Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

20 jul 2012

La editora de moda

La editora de moda, Estel Vilaseca.
Estel Vilaseca (Barcelona, 1978) siempre había fantaseado con crear una revista de moda, pero los costes de impresión y distribución le echaban para atrás.
 Estudió Comunicación audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde su profesor de Documentación digital le abrió los ojos mostrándole las posibilidades infinitas que ofrecía Internet, y entonces lo vio claro: crearía su propia revista digital.
 En cuanto consiguió unos ahorrillos se compró un ordenador y fundó itfashion.com, un baúl de ideas y con distintas aristas para entender la moda como algo que va más allá de los desfiles y los diseños.
Pero este “laboratorio de ideas” le sirvió además para abrirle puertas en el mercado laboral: “Conseguí mi primer trabajo como diseñadora en una agencia de publicidad online gracias a ella, también mi siguiente trabajo como directora de arte en Dresslab.com.
 Y me fueron muy útiles los conocimientos adquiridos cuando tuve que escribir mi primer libro: Desfiles de moda”, cuenta la catalana.
Actualmente compagina la edición de itfashion.com con su trabajo de coordinadora de ABSOLUT Mode Society, una revista online co-creada por blogueros, y con colaboraciones puntuales con la agencia creativa Hunter&Gatti.
P. ¿Qué crees que aporta tu propuesta como valor?
R. Itfashion.com es una revista de moda en la que lo menos importante es la ropa.
 La moda es al fin y al cabo un pretexto para hablar de belleza, emoción, originalidad, nuevos caminos, fotografía, arte... it es independiente y sus contenidos siempre responden a lo que a mi y a mis colaboradores nos gusta e interesa. Nos encantan las personas creativas y las historias que hay detrás.
 Creemos que la moda puede ser divertida, que no frívola, y una estupenda vía de expresión.
 También apostamos y buscamos mostrar modelos femeninos más cercanos a nosotras, por eso la mayoría de editoriales de moda están disparados por mujeres.
 Apoyamos y damos el espacio que creemos se merecen a los creadores locales y nacionales. También nos interesa la moda sostenible y alentar una cierta mirada crítica.
P. ¿Qué posibilidad real ves de poder acceder al circuito estable de la cultura?
R. En cierto modo siento que ya formamos parte de un cierto circuito de la cultura. Sobre si es estable o no, me pregunto si existe actualmente un circuito estable... En todo caso lo que ahora nos queda es crecer en calidad, contenidos, colaboradores y medios así como en lectores.
P. ¿Cuáles son, a tu juicio, las mayores dificultades para los talentos emergentes?
R. Sin duda la mayor dificultad está en encontrar vías de financiación.
 En nuestro caso, que nos toca financiarnos a través de la publicidad, cuesta encontrar marcas que quieran publicitarse en una publicación nicho sólido como la nuestra.
 Y es que a pesar de tener un buen número de lectores fieles, influyentes y prescriptores, cuando llamamos puertas, la respuesta más común es que no tienen presupuesto para hacer publicidad online, cosa que suena un tanto desconcertante teniendo en cuenta el peso de las redes sociales.
 Quién sabe si en un futuro tendremos que optar por otras vías, como la suscripción...
P. ¿Qué beneficios esperas de salir en una plataforma como esta?
R. Lo más importante para mi es dar a conocer al máximo número de potenciales lectores itfashion.com. Para aquellos que buscan contenidos originales y alternativos sobre moda, creo que en it lo podrán encontrar. Así que os animo a que entréis y os unáis a nuestra comunidad.
 Por otra parte, mecenas y padrinos también serán bienvenidos...
P. ¿Con qué herramientas cuentan los talentos emergentes para darse a conocer?
R. Sin duda, Internet y las redes sociales son una herramienta muy útil para comunicarte y darte a conocer. Si tienes algo interesante y bueno que contar o enseñar, acabarás encontrando tu público.
 Pero no hay que olvidar también la conexión con el mundo real. Conocer a gente, moverte, intercambiar, compartir...son buenas vías para hacer un "Eoh! Estoy aquí!"

Cuidado, salpica música


Steve Reich, 'Music for' / martin klimas
Como si tuviera el poder de detener el tiempo con un chasquido de los dedos, el fotógrafo alemán Martin Klimas es capaz de capturar el momento congelado de la sinestesia.
 Ese don de cruzar sentidos para ver la música o paladear el sabor de una caricia, tan intrigante y abstracto para quienes no lo poseen, toma forma material en sus Esculturas sónicas, una serie de fotografías que clavan sobre el papel el movimiento que provocan las ondas sonoras cuando interactúan con la pintura.
Con tonos en la escala de John Cage a Kraftwerk, de Grace Jones a Richard Wagner (“cosas dinámicas y con percusión”, dice el artista), Klimas giró a tope la ruleta de su amplificador para hacer bailar el color líquido —a base de témperas, óleo, etanol, laca metálica, glicerina u otros fluidos— al son de las notas. “Utilizo un altavoz normal con una membrana en forma de embudo cubierta con un plástico. Luego pongo los colores sobre el lienzo y me retiro.
Pongo la música a tope y dejo que la creación se haga sola” dice el artista, afincado en Düsseldorf, que se vale de un dispositivo con el que el sonido hace saltar automáticamente el disparador de la cámara.
Tras mil intentos, se dio por satisfecho con su serie
. “Nunca había visto respondida mi pregunta: ‘¿Qué apariencia tiene la música?”.
 Ahora sabe que es estilizada, que suelta juguetonas gotitas y que está iluminada de vivos colores.
 Aunque, en realidad, la gama la selecciona él a su libre albedrío. “Lo hago de manera intuitiva”, asegura. Su amor por la música a todos los niveles, cuenta, le viene desde pequeño. "Yo quería ser saxofonista, y trabajé duro, pero no tenía la constancia o el talento necesarios".
 Y el cambio de vocación parece que no le ha ido mal: gracias a sus fotos, ahora sale en los periódicos.

Microcosmos medieval en Brujas

El Muelle del Rosario (Rozenhoedkaai), uno de los enclaves más fotografiados de Brujas. / Gonzalo Azumendi
Si uno buscara el prototipo de burgo medieval, activo y a escala humana, este sería Brujas, al noroeste de Bélgica. Sus 117.000 habitantes ocupan una superficie aceptable. Bicis y chalupas reducen el uso del automóvil al mínimo. Y sus tiendas, coquetas y lustrosas, son verdaderos museos del pequeño comercio. El nombre de Brujas no procede de ningún macrojuicio contra antiguas curanderas, sino de la raíz flamenca bryggia que quiere decir “muchos puentes”. Lo mejor es perderse por ellos en esta ciudad de cuento.

10.00 Un paseo en bici

¿Qué tal si nos vamos de Brujas nada más llegar? En el cruce entre Stoelstraat y Langestraat (1) alquilamos una bici y ponemos ruta al pequeño pueblo de Damme (a seis kilómetros).
 Un delicioso paseo bajo los álamos y a lo largo del canal cuya formación natural a causa de una tormenta abrió la lana de Brujas al mar e inició el esplendor de la ciudad en el siglo XI. También podemos hacer el recorrido en barcaza. El itinerario nos regala vacas y caballos paciendo en los prados, granjas en plena actividad, molinos de bellas caderas y la aldea de Damme, con su Ayuntamiento gótico, sus callejas y su héroe local presidiendo la plaza. Un buen panorama del Flandes occidental.
A la vuelta, junto a la tienda de bicis y la iglesia de Jerusalén se encuentra el Centro del Encaje (2), donde te enseñan a ligar los bolillos en diez minutos.

12.00 ‘Chill out’ junto al canal

Las fachadas de terracota, las agujas de sus iglesias, los callejones, pero sobre todo los puentes y canales confieren a Brujas un aire inusitado. No parece una ciudad, sino un parque temático, pero es una ciudad.
Mapa de Brujas. / Javier Belloso
Vismarkt (3) es el mercado de pescado. Bullicioso y colorista por la mañana, se transforma en zoco de artesanías por la tarde. Estamos a la espalda de la gran plaza, pero aún no es el momento de entrar en ella.
Cruzando el puente de Wollestrat, a la derecha, encontramos Mood Shopping (4). Una casa noble del siglo XV que además de ofrecer productos típicos expone 780 botellas de cerveza belga, de las cuales puedes degustar 40, algunas de ellas a presión.
 Con todo, esto no es lo mejor, el local tiene una terraza chill out abierta al canal en Rozenhoedkaai, uno de los lugares más bellos de Brujas. Mientras degustas una Audernade o una Liefmans oscura, las barcazas pasan delante de tu mirada. El trayecto dura media hora por 7,60 euros el adulto y 3,40 el niño.
Si entra el hambre, hay varios restaurantes señoriales a un tiro: el Duc de Borgogne (5), con menús a 20 euros, o el Bourgoensch, en Wollestraat (6), en un callejón presidido por los escaparates de Le Boudoir (el tocador), el sex-shop más refinado que usted pueda imaginar.

14.00 Una siesta en el lago

Volviendo al canal encontramos el Museo Groeninge (7) para deleite de los amantes de la pintura de todos los tiempos: desde primitivos flamencos como Jan van Eyck hasta surrealistas como Delvaux o Magritte. Un poco más allá, la inmensa mole de la iglesia de Nuestra Señora (8) encierra una Madona con Niño de Miguel Ángel.
Siguiendo el curso del agua, encontramos el Beaterio (9), un conjunto de casonas vigiladas por sinuosos cisnes. Estamos en Minnewater (10), el parque del amor, un lugar de ensueño, para reposar, para aderezar los sentidos bajo un sauce y llorar de gozo interior.
Haalve Maan es una fábrica de cerveza a la antigua, en Walplein (11). Las enormes cuvas de cereales rivalizan con vigas ancestrales en un conjunto arquitectónico que merece la pena visitar. Al final, hay una pequeña degustación.
Camino del centro, otra iglesia inexcusable, la catedral de San Salvador (12), de bellas vidrieras y columnas, y con buenos cuadros flamencos. Por Steenstraat entramos en Marktplatz (13)
. Ahora sí, la luz ha bajado y permite apreciar una de las plazas más vistosas de Europa.

16.00 La fantástica torre

Grande en todos los sentidos. Amplia, grandiosa, noble
. En el centro, el monumento a los héroes que defendieron la ciudad de los franceses a comienzos del XIV, punto de reunión de jóvenes y mileuristas con el inevitable cucurucho de patatas fritas y mejillones
. En el lado sur, la fantástica torre Belfort (14) o torre Hallen (del mercado), también conocida como torre del Campanario, aguja magnética de toda la ciudad. Sus 366 escalones permiten una vista fantástica del burgo.
La cúpula encierra el misterio de sus 47 campanas, con un sonido al dar las horas que es una verdadera sinfonía del bronce y el latón.
Imagen de la plaza mayor de Brujas. / Gonzalo Azumendi
Hora máxima para la visita: cinco de la tarde. Bajo la torre otra sorpresa: la galería Dalí junto al antiguo mercado cubierto. En un lateral, el palacio provincial (15), y, cerrando la plaza por dos de sus aristas, las casitas de los flamencos, esos prodigiosos edificios de tres a seis plantas con los tejados escalonados y el ladrillo visto. En una esquina, los coches de caballos en espera de clientes.
 A cien metros está la plaza Burg (16) con el Ayuntamiento (17) y sus palacios neogóticos y neoclásicos. Mucho más tranquila que la anterior, incluye un decadente y atractivo restaurante, Tom Pauce, a 16 euros el menú.
Es la hora de hacer las compras: los biscuits, los chocolates Godiva, los caramelos de lujo, los bordados y lencerías, por la calle Steenstraat (18), la más comercial.

Terremoto de la cultura

Terremoto de la cultura

Por: | 20 de julio de 2012
No hay que ser un sismólogo, ni siquiera un perro entrenado en la adivinación de temblores, para saber que el terremoto español ya ha alcanzado todas las terminales nerviosas del país. La economía, los sindicatos, la educación, la sanidad..., y ahora la cultura.
La decisión del Gobierno de subir, también, el IVA que grava el cine, la música y el teatro, entre otras actividades, con el más alto nivel impositivo posible en la actual reestructuración de los impuestos, ha sacado a la calle, otra vez, a los gestores y a los actores de la cultura, a los que se han sumado los periodistas que se dedican al oficio de contar qué pasa en este ámbito.
En ocasiones precedentes, en otras legislaturas, el Gobierno del Partido Popular había excitado a los actores y a otros representantes de la cultura creativa, pero no había logrado concitar de la misma manera a los que se dedican a tareas administrativas en esos terrenos o a quienes informan de lo que pasa en la cultura en sus más distintas dimensiones.
La conjunción astral que ahora se da es una consecuencia, a mi juicio, de la incertidumbre que existe sobre la persistencia de la misma materia: ¿existirá la cultura si se la sigue limitando, si se sigue gravando al público que se sirve de ella, a los gestores que la administran o la hacen posible, a los que la hacen y a los que la disfrutan?
La pregunta la han hecho los periodistas culturales reunidos en San Sebastián por la Fundación Santillana y por la Universidad Menéndez Pelayo, comandados por Basilio Baltasar, que es el director de la citada fundación y que fue él mismo un destacado periodista cultural, tarea que sigue ejerciendo de una u otra manera a través de sus artículos y también a partir de esa actividad de acelerador cultural, como él dijo para referirse a la multitarea que ejerce el poeta (y periodista) Antón Castro.
Este acelerador cultural reunió en Santander estos días a un grupo numeroso, y muy variado, de periodistas, algunos de los cuales han organizado, en Cataluña y en Andalucía, unas incipientes asociaciones de Periodistas Culturales. Cuando los periodistas se juntan (lo cual es un milagro, muchas veces) es que algo grave ocurre, es que han vislumbrado un terremoto, por ejemplo. Y en la cultura se está produciendo un terremoto del que hubo indicios suficientes en esa reunión de Santander y en la manifestación que hubo ayer mismo ante el Ministerio de Cultura.
Es un terremoto que tiene su epicentro en un susto bien fundamentado. En la administración de la cultura, que el Gobierno ha sacado ahora a la calle anunciando la indefensión del sector, asustado ante los gravámenes.
Y en la propia cultura, asustada por una crisis económica que es también una crisis de valores y que la sitúa en la vieja dicotomía entretenimiento/fundamento que se va decantando por la vía de la primera parte de esa contradicción.
De esas cosas hablaron los periodistas culturales en Santander, y del porvenir del periodismo, asunto al que volveremos.
No estuvieron solo en la nebulosa de la discusión sobre su propio porvenir, sino que fueron al corazón de lo que preocupa hoy en esta sociedad perpleja: qué pasará con la materia misma de la que tienen que informar, si desaparece el teatro, si al cine lo apuñalan definitivamente, si es cierto que el libro desaparece, enterrado por enterradores interesados en que desaparezca la misma cultura del libro, bajo el disfraz de una falsa dicotomía, la del papel versus digital, si desaparece el mismo periodismo..., ¿qué tendrán que decir, de qué tendrán que informar, si el terremoto finalmente arrasa la hierba?
No es un problema del oficio, porque tampoco es un problema del oficio de los gestores culturales o de los actores o de los escritores, es un problema de la sociedad. El gravamen contra el que protestan no es solo un impuesto, es la expresión de un símbolo, cuyo cordón umbilical me parece que el Gobierno ha tocado con una falta de sensibilidad que tiene aún tiempo de corregir
. Porque este terremoto no tiene solo los nombres propios de los que se han manifestado, es un terremoto que viene de más abajo, y llegará más arriba. Sería un error que resucitaran ahora, como se está haciendo, el tópico de la ceja. Harían muy mal en no escuchar este incipiente vocabulario de protesta.