Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

11 nov 2012

20 años del asesinato de las niñas de Alcasser.

Siempre se pensó que fue Anglais, a quien nadie ha vuelto a ver.
Se dijo que se tiró de un barco en Portugal y se ahogó, pero y su cadaver?. Un horripilante crimen que nunca más se supo, en la cárcel creo que aún está un tal Ricard, de algo del crimen le acusaron.
Si estó se continuó fue porque quién las enterró no se dió cuenta que cerca había un abispero y que ese invierno llovió mucho, así que cuando fueron a recolectar la miel, se encontraron los tres cadaveres.
Crimen no resuelto como casi todos los de Niños. algunos ni aparecen, en este caso no aparece ni el asesino.
Estatua en el cementerio de Alcàsser en recuerdo a las niñas asesinadas. / Jordi Vicent
Nadie sabe si Antonio Anglés está vivo o muerto.
Nadie es capaz de sostener con pruebas si este hombre, acusado del crimen de las tres niñas de Alcàsser, está en el mundo de los vivos o en el de los muertos
. Ante esa duda, que continúa sin resolverse 20 años después del triple asesinato, Anglés sigue figurando en la web de Interpol como uno de los sujetos más buscados del mundo.
 Así lo acredita el símbolo rojo que figura junto a su nombre y su número (el 1993/9069). Pero la verdad es que hoy nadie le busca
.20 años ya, no sé que espera la policía a estas alturas, está claro que hicieron algo muy mal.
 Lo único que esperan la policía y la Guardia Civil es que un día alguien detenga a este sujeto en cualquier rincón del mundo, que le tome las huellas y que, al cotejarlas con las de los fichados por Interpol, descubra que es el peor criminal de la historia reciente de España.
Siempre por chivatazos....hoy hay actualmente muchos crímenes de niños sin resolver.
 O bien que algún día aparezcan unos huesos en una playa o un barranco y que el ADN demuestre que pertenecen a Anglés.
Anglés, que hoy tendría 46 años, es el sospechoso del secuestro y asesinato de las adolescentes Miriam García Iborra, Toñi Gómez Rodríguez y Desirée Hernández Folch, las niñas de Alcàsser (Valencia). Las tres jóvenes desaparecieron la noche del 13 de noviembre de 1992, cuando hacían autoestop para ir desde Alcàsser a la discoteca Coolor de Picassent.
 En esas estaban cuando fueron recogidas por los ocupantes de un Opel Corsa (Antonio Anglés y su amigo Miguel Ricart). El coche, en vez de detenerse en la discoteca, pasó de largo
. Y ahí se inició el espeluznante martirio de las tres chicas, que incluyó horas interminables de terribles torturas, violaciones y mutilaciones en una sucia caseta de la partida de La Romana, en un monte próximo a Catadau. Anglés y Ricart pusieron fin a su orgía de sangre y sexo obligando a las niñas a caminar —a la luz de unas velas— hasta un agujero donde, una tras otra, fueron asesinadas de un balazo en la cabeza.
 Después, los homicidas enterraron en el hoyo los cadáveres, envueltos en un trozo de moqueta, convencidos de que jamás serían hallados.
Un oficial de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil recuerda hoy aquellos primeros momentos del caso: “Desde el minuto uno nos temimos lo peor. Interrogamos a los dueños y a los clientes de la discoteca y tuvimos la certeza de que las niñas no habían llegado jamás al local.
 Descartada su fuga voluntaria, solo quedaba una hipótesis: habían sido secuestradas, violadas y muy probablemente asesinadas”.
La Guardia Civil investigó a los delincuentes sexuales de la zona. Por ejemplo, durante dos semanas siguió los pasos de un maníaco que solía ir a una tienda, compraba la muñeca más grande que hubiera y se iba a un descampado donde satisfacía sus obsesiones sexuales.
 Otra pista conducía a Marruecos, a donde las chiquillas habrían sido llevadas como esclavas sexuales. Toda España, sensibilizada a través del programa de televisión Quién sabe dónde, se volcó en la búsqueda de las chiquillas. Todo en vano.
Cuando toda la ciudadanía llevaba dos meses convulsionada por la misteriosa desaparición de las niñas, el Ministerio del Interior decidió formar un equipo conjunto de la Guardia Civil y la policía para tratar de aclarar el enigma.
Ricardo Sánchez, inspector jefe del Grupo central de Homicidios, fue designado para formar parte de esa unidad de élite: “Un día me ordenaron que apoyara las pesquisas. Llegué a Valencia el 26 de enero de 1993 para participar en la Delegación del Gobierno en una reunión con la Guardia Civil. Desde el primer momento supimos que estábamos ante un crimen por motivaciones sexuales. Tuvimos la convicción de que el autor o autores habían matado y enterrado a las víctimas tratando de asegurarse su impunidad”.
Apenas 24 horas después de esa primera reunión del equipo conjunto, la intuición del inspector Sánchez se vio trágicamente confirmada. Gabriel Aquino González, un apicultor de 69 años, y su consuegro José Sala Sala, subieron a la montaña a revisar unas colmenas. Allí descubrieron, horrorizados, cómo emergía de la tierra lo que parecía ser el brazo de una persona que aún conservaba un reloj.
Toda la zona fue acordonada. Entre los restos de tierra extraída de la fosa, se descubrió un cartucho sin percutir.
 Junto a unos matorrales, un volante del hospital de La Fe hecho pedazos que, al ser reconstruido, resultó que estaba expedido a nombre de Enrique Anglés por haber sido atendido de sífilis unos meses atrás. Así que los guardias fueron en su busca y le detuvieron, junto con su amigo Miguel Ricart. Pero quien había ido al hospital en realidad había sido Antonio Anglés, un delincuente archifichado que había suplantado la identidad de su hermano Enrique, un muchacho con pocas luces.
Ricart confesó pronto su participación en el triple crimen, junto con Antonio Anglés, su habitual compinche de correrías.
 Y ahí empezó una apabullante operación de caza y captura de Anglés por todo Valencia.
A la una de la tarde del viernes 29 de enero, Antonio Anglés tuvo la osadía de entrar en La Peluquería, un establecimiento de la Gran Vía de Fernando el Católico para que le quitaran el rubio teñido del pelo y se lo pusieran de color castaño. Durante el tiempo que permaneció allí intentó ligar con una de las empleadas, a la que llegó a preguntar a qué hora acababa de trabajar para ir a recogerla. Cuando se marchó, los dueños avisaron a la policía tras sospechar que se trataba del sujeto buscado por el caso Alcàsser. Pero ya era demasiado tarde.
No se sabe cómo, el asesino jugó al ratón y al gato con la Guardia Civil durante varios días, logró burlar el cerco policial, llegar a Minglanilla (Cuenca) y proseguir su huida hasta Portugal.
Un día de marzo de 1993, un policía antidrogas de Portugal telefoneó a sus colegas españoles y les dijo que creía tener una pista del violador y asesino de Alcàsser. Los agentes de la Brigada de Estupefacientes le pasaron el contacto al inspector Ricardo Sánchez. Y este fue y le llamó:
—Me han dicho que puedes saber algo del individuo que estamos buscando...
—Sí, tengo un colaborador que me describe a un hombre que coincide con esa persona.
—¿Qué grado de fiabilidad tiene ese confidente?
—Total. Del cien por cien.
—¿Y qué te ha contado?
—Que conoce a un tipo que simula que habla italiano, aunque en realidad es español. Suele ir con ropa de manga larga, pero el otro día vio que tenía en el antebrazo izquierdo un tatuaje de una chinita con una sombrilla.
—Pues encaja. Voy para allá.
Ricardo Sánchez salió disparado para Lisboa y encontró al tipo con el que Anglés llevaba 15 días conviviendo en Caparica: un drogadicto llamado Joaquim Carvalho, que explicó que Anglés andaba a la búsqueda de un barco que le llevara a Brasil y que había desaparecido tras apoderarse de su pasaporte.
El 19 de marzo, el policía leyó en un periódico: “Descubierto un polizón portugués en el mercante City of Plymouth”. No tuvo la menor duda de en realidad no era portugués, sino español, y que su verdadero nombre era Antonio Anglés.
El inspector Sánchez voló a Dublín. Pero el buque ya había atracado y Anglés se había tirado al agua —o lo habían tirado— con un chaleco salvavidas.
Ese objeto fue lo único que se halló cerca de la bocana del puerto. Ni rastro del fugitivo. ¿Se ahogó? ¿Logró llegar a tierra y continuar su huida a otro país? ¿Tal vez Brasil, como le había confiado al yonqui Carvalho?Entre Yonquis y colgados apañados estamos.
El 11 de septiembre de 1995, un hombre encontró una calavera en una playa del condado de Cork, al sur de Irlanda. “Decían que tenía el tabique nasal desviado, igual que Anglés. Yo me empeñé en traer ese cráneo a España. Extrajimos el ADN de una muela y lo comparamos con el ADN de su madre, Neusa Martins.
No era el que buscábamos”, recuerda Sánchez.
En marzo de 1996, dos guardias civiles viajaron a Uruguay tras el rastro del fugado, después de que una prostituta comentara que tenía un cliente con unos tatuajes similares a los del presunto asesino (un esqueleto con una guadaña; la leyenda Amor de madre; y una chinita con una sombrilla). Los agentes jamás dieron con ese individuo.
Cuando se cumple el vigésimo aniversario de la desaparición de las niñas de Alcàsser, sigue sin haber el menor rastro del hombre que les dio una muerte cruel y horrorosa. ¿Está vivo o muerto?
 Ni el inspector Sánchez ni el oficial de la Guardia Civil que siguieron sus pasos se decantarse por una posibilidad u otra.
 El misterio continúa.
20 años y el misterio continúa, pues se dijo que Anglés y Ricard eran los que se habian deshecho de los cuerpos, pero que había sido un ritual "Gore" de grandes propietarios de Valencia y algunos de otros lugares, que esos dos, les facilitaban las víctimas y las enterreban.
Se supone que si las niñas se montaron en esa furgoneta que parece todo el mundo vió, las niñas lo conocerían....lo demás parecería pura ficción sino fuera tan horrible. ?Para quién trabajaban esos "Dos"? ¿Por qué nunca se dijo nada en voz alta?. ¿Quié de las alturas estaría involucrado? ¿Por qué lo descartan y creen todo ese "cuento" de Anglés en un barco? , es más facil dar el caso por cerrado porque no se encuentra al aasesino.....cosas tristes para todo ese pueblo que olvidar nunca podrán.....Y siempre los más débiles...niños......niños.....que obsesión tan horrorosa!!!
Y lo peor que desprotegidos estamos!!!

10 nov 2012

EL PROFESOR “Detachment

Nueva propuesta sobre la vida de los educadores que conviven a diario con la fragilidad. “El profesor”, cuyo título original suena más a “desapego” (“Detachment”), es una película sin concesiones, dura pero en la que se saborea la autenticidad.
 Una narración que se construye sobre el límite y las heridas pero que transmite veracidad en la estela de títulos como “La clase” o “Profesor Lazhar”
En un instituto norteamericano aterriza un profesor eterno sustituto Henry Barthes, espectacular Adrien Brody en la línea de su actuación en “El pianista”
. Allí se encontrará con un destartalada tripulación con la directora en pleno hundimiento profesional y existencial, un compañero que sobrevive armado de cinismo y pastillas, la psicóloga que está al borde del ataque de nervios (Lucy Liu), una solitaria compañera que realiza una maniobra de aproximación (Christina Hendricks) y otro profesor que cada mañana se agarra a la verja del patio para sostener su vida según se hunde el suelo bajo sus pies.
 Del otro lado de clase, en la zona de los pupitres, las cosas no están mejor.
Los alumnos van repasados y apenas les quedan motivos para apostar por sí mismos.
 Sin embargo, la presencia de un profesor que sobrevive, flotando en medio del hundimiento, se convierte en una circunstancial balsa salvavidas para algunos.
 A la sombra de sus alas se apunta también una adolescente –fenomenal la joven actriz Sami Gayle- que ejerce la prostitución por las calles y que se queda una temporada en su casa.
 Sin embargo, la película no encaja con el perfil de profesor a lo “capitán, mi capitán”. Si algo caracteriza a la realidad real es que nadie se libra de sus heridas y que esta ficción no caben los héroes.
Tony Kaye (conocido por HistoryAmerican X), director independiente de la cofradía de Wes Anderson o Jim Jarmusch, no está para concesiones en esta radical radiografía sobre la crisis antropológica que nos circunda, que no sube de los alumnos a los profesores sino que baja más bien de los padres a los hijos como herencia maldita.
 Para poner relato, ya que se trata de un profesor de literatura, a este panorama se requiere un cuento tan terrible como “El hundimiento de la casa Usher” de Edgar Allan Poe que aparecerá citado.
Sin embargo, no es pesimismo todo lo que reluce.
 Hay en el diagnóstico una gran dosis de sinceridad: declarado el fin de los héroes quedan las películas sobre los resistentes.
Y esta película lo es.
En ella se destapan las heridas, se desinfectan en público y se dejan al aire para que cicatricen. El espectador queda sobrecogido precisamente por aludido, pero no queda ni desesperado ni abandonado.
En medio de la tormenta, donde siempre hay ahogados y náufragos, los supervivientes quedan inesperada y acaso misteriosamente más fuertes y más firmes.
 Y al final, curiosamente, desapegados significa amados y capaces de amar. Apta, pues, para educadores.

El profesor (Detachment) - Trailer en español

El test de Turing y la inteligencia humana Por: Año Turing | 08 de noviembre de 2012


SIMONE SANTINI Alan TuringUno de los fundamentos teóricos de la disciplina de la Inteligencia Artificial se encuentra en un experimento ideal que Alan Turing publicó en la revista Mind en 1950, y que desde entonces se conoce como el test de Turing. Muchísimos artículos, en las revistas científicas y en la prensa, mencionan el test de Turing, casi siempre introduciendo pequeñas modificaciones que cambian su significado de una manera sutil pero importante. Merece la pena recordarlo aquí traduciéndolo directamente de la revista original:
Podemos El juego de imitación describir este problema imaginando un juego,  que llamaremos “imitación”.
 Hay tres jugadores: un hombre (A), una mujer (B) y un juez (C), que puede ser hombre o mujer. El juez se sienta en un cuarto aislado, sin poder ver a los otros. El objetivo del juez es determinar quién de los otros dos jugadores es el hombre y quién es la mujer. Él los conoce simplemente como X e Y, y al final del juego tendrá que declarar “X es A [el hombre] e Y es B [la mujer]” o “X es B [la mujer] e Y es A [el hombre]”. El juez puede hacer preguntas a X e Y, como por ejemplo:
C: ¿Podría X decirme la longitud de su pelo?
Ahora bien, supongamos que X sea el hombre. El objetivo del hombre en este juego es engañar al juez, llevándole a la identificación equivocada. Su respuesta podría ser, por tanto, “Mi pelo es rizado y mis pelos más largos miden más o menos 20 centímetros”.
Para que las voces no ayuden al juez  en la identificación, los jugadores deberían escribir sus respuestas, preferiblemente a máquina. La situación ideal consistiría en comunicar a través de un teletipo
. Como alternativa, puede haber un intermediario repitiendo las preguntas y las respuestas. El objetivo de B es ayudar al juez para que haga la identificación correcta. Su mejor estrategia es probablemente decir la verdad. Podría añadir comentarios como “yo soy la mujer, no le escuches a él”, pero esto no ayudará mucho, dado que el hombre también podría añadir los mismos comentarios.
Ahora nos preguntamos: ¿qué pasa en este juego si A es remplazado por una máquina? ¿se equivocará el juez tantas veces como cuando el juego lo juegan un hombre y una mujer? Estas preguntan remplazan nuestra pregunta original: ¿pueden las máquinas pensar?
La versión del test El test de Turing que se encuentra normalmente publicada es diferente en un punto sólo aparentemente menor, en cuanto no considera el juego con tres personas A, B y C (una de las cuales es, en una segunda fase, subrepticiamente remplazada por un ordenador), sino con dos personas (B y C) y un ordenador (A). El juez tiene que determinar quién es quién (¿o que es qué? ¿quién es qué?). Se trata de un cambio sutil pero determinante.
Es interesante, por ejemplo, que en el test original la inteligencia se determina como capacidad de engañar
. El papel de A, en la parte del test con dos personas, es engañar al juez, haciéndole pensar que A es la mujer. Turing podría haber decidido remplazar B con el ordenador (la mujer, que tiene que ayudar al juez), pero no lo hizo. Umberto Eco escribió que un sistema semiótico es verdaderamente un lenguaje sólo cuando se pueda usar para mentir. Turing parece implicar algo parecido: la inteligencia es verdaderamente tal sólo cuando se puede usar para engañar.
El elemento de engaño del test es importante también porque nos indica que, para que el test tenga sentido, la máquina inteligente no puede ser demasiado abstracta. No debe simular una inteligencia cualquiera, sino a un hombre que simula ser una mujer.
 Podemos imaginar, en un mundo utópico en que los ordenadores inteligentes sean algo tan prosaico como una thermomix, un juez enfadado tras haber fallado otra identificación: “Oye...¡estás haciendo trampa! Has remplazado al hombre con una inteligencia artificial femenina. ¡Claro que no conseguía adivinar!” ¿Tiene sentido hablar de inteligencia masculina y femenina? Si hablamos de razonamiento lógico-racional, o de capacidad de manipular conceptos abstractos, claramente no. Por tanto el test de Turing nos permite deducir que estas capacidades no constituyen la verdadera inteligencia. La inteligencia no es una capacidad abstracta, un añadido que podemos separar de nuestra existencia humana o de nuestro cuerpo físico. Existimos en dos sexos y, basándonos en este hecho biológico, hemos creado la compleja estructura cultural del género, una de las muchas estructuras que nos determinan en cuanto individuos. Algo que no incluya la experiencia del género (o una simulación, pero, ¿cuál es la diferencia entre una experiencia y su simulación fenomenológicamente completa?) no es una inteligencia en el sentido que nosotros damos a la palabra.
El género es sólo uno de los determinantes de nuestra subjetividad, sólo uno de las componentes necesarias para un ser inteligente. El test de Turing apunta directamente a esta e indirectamente a muchas más
. No sabemos bien cuáles son las componentes de nuestra humanidad que definen nuestra inteligencia: ¿el trauma de haber nacido? ¿la consciencia de la muerte? No lo sabemos. Se trata de un tema filosófico importante, en que la inteligencia artificial no se interesa mucho.
Un último aspecto del test, y sin embargo uno de los más importantes, es la presencia del juez. El ordenador no se considera inteligente si puede hacer algo extraordinario como ganar al campeón mundial de ajedrez, sino si aparece inteligente al juez durante una conversación corriente. La inteligencia del ordenador existe sólo en relación con la inteligencia humana: el juez no se puede remplazar con una máquina. Un corolario de esta observación es que cuanto menos inteligente sea el juez, tanto más inteligente parecerá el ordenador.
Consideremos el caso de un juez tan torpe que la única manera que tiene de decidir es lanzar una moneda. Con este juez, cualquier ordenador será inteligente, ya que el juez adivinará más o menos la mitad de las veces, independientemente de que A sea el hombre o la máquina.
Por tanto, el test de Turing nos abre dos posibilidades para crear máquinas inteligentes: podemos hacer que los programas sean cada día más complejos y sofisticados, o hacer que la gente lo sea menos. La segunda posibilidad es mucho más presente y amenazante de lo que podríamos pensar. Muchas industrias, no consiguiendo producir máquinas verdaderamente inteligentes, están intentando simplificar a sus clientes. Así tenemos cámaras con identificación automática de caras (o, incluso, de sonrisas) y aplicaciones multimedia que corrigen nuestras imágenes para hacerlas mejores --en realidad uniformándolas y creando una cultura en que se desanima la creatividad--. Tenemos sistemas de reconocimiento del habla que nos entrenan a hablar con frases cortas y con estructura sencilla.  George OrwellTenemos programas de traducción que no respetan la personalidad de las diferentes lenguas  --por ejemplo confundiendo el uso de la forma pasiva, favorecido por el inglés, con la forma impersonal, más usada en los idiomas latinos--. El lenguaje que los dispositivos inteligentes nos están imponiendo se acerca de manera preocupante a la neolengua descrita por Orwell en su novela 1984. En la medida en que el pensamiento depende del lenguaje y en que sólo podemos tener ideas si hay un lenguaje en que tenerlas, simplificar y banalizar el lenguaje supone simplificar y banalizar a las personas.
Tras una conversación sobre este tema, el informático australiano Neville Holmes me envió este Limerick (poema humorístico de cinco versos originario de Inglaterra), que resume la condición humana frente a las nuevas máquinas inteligentes:
There once was a man who said, Damn
It is borne upon me that I am
An engine that moves
In predestinate groves
I am not even a bus. I am a tram
(Mi traducción: "Una vez un hombre me dijo, Joder/Me estoy dando cuenta que soy como/Un vehículo que se mueve/en una ruta predeterminada/No soy ni siquiera un autobús, soy un tranvía". He probado algunos traductores automáticos disponibles, pero siempre introducen errores al traducir poemas.)
El sueño de sustituir al Demiurgo, Creación del Golemde construir las vida (o la inteligencia) con nuestras manos, es tan viejo como la humanidad; lo podemos seguir desde Homero hasta el Golem y a los autómatas de la primera modernidad, desde el calculus ratiocinator de Leibnitz hasta la máquina de Turing. Se trata de un sueño que, probablemente, siempre será parte de nosotros. Pero, sobre todo hoy, es fácil caer en un banal entusiasmo sobre la tecnología, olvidando que ninguna tecnología es inocente o neutral. Las máquinas que creamos también nos modifican a nosotros. Hay que recordarlo, hoy que tan viva es la tentación de promover dispositivos inteligentes banalizando a las personas, haciéndolas menos complejas y más homogéneas.  
Turing, una persona decididamente no banal, y dolorosamente no homogénea, nos lo reclama.
Simone Santini es profesor contratado doctor de la Universidad Autónoma de Madrid.