Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

13 jun 2012

Las hijas de Sorolla vuelven a casa (por un tiempo)


El cuadro 'Elena en la playa', de Sorolla.
Por primera vez el museo Sorolla, en Madrid, expone dos retratos de las hijas del pintor, María vestida de labradora valenciana, de 1906, y Elena en la playa (1909), procedentes de la colección de un particular. "Hemos querido que estén aquí [en el museo] por su excepcional calidad", dice la conservadora Almudena Hernández de la Torre. El primer cuadro, el de María Sorolla, óleo con unas medidas de 189 x 95 centímetros, "es un retrato al exterior" en el que la hija mayor del artista, que entonces tenía 16 años, fue pintada bajo la sombra de un árbol y lleva el traje típico de las labradoras valencianas.
De ese cuadro, Sorolla, en una carta a su amigo Pedro Gil Moreno de Mora, que le compró después el cuadro, dijo que era "una sensación de luz". Esta obra permanecerá en la pinacoteca hasta mayo de 2013 porque formará parte de la exposición Sorolla, jardines de luz, que podrá verse en el propio museo.
'María vestida de labradora valenciana'.
Mientras que Elena en la playa, otra obra de grandes dimensiones (201 x 125 centímetros) está dominada por el azul del mar y el vestido blanco de la joven, que entonces contaba 14 años
. Este cuadro tiene además un valor sentimental porque siempre se le ha considerado la pareja de la obra Paseo a orillas del mar, también de 1909, en la que el artista pintó en esa misma playa a su mujer, Clotilde, y a su otra hija, María. "De este cuadro se decía que faltaba Elena", añade Hernández de la Torre. Estos dos óleos complementarios no se exponían juntos desde hacía más de un siglo. La última vez fue en 1911, en las ciudades estadounidenses de Chicago y San Luis.
Elena en la playa estará tres meses en su caballete en la sala taller del museo, la más amplia de este centro. El museo Sorolla ya cuenta con tres retratos individuales de María y uno de Elena, y además posee varios en los que se retrató a toda la familia.

El morbo de la monogamia

El morbo de la monogamia

Por: | 13 de junio de 2012
Dormir desnuda en verano es un capricho para mí, sobre todo cuando las sábanas están limpias con un olor leve de detergente y suavizante.
 Cuando las huelo, me las imagino secándose en el sol del Mediterráneo y disfruto su tacto y su frescor al acariciar mi piel. Es puro placer sensual  a veces tan intenso que me resulta dificil de soportar.
Con el tiempo he aprendido que este olor a sábanas limpias puede significar diferentes cosas a otras personas. Recuerdo un amigo que se obsesionó por este detalle durante una fase de promiscuidad.
 Cada vez que tenía una aventura de una noche, nada más despedir por la puerta a sus amantes, se iba corriendo hacia la cama para quitar las sábanas y ponerlas en la lavadora de inmediato.
 Afirmaba que no quería notar ningún rastro de sus amantes casuales.
 No obstante, ahora que se encuentra inmerso en una relación monógama, cambia las sábanas con menos frecuencia porque quiere recordar la presencia de su pareja en su cama tanto como sea posible. Cuando uno está enamorado, estos pequeños recordatorios significan mucho.
Venus O'Hara por Guy Moberly
Venus O'Hara por Guy Moberly

Reirán hasta Bloomsday y después

Reirán hasta Bloomsday y después

Por: | 12 de junio de 2012
El ministro irlandés de Educación es calvo y corpulento, como una cama sin hacer, que decía Sean Connery en La Casa Rusia.
 Se llama Roairi Quinn y es arquitecto; a él se debe que los nacionalistas ultrarreaccionarios de Dublín no acabaran con los vestigios del estilo georgiano, que consideraban una agresión al gusto patrio
. Y por eso hoy Dublín sigue siendo la ciudad que amaron, y odiaron, Beckett y Joyce, quienes, como escribió el primero, jamás se fueron de esta isla aunque desarrollaran su vida y su literatura de uñas con la vida en otras geografías muy distantes.
Dublín es una ciudad a la escala del hombre que camina, es el escenario, aún, que siguió Bloom en aquel 16 de junio que ahora conmemorarán, como conmemoran la aventura de Ulises, con todos los ritos y los requisitos que abundan en la jornada más memorable de la literatura escrita por un irlandés.
Siempre que veo a un irlandés corpulento me acuerdo de los dublineses de Joyce, de los que se disfrazan en Bloomsday y de los que, antes y después del rescate al que los ha sometido la Unión Europea, se siguen riendo en las barras de los pubs y en las esquinas de las calles. Quinn llegó a un acto en el que se iba a hablar de El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, sonriente y vital, y ante los españoles que estábamos en el Instituto Cervantes, comandados por el embajador Javier Garrigues y por la directora del centro, Rosa León, nos espetó: "¡Bienvenidos a la troika!"
Viven este periodo de excepción con algunos datos escalofriantes que tienen el valor terrible de los nombres propios: el desempleo es galopante, afecta sobre todo a los jóvenes, y éstos se están yendo de Irlanda; es una sociedad diezmada que ahora es, otra vez, una sociedad que emigra, a América, están protagonizando otra vez la diáspora de sus leyendas; las calles son ahora paseos dominicales que, bajo el sol que ahora cae como una mano que predice Bloomsday, se vacían de coches y de ruido; como si Dublín se acercara a la atmósfera que debió vivir aquel día en que se inició, y acabó, la excursión de Leopoldo Bloom.
Pero la gente ríe, le dije al ministro
. Y Quinn, riendo él mismo, dijo que sí, ríe la gente, reirá hasta el Bloosmday, y después, y para reír no hay que pagar ni peajes ni rescates. ¿Una sociedad confiada?
 No, una sociedad acostumbrada, al buen humor y a la herida, que curan, dicen, con whisky hecho de lágrimas...
Le conté a un amigo el clima que encontré en esta Irlanda vigilada, como vamos a estarlo nosotros, por la troika.
 Y éste me contó que un día la policía detuvo a un joven que estaba pintando un graffiti en la casa donde habitaba una anciana. La anciana corrió detrás de los guardias reclamándoles que el chico siguiera pintando, le daba alegría al edificio.
 Así están, arañando alegría, dándole a la vida la oportunidad de que no los entierre en la arena. Respirando con la misma ansiedad con que respiran los peces fuera del agua. 

Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury por Luis Junco

Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury


La semana pasada, en su casa de Los Ángeles y con 91 años de edad, murió Ray Bradbury, escritor de referencia para todos aquellos que nos gusta la literatura y en particular la ciencia ficción. Una buena parte de mi generación fue marcada por sus dos más importantes libros: Crónicas marcianas y Fahrenheit 451. Y sin embargo, antes de estas dos obras de referencia, yo le conocí a través de otro pequeño relato que aparecía en un número de una de esas revistas publicadas en los años sesenta y que mi padre coleccionaba. ¿Tal vez Selecciones Reader´s? No puedo asegurarlo, pero sí que aquel relato, que se titulaba Las manzanas doradas del sol, me impresionó. Como volvió a impresionarme cuando lo leí otra vez mucho más tarde, en una edición que recogía el conjunto de cuentos bajo ese mismo nombre y que publicaba la Editorial Minotauro.
El relato Las doradas manzanas del sol nos narra la expedición de un grupo de humanos que a bordo de la nave interplanetaria Prometeo tiene como objetivo arrancar del Sol un pequeño trozo de su superficie y traerlo a la Tierra. De la misma manera que hacía un millón de años –en palabras de la propia narración– un hombre desnudo en una senda norteña vio un rayo que hería un árbol y recogió una rama ardiente que dio a su gente el verano, ahora el grupo de expedicionarios siderales quería obtener aquel otro fuego que llevaba en su seno el secreto de su energía inacabable, los frutos dorados de aquel árbol en llamas.
En el momento más arriesgado de la misión, sobrecogía la descripción de cómo el capitán de la nave, con una leve torsión de su mano enfundada en un guante robot, movía allá una enorme mano con gigantescos dedos metálicos que arañaban la candente superficie y obtenía en su vasta copa de oro un trozo de la carne del Sol, la sangre del universo, la enceguecedora filosofía que había amamantado a una galaxia. Y cómo, con aquella prodigiosa carga, el pulso de la nave se aceleraba, el corazón batía con violencia, hasta que por fin se apaciguaba y los expedicionarios podían regresar.
Y de igual forma que al final de la narración la nave Ícaro (que así también se llamaba) se hundía rápidamente en la fría oscuridad alejándose de la luz, así Ray Bradbury ha emprendido su último viaje.
Además de su recuerdo, para calentarnos nos deja relatos tan emocionantes como estas doradas manzanas del sol.