Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 jul 2012

Hablando del dolor.................por Rosa Montero

El ser humano lo ha intentado todo contra el Mal y el sufrimiento. Las novelas —entre ellas, las últimas de José Antonio Fortuny y de Adolfo García Ortega— no los vencen (son invencibles), pero consuelan el espanto.

 

Hablemos hoy del dolor, porque, en definitiva, es lo que está en la base de toda obra literaria.
 Más aún: de todo arte. Más aún: de toda actividad humana.
El dolor incomprensible de morir, el dolor literal de sufrir físicamente, el dolor enloquecedor de constatar que el Mal existe y no puede ser entendido, explicado, justificado. El ser humano lo ha intentado todo contra el Mal y el dolor: ha creado religiones y dioses, ha organizado guerras, ha descubierto la teoría de la relatividad, ha escrito el Quijote. Quedémonos con Cervantes: el arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra estos viejos enemigos. Las novelas no los vencen (son invencibles), pero consuelan el espanto: nos proporcionan chispazos de belleza y nos comunican con el resto de los humanos. La literatura nos hace formar parte del todo y, en el todo, el dolor individual parece que duele un poco menos.
He aquí dos maneras de luchar contra el sufrimiento por parte de dos escritores muy distintos. El primero es José Antonio Fortuny, un menorquín de 40 años que ya lleva demasiados postrado en una silla de ruedas porque padece una atrofia muscular espinal, una de esas crueles enfermedades degenerativas que te van paralizando poco a poco hasta perderlo todo. Es decir, hasta perder todo tu cuerpo, todos tus movimientos. Sin embargo, por debajo de esta prisión carnal José Antonio sigue entero, intacto, irredento.
 Hace ocho años escribió un libro sobrecogedor, Diálogos con Áxel, publicado primero en Ediciones de la Tempestad y después en Círculo de Lectores, en el que contaba su propia historia con una prosa admirable, sin eufemismos y sin autocompasión.
 Un potente relato sobre su largo viaje a las más remotas regiones de la vida.
 Desde entonces hasta hoy su condición física ha empeorado, pero como persona ha seguido creciendo. La prueba es el libro que acaba de publicar, Alehop, su primera novela, una increíble farsa burlesca sobre la ferocidad con que esta sociedad tritura a la gente más desamparada.
 El fondo de la historia es aterrador y habla de un sufrimiento que sin duda José Antonio conoce muy bien; pero la forma es desternillante, aunque las carcajadas te dejen en la boca un escozor de herida, como si te hubieran abierto la sonrisa con el filo de una cuchilla.
 Esta comedia negrísima me recuerda al mejor Almodóvar; tiene esa grotesca hondura que tenía la genial ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y lo que más me admira de Fortuny es su sabiduría como narrador: cómo ha conseguido alejarse tanto del dolor propio para así ser capaz de hablar del dolor de todos desde tan cerca.
‘Alehop’, primera novela de Fortuny, es una increíble farsa burlesca sobre la ferocidad con que esta sociedad tritura a la gente más desamparada
Yo no conozco cuál será la relación personal de Adolfo García Ortega con el sufrimiento, aparte de la cuota que desde luego nos reparte la vida a todos con odiosa generosidad.
 Pero lo que sí sé es que las novelas de este vallisoletano de 54 años, que para mí es uno de los escritores más importantes de su generación, están a menudo atravesadas por un fulminante rayo de dolor que las ilumina con una luz negra
. Son historias en torno a los abismos de la vida. Como la aterradora e inolvidable El comprador de aniversarios, que fabula sobre Hurbinek, un niño tullido de tres años que murió realmente en Auschwitz; o como El mapa de la vida, su penúltima novela, protagonizada por dos supervivientes de la masacre terrorista de nuestro 11-M. Ahora que lo pienso, el eje de los libros de García Ortega no es sólo el dolor, sino también el Mal.
 Es decir, ese Mal que ocasiona un dolor enloquecedor y abominable.
 Para poder resistir a tanto sufrimiento, a ese inacabable tormento del mundo que pende sobre nuestras cabezas y amenaza con aplastarnos; para no quedarnos irremisiblemente mutilados por el Mal, como decía Adorno (“no se puede escribir poesía después de Auschwitz”), los personajes de Adolfo García Ortega se reinventan, se reconstruyen y se esfuerzan desesperadamente por encontrarle un sentido a la vida, por tenue que sea.
Los personajes de García Ortega se reinventan, se reconstruyen y se esfuerzan desesperadamente por encontrarle un sentido a la vida, por tenue que sea
Todo esto también está en su última novela, Pasajero K: un director de cine maduro conoce casualmente a Sidonie, una joven periodista camino de La Haya, en donde se celebra el juicio contra Radovan Karadzic. Y ahí comienzan los dos un viaje hacia las tinieblas.
 Las novelas de García Ortega siempre se apoyan en datos reales, en lo histórico, lo documental y lo concreto. Pero sus libros no tienen nada de la necesaria simplificación del periodismo (necesaria para el género periodístico, quiero decir), sino que son plenamente narrativos, poliédricos, complejos.
 Me maravilla de García Ortega su casi mágica capacidad para construir historias que son como cebollas, o como matrioskas rusas, un significado que remite a otro y luego a otro más, capas y capas superpuestas y vertiginosas.
Y así, el libro tiene un primer nivel de novela de misterio, de aventuras o de espías, con perseguidores enigmáticos y trenes que atraviesan velozmente la noche. Pero enseguida llega el rayo del dolor a iluminarlo todo, a enseñarnos los abismos de horror que oculta la supuestamente desarrollada y civilizada Europa:
 “Los soldados serbobosnios violaban; luego disparaban o degollaban a las violadas. Había campos, como en Visegrad o en Rogatica, donde la única actividad era la violación de mujeres y se aplicaba a ella un escrupuloso horario laboral, con descansos para comer y cambios de turnos, hombres de noche y hombres de día”.
 Es nuestro infierno, es nuestro Auschwitz aquí y ahora, en el patio trasero de nuestra casa. Es la oscuridad de la que nadie habla, la sangre que Europa no quiso ni reconocer ni restañar y que llega ahora hasta nuestras manos a través de las páginas de esta poderosa, demoledora novela.
Alehop. José Antonio Fortuny. Ed. Funambulista. Madrid, 2012. 352 páginas, 19 euros.
Pasajero K. Adolfo García Ortega. Seix Barral. Barcelona, 2012. 304 páginas, 19 euros (electrónico: 12,99).

Auge y Caida de una Banquera

María Dolores Amorós, el pasado verano en Alicante. / JOAQUÍN DE HARO
María Dolores Amorós (Alicante, 1962) coronó dos décadas de carrera profesional en Caja de Mediterráneo (CAM) en febrero de 2011 con su ascenso a la dirección general de la entidad. Un año y un puñado de días después, la banquera se enfrentará el próximo día 24 a la CAM en el juicio de su demanda laboral por su despido fulminante, entre otras cuestiones, por falsear la contabilidad de la caja mediante artificios financieros y adjudicarse una pensión vitalicia de 369.497 euros a espaldas de los órganos de control.
Amorós fue durante casi diez años la mano derecha de Roberto López Abad y llegó a la Dirección General de la CAM el 16 de febrero de 2011. Faltaba un mes para que la fusión fría con Cajastur, Caja Cantabria y Caja Extremadura saltara por los aires hundiendo a la caja alicantina en un pozo del que salió merced a la intervención del Banco de España, el pasado 22 de julio.
El 18 de enero de 2011 Amorós fue nombrada consejera del Banco Base (ahora Banco CAM), cargo del que fue destituida provisionalmente el 22 de julio. Menos de un mes más tarde, concretamente el 10 de agosto, los nuevos administradores de la caja (tres interventores del Banco de España) la apartaron de la dirección y el 27 de septiembre la despidieron “mediante carta de despido disciplinario”. En su despido, el supervisor argumenta la presentación de resultados “que no se corresponden con la realidad”, “deficiente gestión” y una “actuación en materia de previsión social complementaria en beneficio propio”. La resolución de su demanda laboral será clave para su devenir en otros procesos judiciales. La Fiscalía Anticorrupción abrió diligencias de oficio tras su despido y, ahora, estudia si las imputaciones que vierte sobre ella el Banco de España en su expediente disciplinario son o no constitutivas de delito. Y, en paralelo, el titular del Juzgado número 3 de la Audiencia Nacional también instruye una denuncia contra ella por supuesto delito de falsedad y societario.
El Banco de España la acusó
de falsear balances y ocultar una pensión vitalicia
Fuentes jurídicas consultadas apuntan a que Amorós es uno de los 49 cargos de la caja a los que afecta el expediente disciplinario del Banco de España, pero también la que más posibilidades tiene de verse inmersa en un proceso penal. Amorós formaba parte del ADN de la CAM.
Como en tantos otros casos, esta hija de empleado de la caja entró a trabajar en la entidad. Es diplomada en empresariales por la Universidad de Alicante y posteriormente se licenció en Economía por la UNED. Su ascenso fue rápido. Desde 1998 tenía funciones ejecutivas en la caja. Conocida por su perfil técnico, la eterna número dos no dudó en asegurar su futuro económico. Amorós se adjudicó un sueldo de 593.040 euros y una pensión vitalicia de 369.497 euros al año. Ocultó su contrato y la pensión a la comisión de retribuciones y al consejo de administración. Amorós asumió las riendas de la CAM en un año que la entidad terminó arrojando pérdidas de 2.713 millones de euros, según los administradores provisionales de la entidad.
La ejecutiva “se limitó
a mantener la maquinaria
heredada por Abad”
La exdirectora de la CAM es el alto cargo de la entidad más mediático desde que el Banco de España intervino la caja y apartó a sus rectores para poner fin a una década de despilfarro y arriesgada gestión. Amorós culminó su etapa en la CAM sin apenas hacer ruido. Ella mantuvo esta línea de discreción en su breve pero decisivo paso por la dirección general. “Se limitó a mantener la maquinaria heredada de López Abad. Una dirigente que desarrolló su papel de manera funcionarial, sin iniciativas propias”, señalan fuentes de la CAM.

JULIA DE BURGOS Yo misma fui mi ruta

JULIA DE BURGOS


Yo misma fui mi ruta


Yo quise ser como los hombres quisieron
que yo fuese: un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies, planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas
para alcanzar el beso de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía se separaba más
y más y más de los lejanos horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía
de adentro, la expresión definida que asomaba
un sentimiento de liberación íntima;
un sentimiento que surgía del equilibrio sostenido
entre mi vida y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia, de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas 
de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida…
Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida; un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos, se me torció el
deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.

Julia de Burgos