Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

29 oct 2011

Leonard Cohen y su Hijo Adams

.Deben de ser entretenidas las fiestas familiares en la casa de Leonard Cohen, en Los Ángeles.
Adam, su primogénito, se presenta con su hijo llamado Cassius. "Sí, es por el boxeador", confirma en conversación telefónica. "Ali es mi ídolo pero, claro, bautizarle Muhammad Cohen habría quedado raro".
Luego está Lorca, la hija de Leonard, que acaba de tener una niña por encargo de dos amigos, la pareja formada por el sublime Rufus Wainwright y su novio Jorn Weisbrodt. "Se llama Viva Katherine Wainwright Cohen y promete", cuenta Adam, "es la unión de dos buenas estirpes musicales".





Así que los Cohen están de buen año.
Adam agradece profusamente el Premio Príncipe de Asturias concedido a su padre y confirma que sí, que su nuevo álbum ya está terminado, "y es una maravilla". También Adam acaba de publicar lo que llama "el disco de mi vida", Like a man (Cooking Vinyl / PIAS). Se explica: "Desde que era un adolescente, hacía lo mismo que mi padre: componía.
Solo tenía una regla: si el resultado sonaba demasiado a Leonard, me guardaba la canción. Así que fui acumulando un repertorio que me parecía demasiado íntimo para compartir con el público. Pero mis padres, mi hermana, mis amigos, todos me rogaban que grabara esos temas".



Atrás quedan tres discos en tres discográficas diferentes, señal evidente de que Adam nunca encontró su nicho en el mercado. "El primero, Adam Cohen (1998), fue una decepción. Quería triunfar pero estaba en la misma compañía de mi padre y hasta llegué a sospechar que me ficharon para complacerle. En realidad, eran años de vacas gordas y grababan a cualquiera que aparecía por el horizonte, aunque luego no supieran qué hacer con el disco. Una noche coincidí en una fiesta con el director del sello y ¡no sabía que yo era artista de su compañía! Ahora me río, pero fue muy humillante".



Para el siguiente, se permitió un capricho: "Melancolista (2004) está cantado en francés. ¿Los motivos? El francés suena bonito y creo que lo hablo mejor que mi padre. He vivido en Francia y siempre me siento más mediterráneo que americano.
 Pero el público francófono no lo entendió".



Casi simultáneamente, Adam se integró en un grupo, los Low Millions, y con ellos publicó Ex girlfriends (2004), donde hablaba de antiguos amores: "Comprobé que era cierto lo que me explicaba mi padre, que ninguna mujer se siente ofendida por inspirar una canción, aunque la relación terminara mal y ella no salga favorecida en la letra. En general, ellas tienen más generosidad que los hombres".



Todo suena demasiado deliberado, reflexiona Adam, "y no fue así". "En algún momento, asumí que estaba siguiendo la tradición familiar, que hacer música es un oficio aunque te hayan echado de tres discográficas. Con un hijo, aceptas todo, desde jingles de publicidad a música para películas porno.
También fui doctor de canciones. Sí, igual que se hace con los guiones de cine.
Te traen unas canciones y las redondeas, potencias su estructura, mejoras las rimas, lo que necesiten.
Es un trabajo modesto, te pagan una cantidad y te olvidas. Pero mejor eso que quedarte en casa renegando del negocio musical".



El nuevo trabajo de Adam, Like a man, fue una carambola. Conocía a Patrick Leonard, un productor que se enriqueció al lado de Madonna, y este le hizo la oferta que no podía rehusar: "Ya habíamos trabajado juntos y sabía lo de mi cancionero secreto. Me propuso grabarlo en su estudio, sin preocuparnos de quién lo iba a editar. Se registró al viejo estilo, con los músicos tocando a la vez. Queríamos que las canciones no se asfixiaran de tanto repetirlas. En el estudio me encontré con Don Was y se ofreció a tocar el contrabajo. También vino Jennifer Warnes, que había cantado con mi padre. Fue como si todos los planetas se conjuraran".



También había algo de revancha, reconoce. "Adoro todo lo que hace mi padre, pero tenemos nuestras discrepancias estéticas. Siento debilidad por sus primeros discos, cuando no usaba tantos sintetizadores. Así que quise recordarle que menos es más, que puedes basarlo todo en una vieja guitarra".



A los 39 años, Adam Cohen ha aprendido que no hay que impostar una personalidad. "Hubo una temporada en que quise ser Prince", admite, "empecé un disco funky con Nile Rodgers que espero nunca vea la luz. Me pasé demasiado tiempo negando lo obvio: que soy hijo de Leonard Cohen.
Tuve el mejor instructor posible. Y un buen padre. De joven, sufrí un accidente terrible, casi me quedo en una silla de ruedas. Mi padre estuvo constantemente a mi lado, empeñado en que no me rindiera".



Solo le pondría una objeción a su padre: "Era tan fascinante su trabajo que me quedé enganchado.
De alguna manera, no quiso enseñarnos el lado duro del negocio. Le veíamos triunfar, en unas épocas más que en otras, y nunca nos habló de los sacrificios y los compromisos. Eso lo tuve que descubrir por mi cuenta".

El nuevo volcán de El Hierro ha surgido en un valle submarino

La comparación de datos topográficos tomados en 1998 y ahora ha permitido situar el edificio volcánico .

Recreación en 3D del volcán de El Hierro

Los cuentos de este mundo de Muñoz Molina

Nada del otro mundo (Seix Barral) reúne 14 cuentos de Antonio Muñoz Molina escritos entre 1988 y 2011. De ellos, uno (Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad) se publicó en EL PAÍS en 1999 y otro (El miedo de los niños), último del volumen, es un inédito.
 Un libro, en definitiva, que recoge los relatos cortos del autor de El jinete polaco, quien ayer explicó su larga e intensa relación con un género que le hace sentirse "más tranquilo y desahogado".





"El cuento es una máquina que tú ves. Es como la maqueta de un edificio racionalista. Se ve todo el proceso de la construcción narrativa, pero de una manera sintética".
Para Muñoz Molina, el cuento se rige por el mismo pulso que la poesía y eso lo convierte en impredecible: "Siempre recuerdo el momento, o el proceso, en el que surgió cada uno de ellos, como el último, que llegó repentinamente, por equivocación, en una noche de insomnio".
Una fuerza emocional empuja a los grandes relatos que el escritor admira, como El nadador, de Cheever, o Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger: "En ellos parece que no pasa nada, pero siempre pasa algo decisivo".



Un lugar para nacer

Sin embargo, el cuento no pasa por su mejor momento, al menos en España.
 Algo que para él tiene relación directa con los periódicos, que han ido relegando su espacio al del "microcuento". "Los directivos de los periódicos españoles viven con la extraña convicción de que el mejor público posible son las personas a las que no les gusta leer, lo cual es casi como que los bodegueros enfocaran sus vinos a seducir a los abstemios", escribe en el epílogo del volúmen.
"El cuento", explicó ayer, "necesita un espacio que acaba siendo el del libro pero que no empieza en el libro. En un ecosistema literario saludable, las revistas y los periódicos son ese lugar de nacimiento. Pero tristemente los medios españoles no son hospitalarios con el género. Crítico con el "abatimiento y desdén" con el que se mira a la cultura desde esos medios,añadió: "Hoy hay más literatura en un vagón de metro que en un suplemento cultural".



El autor confesó que ha vencido la tentación de corregir sus viejos relatos."¿Hasta qué punto puede corregirse el pasado? La energía hay que concentrarla en lo nuevo.
Yo no volvería a escribir un cuento de entonces, porque ya no soy el mismo. Pero he aprendido a convivir con esa mirada angustiada al escritor que fui".