Un amigo íntimo de Nicolás Sarkozy declara a la prensa belga que el supuesto bebé que espera la primera dama francesa es un niño .- La primera dama centra las miradas en la cumbre de líderes mundiales .
Las mujeres de los líderes mundiales han posado hoy para la foto de familia en Deauville (Francia) durante la cumbre del G-8 que se celebra en la localidad. Sin embargo, el centro de las miradas está siendo Carla Bruni-Sarkozy.
Su protagonismo no se debe a que sea la anfitriona del resto, sino a que en las imágenes ya queda más que confirmado su embarazo.
Carla Bruni, ante la prueba del algodón
Francia da por hecho el embarazo de Carla Bruni
Carla Bruni no irá a Cannes "por motivos personales"
El padre de Sarkozy confirma que Carla Bruni está embarazada
Bruni ha aparecido para las imágenes vestida con un vestido corto, blanco y muy veraniego y un abrigo negro abierto.
Y esta vez no ha podido ocultar su incipiente barriguita, que no hacía más que tocarse.
De hecho, varias de las esposas de los mandatarios mundiales miraban y sonreían a la primera dama mientras se tomaban las imágenes. Sin embargo ni Bruni, ni Sarkozy, ni fuentes del gobierno francés han confirmado la noticia.
Además, ayer un íntimo amigo del presidente francés, Nicolás Sarkozy se convirtió en el último protagonista del culebrón del supuesto embarazo de Carla Bruni. Jacques Séguéla ha declarado a la prensa belga que la primera dama espera un niño.
Séguéla, que es director de una de las agencias de publicidad más grandes de Europa, fue quién presentó a la pareja durante una cena en su casa.
Los rumores de embarazo comenzaron a principios del mes de mayo. La revista francesa Voicì publicaba que estaba embarazada de gemelos. Las últimas fotos tomadas de Bruni alientan estos comentarios. La primera dama se deja ver con ropa suelta, con abrigos de entretiempo y abusa de colores oscuros más que nunca. Incluso se sabe que ha dejado de fumar.
Días después, en una entrevista realizada por los lectores del diario Le Parisien no quiso contestar de forma clara a las preguntas sobre el tema.
"Si me lo permite, no responderé a todas esas preguntas de familia", le explicó Bruni a la lectora del diario francés que se atrevió a preguntarle acerca del que sería el primer hijo de la pareja presidencial.
Sin embargo, no cerró del todo el tema: "Si estuviéramos en un café las dos, se lo diría francamente".
Según relataron los asistentes a la entrevista, Bruni estuvo jugueteando constantemente con un pañuelo para taparse la barriga.
Y cuando "el secreto de estado" parecía a buen recaudo, Bruni decidió no acudir a la presentación de su última película en Cannes, pese a rodar Medianoche en París bajo las órdenes de Woody Allen. Así lo aseguró en la emisora de radio francesa RML, donde explicó que no acudiría "por motivos personales", aunque también "por razones profesionales".
"Soñaba con ello (...) y lo lamento", dijo Bruni, de 43 años. Su marido, Nicolás Sarkozy volvió a confirmar hace poco que Bruni no puede viajar en avión.
Este sería el primer embarazo en común de la pareja, aunque tanto Carla Bruni como Nicolas Sarkozy ya tienen descendencia de sus relaciones anteriores.
Ella, uno de 10 años del filósofo Raphael Enthoven, y él tiene tres hijos, dos de 26 y 24 años (que le hicieron abuelo en enero de 2010), fruto de su matrimonio Marie-Dominique Culioli y uno de 14 con su segunda mujer, Cecilia Ciganer-Albeniz.
26 may 2011
Viento sur en la Filarmónica de Viena
En el espectacular desfile de grandes orquestas de visita por Madrid en las dos últimas temporadas de Ibermúsica, por su 40º aniversario, no podía faltar la Filarmónica de Viena.
Se presentó el lunes con una imagen insólita: una mujer como concertino.
En una formación integrada tradicionalmente por una mayoría aplastante de hombres, la presencia en un puesto de tanta responsabilidad de la violinista búlgara Albena Danailova era, como mínimo, impactante por inusual.
Bien es verdad que uno de los concertinos habituales, Rainer Honeck, era el solista del concierto para violín de Alban Berg. Ambos estuvieron espléndidos.
Una de las señas de identidad de la Filarmónica de Viena es que no tiene un director titular fijo. En la actual gira, en la que visita también Saarbrücken los días 26 y 27, y Leipzig el 28, dentro del Festival Internacional dedicado a Mahler, se ha puesto al frente Daniele Gatti, uno de esos directores italianos que, como Claudio Abbado, Fabio Luisi o Riccardo Chailly, están fascinados por el repertorio centroeuropeo y lo han incorporado a sus trayectorias en lugar preferente.
Tal vez quieren aportar a la música más seria un concepto emocional asociado al sur.
Daniele Gatti es un director voluntarioso, cuidadoso del detalle, brillante e irregular. Con un mecanismo de relojería tan preciso como el de la Filarmónica de Viena puede arriesgar, pues, al fin y al cabo, tiene una impresionante belleza de sonido asegurada y una respuesta artística sin fisuras.
El peligro de Gatti es que se guste a sí mismo excesivamente, y se adorne innecesariamente perdiéndose en continuidad y tensión global lo que se gana en exquisitez de matices. Hubo, en cualquier caso, dos movimientos excepcionales en los conciertos del lunes y martes que, dadas las circunstancias de búsqueda permanente del ideal sonoro, se pueden situar como plenamente conseguidos.
Uno fue el vitalísimo Allegro con brio de la Tercera sinfonía de Beethoven, por su incontenible alegría rítmica, y otro, quizá la cumbre estética de estos conciertos, el adagio final de la Novena de Mahler, llevado con una intensidad expresiva de las que cortan la respiración.
El resto de movimientos se mantuvo a un notable nivel, pero sin llegar a alcanzar la redondez de estos momentos privilegiados.
Recibida con frialdad en las dos sesiones -en casi todas las salas de conciertos europeas se recibe con aplausos a la totalidad de los músicos, y no a los 12 primeros como en Madrid-, la Filarmónica de Viena volvió a sentar cátedra por la belleza del sonido, la maestría de la cuerda, la delicadeza del viento-madera y, en general, la manera de hacer música en conjunto, con un diálogo entre secciones verdaderamente deslumbrante.
El primer día obsequiaron al público con un vals de Strauss y en la sala se llegó al delirio. En el segundo, con el adagio mahleriano final no procedía ningún añadido. La emoción estaba en el ambiente.
Se presentó el lunes con una imagen insólita: una mujer como concertino.
En una formación integrada tradicionalmente por una mayoría aplastante de hombres, la presencia en un puesto de tanta responsabilidad de la violinista búlgara Albena Danailova era, como mínimo, impactante por inusual.
Bien es verdad que uno de los concertinos habituales, Rainer Honeck, era el solista del concierto para violín de Alban Berg. Ambos estuvieron espléndidos.
Una de las señas de identidad de la Filarmónica de Viena es que no tiene un director titular fijo. En la actual gira, en la que visita también Saarbrücken los días 26 y 27, y Leipzig el 28, dentro del Festival Internacional dedicado a Mahler, se ha puesto al frente Daniele Gatti, uno de esos directores italianos que, como Claudio Abbado, Fabio Luisi o Riccardo Chailly, están fascinados por el repertorio centroeuropeo y lo han incorporado a sus trayectorias en lugar preferente.
Tal vez quieren aportar a la música más seria un concepto emocional asociado al sur.
Daniele Gatti es un director voluntarioso, cuidadoso del detalle, brillante e irregular. Con un mecanismo de relojería tan preciso como el de la Filarmónica de Viena puede arriesgar, pues, al fin y al cabo, tiene una impresionante belleza de sonido asegurada y una respuesta artística sin fisuras.
El peligro de Gatti es que se guste a sí mismo excesivamente, y se adorne innecesariamente perdiéndose en continuidad y tensión global lo que se gana en exquisitez de matices. Hubo, en cualquier caso, dos movimientos excepcionales en los conciertos del lunes y martes que, dadas las circunstancias de búsqueda permanente del ideal sonoro, se pueden situar como plenamente conseguidos.
Uno fue el vitalísimo Allegro con brio de la Tercera sinfonía de Beethoven, por su incontenible alegría rítmica, y otro, quizá la cumbre estética de estos conciertos, el adagio final de la Novena de Mahler, llevado con una intensidad expresiva de las que cortan la respiración.
El resto de movimientos se mantuvo a un notable nivel, pero sin llegar a alcanzar la redondez de estos momentos privilegiados.
Recibida con frialdad en las dos sesiones -en casi todas las salas de conciertos europeas se recibe con aplausos a la totalidad de los músicos, y no a los 12 primeros como en Madrid-, la Filarmónica de Viena volvió a sentar cátedra por la belleza del sonido, la maestría de la cuerda, la delicadeza del viento-madera y, en general, la manera de hacer música en conjunto, con un diálogo entre secciones verdaderamente deslumbrante.
El primer día obsequiaron al público con un vals de Strauss y en la sala se llegó al delirio. En el segundo, con el adagio mahleriano final no procedía ningún añadido. La emoción estaba en el ambiente.
La neoyorquina que se enamoró de Dostoievski
. .Esta es la historia de una chica neoyorquina de un metro ochenta de altura y origen turco que convirtió su loca pposeídos. y las personas que los leen, de Elif Batuman (Nueva York, 1977), es una mezcla de memoir, ensayo literario y crónica que publicó hace un año en EE UU (ahora lo hace en España de la mano de Seix Barral) con unas viñetas en la portada que resultaban desconcertantes porque ponían frente a frente dos mundos aparentemente contrarios: el humor y la literatura rusa. "Fue un gran acierto", asegura la autora desde Estambul, donde hace meses que imparte clases en la Universidad de Koç y además desconecta del éxito de Los poseídos. "
Aventuras con libros rusos asión por la literatura rusa en una sorprendente primera novela.
Los
Venir aquí ha sido una buena idea, lo necesitaba".
Los poseídos es un libro escrito por Batuman pero ideado por el que era su editor en Farrar, Straus & Giroux, Lorin Stein.
"Fue él quien pensó que tenía que convertir en libro los ensayos que había publicado en diferentes revistas sobre literatura rusa.
Y fue él quien pensó que con este título y esta portada la literatura rusa dejaría de ser un asunto intimidante".
Stein (hoy editor de la revista Paris Review) recuerda que la primera vez que leyó a Batuman estaba en Veselka, ese restaurante del East Village que abre toda la noche cuya carta está dedicada a Europa del Este.
A las tres de la madrugada -"y eso es muy tarde en Nueva York", recuerda Stein-, frente a un chucrut, abrió un nuevo número de n+1 y se topó con el ensayo Bábel en California, en el que Batuman narraba una hermosa y a la vez disparatada historia relacionada con sus estudios dedicados al escritor Isaak Bábel.
Aquel texto, que hoy abre Los poseídos, viajaba con pasmosa naturalidad de King Kong a Beria y de Stanford a Moscú.
"No pude detenerme. Solo sé que al día siguiente le escribí una carta a Elif pidiéndole que, fuera cual fuese su primer libro, quería publicarlo. Escribía como un ángel, con esa mezcla de ironía, humor autocrítico, empatía, aprendizaje profundo y emoción contenida. Y, por encima de todo, estaba su tono, que nunca yerra, por lejos que vague (¡y vaga hasta tan lejos!), hacia sus lecturas, su vida amorosa o su infancia. Cada vez que leo una frase suya, comienzo a sonreír".
Efectivamente, Los poseídos va mucho más allá de su hábil portada, porque su autora ejemplifica de manera brillante ese binomio entre vida y literatura que rompió Don Quijote y que ella convierte en una pasión única en busca de la verdad y la belleza. Por todo esto, la crítica la ha definido como una criatura singular, digna de la cópula entre Janet Malcolm y Woody Allen (The New York Times), Susan Sontag y Buster Keaton (Los Angeles Times) o Borges y Borat (Slate Magazine).
"¡Ya! A mi madre no le hace mucha gracia que todos me vean como hija de otros", bromea ella. "Me dice: '¿Es que nuestros genes no son lo suficientemente buenos?' Pero la crítica de libros se ha contagiado de las fórmulas de la crítica musical. Solo es eso".
Mientras mantiene sus colaboraciones con The New Yorker prepara su segundo libro: "Una reflexión sobre el amor y el matrimonio, una novela gótica sobre Charlotte Brontë, que antes me parecía solo una escritora para chicas y se ha convertido en mi nueva obsesión".
Aventuras con libros rusos asión por la literatura rusa en una sorprendente primera novela.
Los
Venir aquí ha sido una buena idea, lo necesitaba".
Los poseídos es un libro escrito por Batuman pero ideado por el que era su editor en Farrar, Straus & Giroux, Lorin Stein.
"Fue él quien pensó que tenía que convertir en libro los ensayos que había publicado en diferentes revistas sobre literatura rusa.
Y fue él quien pensó que con este título y esta portada la literatura rusa dejaría de ser un asunto intimidante".
Stein (hoy editor de la revista Paris Review) recuerda que la primera vez que leyó a Batuman estaba en Veselka, ese restaurante del East Village que abre toda la noche cuya carta está dedicada a Europa del Este.
A las tres de la madrugada -"y eso es muy tarde en Nueva York", recuerda Stein-, frente a un chucrut, abrió un nuevo número de n+1 y se topó con el ensayo Bábel en California, en el que Batuman narraba una hermosa y a la vez disparatada historia relacionada con sus estudios dedicados al escritor Isaak Bábel.
Aquel texto, que hoy abre Los poseídos, viajaba con pasmosa naturalidad de King Kong a Beria y de Stanford a Moscú.
"No pude detenerme. Solo sé que al día siguiente le escribí una carta a Elif pidiéndole que, fuera cual fuese su primer libro, quería publicarlo. Escribía como un ángel, con esa mezcla de ironía, humor autocrítico, empatía, aprendizaje profundo y emoción contenida. Y, por encima de todo, estaba su tono, que nunca yerra, por lejos que vague (¡y vaga hasta tan lejos!), hacia sus lecturas, su vida amorosa o su infancia. Cada vez que leo una frase suya, comienzo a sonreír".
Efectivamente, Los poseídos va mucho más allá de su hábil portada, porque su autora ejemplifica de manera brillante ese binomio entre vida y literatura que rompió Don Quijote y que ella convierte en una pasión única en busca de la verdad y la belleza. Por todo esto, la crítica la ha definido como una criatura singular, digna de la cópula entre Janet Malcolm y Woody Allen (The New York Times), Susan Sontag y Buster Keaton (Los Angeles Times) o Borges y Borat (Slate Magazine).
"¡Ya! A mi madre no le hace mucha gracia que todos me vean como hija de otros", bromea ella. "Me dice: '¿Es que nuestros genes no son lo suficientemente buenos?' Pero la crítica de libros se ha contagiado de las fórmulas de la crítica musical. Solo es eso".
Mientras mantiene sus colaboraciones con The New Yorker prepara su segundo libro: "Una reflexión sobre el amor y el matrimonio, una novela gótica sobre Charlotte Brontë, que antes me parecía solo una escritora para chicas y se ha convertido en mi nueva obsesión".
25 may 2011
Viajar en tren al mundo de García Márquez
Viajar en tren al mundo de García Márquez
"El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. (...) Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor.
-Es mejor que subas el vidrio -dijo la mujer-. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo pero la persiana estaba bloqueada por óxido".
Van rumbo a la tierra donde nació Gabriel García Márquez (Colombia, 1927), al territorio real que inspiró el mítico Macondo del Nobel colombiano. Sólo que esta historia es de mucho antes de que el mundo supiera de su existencia en Cien años de soledad. Es un cuento de 1962 titulado La siesta del martes donde se aprecia el tiempo y el espacio macondiano escrito de manera embrionaria, en vísperas de su inmortalidad. El calor detenido, la brisa que ya no lleva el aroma del mar y la tierra amarilla pisada por seres que llevan encima un pasado que no deja de dar manotazos al futuro; personas con secretos que van desgranando sin querer y donde las mujeres son las que en verdad deciden el porvenir. Y las que son capaces de afrontar impertérritas las afrentas de la vida y los dolores emocionales más inconcebibles. La mujer del tren es una de ellas; el lector aún lo ignora. Y poco a poco esa severidad del verano aislado del mundo en el caribe colombiano se revelará como el reflejo de los sentimientos que guardan la mujer y su hija. Un cuento que recuerda que Macondo, más allá de sus legendarios y famosos prodigios, hunde sus raíces profundas en la tierra, porque nace de allí y está aquí. Es un relato ajeno a fantasías al condensar toda la humanidad en su miseria, templanza, tristeza, orgullo, injusticia, compasión, dignidad y amor. A aquel territorio garciamarquiano real vamos a ir ahora en Veranos literarios, dentro del homenaje a los elementos del estío. Acompañemos a la niña y a su madre, lo van a necesitar:
"Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel periódico. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la venanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre. (...)
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua las flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre la esperaba para comer. (...) Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo, en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
-Ponte los zapatos -dijo.
La niña miró al exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
-Péinate -dijo.
El tren empezó a pintar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
- Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. (...) El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto un salón de billar. El pueblo flotaba en el calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiados por el sopor, el pueblo hacía la siesta. (...) Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar. En el interior zumbaba un ventilador eléctrico. No se oyeron los pasos. Se oyó apenas el leve crujido de una puerta y en seguida una voz cautelosa muy cerca de la red metálica: "¿Quién es?". La mujer trató de ver a través de la red metálica.
-Necesito al padre -dijo.
-Ahora está durmiendo.
-Es urgente -insistió la mujer". (...)
- ¿Qué se les ofrece? -preguntó.
- Las llaves del cementerio -dijo la mujer.
La niña estaba sentada con las flores en el regazo y los pies cruzados bajo el escaño. El sacerdote la miró, después miró a la mujer y después, a través de la red metálica de la ventana, el cielo brillante y sin nubes.
-Con este calor -dijo-. Han podido esperar a que bajara el sol.
La mujer movió la cabeza en silencio. (...)
-¿Qué tumba van a visitar? -preguntó.
-La de Carlos Centeno -dijo la mujer.
-¿Quién?
-Carlso Centeno -repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
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