Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

17 jun 2012

Van hacer 25 años del atentado a Hipercord por ETA, no hace falta decir Banda terrorista, Eta es eso.

El ataque más sanguinario

» Veintiuna personas fallecidas (14 mujeres y 7 hombres). 15 fallecieron en el acto, abrasadas o asfixiadas, y otras 6 en los días posteriores al atentado tras una terrible agonía por las quemaduras severas en más del 80% del cuerpo.
» Cuatro de los muertos eran niños. El más joven, Jordi Vicente Manzanares, de 9 años, que falleció junto a su hermana Silvia, de 12, y su tía Mercedes Manzanares, de 30. Las hermanas Sonia y Susana Cabrerizo, de 15 y 13 años, también murieron junto a su madre, María del Carmen Mármol, de 36. La víctima de más edad fue Consuelo Ortega Pérez, de 67 años.
» Solo uno de los fallecidos, Luis Enrique Saltó Viñuelas, de 22 años, era empleado de Hipercor. Trabajaba en el departamento de decoración.
» Una de las mujeres asesinadas, María Teresa Daza Cecilia, estaba embarazada. Su marido, Rafael Morales, de 33 años, también murió en el atentado. Dejaron huérfano a un niño de siete años.
» Hubo 45 heridos, según las sentencias. Solo dos de ellos trabajaban en Hipercor: Robert Manrique, de 27 años, en la sección de carnicería, y José Francisco Domínguez, empleado de la empresa de limpieza.
» Milagros Rodríguez, de 27 años, resultó herida leve por el estruendo de los cascotes y el derrumbe del techo. Estaba embazada de tres meses y la niña, Jéssica, nació con una sordera severa que se le diagnosticó al año. En 2003, tras una larga batalla legal, la justicia la reconoció como víctima del atentado.
» Único atentado terrorista en el que la justicia declaró la responsabilidad patrimonial del Estado porque la policía no desalojó y entre el aviso de bomba y la explosión pasaron 35 minutos.
 Solo a 14 víctimas o sus familiares se les han reconocido indemnizaciones por valor de poco más de 150 millones de pesetas.
» Cuatro miembros de ETA fueron condenados por la Audiencia Nacional a penas de casi 800 años cada uno en dos juicios celebrados en 1989 y 2003. Estos fueron Josefa Ernaga y Domingo Troitiño, como autores materiales de la masacre; Rafael Caride Simón, como ideólogo del atentado y participante en el mismo, y Santiago Arrospide Sarasola, Santi Potros, como máximo responsable de la banda terrorista.
Y entonces es cuando crees en que tienes un Angel de La Guarda.

Dívar y Fuerteventura por Juan Cruz

Dívar, al llegar a Fuenteventura, pidió un coche oficial, para ir a misa, para ir a la playa. Si Unamuno hubiera sido allí la autoridad, lo habría mandado a tomar vientos, y no los de la isla.

Mi madre, una campesina canaria que odiaba tanto la solemnidad como la mentira, contaba una historia que seguramente ella escuchó a los viejos del lugar y que memorizó para no tener que explicar qué cosa era la arrogancia.
La historia es como sigue. Un ilustre noctámbulo gaditano llegó de madrugada a una posada andaluza; era tan tarde que tuvo que tocar mil veces la aldaba hasta que una mujer soñolienta y cabreada se asomó por un ventanillo gritando:
— ¡¡¿Quién demonios es?!!
El hombre se ladeó el sombrero, miró hacia arriba y se aprestó a darle la lista de sus nombres y también de sus encargos:
— ¡¡Soy don Juan de Arciniegas, caballero 24 de la ciudad de Jerez!!
Y entonces la mujer entrecerró el ventanillo, mientras exclamaba:
— ¡¡Pues váyase, que aquí no cabe tanta gente!!
Me he acordado ahora de esta historia cuando se ha sabido que Carlos Dívar, el presidente, aún, del Tribunal Supremo, usó para ir a Fuerteventura y ser recibido allí como un príncipe toda la nomenclatura que va aparejada al nombre propio.
 Como no parece que eso fuera suficiente, Dívar añadió:
— Soy la cuarta autoridad del Estado.
Qué barbaridad, la cuarta autoridad del Estado, y Fuerteventura con esos pelos.
Cuando el general Primo de Rivera, que también tenía por cada apellido un apodo y un encargo, mandó a Miguel de Unamuno al exilio (el exilio interior, en cierto modo), lo desterró a Fuerteventura.
 Cuando Franco quiso desterrar a los indeseables del Contubernio de Múnich, también los mandó con viento fresco (lo que hay en la isla en grandes proporciones, viento fresco) a la misma Fuerteventura.
Tanto Unamuno como los exiliados del contubernio llegaron y se familiarizaron con las personas, con los burros y con los camellos.
 Y con el queso, el mojo, las jareas y el gofio. Unamuno convirtió su estancia en legendaria, y fue tan generoso con la isla que incluso le regaló algunos versos inolvidables de su larga producción agónica
. Él era un sabio, y a veces podía romper el saco de la arrogancia, sobre todo cuando arribaba a los riscos de los estúpidos; pero en Fuerteventura fue uno más.
 Escandalizó a la población autóctona tomando desnudo el sol en las azoteas, descubrió para los insulares el percebe, que venía de Marruecos, pero que en aquel entonces se devolvía al mar porque se consideraba producto espurio del fondo marino más indeseable.
 Hasta entrados los años sesenta del siglo pasado, esas patas de cabra, más largas que los percebes del norte, eran manjar exquisito del bar Antonio de Gran Tarajal.
 A Unamuno le fascinó el carácter interior, casi esquivo, esencial, de aquellos majoreros, y a su alma (quintaesencia de su esqueleto) le dedicó poemas que a uno le ponen los pelos de punta.
 Viajó mucho por la isla, y halló en toda la nomenclatura de los pueblos nombres propios que puso en un altar de cal blanca y de alta poesía.
Dívar, al llegar, pidió un coche oficial, para ir a misa, para ir a la playa.
 Si Unamuno hubiera sido allí la autoridad, lo habría mandado a tomar vientos, y no los de la isla.
jcruz@elpais.es

 

 

16 jun 2012

Che Guevara, entre el fusil y la pluma

Ven la luz en forma de libro los ‘Apuntes filosóficos’, reflexiones teóricas en las que el líder revolucionario arremete contra los excesos de la ortodoxia comunista.

El Che en la selva boliviana. / CENTRO DE ESTUDIOS CHE GUEVARA
Han tenido que pasar ni más ni menos que 45 años para que Apuntes filósoficos, el último gran libro de reflexión teórica sobre el marxismo escrito por el Che Guevara, saliera a la luz.
 Casi medio siglo ha tenido que transcurrir, desde su muerte en la selva boliviana, para poder leer estas notas, en ocasiones ácidas y burlonas, en las que el líder revolucionario analiza críticamente la obra de los clásicos del marxismo-leninismo y también de autores que considera “heterodoxos y revisionistas” del socialismo.
El volumen, de más de 400 páginas, comienza con la carta que el Che envió en 1965 al dirigente histórico Armando Hart, entonces ministro de Educación, mientras esperaba en Tanzania —tras el fracaso de la guerrilla de Congo— a entrar clandestinamente a Bolivia.
“En este largo período de vacaciones le metí la nariz a la filosofía, cosa que hace tiempo pensaba hacer. Me encontré con la primera dificultad: en Cuba no hay nada publicado, si excluimos los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar, ya que el partido lo hizo por ti y tú solo debes digerir”, escribe el Che.
 Y añade con ironía: “Como método, es lo más antimarxista, pero además suelen ser muy malos.
La segunda [dificultad], y no menos importante, fue mi desconocimiento del lenguaje filosófico (he luchado duramente con el maestro Hegel y en el primer round me dio dos caídas)”.
El guerrillero cubano-argentino se muestra muy crítico con los esquemas maniqueos de los manuales filosóficos de la ex URSS, y propone a Hart, que acababa de ser nombrado secretario de organización del Partido Comunista, hacer un programa de estudios de filosofía nuevo para Cuba:
“Hice un plan de estudio para mí que, creo, puede ser analizado y mejorado mucho para constituir la base de una verdadera escuela de pensamiento; ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar”.
Shakespeare, Lenin, Baroja y Goytisolo estaban entre sus lecturas favoritas
La carta a Hart ya había sido publicada con anterioridad, pero es sólo la introducción.
 El libro incluye un gran número de inéditos, como los comentarios de Guevara a las lecturas que realizó en África, Praga, Cuba y Bolivia entre 1965 y octubre de 1967, cuando fue asesinado en el poblado de la Higuera. Tampoco había sido publicado lo catalogado como “lecturas de juventud”.
Lo primero que llama la atención es la cantidad de autores que digirió en esos dos años y medio y la amplitud de sus intereses.
 Junto al fusil, en Congo Guevara llevaba un exhaustivo índice de lecturas en una vieja agenda de teléfonos
. Entre abril y noviembre de 1965, anotó los tomos 32 y 33 de las obras completas de Lenin, la Historia de la Edad Media, de Kosminsky, el tomo 4 de las obras escogidas de Mao Ze Dong, varios tomos de las obras completas de José Martí, Aurora Roja, de Pío Baroja, La Ilíada y La Odisea, de Homero, o la polémica obra de teatro La noche de los asesinos, del dramaturgo cubano José Triana, quien después sería marginado y convertido en autor maldito en la época más gris de la cultura cubana.
Entre agosto y septiembre de 1966, mientras se encontraba en Cuba entrenándose secretamente para la aventura boliviana, marcó en su agenda Vida de Miguel Ángel, de Papini, La isla y El circo, de Goytisolo, Julio Cesar y Hamlet, de Skakespeare, Contribución a la crítica de la economía política, de Marx y la correspondencia entre Marx y Engels.
Comentario manuscrito de Guevara de 'El capital' de Marx. / CENTRO DE ESTUDIOS CHE GUEVARA
En muchos de los textos de Apuntes filosóficos, compilado por María del Carmen Ariet, del Centro de Estudios Che Guevara y editado por Ocean Press, que fue presentado el jueves en La Habana, se descubre a un Che en guerra contra la ortodoxia, como cuando glosa un pasaje de Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, de Engels.“Los científicos”, afirma, “han hecho aportaciones valiosas al campo de la filosofía y de la economía, pero la base idealista los lleva por caminos extraviados. Hay que liquidar el dogmatismo y abordar los nuevos problemas que se plantean con el espíritu abierto a cierto agnosticismo científico”.
La agudeza no significa que los comentarios del Che sean los de un revisionista.
 En ningún momento Guevara se desdice de su visión del hombre nuevo, ni de su rechazo a todo lo que huela a capitalismo.
 Estamos ante un marxista militante y su lucha es la de despojar el socialismo de ataduras doctrinarias y enfrentarse a las “tendencias burocráticas que pretendían congelar la revolución, reducirla a un solo país y aprisionarla en los pasillos ministeriales", dicho en palabras de Néstor Kohan.
El comandante no se desdice nunca de su rechazo frontal al capitalismo
“Al dogmatismo intransigente de la época de Stalin ha sucedido un pragmatismo inconsistente.
 Y, lo que es trágico, esto no se refiere solo a un campo determinado de la ciencia; sucede en todos los aspectos de la vida de los pueblos socialistas, creando perturbaciones ya enormemente dañinas pero cuyos resultados finales son incalculables", escribió Guevara al justificar sus Apuntes críticos a la economía política (2006), donde comenta del siguiente modo el capítulo de un manual soviético sobre la “construcción de la economía socialista en los países europeos de democracia popular”:
“La puntilla. Esto parece escrito para niños o para estúpidos.
 Y el ejército soviético, ¿qué? ¿Se rascó los huevos?”.
Su acercamiento teórico a la economía política es el antecedente y el complemento de estos Apuntes filosóficos, que están divididos en tres grandes bloques: sus lecturas de juventud, los cuadernos escritos en África, Praga y Cuba (1965-1966) y las notas de Bolivia (1966-1967).
Terminan, ahora sí, las obras inéditas del Che 45 años después de su muerte.

 

Mi padre, el Hemingway que se convirtió en mujer

John Hemingway, nieto de Ernest, en el Ateneo de Marbella, en julio de 2011. / GARCÍA-SANTO
 Y más si tu padre se llama Ernest Hemingway y a ti te gusta vestirte de mujer en los ratos libres y frecuentar así los bares de vaqueros de Montana.
Es lo que hacía Gregory Hemingway, el más pequeño de los tres retoños, todos varones, del gran escritor paradigma de héroe muy macho.
Gregory, conocido familiarmente como Greg y Gigi, tuvo una relación muy conflictiva con su famoso y difícil padre, en la que no ayudó que durante una estancia en 1952 en casa del novelista en Cayo Hueso, Cuba, el hijo le sustrajera –para usarlas– varias prendas de ropa a su madrastra Mary, la cuarta esposa de Ernest Hemingway, y al ser descubierto el robo acusara a una criada.
Ernest y sus hijos Patrick y Gregory, en Cuba, hacia 1940. Una imagen incluida en ‘Hemingway: Homenaje a la vida’ (Mariel Hemigway, Editorial Lumen) / COLECCIÓN HEMINGWAY
El vergonzoso episodio provocó un áspero cruce de cartas entre padre e hijo en el que el primero –que ya había pillado al segundo de niño probándose unas medias– denominaba al vástago “delincuente adolescente” y “buitre”, se refería a su “condición patológica”, le echaba en cara “no ser capaz de comportarte como un hombre” y remataba con lo que ha de doler mucho si te lo recrimina Hemingway, nada menos: “El deterioro de tu caligrafía y de tu ortografía es un síntoma muy alarmante de tu enfermedad”.
El hijo no se quedó corto en el intercambio: “Monstruo abusivo empapado en ginebra” (dos o tres botellas diarias), “mierda egocéntrica”, “cabronazo” y una terrible advertencia: “Morirás sin que nadie te llore y básicamente sin que nadie te quiera a no ser que cambies, papá”.
Hemingway no cambió: no hubiera sido Hemingway. Sí lo hizo, y mucho, su hijo: en 1994 se sometió a una operación de reasignación de sexo y se convirtió en mujer bajo el nombre de Gloria, con el alias añadido de Vanessa.
“Problemas con los padres los tenemos todos, es una historia interminable”, reflexiona al otro lado del teléfono desde Montreal el hijo de Gregory y nieto de Ernest, John Hemingway.
Este Hemingway de tercera generación, primo hermano de Margaux y Mariel (hijas del primogénito del escritor y único hijo con su primera mujer Hadley Richardson, Jack Hemingway) edita ahora en castellano un interesantísimo y muy emotivo libro sobre la conflictiva relación de su padre con su abuelo y la suya propia con su progenitor que, como pueden imaginar, también tuvo sus complicaciones (pasaron 10 años sin hablarse).
 Es una obra (Los Hemingway, una familia singular, Planeta, título original Strange tribe: a family memoir) que arroja muchísima información sobre el conjunto del clan Hemingway –especialmente en términos de mal rollo– y nueva luz sobre el autor de París era una fiesta. También tiene algo de exorcismo. “He querido entender a mi padre y arreglar las cosas con él, y en el proceso he visto lo obsesionado que estaba mi padre de manera similar con el suyo, con el que mantenía una relación de amor-odio.
 Lo detestaba y a la vez lo extrañaba y se sentía culpable de su suicidio en 1961”.
“Hay algo que no nos funciona, pero nuestra desgracia no es ser famosos ni el vudú, sino la genética, una tendencia a ser bipolares. Margaux, muerta de sobredosis, padeció la enfermedad. Yo no”
Gregory (1931-2001) y su hermano Patrick (1928) son los hijos que Ernest Hemingway tuvo con su segunda mujer, Pauline Pfeiffer. Gregory, según relata su hijo, no disfrutó lo que se dice una vida muy armónica: sufría de psicosis maniaco-depresiva, se travestía, se casó cuatro veces, tuvo siete hijos de tres de sus mujeres, fue detenido por diversos escándalos públicos –el último al pasearse en bragas (!) frente al Seaquarium de Miami– y falleció de infarto en octubre de 2001 mientras estaba preso en una celda en el centro correccional de mujeres del condado de Miami-Dade.
 Su hijo resigue su vida en el contexto de la familia Hemingway y traza un retrato pasmoso, doloroso pero muy humano, de seres sacudidos de lo lindo por la inestabilidad mental, el alcohol, el desamor y la fama.
 Gente con un talento especial para herirse entre ellos, por asuntos de afecto o dinero. No es el menor de los méritos del libro, consagrado a la comprensión, la redención y la reconciliación –aunque no anda escaso de mala baba–, que al cerrarlo te consueles pensando que hay familias más complicadas que la tuya.
Después de dos hijos varones, el mayor de los cuales peleó audazmente como paracaidista en la II Guerra Mundial cayendo prisionero de los nazis y el segundo se convirtió en cazador profesional en África, Hemingway quería una niña.
 Y llegó Gregory. Decepcionados, él y su mujer, lo pusieron en manos de una institutriz alcohólica y cruel. Gigi trató de ser un Hemingway clásico: cacerías en Tanganika, boxeo, mujeres, incluso se alistó brevemente en la 82ª Aerotransportada; pero no pudo.
“Ha sido un libro difícil de escribir”, explica John Hemingway, “observar todo ese sufrimiento…”. Le pregunto, intentando ser delicado, por la transexualidad de su padre. “Mi padre era quien era. La persona es la persona. Eso no cambia con el sexo, como no cambió mi cariño por él”.
Una vez cuando John le preguntó a su padre porqué se travestía este le contestó que le ayudaba a “gestionar el estrés”.
La tesis de John Hemingway es que su padre no fue en absoluto una “oveja negra” o una “manzana podrida” en el seno de la familia sino un producto característico de la misma.
Visto lo visto –de las terapias de electrochoque a los abundantes suicidios (Ernest, su padre, un hermano, una nieta…)– es difícil no darle la razón.
Se ve que algunos Hemingway se tienen por los Kennedy de la literatura y piensan que arrastran una maldición semejante.
 Aunque John Hemingway matiza: “Hay algo que no nos funciona, pero nuestra desgracia no es ser famosos ni el vudú, sino la genética, una tendencia a ser bipolares. Margaux, muerta de sobredosis, padeció la enfermedad. Yo no”.
“Entendí que el abuelo no era el macho puro que muchos pensaban, y eso me sirvió para comprender mejor a mi padre. Eran dos caras de la misma moneda”.
El nieto del escritor se esfuerza en demostrar que los mismos desórdenes psicológicos e impulsos que llevaron a Gregory no solo a la autodestrucción y la infelicidad sino al travestismo y la transexualidad latían en el propio Ernest Hemingway, ese icono de la masculinidad que usaba una metralleta Thompson para mantener a raya a los tiburones cuando pescaba.
 Hace tiempo que sabíamos que existían fisuras en el corajudo y correoso Papá Hemingway, que resultaban sospechosas tanta sesión de boxeo, desesperada búsqueda del riesgo, caza de búfalos, vigorosos duelos con los grandes marlins fusiformes, misoginia –“las mujeres son un estorbo en un safari”–, corrida y viril fanfarronería (para un espectacular retrato del escritor véase Hemingway, homenaje a una vida, Lumen, 2011, presentado por su nieta Mariel).
 John Hemingway subraya que en realidad marcó mucho a su abuelo el que lo vistieran de niña de pequeño y lo presentaran como la gemela de su hermana Marcelline.
 Eso le hizo ser proclive a la fascinación con los cambios de rol entre géneros y la androginia, asunto que puede observarse en su literatura si trasciendes el cliché
. “Entendí que el abuelo no era el macho puro que muchos pensaban, y eso me sirvió para comprender mejor a mi padre. Eran dos caras de la misma moneda”
. Ambos compartían además, según el nieto, un notable descuido por la higiene personal. Aunque, lo que hay que ver, Ernest ya vestía de Abercrombie & Fitch para sus aventuras outdoor.
Ya decía yo que había visto en algún sitio esas camisas de cuadros tan a la moda.
Las madres no han compensado precisamente mucho en los Hemingway la mala relación con los padres. Ernest detestaba a su madre, Grace. Gregory –el chaval tan mono en las fotos de Robert Capa con su padre en Sun Valley en 1941– dijo de la suya, Pauline: “Yo odiaba a aquella zorra.
 Nació sin instinto maternal. Nunca me cogió en brazos”. John ha tenido problemas con la suya propia, Alice: esquizofrénica, sumida en hondas crisis nerviosas y alcohólica, quiso ser monja y dejó de lado a sus hijos que como puede suponerse tampoco tuvieron un apoyo muy estable en el padre.
No puedo dejar pasar la oportunidad de preguntarle al nieto de Hemingway qué pensaría el autor de Verdes colinas de África de la cacería de elefantes del Rey. “Conozco la controversia. No puedo hablar por mi abuelo pero conociendo sus posiciones conservacionistas en pesca y caza –algo que puede sorprender a muchos– creo que hoy no estaría de acuerdo. África no es lo que era. Y él hubiera sido sensible a la nueva realidad y a los peligros de extinción de la vida salvaje”.