Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

6 jun 2012

Marina Castaño deberá pagar cinco millones de euros al hijo de Cela

Cuando murió hace exactamente una década, Camilo José Cela (Padrón, 1916 - Madrid, 2002) era insolvente
. Los bienes patrimoniales, cuentas y derechos sobre su obra e imagen no estaban en sus manos, se habían evaporado en una operación de blindaje y “donaciones encubiertas”, según los jueces
. Hoy, su herencia real – un caudal de unos 8 millones de euros- sigue en disputa. La Audiencia de Madrid ha dictado una sentencia que da, otra vez, la razón a su único hijo, Camilo José Cela Conde, en su reclamación testamentaria, como perjudicado contra la heredera universal, su viuda, Marina Castaño, y la Fundación Camilo José Cela de Galicia.
En 2010 un juez de lo civil de la capital ya se pronunció en el mismo sentido, a favor del hijo, contra los deseos y maniobras mercantiles de su padre y, directamente, contra los intereses de la viuda y segunda esposa del autor de ‘La familia de Pascual Duarte’, la periodista Marina Castaño, por “la transmisión onerosa simulada”.
 Ella y las sociedades patrimoniales que creó su esposo, así como la fundación Camilo José Cela de Galicia, que recurrieron el primer revés judicial, deberán afrontar ahora un pago de más de cinco millones de euros. Existe la vía del posible recurso al Tribunal Supremo pero el heredero puede exigir la ejecución de la sentencia.
 En distintas ocasiones se ha frustrado el posible acuerdo de compensación económica real por parte de Marina Castaño a Camilo José Cela Conde.
La evaluación de los derechos de Cela Conde sobre el caudal de la herencia Cela Trulock suman, según los datos de la sentencia y la evaluación que hace su abogado, Miquel Capellà, 3,9 millones de euros por los bienes y derechos traspasados a las sociedades, Palabras y Papeles y Letra y Tinta, más 1,1 millón por las donaciones efectuadas por el Nobel a la Fundación Camilo José Cela de Galicia.
Cela hijo pleitea en defensa de sus derechos legítimos contra el testamento de su padre –que quiso desheredarlo- y los de su viuda, Marina Castaño, para obtener las dos terceras parte del legado patrimonial legitimario del autor de ‘La Colmena’.
 Cela Conde, catedrático universitario y escritor, fue marginado expresamente por su padre en 1991 al nombrar a Marina Castaño heredera universal.
 Cela padre y Cela hijo se distanciaron -y pleitearon en vida- a raíz de diferentes crisis familiares.
Rosario Conde Picabea, primera esposa de Cela, contribuyó con parte de su actividad y bienes, al patrimonio conjunto y a la dotación de la Fundación Cela.
 El descendiente defiende los derechos de su propia hija y nieta del capital escritor, Camila Cela Marty, que es la heredera del marquesado de Iria Flavia, título con que el Rey distinguió al Nobel y ostenta ahora su hijo. La nieta -universitaria ya- apenas trató de niña a su abuelo.
Tras dejar Palma, instalarse en Madrid y unir su vida a la de Marina Castaño, Camilo José Cela creó en 1996 y 1997 un entramado societario, mediante contrato privado y escritura pública, Palabras y Papeles y Letra y Tinta, al que derivó sus bienes y derechos.
 La sentencia de la Audiencia de Madrid estipula que deben reconducirse 3,9 millones al caudal hereditario, así como los derechos generados por la explotación desde la muerte del autor
. Además la donación de bienes efectuada por Camilo Jose Cela a la fundación Cela de Galicia, por valor de 3,7 millones, es “inoficiosa” y se debe reducir en más de un millón (1,1) por exceder, según los jueces, “la cuota disponible” para no cercenar los derechos del heredero.

Cela dio por pagado a su hijo con un 'miró apuñalado'

Más de una década antes de morir, en 1991, el novelista y académico dictó su testamento en el que declaró a su esposa Marina Castaño única heredera universal.
 Cela determinó entonces que su hijo resultó “totalmente” satisfecho en su parte de la legítima con una donación anterior de un cuadro, un óleo de Joan Miró.
 Se trataba de la pintura del artista catalán sobre un ‘falso miró’ que Cela apuñaló cuando el pintor le advirtió que era una burda imitación.
 El creador de ‘Papeles de Son Armadans’ desveló que su amigo Manuel Viola había realizado un divertimento.
 Con teatralidad, Cela sacó un cuchillo de monte y rasgó la tela en diagonal en presencia del genio catalán, su vecino suyo en Palma de Mallorca.
En 1972 Miró pintó encima otra obra suya, así pues auténtica
. Dedicó la obra, según la leyenda escrita a pincel, en el revés de “una falsa tela apuñalada” que renació tras ser zurcida.
Aquel ‘miró rasgado’ valorado en 100.000 euros en autos judiciales, tuvo un final también peliculesco.
Cela Conde vendió la obra tras ofrecerla infructuosamente a diferentes instituciones.
 Tras una subasta y exhibición en una estación de esquí italiana, con intermediarios en salas de subasta de Barcelona, el ‘miró’ pasó a otras manos sin que su dueño percibiera aquello que esperaba.
En noviembre de 1996, la tela de la herencia se vendió por 216.000 euros y el galerista intermediario de Barcelona solo le pagó a cuenta a Camilo José Cela Conde unos 24.000 euros.
 El heredero demandó por estafa al intermediario en la venta.

Un fantasma vuelve a recorrer Europa

Una edición del 'Manifiesto comunista' ilustrada por Fernando Vicente triunfa en la Feria del Libro empujada por la incertidumbre de la crisis.

 

Ilustración para el 'Manifiesto comunista' / FERNANDO VICENTE
Una edición del Manifiesto comunista bellamente ilustrada por Fernando Vicente, y publicada por una pequeña editorial, Nórdica, se ha convertido en éxito de ventas durante la Feria del Libro de Madrid.
 En circunstancias diferentes de las actuales, tal vez bastaría buscar la explicación en los innumerables caprichos que, de acuerdo con los editores, deciden la suerte de los miles de títulos que aparecen cada año. La crisis, en cambio, sugiere indagar en otra dirección: aparte de entender lo que está pasando, parecería que los lectores quieren saber si existen alternativas y en qué consisten.
Los panfletos de la indignación, siempre con sus títulos conminatorios, habrían cubierto ese espacio desde que estalló la crisis y la respuesta de los Gobiernos se ajustó de forma unánime, e imperativa, a los programas defendidos por los partidos conservadores en tiempos de bonanza.
Puesto que Marx y Engels redactaron una enmienda a la totalidad del sistema capitalista hoy de nuevo en crisis, puede que detrás del inesperado éxito de la reedición del Manifiesto comunista se encuentre cuando menos la curiosidad de revisar esa enmienda y dilucidar en qué aspectos podría seguir vigente y constituir una esperanza para unos países que están perdiendo casi todas.
El segundo congreso de la Liga Comunista, celebrado en noviembre de 1847 en Londres, encargó la redacción de un programa de acción a Marx y Engels, quienes lo dieron a la imprenta en febrero del siguiente año
. Las ediciones y traducciones se multiplicaron a un ritmo vertiginoso desde entonces, algunas tan singulares como la de Bakunin al ruso en 1860, y los autores no dejaron de congratularse en cada nuevo prólogo de los muchos que redactaron para presentar el Manifiesto.
“Me veo, por desgracia, en la obligación de firmar solo el prólogo a la presente edición alemana”, escribe Engels en 1883, fecha en la que se produce en sutil punto de inflexión, “Marx, el hombre al que la clase obrera de Europa y de América, considerada globalmente, debe más que a cualquier otro, Marx reposa en el cementerio de Highgate y sobre su tumba crece ya la primera hierba”.
A partir de 1883, Engels desea que “figure en el frontispicio del propio Manifiesto” el reconocimiento de que pertenece a Marx, de que es una intución “única y exclusivamente suya”, la idea de que “la historia entera ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominadoras y dominadas”.
 Más allá del tributo personal al amigo, Engels viene a decir en ese prólogo que, como señaló todavía junto a Marx en el de 1872, el Manifiesto debía entenderse como un documento histórico más que como un programa político. Si en 1872 los autores hablaban de la necesidad de correcciones para ponerlo al día, una década más tarde Engels, muerto Marx, da a entender que no se cree legitimado para introducirlas por su cuenta.
La condición de documento histórico que adquiere el Manifiesto a partir de 1883 le priva sin duda de su eficacia como programa político, pero le concede, en contrapartida, el atributo necesario para su éxito, la intemporalidad.
 El atributo suficiente derivará del género literario al que subrepticiamente se inscribe, y que es el de los relatos escatológicos para explicar el devenir del mundo.
A partir de esa intuición que Engels reconoce como “única y exclusivamente” de Marx, los fundadores del socialismo científico redactan en apenas un centenar de páginas una gigantomaquia en la que el papel eterno de los explotadores y los dominadores es interpretado por el personaje de la burguesía, a la que se le opone en el papel de los explotados y los dominados, también eterno, el del proletariado.
A lo largo del Manifiesto se asiste entonces a las vicisitudes excepcionalmente bien narradas de un enfrentamiento ancestral, que evoca por momentos las del Gilgamesh y Enkidu babilonios o las de los ángeles bíblicos y sus espadas de fuego.
 Los hallazgos literarios del Manifiesto son tan abundantes como en los mejores poemas épicos de la antigüedad, como cuando Marx y Engels hablan del comunismo como “un fantasma que recorre Europa” o describen la crueldad que entonces imperaba en las relaciones de trabajo, igual que sigue imperando ahora, como “aguas heladas del cálculo egoísta”.
 Al igual que sucede con las obras que el transcurso del tiempo ha consagrado como clásicas, qué cerca y al mismo tiempo qué lejos de lo que dicen se encuentran los lectores de las sucesivas épocas.

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