Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 abr 2012

Las siete vidas de Nuria Espert


La actriz Nuria Espert / JORDI SOCÍAS
No hay en nuestra escena otra mujer de teatro (actriz, directora, empresaria) con la trayectoria, el vuelo, el gusto por el riesgo, la entrega y la generosidad de Nuria Espert.
 De su larga carrera, que todavía parece lejos de terminar, hemos seleccionado siete funciones. Siete rostros, siete puntos de inflexión. Siete saltos. O, si prefieren, siete vidas.
1 Medea (1954)
La joven Espert, 19 años, en el escenario del teatro Griego de Barcelona, recibe, ojos entrecerrados, la oleada de aplausos que remata el estreno de Medea. La ovación, como un vendaval sobre su rostro, parece no acabarse nunca. Si esto fuera una película insertaríamos sobre esa imagen un mosaico de flashbacks. Espert niña, con coletas, recitando la Sonatina de Rubén Darío en un nido de arte. Público arrobado, rostros extáticos de sus padres. Espert adolescente, en el Romea, vestida de gato, vestida de criadita, vestida de vampiresa. Tras las cortinas del teatro, entre cajas, observando, bebiendo casi, la interpretación de la veterana Emilia Baró, su primer faro. Espert y Julieta Serrano, también adolescente, contemplando, maravilladas, al joven Paco Rabal en el Edipo de Tamayo. Una página de diario gira velozmente sobre sí misma y queda fija: “La gran Elvira Noriega protagonizará Medea a las órdenes de Antonio de Cabo y Rafael Richart”. La Espert, ensayando con el coro trágico, en el Salón del Tinell. Súbito revuelo de los directores, que se llevan las manos a la cabeza, mientras vemos otro inserto de periódico: “Elvira Noriega, indispuesta, suspende”. Una farola. Travelling descendente hasta la Espert ensayando, de madrugada, en los jardines del hospital de la Santa Cruz con Juan Germán Schroeder, autor de la versión y su principal valedor en la compañía. Ella: “Oh, dioses conyugales, que habéis sido custodios de mi tálamo nupcial…”. Él: “Más alto, Nuria, más alto. Vete al fondo y repite, que no se te oye”. Volvemos al plano de la noche del estreno. Contraplano: el público del Griego, puesto en pie. Sucesión de insertos de críticas: “Maravillosa”, “Revelación”, “Extraordinaria”, “Ha nacido una actriz”.
 Un autocar, con la compañía De Cabo-Richart, recorre España. En sobreimpresión, los nombres de las ciudades (salvo Madrid, la más codiciada). La actriz recuerda: “A la vuelta, con el dinero de aquella gira, mi madre y yo instalamos el teléfono, para contestar el aluvión de llamadas ofreciendo grandes papeles. Teléfono que no sonó ni una sola vez durante todo el año siguiente: primera lección aprendida sobre los altibajos de esta bendita profesión”.
2 Las criadas (1969)
“Una noche, una señora de la alta burguesía catalana me tiró un bolso a la cara. Sin dinero,por cierto”, dice la actriz sobre ‘Las criadas’ (1969)
Han pasado 15 años. Armando Moreno, su marido, su director, el empresario de su compañía, le ha dicho: “Yo ya te he enseñado todo lo que sé. Ahora, para crecer, has de buscar a los mejores”. Arrabal les ha hablado de un tal Víctor García, “un joven genio argentino que acaba de ganar el premio a la mejor dirección en el Festival de Belgrado”. Flechazo absoluto.
Deciden hacer, en programa doble, Los dos verdugos, de Arrabal, y Las criadas, de Genet. Los dos verdugos son Carlos Ballesteros y Gerardo Malla. Las criadas son Nuria Espert y Julieta Serrano; la señora es Mayrata O’Wisiedo. Ocho horas diarias de ensayos. Víctor García no hace lecturas, no analiza el texto, no da indicaciones psicológicas. “Era”, dice la Espert, “un coreógrafo emocional. Nos movía, nos sacudía, nos hacía aullar, agotar todas las posibilidades del texto”.
Los dos verdugos no pasa la censura: Robles Piquer, mandamás de Cultura, se enfurece al ver que el decorado es un tanque, y les acusa de subversivos. Lusarreta, el empresario del Reina Victoria, manda sacar el tanque a la calle, bajo la lluvia. La profesión despide el duelo desde el Buffet Italiano.Malos tiempos: en enero de 1969 se decreta el estado de excepción. Como protesta, Peter Weiss, el autor de Marat-Sade, decide suspender las representaciones del espectáculo de Marsillach, el gran éxito del momento, en el Poliorama barcelonés. El empresario Balañá les llama por si tienen algo para llenar el hueco. Armando Moreno cae en la cuenta: “¡No han prohibido Las criadas!”.
El estreno tiene lugar a principios de febrero, sin apenas publicidad. Catorce paneles verticales de aluminio, una rampa inclinada, un lecho central cubierto de satén negro. Las actrices calzan altísimos coturnos. La crítica las machaca.
“No nos hicieron”, cuenta, “ni una entrevista. No venía nadie al teatro. Y los que venían nos abucheaban. Una noche, una señora de la alta burguesía catalana me tiró un bolso a la cara. Sin dinero, por cierto”.
De repente, un telegrama: les invitan a presentar el espectáculo en Belgrado. Acogida apoteósica, público puesto en pie, Gran Premio del jurado. A la vuelta estrenan en el Fígaro, el 9 de octubre. Se repite el éxito de Belgrado y, al revés que en Barcelona, llenan el teatro durante meses, aunque luego les prohibirán la gira por España. “Las criadas fue el mejor espectáculo de Víctor García y el mejor que he hecho nunca. Redondo, perfecto, terriblemente arriesgado. Aquella función me cambió la carrera y la vida”.
La actriz Nuria Espert. / JORDI SOCIAS
3 Yerma (1971)
Imposible resumir la aventura de Yerma, el espectáculo que consagra a Nuria Espert y la propulsa internacionalmente a lo largo de una gira mundial (Estados Unidos, Rusia, Sudamérica, Japón) de cuatro años y más de dos mil representaciones, que se dice pronto. Para Peter Brook, Yerma supuso un antes y un después en el teatro europeo. Y, desde luego, nunca hubo nada igual en el teatro español. “Pudimos hacerla”, cuenta, “porque en los sesenta la había hecho Aurora Bautista con Luis Escobar. Pero, desde luego, los censores no esperaban aquel estallido de los sentidos, aquella ceremonia pagana de sexo y muerte en que la convirtió Víctor”.Destellos, como imágenes vistas desde un tren a toda velocidad: la primera intuición de la lona en una servilleta con la que Víctor García juega e imagina el espectáculo, en un bar de Granada; el llanto emocionado de la compañía cuando la lona (de 120 metros cuadrados, que debía soportar el peso de 15 actores hasta una altura de 18 metros) subió por primera vez, en la Aliança del Poble Nou; las prohibiciones, función tras función, durante todo un año; el estreno en la Comedia, el 30 de noviembre de 1971, en medio de un apabullante despliegue policial que rodeó el teatro desde dos horas antes. Y de las mil historias reseñables, un recuerdo cómico que pudo ser trágico: “En Nueva York, en la Brooklyn Academy of Music, se soltó un tensor en plena función. Cuatro actores salieron disparados como por un tirachinas. Yo me quedé muda. Por suerte, solo fueron unos arañazos. Entra Dino de Laurentiis en el camerino y dice: “¡Qué pasión, qué fuerza, cómo se nota que sois latinos! Aquí, los sindicatos nunca permitirían esa escena maravillosa en la que los chicos salen volando”. Con nuevos repartos, Nuria Espert seguiría representando Yerma durante los 15 años siguientes, que también se dice pronto.
4 The houseof Bernarda Alba (Londres, 1985)
Su debut como directora, y además en inglés, “que aprendí en cuatro meses, a razón de cuatro horas diarias”. Una propuesta del Lyric Theatre de Hammersmith, en Londres. Una puesta muy concreta, muy realista, en las antípodas de la Yerma de Víctor García. Escenografía y vestuario de sus eternos cómplices Ezio Frigerio y Franca Squarziapino: espacio desnudo, como el patio de un reformatorio o un pozo de paredes blancas. Siete semanas de ensayos. Estelar cabecera de cartel: Glenda Jackson como Bernarda, Joan Plowright como Poncia. “Estuvieron grandiosas”, cuenta, “pero todas las miradas se concentraron en Amanda Roth, una Adela extraordinaria y casi debutante: aquel trabajo disparó su carrera”. Premio Olivier al mejor espectáculo del año, premio del Evening Standard a la mejor dirección. A los tres meses, The house of Bernarda Alba pasó al West End: Gielgud Theatre, en Shaftesbury Avenue. Michael Billington, el crítico de The Guardian, escribió: “Nuria Espert le ha abierto a Lorca de par en par las puertas de la escena británica”. (Y, de paso, le abrió a ella, curiosa carambola, las puertas de la escena operística, desde el Covent Garden hasta la English National Opera).
“Era la primera vez que hacía un monólogo, y aquella hora y media resultaba agotadora”,recuerda sobre la obra ‘Maquillaje’ (1990)
5 Maquillaje (1990)
Una función de difícil gestación y duro recuerdo. Maquillaje era un texto de Hisashi Inoue que Espert descubrió en Japón a finales de los ochenta: el monólogo de una vieja actriz que se dispone a dar su última representación antes de que derriben su teatro. Comenzó a ensayarla con el director Koichi Kimura. En mitad, en Londres, la abatió una fortísima depresión, nacida de encadenar un proyecto tras otro. En 1990 volvió a Tokio para trabajar de nuevo con Kimura, que viajaría luego a Valencia hasta completar el trabajo, respaldado por el Centro Dramático de la Generalitat Valenciana. Maquillaje se estrenó en el Rialto y se presentó luego en el Lliure y en la madrileña Sala Olimpia. “Era la primera vez que hacía un monólogo”, cuenta, “y aquella hora y media en el escenario resultaba agotadora. Es de los trabajos más desnudos y extenuantes que he hecho: hablaba a una velocidad desmesurada mientras realizaba cientos de acciones. El cuerpo hacía unas cosas y la boca decía otras. Contra todo pronóstico, por la dureza del texto y lo extremo de la propuesta, gustó mucho al público. Me la pidieron de toda España. Me presentaba casi como una cómica de la legua, con solo dos técnicos que montaban decorado y luces. Prefiero hacer veinte Medeas que volver a hacer Maquillaje, pero valió la pena”.
6 La gaviota (1997)
En 1995, Nuria Espert propone a José María Flotats protagonizar La gaviota, de Chéjov. El actor y director le ofrece montarla, en catalán (La gavina), en el futuro TNC. Los ensayos comienzan en la primavera de 1997, mientras arrecia una campaña contra Flotats, que será destituido de su cargo poco antes del estreno. “Estrenamos a mediados de octubre, en pleno vendaval, firmando notas de apoyo, con el teatro a rebosar y con una sorprendente ausencia de la clase política catalana. El espectáculo, que tenía que reponerse y entrar en repertorio la temporada siguiente, murió, por decreto, al poco tiempo”. En la memoria, un montaje bellísimo, con un gran reparto en el que figuraban el propio Flotats, Ariadna Gil, Pere Arquillué, José María Pou, Mercé Pons, y un largo y espléndido etcétera, y un extraordinario trabajo de Nuria Espert, de regreso a su lengua materna: una Arkadina que sabía ser vulgar y sublime, tierna y devoradora, sensual y durísima, alquimia que volvería a asomar en trabajos posteriores como ¿Quién teme a Virginia Woolf?, dirigida por Marsillach, o La Celestina, con Lepage.
7 La violación de Lucrecia (2010)
A finales de los setenta, Nuria Espert decidió ponerse en manos de Lluís Pasqual para que le dirigiera Otra Fedra, por favor, tras ver Leoncio y Lena, uno de sus primeros montajes en el Lliure. Treinta y tantos años después, la historia se repite: después de ver La función por hacer, en el Lara, le pide a Miguel del Arco que la dirija en La violación de Lucrecia, el intensísimo poema dramático de Shakespeare, donde encarnará a todos los personajes y que girará —más de cien funciones— por toda España con un éxito creciente. Miguel del Arco dijo: “No tiene miedo a nada. Puede dudar de algo que le propones, pero siempre dice: ‘Vamos a probarlo’, y se lanza de cabeza”.
 El poema, en espléndida traducción de José Luis Rivas, llega transparente, sin gota de retórica: a caballo de una dicción cristalina, el verso parece iluminarse por los relámpagos que Coleridge percibió al escuchar a Kean.
La actriz atrapa todos los matices como si fueran pájaros y los echa a volar de nuevo: la villanía, la duda, la ferocidad, la desesperación de Tarquino; la inocencia de Lucrecia, el dolor invivible, la fuerza última.
El espectáculo es una culminación y una suma: en su voz, en su mirada, en su gesto, vemos desfilar toda su carrera, todas sus heroínas trágicas.
Y el viaje continúa: el 20 de abril pisará de nuevo el escenario del María Guerrero para interpretar a la implacable Regina Giddens de La loba (The Little Foxes), el clásico melodrama de Lillian Hellman, rodeada por Héctor Colomé, Carmen Conesa, José Luis Pellicena y Jeaninne Mestre, entre otros, a las órdenes de Gerardo Vera, que así cierra su trayectoria al frente del Centro Dramático Nacional.

Gaultier está hasta el moño

Diseño de Jean Paul Gaultier (izquierda) y la cantante Amy Winehouse. / REUTERS / CORDON PRESS
Moños hiperbólicos, faldas lápiz y sujetadores pícaros que se asoman a camisas atadas por la cintura. El diseñador francés Jean Paul Gualtier construyó alrededor de estos reconocibles códigos estéticos su pasada colección primavera/verano 2012.
 Un propuesta que buscaba ser un homenaje a Amy Winehouse —fallecida seis meses antes por sobredosis de alcohol— pero que ofendió profudamente a sus familiares.
Entonces, el padre de la cantante británica, Mitch Winehouse definió la propuesta como “de mal gusto”, a través de Twitter, y criticó, en The Sun, la utilización de la imagen de su hija por parte del diseñador. “Todavía estamos de duelo por su pérdida, y hemos tenido una semana difícil con el aniversario de los seis meses de la muerte de Amy.
Por eso, no nos esperábamos ver su imagen como reclamo para vender ropa.
 No nos han consultado y ni siquiera se ha hecho una donación a la fundación que tenemos en su nombre”, se quejaba.
 Casi tres meses después, Gaultier trata de acercar posiciones y templar la polémica a través de a Vogue.
 En ella, asegura que decidió tomar a la cantante como inspiración con la mejor de las intenciones.
 “Me sorprendió que cuando falleció nadie en el mundo de la moda decidiese hacerle un homenaje. Sus looks eran fabulosos, fantásticos
. Era única. Generalmente las actrices y cantantes necesitan el apoyo y el consejo de la industria de la moda.
 Ella, sin embargo, llevaba el maquillaje correcto, los pendientes correctos... de forma natural.
 Tenía verdadero estilo, su estilo. Y no solo escogía una pincelada de una tendencia.
Me encanta su voz y todo lo que tiene que ver con ella”, declara el diseñador que, en contra de lo que pudiera parecer por su admiración, nunca conoció personalmente a la cantante.
Los propios familiares de Winehouse reconocen el peso de la cantante como icono estético imitado hasta la saciedad.
 “Estamos muy orgullosos de su influencia en la moda, pero esta no se halla en modelos con velos negros fumando cigarrillos y con un cuarteto de barbería cantando su música con mal gusto”, explicaba a The Sun el padre de la cantante tras el desfile de Gaultier.
A juzgar por estas declaraciones, quizá fue toda la parafernalia que envolvió a la presentación de las prendas lo que ofendió a los Winehouse más que la propia colección.
 Sobre la pasarela, decorada para la ocasión como una barbería de los años cincuenta, las modelos desfilaban cigarro en mano. Mientras, una banda tocaba en directo algunos de sus éxitos de los dos únicos álbumes que publicó en vida: Frank y Back to black.
Con este último saltó a al estrellato global y obtuvo cinco premios Grammy.
Pero no sólo fue famosa por su música. Ocupó miles de páginas por sus poblemas con el alcohol y las drogas y sus entradas y salidas de centros de rehabilitación.
Una provocadora presonalidad sumada a un estilo único: la combinación perfecta para convertirse en mito. Calificativo que acompaña casi siempre a su nombre desde que el 23 de julio de 2011 falleciera de forma “no intencionada”, después de haber consumido cinco veces más alcohol que el permitido para conducir en Reino Unido.

La decepción de 'Carmina'

La actriz Patricia Vico, que interpreta a Carmina Ordóñez, y el actor Miquel Fernández, en la miniserie '
Para comprender la decepción que ha supuesto para muchos la primera parte de la miniserie Carmina hay que acudir al impacto desmedido generado por Mi gitana, la serie de la Pantoja
. Donde aquella nos ofrecía intensidad y carnaza en cada toma, esta evidencia escasa tensión y exceso de elipsis narrativas. Donde Mi gitana disparaba el tono y presumía de su naturaleza trash, Carmina opta por la seriedad fingida.
Telecinco, consciente de sus bazas, puso en el asador ya desde el debate previo a la folclórica que tiene en nómina y la guerra que mantuvo con Carmina Ordóñez por la herencia de Paquirri.
También las amenazas veladas a la divina proferidas por Encarna Sánchez, insuflada de una nueva vida propia gracias a la escalofriante caracterización de Blanca Apilánez en Mi gitana (¿para cuándo el biopic sobre la locutora que reclama el pueblo?).
En resumen, el filón Pantoja no hace sino hincharse, mientras que el mito de Carmina se presenta desinflado. Y eso que en la serie que vimos ayer miércoles no hay ni rastro de la cantante, apenas una mención anecdótica.
 Poco importó: Carmina ganó el prime time con un 16,2% de share y 3.063.000 espectadores.
Cuesta creer que alguien de la soltura de Miguel Albaladejo, uno de los mejores y más personales directores que ha dado nuestro cine reciente, esté detrás de la cámara.
 No se aprecia una huella de autor en esta TV-movie, más bien parece existir un empeño en diluir su propio sello para amoldarse a las consignas de Telecinco.
No podemos olvidar que Carmina Ordóñez también estuvo en nómina de la cadena antes de su fatídica muerte, a las órdenes de Emma García, presentadora del programa de ayer, y que su figura conserva la simpatía de muchos colaboradores de la cadena.
 En cualquier caso, por rematar las comparaciones, el morbo que despierta la Panto, una mujer que ha vivido ocultando en buena medida su vida íntima, parece vencer al que sigue despertando Carmina, que siempre vivió de puertas para afuera, con muy poco que esconder. Pantoja es antipática y turbia, Carmina es un flashazo y una sonrisa a golpe de melena. Golpes de melena, por cierto, que en la serie (o, al menos, en su primer episodio) brillan por su ausencia.

Infancia

Su infancia se despacha rapidito, con un par de secuencias donde la madre de Carmina abronca a Antonio Ordóñez por haber cubierto ya el "cupo de putas" que trae a casa y otra con la pequeña Carmina diciendo a su padre que solo podría casarse con un hombre como él.
De ahí nos plantamos en una adolescencia retratada como un descarte de Al salir de clase o de Sin tetas no hay paraíso sin pistolas. El descubrimiento de la cocaína llega a la media hora de metraje.
 La vida de Carmina se convierte entonces en una sucesión de escenas de discoteca filmadas como si de un anuncio de plantillas para el dolor que producen los tacones se tratase. A los 35 minutos, Carmina "tima" a una periodista (interpretada por la siempre reivindicable Marta Fernández Muro) dándole una de esas exclusivas en las que no contaba nada.
 A los 40 minutos, Carmina está en un yate con su novio Antonio Arribas largándole una chapa sobre la vida: "Algún día seremos viejos y entonces necesitaremos dinero", le dice él. A lo que Carmina responde: "Anda, hijo, que me estás cortando el rollo". Ese empeño de los guionistas por desvirtuar la jerga de cada época para arrimarla a la nuestra (pensemos en, sin ir más lejos, la recién finiquitada Toledo), en lugar de generar cercanía logra desvirtuar casi cualquier historia.
 Hasta Paquirri, ese hombre de raza, tras su primera cogida, le suelta a Carmina un blando: "¿Por qué no lo intentamos de nuevo y olvidamos los malos rollos?".
Hay pequeños golpes de efecto: como ver a Yohana Cobo (la actriz que hacía de hija de Penélope Cruz en Volver) transmutada en una joven Lolita. O la aparición a traición de Juanma Lara, que hacía de Jesús Gil y Gil en Mi gitana, recreando ahora al anticuario Adolfo Velasco, que convirtió a Carmina en diva de Marraquech. Un detalle que añadía confusión. Como tantos otros.
El más acuciante, la nula o escasa presentación de los personajes, con apenas un nombre de pila o ni eso.
Un gesto bastante frustrante para el espectador medio que no se tenga empollada la biografía de Carmina. Aunque la cosa parecía tomar vuelo al alcanzar la adultez de la reina de corazones, cuando las protagonistas, por fin, empiezan a parecerse a los personajes en que se basan.
Cuesta creer que el director Miguel Albaladejo esté detrás de la cámara
Con todo, hay que decir que tanto la Carmina de ficción, Patricia Vico, como Belén Argüello (que interpreta a su hermana, Belén) logran magnetizarnos por momentos cuando defienden sus papelones. Incluso en secuencias de culebrón sudamericano como la de la confesión del cáncer de su madre. La tendencia a lo lacrimógeno lastra en gran medida el impacto de muchos episodios vitales esenciales de Carmina, como la noticia a sus hijos de la muerte de Paquirri.
Quizás el problema de base sea la presentación de una Carmina demasiado serena, cuando fue una mujer entregada con pasión a la locura de vivir. Aunque, todo sea dicho, por necesidades del guion el segundo episodio anuncia profundizar en esa faceta.
La noche de Carmina se desenvolvió con una férrea competencia: al Chelsea-Barça se sumaba el estreno de la nueva edición de Perdidos en la tribu, en Cuatro.
 Este duelo se dirimió también en las redes sociales. #Carmina se batió como trending topic reflejando en directo la tibia acogida del público, a pesar de los esfuerzos de los community managers de Telecinco y de la propia Patricia Vico, desde su cuenta de Twitter, por caldear los ánimos.
No fue hasta el cameo de Belinda Washington (en el papel de Pilar Lezcano, segunda mujer de Antonio Ordóñez) que muchos tuiteros salieron de su sopor, abriéndole paso a codazos en los altares del hashtag.
El debate posterior en plató ostentaba sus propios trending topics: que si Carmina se acostó con el novio de Lolita, que si Lolita, despechada, se acostó con Paquirri, que si su hijo Fran Rivera también se acostó con Lolita.
 Que si la Panto le privó a Fran del instrumental de faena de su padre cuando decidió dedicarse a los toros.
 Que si la Panto y Carmina tuvieron un gélido encuentro años después en los andenes del AVE (el highlight retro-exclusivo de la noche, ilustrado con las imágenes pertinentes extraídas de vete tú a saber qué cámara de seguridad).
Todo aderezado con declaraciones de archivo de los implicados, con todos los micrófonos abiertos y todo el mundo hablando a la vez, y con la prima de la Ordóñez, Jimena Dominguín, batiéndose con la vena de la Patiño.
Pilar Lezcano, viuda de Antonio Ordóñez, también entró por teléfono para tratar de poner orden: "Estoy indignada con todo lo que se está diciendo", exclamaba.
Y todo también impregnado de ese barniz Telecinco que tanta seguridad da a los que, antes de irse a dormir pensando en primas de riesgo, en expropiaciones petrolíferas o, sencillamente, en cómo afrontarán los números rojos de su cuenta bancaria, precisan de cierto ruido de fondo para coger el sueño.

Cuando solo se ve.........

La pasada Semana Santa se cubrió usted de gloria cuando arremetió contra la homosexualidad, dando de ella una imagen sórdida y delincuencial (club de hombres nocturnos).
 Es usted muy dueño, es su homilía y su ideología. 
No contento con aquello, ahora vuelve a las andadas y remacha en una revista digital una serie de argumentos que solo demuestran que es usted un hombre muy leído, porque utiliza un vocabulario con el que no creo que comunique mucho (intrínsecamente, inocua, deconstruir, concupiscencia, somático...) Demuestra que con vocabulario tan escogido también se puede rozar la ignorancia que deviene (yo también tengo diccionario) en fanatismo. La verdad es que quería oponer argumentos a los suyos pero es que no sé por dónde empezar. zzsosmit.JPGEn realidad lo mío es una enmienda a la totalidad, porque dice usted cada cosa que la caridad cristiana me empuja a perdonarle la respuesta. Digo yo que, una tarde de estas, los obispos españoles deberían reunirse a tomar un chocolate con pastas y a releer el Evangelio. Les recomiendo el de San Marcos, porque es el que para mi gusto más se acerca a las pasiones humanas. Dirá que es una osadía por mi pate recomendar lecturas evangélicas al episcopado, cuando se supone que ese es su terreno; sin duda eso es evidente, pero no dejo de pensar que si en verdad los obispos leyeran los Evangelios no dirían las tonterías que dicen. También le diré que tiene escasa comprensión lectora porque ha leído La teoría queer en la que no se dice lo que usted le atribuye. Ni siquiera voy a entrar en el debate sobre si la homosexualidad es cultural, biológica o interplanetaria, en cualquier caso cada ser humano debe ser libre para desarrollar su sexualidad como mejor le plazca. Y una vez alguien se siente de una manera, vivirá así porque es su derecho, aunque no me imagino a un señor o una señora decidiendo racionalmente si en adelante sus relaciones van a ser con fornidos leñadores o con esbeltas bailarinas, porque en realidad no es una opción, es una manera de ser, y miente quien diga que se puede tratar, porque entre otras cosas no es una enfermedad (lo dice la OMS, que de eso debe saber algo). Se apoya usted en las Escrituras, y si bien es cierta su cita en la que San Pablo condena a los sodomitas (a las lesbianas ni las nombra, las mujeres para él no cuentan), no hay en los cuatro Evangelios canónicos ni una sola mención sobre el asunto puesta en boca de Jesucristo. Epístolas, encíclicas y pastorales todas las que quiera, la prueba es usted. No estaría de más aplicarse lo de la mota en el ojo ajeno y la viga en el propio.
 Y nada más, quedo a la disposición de su Ilustrísima, pero si quiere hablar conmigo antes relea con atención los Evangelios. A mejor le ayudan a salir de su obcecación, como usted cree tanto en las terapias...
Emilio González Déniz