Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

3 may 2011

Montañas ROSA MONTERO

Gema M. G. tiene 38 años y lleva nueve padeciendo la enfermedad de Parkinson, una cruel dolencia neurodegenerativa que además le cayó encima demasiado temprano. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Estas son las preguntas que obsesionaron a Gema durante varios años, las preguntas enloquecedoras e inevitables de quien, de repente, es aplastado por una desgracia irreparable, por una de esas desgracias/alud que se te vienen encima y acaban para siempre con tu vida anterior.
 Pero que tu realidad tal y como antes la conocías haya sido destruida no quiere decir que la vida se acabe: los humanos somos bichos tenaces.






Desde luego no es fácil: Gema tardó años en poder empezar a reinventarse y, por descontado, tiene que seguir peleando cada día.
La gente suele identificar el Parkinson con los temblores, pero lo peor son los ataques de rigidez. No mitifiquemos ni edulcoremos el sufrimiento: vivir con algo así es mucho más duro. A cambio, es probable que sea más intenso, y los momentos hermosos, más hermosos.
 Ya diagnosticada, Gema la guerrera ha tenido un hijo, ha aprendido diseño web y sigue trabajando (es profesora de música).
Cuando la enfermedad la paraliza, Gema ha tenido la formidable ocurrencia de poner música y echarse a bailar.
Hace falta valor para intentar danzar cuando tu cuerpo está desconectado y tieso, pero el truco funciona: se acortan las crisis, son más llevaderas.
El Parkinson está originado por una insuficiencia de dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer.
Y resulta que en enero se publicó en Nature un estudio demostrando que escuchar música puede generar subidas de dopamina.
El hallazgo de Gema, producto de su fortaleza y de sus ganas de vivir, es tan interesante que, al parecer, unos neurólogos se están planteando estudiar su caso.
Si uno no se rinde puede mover montañas.

2 may 2011

Julio Iglesias & Alejandro Fernandez - Dos Corazones, Dos Historias

Shakira - Hay Amores - BSO El amor en los Tiempos de Colera

labios de miel




Me he preguntado muchas veces sobre aquel último beso que le dí, y que luego tanto me atormentó.



Si apenas la conocía en sus rutinas, si no intimé con ella, ni trabé ninguna fuerte amistad, ¿por qué he gastado entonces tanto tiempo en buscar las respuestas?



Pero ya ha pasado demasiado tiempo, y ahora suelo callar sobre todo lo sucedido sobre la afinidad de sus labios, lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo ruin del tiempo que sobre ellos viví, solo, en aquella calima húmeda con sabor a miel.



La llamé Amor. Y sus labios se quedaron secos. Los exprimí. Dejándola como un árbol al que ha herido un rayo; mientras yo, antes de cruzar la puerta oscura y hueca, como una calavera, del adiós, ni me volví para ver hasta donde se alzaba su humo, ni oí como crujía al son del viento que la avivaba.



De ella sólo me quedó el olor a hollín y derrumbe, antes canela, con el que se le quebraba mi nombre en su garganta.



De ella me quedó la mariposa que me contemplaba con la mirada baja pendiendo de sus caderas desnudas.



Mariposa que hoy se hace irregular. A la que se le empieza a falsear la tinta, perdiendo su contorno, translúcida, estirando sus alas como si subiese a los cielos buscando su fortuna. Ojos claros, mujer por dentro, que nunca tuve pero con los que jugué de prestado.



Si al menos siguiese existiendo esa mariposa moviéndose en sus caderas con descaro, tratando de provocarme..., si supiera que ella aún se vuelve sonriéndose..., si sus pupilas tuviesen todavía algo que mirar en mi..., en esas horas tempranas en que la piel reluce mojada entre bostezos vagos al salir de la cama, retornaría al pasar de las noches habitadas de sueños.



Pero sigo preguntándome mucho por el último beso que le dí. Y desde él, ella se ha hecho tenue como su imagen en mi memoria. Atrás quedó el tiempo desornado, las veladas de dormir poco, y los días vividos con exceso, en los que mi cabeza estaba más revuelta que una pajarera.



Mariposa, de ti guardo un buen recuerdo, en el amor y el desamor, y no teniendo claro por qué me alejé de ti, ni por qué no acudí a verte sonreir, supe que abría la mano para dejar escapar la criatura más hermosa, las de los ojos de luz tenue que se licuaban en azul turquesa, la de los labios de miel...