Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

9 jul 2012

Millares y Westerdahl se encuentran junto al barranco

Millares y Westerdahl se encuentran junto al barranco

Por: | 07 de julio de 2012
Junto al barranco de Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria, la Fundación Mapfre Guanarteme ha abierto una exposición que remite a un tiempo insólito de Canarias.
 O a la resurrección de un tiempo insólito. La exposición es la de los fondos que Eduardo Westerdahl, el lúcido crítico que hizo posible la aventura de Gaceta de Arte, dejó al Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias del Puerto de la Cruz.
Durante años, esos fondos durmieron sin que se cumpliera el sueño generoso de Westerdahl, y ahora, gracias a la labor del Instituto y a la dedicación de su presidente, Nicolás Rodríguez Muntzenmeier, y de su vicepresidente de arte, Celestino Celso Hernández, la colección revive, se expone y viaja. Y ahora está en esa sala junto al barranco.
Ahí he estado viéndola, maravillándome con la fortaleza adolescente (siempre fue adolescente, nació en 1902, murió en 1983) que le llevó a Eduardo Westerdahl a mantener en vilo su apuesta a favor del arte informal, abstracto.
 Esa apuesta lo convirtió en una referencia europea en los años treinta y después. En aquella década hizo un viaje que sería fundamental en su vida y en la vida de sus compañeros tinerfeños. Fue a Berlín y a otras grandes ciudades de Europa, se enamoró de los colores y de las formas pintadas por Kandinsky y por Paul Klee y regresó decidido a crear la aventura que fue Gaceta de Arte, la revista que, en 1935, cometió la locura de traer a Tenerife a André Breton y a Banejamin Peret para hacer en la isla la segunda exposición surrealista que se produciría en suelo europeo hasta entonces.
Luego vinieron la guerra, la dispersión, la represión y el olvido
. En medio de las brumas del olvido en Canarias hubo algunas luces muy potentes
. En primer lugar, las que mantuvieron encendidas Westerdahl y los suyos (Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, José Arozena), y las que estaban encendidas en Gran Canaria, Juan Rodríguez Doreste, Juan Ismael...
Hubo una suerte, en Gran Canaria y en Tenerife, esa generación se encontró de inmediato con lo que el pintor tinerfeño Enrique Lite dio en llamar La Generación Escachada, y en lugar de producirse el tradicional asesinato del padre tuvo lugar, para bien de ese momento y del porvenir de ese momento, el abrazo de generaciones. Les siguieron, en una y en otra isla, gente como Manuel Millares, Martín Chirino, Manuel Padorno, Pedro González, Julio Tovar...
 Y luego vino otra generación limítrofe, además, que se sumó a aquellas, la de Emilio Sánchez-Ortiz, Luis Alemany, Eugenio Padorno, Arturo Maccanti...
Y así sucesivamente.
Había, pues, un espíritu, e incluso una amistad que fue volando de un lado a otro, de una época a otra, y que tuvo la fuerza suficiente como para mantener, con los altibajos que imponía la época aquella tan difícil, el espíritu libertario, o libérrimo, de Gaceta de Arte, que era, por otra parte, el aire de un tiempo contra el que se trató de imponer el hacha de la guerra.
 Y la guerra, esa maldad, tuvo más suerte que la vida. En fin.
Lo cierto es que durante aquel tiempo y después, en la posguerra, aquel sueco reconcentrado, sonriente a veces, pero siempre contumaz, como un niño que no renuncia a tener el último juguete, siguió teniendo amigos en el arte y en la vida, y siguió coleccionando aquello que más quería, arte informal, moderno, el abstracto que se imponía en otras latitudes y que aquí se despreciaba o se menospreciaba.
 Esa colección está en gran medida en esta exposición, y se puede ver permanentemente, cuando vuelva allá, en su propio Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdahl en el Puerto de la Cruz, donde siempre quiso tener el crítico su colección.
Aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, hemos sabido que la ubicación en la que está este museo tan bien organizado y tan arriesgado todavía pende de un hilo; que el Parlamento de Canarias ha denegado su auxilio para asegurarlo ahí, o para asegurar su continuidad, porque el proyecto es de ámbito local y no regional...
 Es como si se dijera que las campanas de Vegueta o la Fundación César Manrique o el océano Atlántico son parte de un ámbito local...
Mezquindades realmente pequeñas de una polémica exactamente minúscula.
En este encuentro de casualidades que es siempre un museo, sobre todo si está inspirado por aquel cultivador de azares que fue Westerdahl, apareció también la figura de Manolo Millares, que fue su cómplice y su amigo intergeneracional.
 En la exposición está Millares, y también está Elvireta Escobio, su viuda, uno de cuyos cuadros aparece asimismo en la colección Westerdahl. Pues acaba de aparecer (en La Fábrica, apoyada por la Fundación Antonio Pérez) la correspondencia que mantuvieron Manolo Millares y Eduardo Westerdahl entre 1950 y 1969
. El libro, que conocí ahí, parece una consecuencia de la propia exposición, y sin duda de la amistad que mantuvieron ambos mientras se iban haciendo en la poderosa cabeza de Manolo la estética y el pensamiento radical que lo han convertido en uno de los grandes artistas del siglo XX.
Verlos ahí juntos, simbólicamente pero también en el recuerdo, revivió mi memoria de uno de los últimos momentos públicos de Millares, cuando acudió, a principios de 1970, a la inauguración de la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias.
 Ya era un hombre tocado por la enfermedad que acabaría con su vida en agosto de 1972. Lo recuerdo ensimismado, escuchando, junto a Eduardo Westerdahl y junto a Joan Miró, siguiendo con su mirada ausente, solícito pero silencioso. No se me borra jamás esa imagen de Manolo Millares. Y él hizo, como Westerdahl, que no se nos borrara a los canarios esa época que de pronto salta de la memoria a la vida viendo los cuadros de esta exposición junto al ya desaparecido barranco de Giniguada.

Compre las 24 horas (si quiere)


Los comercios de Madrid podrán abrir a cualquier hora todos los días. / g. lejarcegi
Comprar, comprar y comprar a todas horas
. Esta es la receta contra la crisis que deja entrever el Gobierno con sus medidas hacia la liberalización de los horarios comerciales.
 La hipótesis es sencilla: si las tiendas abren más, las ventas aumentarán y hará falta más personal. Más empleo se traducirá en sueldos y en más alegría a la hora de gastar.
 Un círculo de consumo que nos sacaría de la recesión. En teoría. La crisis parece ser la palanca definitiva con la que el Ejecutivo de Mariano Rajoy quiere desatascar la eterna polémica sobre los horarios del comercio. Y los turistas que llegan los domingos con la cartera llena son un objetivo claro.
¿Más horas de tiendas abiertas se traducirán de verdad en más ventas? ¿En más empleo o en abusos laborales? ¿Morirá el pequeño comercio?
 Un debate lleno de aristas y de partes interesadas que lanzan datos y estudios contra el enemigo. La Confederación de Comercio de Madrid es un elemento extraño en medio de la batalla: ha cambiado de bando. “Es cierto que antes nosotros éramos contrarios a la liberalización total de los horarios, pero con la crisis que vivimos creemos que debemos apoyar cualquier medida que pueda traducirse en puestos de trabajo para el sector.
 Hemos comprobado que abrir los domingos en las zonas de afluencia turística de la capital en los últimos años ha funcionado”, defiende Hilario Alfaro, presidente de esta organización.
Eso sí, Alfaro cree que debe crearse un observatorio para comprobar si realmente se crea empleo neto. “Se van a generar puestos, pero también se van a destruir muchos en el pequeño y mediano comercio. Habrá que hacer la cuenta para ver si compensa, pero de entrada no podemos negarnos a intentarlo porque estamos en una situación de emergencia”, razona.
A las tiendas pequeñas solo les compensa
abrir un domingo en zonas transitadas
El auge de las compras como ocio o reclamo turístico, las jornadas maratonianas de trabajo habituales y el aumento de las compras por Internet (abierto 24 horas) han generado un estilo de vida que choca con los horarios tradicionales del comercio en España. Por eso, en esta guerra, hasta las asociaciones de consumidores están divididos.
 En el extremo de las que rechazan la liberalización se sitúan asociaciones como Facua, que considera que la medida es perjudicial para los ciudadanos porque llevará a la desaparición del comercio de proximidad.
“Además, fomenta el consumismo al vincular compras con ocio, en vez de potenciar el consumo necesario, racional y sostenible”, señala esta organización. Sin embargo, otras como la OCU consideran insuficiente las medidas del Gobierno de Rajoy. “Nuestra misión es defender a los consumidores, y creemos que lo mejor para ellos es poder comprar cuando quieran o cuando puedan”, sostiene su portavoz, Ileana Izverniceanu.
Madrid, que ya abanderaba la mayor liberalización de horarios, se convertirá a partir del 15 de julio en zona 24x365.
 Es decir, una comunidad donde el comercio podrá tener la persiana subida 24 horas al día y 365 días al año si quiere
 . El Gobierno de Esperanza Aguirre ha decidido que la ley estatal, que solo permite abrir todos los días del año a las pequeñas tiendas que no pertenezcan a grandes cadenas, se queda corta.
Y deja que elijan su horario también los grandes almacenes y grupos textiles.
La Confederación de Comercio de Madrid
se desmarca: “Hay
que probar a abrir”
La comunidad podría ser solo una avanzadilla de lo que puede ir llegando al resto de España, ya que el Gobierno central ha anunciado que reformará la ley para caminar hacia una mayor liberalización en toda España, pese a la rotunda oposición de Cataluña, Andalucía y País Vasco, que creen que el Ejecutivo está invadiendo sus competencias.
 De momento, los pasos que ha dado el secretario general de Comercio, Jaime García-Legaz, son tímidos, pero contundentes. Para empezar, quiere elevar el mínimo de aperturas autorizadas de ocho a 10 festivos. Y a 14 grandes ciudades les obligará a tener ejes comerciales con horarios liberalizados todo el año por motivos “de afluencia turística” (tres de ellas, Madrid, Palma de Mallorca y Santa Cruz de Tenerife, ya lo tenían así).
 Tras el anuncio, la guerra se ha desatado de nuevo.
Los que apoyan la liberalización defienden cifras que prometen un futuro de riqueza y empleo. Un estudio de la escuela de negocios IE Business School, editado por el catedrático Fernando Fernández, calcula que permitir la apertura siempre en todo el país crearía de manera directa 20.000 empleos en tres años. El informe cita experiencias de países como Holanda, donde la apertura a voluntad supuso un crecimiento del volumen de ventas, o Suecia, donde además se observó una caída de los precios del 0,6%. En Alemania, incluso aseguran que aumentó en torno a un 2% la facturación del sector minorista.

¿Liberalizar también las rebajas?

Rebajas es una palabra sagrada. Por ley, el comercio solo puede usar ese término en los periodos en los que la comunidad autónoma lo autoriza. Unas semanas de verano y otras de invierno.
 Sin embargo, esta normativa no ha impedido a las tiendas usar el gancho de los precios en cualquier momento del año: ofertas especiales, semanas fantásticas, saldos...
 Hecha la ley, hecha la trampa.
 Si no se usa la palabra mágica, rebajas, todo vale. El Gobierno, sin embargo, se está planteando ahora revisar esa legislación e incluso eliminar las restricciones.
“Solo es una idea en un borrador.
 Todavía no hay nada decidido”, insisten fuentes de Comercio. La posibilidad de acabar o ampliar los límites a este periodo se ha colado en la reforma de la ley de horarios comerciales. De momento, aparece en un borrador que se facilitó a las comunidades autónomas. “Nos parece bien ampliar la libertad para que los comercios bajen precios si quieren en cualquier momento. Pero creemos que hay que seguir limitando el uso de la palabra rebajas como una herramienta de marketing”, defiende Javier Millán-Astray, director general de Anged, patronal de las grandes superficies. Asegura que buena parte de las ventas del comercio, especialmente el textil, sigue llegando de la época de rebajas, lo que demuestra que reservar ese término es aún un gancho útil.
No todos están de acuerdo. Una encuesta de la Asociación de Comercio Textil y Complementos realizada en 2010 entre empresarios del sector revela que el 75% no quiere liberalizarlas. Eso sí, la mayoría cree que hay que cambiar la legislación y opina que las promociones y ofertas especiales fuera del periodo estricto de rebajas se deben controlar de forma más exhaustiva.
“Habría que adaptar la normativa a las circunstancias actuales.
 Sentar a todo el sector para estudiar lo más conveniente: acortarlas, modificar los periodos, revisar la nomenclatura... Lo que no se puede hacer es improvisar”, opina Manuel García-Izquierdo, presidente de la Confederación Española de Comercio.
Hilario Alfaro, presidente de la Confederación de Comercio de Madrid, es más radical. “La ley se ha quedado obsoleta y hay que actualizarla. Podemos acortarlas o podemos liberalizarlas. Personalmente, creo que no hay que tener miedo a liberalizarlas”, sostiene.
Las propuestas del sector son variadas, pero lo que es claro es que la mayoría cree que la proliferación de las promociones durante todo el año hace necesaria una revisión de la normativa. “Hay que meterle mano. El mensaje ya no vende porque siempre hay rebajas, tengan el nombre que tengan. Quizá deberíamos ir hacia un modelo como el de EE UU, en el que se marcan días clave, como el famoso viernes negro, que funcionan como grandes instrumentos de marketing”.
Pero la Confederación Española de Comercio (CEC) no ve más que promesas sin fundamento
. “El consumo no va a aumentar por mucho que las tiendas abran todos los días. Así que las únicas beneficiadas de todo esto serán las grandes superficies, porque las tiendas de menos de 300 metros ya tienen libertad de apertura. Será la misma tarta a repartir entre más. Los grandes ampliarán su cuota de mercado en detrimento de los pequeños”, opina su presidente, Manuel García-Izquierdo.
“Lo que pedimos es que se tenga en cuenta el mantenimiento de todos los formatos comerciales y se consulte con todos los agentes sociales antes de tomar este tipo de decisiones”, añade.
Un ejemplo de cómo puede afectar a las tiendas de barrio que las grandes superficies abran todos los domingos lo ofrece Teresa, propietaria de una tienda de moda de menos de 300 metros en el barrio madrileño de Tetuán, que desde hace tres años no cierra ningún día de la semana. “Los domingos que abren las cadenas y los centros comerciales [en Madrid ya podían hacerlo todos los primeros domingos de mes] la recaudación baja claramente.
 La gente va a las zonas comerciales y por aquí no viene nadie.
Así que a partir del próximo fin de semana, cuando ellos ya puedan abrir todos los días, creo que ya no me va a compensar abrir a mí. El resto de la semana cada vez va a peor. Estoy pensando en cerrar”, reconoce. “No puedo contratar a nadie, me paso aquí el día entero sin ver a mi familia y encima no gano dinero”, asegura Teresa.
A la Asociación Nacional de Grandes Empresas de Distribución (Anged) le parece, sin embargo, que la reforma se está quedando corta.
 No les gustan las medias tintas. Defienden que si el Gobierno cree que más libertad de apertura es riqueza y empleo, debería eliminar todas las restricciones. Javier Millán-Astray, director general de esta patronal, apuntala su defensa con el turismo. “Sí se venderá más, porque la riqueza del turista que viene los domingos y se encuentra cerradas las tiendas se pierde. Somos un país que recibe 60 millones de turistas al año.
 No podemos darle la espalda a eso”, defiende. Cree que las reglas deben ser iguales para todos: si los comercios pequeños pueden abrir, los grandes también deberían poder.
Si los pequeños cierran, ¿se compensará con la creación de puestos en las grandes cadenas?
De nuevo, la respuesta difiere en función de a quién se le haga la pregunta.
 El pasado diciembre, al anunciar la liberalización total en la Comunidad de Madrid, el Gobierno de Esperanza Aguirre aseguró que la medida que entra en vigor el próximo domingo creará 20.000 puestos en la región. Los sindicatos no solo niegan esta cifra, sino que además denuncian que se van a precarizar las condiciones de los que ya están contratados.
“La última reforma laboral va a permitir a las empresas modificar los turnos a su antojo, sin ninguna compensación, como ya se está viendo en algunas superficies de Madrid que están reorganizando a su personal ante el 15 de julio”, advierte Antonio Ruda, portavoz de la Federación Estatal de Comercio, Hostelería y Turismo de CC OO.
 Ruda advierte también de que el coste que supondrá abrir todos los domingos va a encarecer el precio final del producto, lo que repercutirá negativamente en el consumo y, a la larga, en el propio empleo.
La asociación de centros comerciales prevé 37.000 nuevos trabajos
La Asociación Española de Centros Comerciales (AECC) contraataca. Ha elaborado un informe que calcula que las 310.736 personas que trabajan actualmente en los 531 grandes centros que existen en España podrían convertirse en 348.123 si se permitiera a estas superficies abrir cuando quisieran. En Madrid, en concreto, se augura la creación de 7.187 empleos a partir del 15 de julio. Su presidente, Javier García-Renedo, cree incluso que los comercios pequeños pueden beneficiarse de la medida.
 “Las grandes superficies y cadenas funcionan como locomotoras: si ellas abren, las tiendas de alrededor abren también para aprovechar el paso de clientes”, comenta. García-Renedo cree que no tiene sentido oponerse a algo cuyos efectos negativos no están demostrados.
¿Están demostrados los efectos positivos?
El índice de ventas al por menor, publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), no lo aclara. En Cataluña, entre las comunidades más restrictivas, se redujo este mayo un 1,9% con respecto a 2011, mientras que en Madrid lo hizo el 1,8% en el mismo periodo. En abril, sin embargo, la caída en Cataluña fue unas décimas menor que la que experimentó Madrid.
En todo caso, la OCU recuerda: “No sería obligatorio para nadie abrir. Solo se ofrecería a propietarios y clientes la libertad de elegir".

“Si Pasqual no recuerda a alguien, lo abraza igualmente”


Diana Garrigosa y Pasqual Maragall, en Santander. / pablo hojas
Han pasado dos años desde que se estrenó el documental Bicicleta, cuchara, manzana, en el que Pasqual Maragall (1941) y su familia muestran su lucha diaria contra la enfermedad de alzhéimer que padece el expresidente de la Generalitat.
Sus apariciones públicas desde entonces han sido contadas, aunque su agenda está repleta de actividades. “Le llegan muchas invitaciones y él decide a qué vamos y a qué no. Si no quiere estar en un sitio, se levanta y se va”, dice Diana Garrigosa, la esposa del político socialista. En esta ocasión él resuelve quedarse en la mesa y pide una tónica.
El matrimonio está en Santander para debatir sobre el alzhéimer en el marco de los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo.
 Hablan abiertamente de la enfermedad. “No nos cuesta porque nos damos cuenta de que es útil”, afirma Garrigosa. “Por eso grabamos la película. Creímos que divulgar la enfermedad ayudaría a sacarla del armario; mi marido en aquel momento dijo que era mejor no disimular”, añade. Pasqual Maragall no interviene mientras se trata el tema. Hojea el periódico y comenta alguna noticia.
 “Mira lo que está pasando en Francia…”, dice. ¿Le sigue interesando la política? “No, no tanto. Ni a él, ni a mí. Como a tanta otra gente”.
Ahora el día a día de Maragall está programado en una agenda que gestiona su jefe de gabinete. “Hay que planear todo a corto plazo”, explica Garrigosa. Maragall también gusta de controlar su tiempo. Lleva en su bolsillo una pequeña libreta en la que anota sus citas. La próxima: ir a librería a comprar lo último de Ian Gibson. “Hace cosas que no hubiera hecho, como pasear. Y anda muy rápido”, dice la mujer. “También los nietos han entrado en la agenda”, añade. Se ha aficionado incluso a la fotografía. Captura imágenes con su móvil. A mitad de conversación, busca el aparato en su chaqueta. Lo ha olvidado. Se levanta y va por él a su habitación. A su regreso retrata a la periodista.
Lo que no pueden prever es que la gente les pare por la calle. “Nos ocurre constantemente”, dice Garrigosa. Y pasa. Un fotógrafo interrumpe la conversación para retratar a la pareja. “Nos conocimos en…”, se dirige a Maragall, quien asiente y posa junto a su esposa. La anécdota sirve a la mujer para parafrasear a su marido: “Siempre hace un chiste en el que dice que, como es conocido nunca se perderá. Siempre habrá alguien que le reconozca”. Le preocupa más no tratarle como a un enfermo. “Si se olvida de algo, no hacerlo por él. La cuestión es que mueva las neuronas”, especifica.
Muchos amigos visitan a Maragall. “No me puedo imaginar que no los viera, si no, los olvidaría. Recuerda a muchas personas, pero, si no, las abraza igualmente”, dice Garrigosa. ¿Hablan del futuro, de cuando olvide a la familia? “Será el peor momento, para mí será su muerte”, se emociona. “Existirá, pero…”, no consigue acabar la frase. “Sé que no se va a curar. Pasará”, zanja.
Pese a esta certeza y a que la enfermedad avanza, Maragall saca de sus recuerdos los versos que escribió su abuelo y que dan nombre a sus memorias: Pasqual Maragall. Oda inacabada. Y recita el poema entero.
Han pasado dos años desde que se estrenó el documental Bicicleta, cuchara, manzana, en el que Pasqual Maragall (1941) y su familia muestran su lucha diaria contra la enfermedad de alzhéimer que padece el expresidente de la Generalitat. Sus apariciones públicas desde entonces han sido contadas, aunque su agenda está repleta de actividades.
“Le llegan muchas invitaciones y él decide a qué vamos y a qué no. Si no quiere estar en un sitio, se levanta y se va”, dice Diana Garrigosa, la esposa del político socialista. En esta ocasión él resuelve quedarse en la mesa y pide una tónica.
El matrimonio está en Santander para debatir sobre el alzhéimer en el marco de los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo.
 Hablan abiertamente de la enfermedad. “No nos cuesta porque nos damos cuenta de que es útil”, afirma Garrigosa.
 “Por eso grabamos la película. Creímos que divulgar la enfermedad ayudaría a sacarla del armario; mi marido en aquel momento dijo que era mejor no disimular”, añade. Pasqual Maragall no interviene mientras se trata el tema. Hojea el periódico y comenta alguna noticia. “Mira lo que está pasando en Francia…”, dice. ¿Le sigue interesando la política?
 “No, no tanto. Ni a él, ni a mí. Como a tanta otra gente”.
Ahora el día a día de Maragall está programado en una agenda que gestiona su jefe de gabinete. “Hay que planear todo a corto plazo”, explica Garrigosa.
 Maragall también gusta de controlar su tiempo. Lleva en su bolsillo una pequeña libreta en la que anota sus citas. La próxima: ir a librería a comprar lo último de Ian Gibson. “Hace cosas que no hubiera hecho, como pasear.
Y anda muy rápido”, dice la mujer. “También los nietos han entrado en la agenda”, añade. Se ha aficionado incluso a la fotografía. Captura imágenes con su móvil. A mitad de conversación, busca el aparato en su chaqueta. Lo ha olvidado. Se levanta y va por él a su habitación. A su regreso retrata a la periodista.
Lo que no pueden prever es que la gente les pare por la calle.
 “Nos ocurre constantemente”, dice Garrigosa. Y pasa. Un fotógrafo interrumpe la conversación para retratar a la pareja. “Nos conocimos en…”, se dirige a Maragall, quien asiente y posa junto a su esposa. La anécdota sirve a la mujer para parafrasear a su marido:
“Siempre hace un chiste en el que dice que, como es conocido nunca se perderá. Siempre habrá alguien que le reconozca”.
 Le preocupa más no tratarle como a un enfermo. “Si se olvida de algo, no hacerlo por él. La cuestión es que mueva las neuronas”, especifica.
Muchos amigos visitan a Maragall. “No me puedo imaginar que no los viera, si no, los olvidaría. Recuerda a muchas personas, pero, si no, las abraza igualmente”, dice Garrigosa. ¿Hablan del futuro, de cuando olvide a la familia? “Será el peor momento, para mí será su muerte”, se emociona. “Existirá, pero…”, no consigue acabar la frase. “Sé que no se va a curar. Pasará”, zanja.
Pese a esta certeza y a que la enfermedad avanza, Maragall saca de sus recuerdos los versos que escribió su abuelo y que dan nombre a sus memorias: Pasqual Maragall. Oda inacabada. Y recita el poema entero.

Iniesta se casa a ritmo de la música de ‘Gladiator’

ATLAS
Andrés Iniesta, con solo 28 años, ya ha hecho historia alcanzando triunfos deportivos como jugador del Barcelona y de la selección española.
 Pero lejos del terreno de juego, en el plano personal, disputó su partido más importante: contrajo matrimonio con la madre de su hija, la catalana Anna Ortiz, en una ceremonia civil en Tarragona en la que le arroparon muchos de sus compañeros de equipo como Messi —junto a Antonella, su novia y madre del que será su primer hijo-, Xavi, Piqué, Puyol, Cesc y el que durante muchos años ha sido su entrenador, Josep Guardiola. “Gracias por venir a este momento tan bonito, especial, inolvidable”, les dijo Iniesta tras la ceremonia.
El futbolista quiso brindar junto a su ya esposa con un vino rosado de la bodega que tiene en su pueblo natal, Fuentealbilla (Albacete).
El caldo se llama Corazón Loco y en la botella rezaba el lema:
 La pasión va por dentro. La pareja se desplazó en un coche de época, muy acorde con el vestido crudo al estilo años veinte que llevaba la novia.
 El futbolista se decantó por un chaqué clásico negro.
El enlace se celebró al atardecer en uno de los parajes más idílicos y exclusivos de la Costa Dorada, el castillo de Tamarit, una fortificación medieval construida en el siglo XI, de estilo románico y ubicada a primera línea de mar. El día y la hora escogidos para darse el sí quiero, el 8 de julio a las 6 de la tarde, no fueron casuales. Estos dos números son mágicos para el recién nombrado como mejor jugador de la Eurocopa. El primero es su dorsal en el equipo azulgrana y el segundo, en la selección española.
 El enlace fue oficiado por el alcalde de Tarragona, el socialista Josep Fèlix Ballesteros.
 La ceremonia tuvo lugar en los jardines de la fortaleza, en un gran escenario cubierto con mobiliario blanco y con el azul del Mediterráneo como decorado de excepción. El novio hizo su entrada en el castillo al ritmo de la música de la película Gladiator, con uno de los temas que Guardiola utilizó para motivar a su plantilla en la final de la Champions de 2009 en Roma.
La novia, al son de la música de El Guardaespaldas, interpretada por Whitney Houston, apareció minutos después rodeada de pequeñas damas de honor, seguida muy cerca por su hija Valeria, de un año y medio, la niña del Mundial porque fue concebida poco después de que La Roja ganara el título en Sudáfrica con un tanto de Iniesta.
El evento se desarrolló en medio de un gran dispositivo de seguridad de los Mossos d’Esquadra, la Policía Local y una empresa privada. La mayoría de invitados se desplazaron en una decena de autobuses y se quedaron a dormir en hoteles y campings de la zona
. A pesar de las medidas de seguridad, todos los accesos del castillo estuvieron repletos de turistas, vecinos y seguidores del futbolista, que llegaron a seguir desde los despeñaderos o la playa la ceremonia en directo. “Esto parece el Tour de Francia”, bromeó desde su cuenta de Twitter, Piqué, que se presentó sin Shakira alimentando los rumores de que la cantante colombiana está cuidando su incipiente embarazo.
“Quiero dar las gracias a toda la gente que ha salido y nos ha mostrado su cariño”, dijo Iniesta en referencia a los centenares de curiosos arremolinados en la zona
. La pareja quería celebrar también el banquete en el castillo, en donde incluso hay estancias reservadas exclusivamente para los novios. Sin embargo, en la fortificación caben 350 personas y la lista de comensales de la pareja doblaba la capacidad.
 Por eso, tras servir un cóctel allí, el convite se trasladó a un recinto cercano, Mas d’en Ros. La estrella de La Roja estuvo acompañada por muchos de sus familiares y amigos de su pueblo. Además de muchos de sus compañeros en el Barcelona, estuvieron el exazulgrana Eto’o, los ex presidentes del club, Joan Laporta y Joan Gaspart, el actual, Sandro Rosell, el televisivo Risto Mejide y los cantantes de Estopa David y José Manuel Muñoz, amigos de la pareja. “Brindo por la felicidad y porque todo vaya muy bien”, concluyó Iniesta.
Los novios, Andrés Iniesta y Anna Ortiz, una vez casados. / JOSEP LLUIS SELLART