El galardonado es autor de la teoría de las inteligencias múltiples, considerada decisiva para la evolución del modelo educativo al tomar en consideración las potencialidades innatas de cada individuo .
El psicólogo estadounidense y profesor de la Universidad de Harvard Howard Gardner se ha alzado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011, según el fallo del jurado dado a conocer hoy en el Hotel de la Reconquista de Oviedo.
El tribunal ha distinguido a Gardner por su "compromiso social y ético con la mejora del sistema educativo, su apuesta por la excelencia, su relevante proyección internacional y su importante producción científica de la máxima calidad".
El carismático Riccardo Muti, Premio Príncipe de Asturias de las Artes
Gardner (Scranton, EE UU, 1943) es conocido internacionalmente por su teoría de las inteligencias múltiples, que sostiene que no existe una inteligencia única, sino que cada individuo posee al menos ocho habilidades cognoscitivas: inteligencia lingüística, lógico-matemática, cinético-corporal, musical, espacial, naturalista, interpersonal e intrapersonal. Y considera que estas inteligencias carecen de valor intrínseco y que el comportamiento de cada individuo en sociedad, haciendo uso de su inteligencia, constituye una cuestión moral fundamental. Según el jurado, los trabajos de Gardner sobre las capacidades cognitivas del ser humano "resultan decisivas para la evolución del modelo educativo al tomar en consideración las potencialidades innatas de cada individuo".
Gardner se doctoró en Psicología Social por la Universidad de Harvard en 1971. En la actualidad es titular de la cátedra de Cognición y Educación John H. & Elisabeth A. Hobbs de la Escuela Superior de Educación de Harvard, donde también ejerce como profesor adjunto de Psicología. Desde 1972 es codirector y presidente del comité gestor del Proyecto Zero, un grupo de investigación de la citada universidad que estudia los procesos de aprendizaje de niños y adultos. Una de sus contribuciones más importantes es su modelo de "escuela inteligente", basado en el aprendizaje como una consecuencia del acto de pensar y como comprensión profunda que implique un uso flexible y activo del conocimiento. Este modelo se ha implantado en escuelas públicas de Estados Unidos, especialmente en aquellas con alumnos con pocos recursos.
Desde hace unos años, Gardner participa también en el GoodWork Project, destinado a mejorar la calidad y la autoestima profesionales, tomando como referencia la excelencia y la ética.
Gardner es autor de 25 libros, traducidos a 28 idiomas, y de alrededor de 450 artículos. Está en posesión de 26 doctorados honoris causa de universidades de todo el mundo y ha recibido numerosos premios.
Al Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011, concedido el año pasado al equipo arqueológico de los guerreros de Xi'an (China), optaban 31 candidaturas procedentes de 17 países. Este es el segundo de los ocho Príncipe de Asturias que se otorgan este año, en que cumplen su trigésimo primera edición. El miércoles pasado, fue concedido el de las Artes al director de orquesta italiano Riccardo Muti.
En las próximas semanas se fallarán los correspondientes, por este orden, a Comunicación y Humanidades; Investigación Científica y Técnica; Letras; y Cooperación Internacional.
El Príncipe de Asturias de los Deportes y el de la Concordia se fallarán en septiembre.
Cada premio está dotado con 50.000 euros, una escultura creada y donada expresamente por Joan Miró para estos galardones, un diploma y una insignia acreditativos.
11 may 2011
Carla Bruni no irá a Cannes "por motivos personales"
La primera dama de Francia lo ha explicado en una entrevista, alimentando así los rumores de un posible embarazo .
Carla Bruni no presentará su última película en Cannes. Pese a rodar Medianoche en París bajo las órdenes de Woody Allen, la primera dama de Francia no acudirá a la estrella de los festivales del país galo. Así lo ha asegurado en la emisora de radio francesa RML, donde ha explicado que no acudirá "por motivos personales", aunque también "por razones profesionales".
"Soñaba con ello (...) y lo lamento", ha explicado Bruni, de 43 años, que ha asegurado que le habría gustado mucho "estar junto a Woody Allen".
Carla Bruni espera ¿gemelos?
Carla Bruni quiere volver a ser madre
¡Acción!, rueda Woody Allen, actúa Carla Bruni
Nicolas Sarkozy, un abuelo en el Elíseo
Carla Bruni prefiere que Sarkozy deje el Elíseo
Carla Bruni: "Adoraría estar embarazada"
Woody Allen inaugurará el Festival de Cannes
Con estas escasas explicaciones, la tercera esposa del presidente francés, Nicolas Sarkozy, sigue dando pie a los rumores sobre un supuesto embarazo.
En un primer momento, fue una revista del corazón la que aseguró que estaba esperando un hijo, aunque poco después se comenzó a especular con que eran gemelos. Sin embargo, en una entrevista realizada por los lectores del diario Le Parisien no quiso contestar de forma clara a las preguntas sobre el tema.
"Si me lo permite, no responderé a todas esas preguntas de familia", le explicó Bruni a la lectora del diario francés que se atrevió a preguntarle acerca del que sería el primer hijo de la pareja presidencial. Sin embargo, no cerró del todo el tema: "Si estuviéramos en un café las dos, se lo diría francamente". Según relataron los asistentes a la entrevista, Bruni estuvo jugueteando constantemente con un pañuelo para taparse la barriga. Además, poco después apareció en un acto oficial con un holgado abrigo negro y con las manos sobre el vientre.
Bruni ha expresado en más de una ocasión sus intenciones de ser madre, del que sería su primer hijo con el presidente francés. Ella ya tiene un hijo, Aurelién, de 10 años, fruto de una relación con el filósofo Raphael Enthoven, mientras que Sarkozy tiene otros tres hijos, dos de su primera esposa, Marie-Dominique Culioli, y un tercero de su segunda, Cecilia Ciganer-Albéniz. También es abuelo de una niña.
Medianoche en París es el primer proyecto cinematográfico de Carla Bruni, que solo había hecho algún cameo en el cine en películas como Catwalk (1995), de Richard Leacock, y Paparazzi (1998), del francés Alain Berbérien.
El rodaje tuvo lugar en julio de 2010, ya que Allen le ofreció el papel a la primera dama durante una visita al Elíseo la pasada primavera.
En la película, protagonizada por Owen Wilson, también aparecen Marion Cotillard, Adrien Brody, Kathy Bates o Rachel McAdams. La película inaugurará el 64º Festival de Cine de Cannes.
Carla Bruni no presentará su última película en Cannes. Pese a rodar Medianoche en París bajo las órdenes de Woody Allen, la primera dama de Francia no acudirá a la estrella de los festivales del país galo. Así lo ha asegurado en la emisora de radio francesa RML, donde ha explicado que no acudirá "por motivos personales", aunque también "por razones profesionales".
"Soñaba con ello (...) y lo lamento", ha explicado Bruni, de 43 años, que ha asegurado que le habría gustado mucho "estar junto a Woody Allen".
Carla Bruni espera ¿gemelos?
Carla Bruni quiere volver a ser madre
¡Acción!, rueda Woody Allen, actúa Carla Bruni
Nicolas Sarkozy, un abuelo en el Elíseo
Carla Bruni prefiere que Sarkozy deje el Elíseo
Carla Bruni: "Adoraría estar embarazada"
Woody Allen inaugurará el Festival de Cannes
Con estas escasas explicaciones, la tercera esposa del presidente francés, Nicolas Sarkozy, sigue dando pie a los rumores sobre un supuesto embarazo.
En un primer momento, fue una revista del corazón la que aseguró que estaba esperando un hijo, aunque poco después se comenzó a especular con que eran gemelos. Sin embargo, en una entrevista realizada por los lectores del diario Le Parisien no quiso contestar de forma clara a las preguntas sobre el tema.
"Si me lo permite, no responderé a todas esas preguntas de familia", le explicó Bruni a la lectora del diario francés que se atrevió a preguntarle acerca del que sería el primer hijo de la pareja presidencial. Sin embargo, no cerró del todo el tema: "Si estuviéramos en un café las dos, se lo diría francamente". Según relataron los asistentes a la entrevista, Bruni estuvo jugueteando constantemente con un pañuelo para taparse la barriga. Además, poco después apareció en un acto oficial con un holgado abrigo negro y con las manos sobre el vientre.
Bruni ha expresado en más de una ocasión sus intenciones de ser madre, del que sería su primer hijo con el presidente francés. Ella ya tiene un hijo, Aurelién, de 10 años, fruto de una relación con el filósofo Raphael Enthoven, mientras que Sarkozy tiene otros tres hijos, dos de su primera esposa, Marie-Dominique Culioli, y un tercero de su segunda, Cecilia Ciganer-Albéniz. También es abuelo de una niña.
Medianoche en París es el primer proyecto cinematográfico de Carla Bruni, que solo había hecho algún cameo en el cine en películas como Catwalk (1995), de Richard Leacock, y Paparazzi (1998), del francés Alain Berbérien.
El rodaje tuvo lugar en julio de 2010, ya que Allen le ofreció el papel a la primera dama durante una visita al Elíseo la pasada primavera.
En la película, protagonizada por Owen Wilson, también aparecen Marion Cotillard, Adrien Brody, Kathy Bates o Rachel McAdams. La película inaugurará el 64º Festival de Cine de Cannes.
Celebrando el centenario del nacimiento de Robert Johnson
Celebrando el centenario del nacimiento de Robert Johnson
Ayer 8 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento de Robert Johnson, el bluesman más legendario de un género repleto de buenas historias.
Todavía sobre él giran enigmas pero especialmente pervive su legado musical tan poderoso como el primer día. Johnson fue un músico excepcional.
Él y Muddy Waters tal vez hayan sido los compositores que, con su manera de tocar, cantar y componer, primero consiguieron que el blues abandonase sus tradicionales círculos para llegar a una mayor audiencia.
La Ruta Norteamericana celebra el centenario del nacimiento de un músico irrepetible en el sentido más estricto de su significado y extraordinario, que forma parte del olimpo del Blues del Mississippi, piedra angular de la música popular, recuperando el artículo sobre su figura y su leyenda publicado en este blog y dentro de la serie Forajidos de la revista Efe Eme . Johnson descansa en el olimpo de los tres acordes junto a nombres de la talla de Charlie Patton, Son House, Skip James, John Lee Hooker o Muddy Waters.
---------------------------------------------------------------
La leyenda dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en un cruce de caminos (“crossroads”) a cambio de aprender los secretos del blues. Al parecer, después de aquella medianoche, aquel músico rudimentario regresó a los tugurios y salas de actuaciones convertido en un maestro, con un estilo de guitarra que dejó boquiabiertos a propios y extraños mientras la agonía formaba parte de sus historias cotidianas, retratos de un negro del sur estadounidense que huía de su pasado y de su presente, camino de ninguna parte. No hay hechos que lo confirmen, pero poco importan los hechos en el Oeste y, en definitiva, en Estados Unidos, un país que necesitó ya en el siglo XIX registrar su historia temprana a partir de la mitología nacional con el objetivo de reforzar la tambaleante unión de sus numerosos Estados.
El misterio ha girado siempre en torno a la figura de Robert Johnson, el bluesman que sintetizó los sonidos originales del Mississippi. Al igual que nadie puede decir con precisión dónde nació el blues, aunque los datos de los musicólogos sugieren que fue en algún lugar del vasto territorio que se extiende desde el interior de Georgia y el norte de Florida hasta Texas, donde esclavos negros del algodón cantaban sus penas o alegrías en las plantaciones; tampoco nadie puede decir con precisión cómo Robert Johnson aprendió a tocar la guitarra y a hacer sucumbir al oyente con sus amores de paso, sus historias de hechizos o su tristeza masticada.
Los pocos datos que se conocen de su vida ilustran, eso sí, al prototipo de hombre negro del sur, con fuertes raíces africanas, castigado por su condición en tierra del Nuevo Mundo y sin más esperanzas de futuro que los sabores del sexo o el alcohol. Nacido en 1911 en Hazlehurst, localidad rural del Mississippi, lo más normal es que Robert Johnson vendiese su alma al diablo por llegar a ser algo en la vida. Sin un padre en casa, que según algunas biografías tuvo que huir del hogar porque unos terratenientes blancos querían lincharle, y en pleno corazón del Black Belt (cinturón negro), donde se concentraba desde la creación del país la mayor población esclava de EE UU, se casó joven, a los 18 años, como tantos en esa hacienda. Pero su mujer murió al año siguiente mientras paría. Tal vez, por todas esas cosas, no buscó solo refugio en el blues, más bien buscó su manera de existir.
Johnson, que aprendió a tocar atendiendo a dos pioneros como Son House y Willie Brown, representó al músico forastero, el ideal de cantante de blues. Su motor de vida era ser libre para ir de aquí para allá, viviendo desahogadamente cuando corrían buenos tiempos y trabajando cuando éstos eran duros. Se trataba de vivir, por lo general, tan bien como se podía y marcharse del lugar cuando se sentía insatisfecho o descontento. Como asegura David Evans en el magnífico libro “Nothing but the blues”, evitaba estar unido a la tierra, como otros trovadores del blues, ya que significaba una pérdida de movilidad y aceptación social. El músico prefería cantar y tocar a cambio de propinas en las esquinas de las calles, parques, trenes, barcos, salones de billar, bares, cafés, prostíbulos, fiestas particulares y espectáculos itinerantes. Era una vida peligrosa, pero mucho más gratificante e interesante que partirse la espalda bajo el sol.
Son muchas las historias que rodean esos viajes. La gente que estuvo con él dice que podía mantener una conversación en una habitación llena de personas mientras sonaba la radio de fondo, sin prestarle aparentemente ninguna atención, y al día siguiente tocar, nota por nota, cada una de las canciones que se habían emitido. También dicen que aparecía en algunas salas y con sus composiciones desgarradoras hacía llorar al público y, justo en ese momento, desaparecía en la oscuridad como si nunca hubiese estado allí. Otros simplemente le definen como un guitarrista brillante, el mejor guitarrista de blues de la historia, como afirmó muchos años después Eric Clapton, que bajo la influencia directa de su música le dedicó un homenaje en su disco “Me and Mr. Johnson”. Como músico errante y autodidacta, Johnson difundió el estilo picking que utilizaba todos los dedos de la mano derecha para tocar simultáneamente las cuerdas bajas acompañantes y un solo melódico sobre cuerdas agudas. Al mismo tiempo desarrolló el bottleneck, utilizando un cuello de botella roto para crear atmósferas. Sin embargo, Son House no le dio tanto crédito. Cuando le conoció, dijo, era un guitarrista del montón. Y es ahí donde nace la leyenda del diablo y el cruce de caminos y la fábula de su transformación.
El cruce de caminos (“crossroads”) forma parte de las creencias del hombre negro del sur estadounidense, herencia de los ritos africanos y una de las muchas señas de identidad de la población esclava en el continente americano. De África llegó la creencia en el conocido “hoodoo”, que viene a representar una especie de encantamiento que adquirió todo tipo de connotaciones en la cultura popular de los afroamericanos. Así, el “hoodoo man” era el brujo, el hechicero, con capacidad de crear sus conjuros de fortuna o desgracia, amor o desamor. Muchas canciones de blues de los años veinte y treinta se referían al “hoodoo”. Con esa voz apasionada, afectada por el día a día, el mismo Robert Johnson recoge todo tipo de referencias a este tipo de encantamientos. Entre todas las prácticas mágicas, se extendió que en el “crossroads” se podía invocar a los espíritus para conseguir conocimiento.
Según señala Theophus Smith en su libro “Conjuring Culture: Biblical Formations of Black America”, todo este tipo de creencias llegó a mezclarse con referencias bíblicas, propias de la tradición misionera española. Mientras la población negra identificaba el cruce de caminos como un ritual donde invocar a los espíritus africanos, la población blanca puritana lo identificó con el diablo. Y en ese crossroads se asentó la idea de que Robert Johnson adquirió su talento, más aún cuando en su escaso cancionero se hallan piezas hipnóticas como ‘Cross Road Blues’ o ‘Me and the devil blues’. Sin embargo, hay diversos estudios anglosajones y españoles, como el llevado a cabo por Héctor Martínez, miembro de la banda madrileña de blues de The Forty Nighters, que apuntan que el cruce de caminos del músico de Mississippi forma parte de una descripción del cantante Tommy Johnson, amigo del propio Robert, y de cómo antes existía un tema llamado ‘Sold it to the devil’, que interpretó en los treinta Black Spider Dumpling. A partir de ahí, unas versiones e historias de unos y otros han dado forma un aspecto legendario que recayó sobre Robert Johnson.
El propio bluesmen contribuyó con su muerte a dar más pólvora al reguero de su leyenda. Murió joven, a los 27 años, en un cruce de carreteras en Greenwood, Mississippi, después de ser envenenado por un hombre que pensaba que se lo estaba montando con su mujer, pero ni esto está confirmado. Los adoradores del misterio afirman todavía que se trataba del propio demonio. Se fue muy pronto, eso es cierto, pero el fuego de su mito queda avivado para siempre: nadie sabe dónde está su verdadera tumba y sólo se conservan un par de fotografías (la revista “Vanity Fair”, en un reportaje hace un par de años, constató una tercera imagen junto al cantante Johnny Shines).
Su historia, por tanto, crece a medida que pasa el tiempo y su música rasga el alma como el primer día. Muy pocos artistas están cubiertos por el manto de auténtica leyenda como Robert Johnson, un músico genial, arquetipo del cantante blues del profundo sur. Incluso él, que aparece en las tres imágenes que se le atribuyen con sus largos dedos agarrando su vieja guitarra, dejó escrito un glorioso epitafio en ‘Me and The Devil blues’: “Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar”.
Puro blues de leyenda.
Ayer 8 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento de Robert Johnson, el bluesman más legendario de un género repleto de buenas historias.
Todavía sobre él giran enigmas pero especialmente pervive su legado musical tan poderoso como el primer día. Johnson fue un músico excepcional.
Él y Muddy Waters tal vez hayan sido los compositores que, con su manera de tocar, cantar y componer, primero consiguieron que el blues abandonase sus tradicionales círculos para llegar a una mayor audiencia.
La Ruta Norteamericana celebra el centenario del nacimiento de un músico irrepetible en el sentido más estricto de su significado y extraordinario, que forma parte del olimpo del Blues del Mississippi, piedra angular de la música popular, recuperando el artículo sobre su figura y su leyenda publicado en este blog y dentro de la serie Forajidos de la revista Efe Eme . Johnson descansa en el olimpo de los tres acordes junto a nombres de la talla de Charlie Patton, Son House, Skip James, John Lee Hooker o Muddy Waters.
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La leyenda dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en un cruce de caminos (“crossroads”) a cambio de aprender los secretos del blues. Al parecer, después de aquella medianoche, aquel músico rudimentario regresó a los tugurios y salas de actuaciones convertido en un maestro, con un estilo de guitarra que dejó boquiabiertos a propios y extraños mientras la agonía formaba parte de sus historias cotidianas, retratos de un negro del sur estadounidense que huía de su pasado y de su presente, camino de ninguna parte. No hay hechos que lo confirmen, pero poco importan los hechos en el Oeste y, en definitiva, en Estados Unidos, un país que necesitó ya en el siglo XIX registrar su historia temprana a partir de la mitología nacional con el objetivo de reforzar la tambaleante unión de sus numerosos Estados.
El misterio ha girado siempre en torno a la figura de Robert Johnson, el bluesman que sintetizó los sonidos originales del Mississippi. Al igual que nadie puede decir con precisión dónde nació el blues, aunque los datos de los musicólogos sugieren que fue en algún lugar del vasto territorio que se extiende desde el interior de Georgia y el norte de Florida hasta Texas, donde esclavos negros del algodón cantaban sus penas o alegrías en las plantaciones; tampoco nadie puede decir con precisión cómo Robert Johnson aprendió a tocar la guitarra y a hacer sucumbir al oyente con sus amores de paso, sus historias de hechizos o su tristeza masticada.
Los pocos datos que se conocen de su vida ilustran, eso sí, al prototipo de hombre negro del sur, con fuertes raíces africanas, castigado por su condición en tierra del Nuevo Mundo y sin más esperanzas de futuro que los sabores del sexo o el alcohol. Nacido en 1911 en Hazlehurst, localidad rural del Mississippi, lo más normal es que Robert Johnson vendiese su alma al diablo por llegar a ser algo en la vida. Sin un padre en casa, que según algunas biografías tuvo que huir del hogar porque unos terratenientes blancos querían lincharle, y en pleno corazón del Black Belt (cinturón negro), donde se concentraba desde la creación del país la mayor población esclava de EE UU, se casó joven, a los 18 años, como tantos en esa hacienda. Pero su mujer murió al año siguiente mientras paría. Tal vez, por todas esas cosas, no buscó solo refugio en el blues, más bien buscó su manera de existir.
Johnson, que aprendió a tocar atendiendo a dos pioneros como Son House y Willie Brown, representó al músico forastero, el ideal de cantante de blues. Su motor de vida era ser libre para ir de aquí para allá, viviendo desahogadamente cuando corrían buenos tiempos y trabajando cuando éstos eran duros. Se trataba de vivir, por lo general, tan bien como se podía y marcharse del lugar cuando se sentía insatisfecho o descontento. Como asegura David Evans en el magnífico libro “Nothing but the blues”, evitaba estar unido a la tierra, como otros trovadores del blues, ya que significaba una pérdida de movilidad y aceptación social. El músico prefería cantar y tocar a cambio de propinas en las esquinas de las calles, parques, trenes, barcos, salones de billar, bares, cafés, prostíbulos, fiestas particulares y espectáculos itinerantes. Era una vida peligrosa, pero mucho más gratificante e interesante que partirse la espalda bajo el sol.
Son muchas las historias que rodean esos viajes. La gente que estuvo con él dice que podía mantener una conversación en una habitación llena de personas mientras sonaba la radio de fondo, sin prestarle aparentemente ninguna atención, y al día siguiente tocar, nota por nota, cada una de las canciones que se habían emitido. También dicen que aparecía en algunas salas y con sus composiciones desgarradoras hacía llorar al público y, justo en ese momento, desaparecía en la oscuridad como si nunca hubiese estado allí. Otros simplemente le definen como un guitarrista brillante, el mejor guitarrista de blues de la historia, como afirmó muchos años después Eric Clapton, que bajo la influencia directa de su música le dedicó un homenaje en su disco “Me and Mr. Johnson”. Como músico errante y autodidacta, Johnson difundió el estilo picking que utilizaba todos los dedos de la mano derecha para tocar simultáneamente las cuerdas bajas acompañantes y un solo melódico sobre cuerdas agudas. Al mismo tiempo desarrolló el bottleneck, utilizando un cuello de botella roto para crear atmósferas. Sin embargo, Son House no le dio tanto crédito. Cuando le conoció, dijo, era un guitarrista del montón. Y es ahí donde nace la leyenda del diablo y el cruce de caminos y la fábula de su transformación.
El cruce de caminos (“crossroads”) forma parte de las creencias del hombre negro del sur estadounidense, herencia de los ritos africanos y una de las muchas señas de identidad de la población esclava en el continente americano. De África llegó la creencia en el conocido “hoodoo”, que viene a representar una especie de encantamiento que adquirió todo tipo de connotaciones en la cultura popular de los afroamericanos. Así, el “hoodoo man” era el brujo, el hechicero, con capacidad de crear sus conjuros de fortuna o desgracia, amor o desamor. Muchas canciones de blues de los años veinte y treinta se referían al “hoodoo”. Con esa voz apasionada, afectada por el día a día, el mismo Robert Johnson recoge todo tipo de referencias a este tipo de encantamientos. Entre todas las prácticas mágicas, se extendió que en el “crossroads” se podía invocar a los espíritus para conseguir conocimiento.
Según señala Theophus Smith en su libro “Conjuring Culture: Biblical Formations of Black America”, todo este tipo de creencias llegó a mezclarse con referencias bíblicas, propias de la tradición misionera española. Mientras la población negra identificaba el cruce de caminos como un ritual donde invocar a los espíritus africanos, la población blanca puritana lo identificó con el diablo. Y en ese crossroads se asentó la idea de que Robert Johnson adquirió su talento, más aún cuando en su escaso cancionero se hallan piezas hipnóticas como ‘Cross Road Blues’ o ‘Me and the devil blues’. Sin embargo, hay diversos estudios anglosajones y españoles, como el llevado a cabo por Héctor Martínez, miembro de la banda madrileña de blues de The Forty Nighters, que apuntan que el cruce de caminos del músico de Mississippi forma parte de una descripción del cantante Tommy Johnson, amigo del propio Robert, y de cómo antes existía un tema llamado ‘Sold it to the devil’, que interpretó en los treinta Black Spider Dumpling. A partir de ahí, unas versiones e historias de unos y otros han dado forma un aspecto legendario que recayó sobre Robert Johnson.
El propio bluesmen contribuyó con su muerte a dar más pólvora al reguero de su leyenda. Murió joven, a los 27 años, en un cruce de carreteras en Greenwood, Mississippi, después de ser envenenado por un hombre que pensaba que se lo estaba montando con su mujer, pero ni esto está confirmado. Los adoradores del misterio afirman todavía que se trataba del propio demonio. Se fue muy pronto, eso es cierto, pero el fuego de su mito queda avivado para siempre: nadie sabe dónde está su verdadera tumba y sólo se conservan un par de fotografías (la revista “Vanity Fair”, en un reportaje hace un par de años, constató una tercera imagen junto al cantante Johnny Shines).
Su historia, por tanto, crece a medida que pasa el tiempo y su música rasga el alma como el primer día. Muy pocos artistas están cubiertos por el manto de auténtica leyenda como Robert Johnson, un músico genial, arquetipo del cantante blues del profundo sur. Incluso él, que aparece en las tres imágenes que se le atribuyen con sus largos dedos agarrando su vieja guitarra, dejó escrito un glorioso epitafio en ‘Me and The Devil blues’: “Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar”.
Puro blues de leyenda.
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