida.
 Todos parecían bien educados, más o menos obedientes, responsables, y si bien varios se mostraban a veces traviesos y aventureros, al final de la historia reconocían sus faltas y eran recompensados con los aplausos de sus mayores.
Sandokan visto por Marisol Calés.
Poco a poco, a estos paragones fueron sumándose otros que, si bien seguían siendo perfectamente ejemplares, se permitían ciertos deslices y travesuras.
 La conducta de Mowgli, el niño adoptado por los lobos, emblema del amor que Kipling sintió por los paisajes de la India, no es irreprochable, como tampoco lo es la de Ana de las Tejass Verdes, a través de quien Lucy Maud Montgomery inmortalizó su Isla del Príncipe Eduardo. Algo en la naturaleza rebelde de estos lugares tan diversos contamina a los dos protagonistas. Lo mismo sucede con el pirata Sandokán y la Malasia de Emilio Salgari, y con los místicos aventureros de ciertas novelas orientales de Karl May. Robinsón Crusoe, en cambio, a pesar de la descorazonadora isla, que le atribuyó Daniel Defoe, sigue hasta la última página siendo nada más que un caballero inglés. De niño, sus desventuras y quejas me aburrían, y no terminé de leer el libro hasta muchos años después.
Pero en vísperas de mi adolescencia, pasé a admirar a otros personajes más arriesgados, individuos que misteriosamente viven al margen de la sociedad. El embustero Till Eulenspiegel, el astuto Huckleberry Finn, el drogadicto Sherlock Holmes me sedujeron (y siguen seduciéndome) porque sospecho que yo adivinaba, en sus artimañas y artificios, estrategias para sobrevivir en un mundo que empezaba a parecerme de más en más despiadado.
El mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro
Mis lecturas infantiles tuvieron esto de diferente de las que las sucedieron: el mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro, y no el de los inconvenientes rituales cotidianos de mi casa y de mi escuela, por lo demás absurdos y contradictorios. Me daba un placer enorme reconocer en las aventuras de Jim Hawkins en La isla del tesoro, o de Alicia en el País de las Maravillas, una desobediencia, una mínima rebeldía.
 Cuando Jim roba el mapa al espantoso ciego Blind Pew, o cuando Alicia se pone de pie en la corte de los reyes de naipes y desmantela el ridículo juicio, yo me regocijaba secretamente.
 Quizás ni Stevenson ni el reverendo Dogson (al menos bajo su identidad carrolliana) se hubiesen escandalizado al descubrir que sus cuentos infantiles fueron para mí las primeras lecciones de anarquismo.
Sin bien, sobre todo en el siglo XIX, los editores trataron de alimentar las bibliotecas infantiles con obras moralizadoras y crónicas de vidas ejemplares, los autores más inspirados minaron esas endebles redacciones dogmáticas y permitieron que, siempre dentro de un marco socialmente aceptable, sus pequeños protagonistas pudiesen cuestionar de vez en cuando las autoridades supremas y vivir peligrosamente, al menos hasta la redención final, las deseadas aventuras.
 Si bien Mowgli acaba rindiéndose a la sociedad de los hombres, Alicia regresa al mundo victoriano y Pinocho acepta la mentirosa promesa del Hada Azul (“sé bueno y honesto y serás feliz”) y se vuelve un niño de carne y hueso, ningún niño cree verdaderamente que la historia acaba así. Otro es el final que buscamos.
El capitán Nemo sobre el Nautilus en el Sena,
En 1914, el escritor inglés Hector Hugh Munro firmó, bajo el seudónimo de Saki, un cuento llamado El narrador, en el que un hombre joven, encerrado en un compartimento de tren con dos hermanitas inquietas y su desesperada tía, intenta calmar a las pequeñas salvajes contándoles un cuento acerca de una niña “horriblemente buena”, tan “horriblemente” buena que ha recibido numerosas medallas por su excelente comportamiento. El novedoso adverbio es todo lo que las hermanas necesitan para quedar embelesadas con el cuento que acaba, después de numerosos e ingeniosos apartes, cuando la heroína, que al contrario de Caperucita no se desvía nunca del camino recto, es devorada por un lobo que la oye acercarse gracias al tintineo de sus medallas. No desviarse del recto camino no es una estrategia que asegura la sobrevivencia: eso quiso hacer explícito el marqués de Sade al narrar las interminables desventuras de la virtuosa Justine. Los niños secretamente saben que plegarse a los hipócritas requisitos de la sociedad de adultos no los ayudará a sobrevivir en un mundo de lobos ni a encontrar su propia senda en el mundo de Caperucita. Desvíos, artimañas, astucias, invenciones taimadas es lo que los verdaderos héroes requieren. Ulises, el ingenioso embustero, sobrevive y vuelve a casa. Héctor, el noble guerrero que obedece las reglas, no.
Exposición sobre Caperucita, en la Biblioteca Nacional.
Pero para poseer el vigor de un personaje que logra sobreponerse a la estupidez del mundo, los ardides del argumento deben ser sutiles, los motivos ocultos, la subversión casi invisible.
 La historia debe aparentar respetar las reglas de civilidad y buenas maneras, sostener sin reservas los códigos de conducta tradicionales, someterse al poder de la autoridad, y todo esto sin dejar ver que, en realidad, lo que el autor se propone es cuestionar la autoridad de tal poder, infringir las reglas, oponerse a la tradición. Así los libros de Alicia fueron leídos por los victorianos sin percibir (o sin confesar que percibían) los meticulosos e implacables ataques contra el absurdo cotidiano, y el viaje submarino del Capitán Nemo fue disfrutado por generaciones de complacidos burgueses sin adivinar (o sin querer adivinar) que las acciones del personaje de Julio Verne anticipaban los estragos terroristas de nuestro tiempo. Los niños, en cambio, incapaces de lecturas inocentes, sospechan que algo innombrado se oculta en la sombra de sus héroes.
Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo
Hoy en día, temo que gran parte de esta enseñanza secreta, de este fortalecedor placer en los prohibido, haya sido recuperado y emasculado, como tantas otras cosas íntimas y esenciales, por el mundo comercial. Los mercaderes que Cristo, con tanta razón, echó a patadas del templo, han vuelto y se han instalado en cada una de las áreas de nuestra existencia.
 Las canciones de protesta forman ahora parte del catálogo de las grandes compañías de música, los harapientos uniformes revolucionarios desfilan en las más costosas casas de moda, las series de televisión más contestatarias son producidas por cadenas reaccionarias como la Fox, los libros infantiles más subversivos son publicados por editoriales multinacionales y exhibidos sin temor en listas de best sellers. Así, convertido en producto de consumo, el panfleto más inflamatorio se hace inocuo y banal.
 Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo, se han vuelto inofensivos y obvios puesto que los adultos los han aceptado con todos sus excesos y atrevimientos, desenmascarándolos desde el “érase una vez”. Harry Potter, Adrian Mole, Greg y los otros son audaces aventureros que se oponen a la sociedad pero sólo entre las cubiertas de sus libros.
 Un niño entiende que no tiene gracia sentirse, junto a su héroe, fuera de la ley si los adultos aprueban la supuesta transgresión y hasta la juzgan divertida.
 La imaginación no caza en jaurías: para imaginar eficazmente, el niño necesita la soledad mental absoluta; saber que únicamente entre las páginas del libro, si tiene suerte y si el libro lo interpela, descubrirá por sí mismo el hilo de una historia secreta contada únicamente para él. A esa singular lección aspira toda la literatura.

Que arta estoy de Montoro, encima feísimo111

Que se mueran los feos, que se mueran los feos
que no quede ninguno, niguno, ninguno, ninguno de feos
pues les quitan las extras, que tienen mucha vista
nadie sabe que tienen un arte especial para quitarnos el sueldo
Yo, yo,yo soy muy feo
y la estetica por mucho que avance no me salvará

Que se muera Montoro, que se muera Rajoy

que no quede ninguno, niguno, ninguno, ninguno de feos
pues les ponen las Primas, que tienen mucha vista
nadie sabe que tienen un arte especial para

arruinarte
Que se mueran los feos, que se mueran los feos
que no quede ninguno, niguno, ninguno, ninguno de feos
pues nos suben la Prima, que tienen mucha vista
nadie sabe que tienen un arte especial para las conquistas
que se mueran

que se mueran.

Que horosa puede hacer "alguien" La vida de los demás

El asesino fue confundido con su hermano.

 

Horas después del tiroteo se reveló el usuario de Facebook vinculado al primer sospechoso.

 

Imagen de la cadena CBS con el instante de la detención de Ryan Lanza. / CBS
Apenas habían pasado unas horas desde la matanza en un colegio de Newtown, Connecticut, que ha dejado 27 muertos -entre ellos 20 niños entre cinco y diez años- cuando los medios estadounidenses identificaron al supuesto tirador como Ryan Lanza.
 Diferentes profesionales apuntaron en Facebook y Twitter al perfil de un usuario con ese mismo nombre, nacido en la localidad de Newtown, asumiendo que se trataba del asesino.
Su perfil, de 24 años de edad, encajaba con las primeras descripciones barajadas por las autoridades. La cuenta personal de Lanza es privada -su contenido solo es visible para sus contactos-, por lo que no fue hasta una hora más tarde, cuando uno de sus amigos hizo una foto de la página, cuando se reveló cómo Lanza pedía a los periodistas que dejaran de vincularle con el tiroteo.
Las autoridades todavía no habían confirmado si Ryan era el tirador cuando anunciaron que habían encontrado el cadáver de uno de sus familiares en la vivienda de los Lanza.
En el colegio se confirmaba también que su madre, Nancy, era una de las profesoras de la guardería
. Horas después, la policía anunciaba la detención de una persona que podría estar vinculada con el tiroteo y diversos medios apuntaron a que se trataba del hermano del sospechoso, Adam, de 20 años.
Sin embargo, a media tarde Ryan publica en su perfil de Facebook “estoy en un autobús hacia casa, no he sido yo”, según adelantó el medio local Newtown Patch
. Lanza habría afirmado a sus amigos que el autor del crimen podía haber sido su hermano Adam, no él, y que éste padece autismo y trastorno de la personalidad. Esta imagen de la cadena local de CBS News confirmaba la detención de Ryan por las autoridades de Connecticut.

Los vecinos de la familia describieron al menor de los hermanos como un joven “de características asociadas con una enfermedad mental”, según la cadena ABC News.
 La policía de Newtown aseguró esta noche que identificarían al tirador “en el momento adecuado” al considerar que todavía no era adecuado por motivos relacionados con la investigación.
 Según Salon.com, la confusión se debía a que Adam llevaba el carnet de identidad de su hermano en la mañana del tiroteo.
La policía sí confirmó sin embargo que, en contra de lo que se mantuvo en un primer momento, Adam había actuado en solitario.
 El tirador se habría adentrado en el colegio con cuatro armas automáticas y llevaba un chaleco antibalas. Según las autoridades, disparó más de 100 veces.
En los primeros instantes tras el tiroteo, algunos familiares de los alumnos de la escuela preguntaban en sus declaraciones a los medios cómo podía haber entrado un desconocido en el colegio, para el que se necesita autorización del personal. A pesar de que se barajó que el tirador era el padre de uno de los alumnos, finalmente resultó ser el hijo de una de las profesoras. Lanza se dirigió a la zona de la guardería de la escuela infantil, donde asesinó a los estudiantes de una clase y de otra contigua, antes de quitarse la vida. Aunque en un principio se especuló que la madre de Lanza perdió la vida en el colegio, la policía confirmó que falleció en la vivienda familiar.
Según Associated Press, Ryan, el mayor de los hermanos, no estuvo implicado de ninguna manera en el tiroteo.
Pobre loco, pobre víctimas se encontraran en el más alla?h ay justicia en otros mundos????