Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 abr 2011

Celtas Cortos 20 de abril

Áspero mundo

JUAN JOSÉ MILLÁS
Mourinho es a Guardiola lo que Lucifer a Dios. Quiere decirse que Mourinho es el segundo por antonomasia, signifique lo que signifique antonomasia.
Por eso mismo, cada vez que pierde un partido, incluso cada vez que lo gana, vuelve a gritar non serviam, no serviré, en la rueda de prensa consiguiente.
No serviré, no me humillaré, no me adaptaré al modelo de juego limpio dominante.
 ¿Hay otro modo de ser el primero cuando te ha tocado ser el segundo? Así como para llenar una hora es preciso vaciar cada uno de sus minutos, para alcanzar el éxito (un éxito no convencional) conviene acumular con avaricia los fracasos.
Mourinho se equivocó empatando con el Madrid la semana pasada y ha vuelto a equivocarse ayer.
A ver si rectifica y pierde el próximo.
No se puede llenar el depósito del coche sin vaciar la cartera ni celebrar un funeral sin lamentar una desgracia. Para crear el mundo fueron necesarias dosis formidables de poder y cantidades imponentes de oligofrenia.
El mundo, como el fútbol, es una mezcla alucinante de autoridad e inconsciencia.
 Un equipo de fútbol no es la Telefónica ni Iberia.
La gente no espera en Gran Vía la llegada de César Alierta ni sus directores generales se levantan a Shakira.
El fútbol tiene (aunque no para mí, que soy un deficiente) el gen del arte. En el fútbol, como en la música, no se elige el lugar del éxito: te lo proporciona el azar.
Si te ha tocado ser Salieri en vez de Mozart (o Mourinho en vez de Guardiola), no tienes más remedio que cultivar una belleza áspera, rencorosa, una belleza fea. Un Mourinho amable sería tan odioso como un Luzbel beato.
Mourinho debería construir un segundo capaz de convertirse en un primero alternativo. En cuanto a Guardiola, parece que se va, por aburrimiento sin duda, es decir, por las mismas razones por las que Dios abandonó a su suerte a este áspero mundo.

El grito de Iker

El capitán del Madrid inyectó coraje a la plantilla, aturdida tras los tropiezos en la Liga, para que no dejara escapar la Copa frente al Barcelona .
Hay algo marcial en Iker Casillas.
Una severidad en la disposición de ánimo, un laconismo, una austeridad en los gestos que quizás heredó de sus predecesores, Raúl y Hierro, sin quererlo.
El hombre es hermético.
No deja escapar emociones. Fue asimilando alegrías y sinsabores con aparente serenidad, sin decir nada. La capitanía ha acentuado estos formalismos, quizá aprendidos en casa, en donde padres y abuelos practicaron la vocación de servicio público. Es muy extraño verle expresar sus sentimientos abiertamente.










La tarde del 2 de abril, quienes le acompañaron al vestuario del Bernabéu tras el pitido final, asistieron a una de esas transformaciones.
Consciente de que el Madrid acababa de perder la Liga, tras la derrota contra el Sporting (0-1), la válvula que contiene la presión en el cerebro del portero saltó por los aires. Dirigiéndose a todos, pero sobre todo a Mourinho, Marcelo y Pepe, Casillas comenzó a gritar algo así como un mensaje codificado de rabia:






-¡Ya veréis cómo mañana no se ríe nadie! ¡A ver si nos dejamos de risa y de cachondeo y nos tomamos las cosas en serio! ¡Porque hoy no hemos entrado en el partido en serio! ¡Siempre igual...!



Alarmado, Zidane, consejero de Mourinho, acudió a templar los ánimos de su excompañero.



-Tranquilízate, Iker.



-¡Tranquilízate y una polla!, replicó el portero.



Mourinho asistió a atónito a las manifestaciones del jugador.
 Hay dos cosas que sacan de quicio a Casillas.Dos cosas que le sacan de sus casillas,
 Que le metan un gol y que le confirmen que ha perdido un campeonato. Esa misma tarde Miguel de las Cuevas le había hecho un gol que prácticamente sepultaba las posibilidades madridistas de ganar la Liga.
Ante la toma de conciencia del percance, el portero reaccionó contra la falta de ambición de su equipo en el partido.
 Inmediatamente, asoció la dejadez a ciertas muestras de frivolidad de Pepe y Marcelo, los bromistas de la plantilla, muy unidos a Cristiano y a Mourinho en los corros que se forman cada mañana, antes de entrenarse.
 La filípica fue por ellos y fue para todos. El 2 de abril al Madrid se le acabó el tiempo de las especulaciones.



Si hay un jugador que ha experimentado el peso de la responsabilidad ha sido Casillas. A sus 30 años, es la primera temporada que ejerce como primer capitán y lo hace en solitario tras la marcha de Raúl. Aglutina los viejos valores frente a la llegada de Mourinho y sus lugartenientes.
Es el líder del grupo de españoles, siempre un poco menos valorado por el técnico, que se siente más cómodo tratando con Cristiano, Di María, Marcelo o Pepe.





Casillas se había impuesto la conquista de la Copa y trasladó esa urgencia al resto de la plantilla.
 "Es una prioridad", dijo hace poco.
Era el único título que se le había resistido a su generación.
Y era un reto particular. De modo que, tras perder dos finales en 2002 y 2004, afrontó la final de Mestalla con la conciencia de estar ante un momento irrepetible. Con la clase de tensión competitiva que le caracteriza. Como dijo hoy un dirigente del Madrid: "A Casillas se le pueden detectar carencias como portero, pero cuando llegan los momentos importantes, con él la pelota no entra".






Entre el clásico del sábado y la final del miércoles, el Barça remató nueve veces entre los tres palos del Madrid. No remató cualquiera. Messi tiró cuatro veces, Villa tres, Iniesta una y Pedro una.
 Casillas hizo ocho paradas. La única pelota que fue dentro fue la del penalti de Messi en el Bernabéu.






El entramado defensivo de Mourinho atenazó al Barça en el medio campo en la primera parte de la final.
 Durante un tiempo, Casillas vivió al amparo de diez compañeros que salieron a presionar arriba, con la misión especial de tapar el inicio del juego rival, para que ni Piqué ni Busquets salieran tocando cómodos.
Pero cuando la barrera se aflojó y el Barça llegó en tromba, en la segunda parte, su intervención se hizo imprescindible.
Cuando Messi gastó su última bala, un zurdazo raso, fuerte al segundo palo, el portero estiró el brazo con el alma para desviar la trayectoria de la pelota y alzar la Copa del Rey. "Si se hubiera cortado las uñ 


as no llegaba", bromeó un compañero.

Estética

DAVID TRUEBA
Sin permiso del Real Madrid y el F. C. Barcelona, el mundo sigue girando.
Hay un momento en el que la información deportiva, con sus ruedas de prensa, especulaciones y entrevistas a los aficionados a pie de calle se parece demasiado a sacudir una alfombra. Por mucho que le atices siempre saca algo de polvo. De ahí la insistencia de los medios.
 La televisión especialmente, que ha hecho del relleno un arte, sabe que un gran partido de fútbol es una garantía de material para pasar por la trituradora.
 Como si los programadores se levantaran por la mañana y suspiraran aliviados al ver que ya tienen tres o cuatro horas de la jornada resueltas de un plumazo.




Entre todo eso, destacaba aún más que La 2 dedicara un espacio al escultor vasco Jorge Oteiza.
La televisión, con su jerarquía de cosas y personas importantes tan particular, ha convertido la presencia de un escultor en una rareza.
Al menos, los neurocientíficos dan consejos de autoayuda disimulados en la jerga profesional y a los pintores se les puede retratar dando unas pinceladas en su estudio.
 Por suerte Oteiza, muerto en 2003 a los 94 años, ofrecía suficientes aristas para liberar a la emisión del recorrido por la piedra y el metal de sus mejores obras.
Escritor, agitador y controvertido, ya solo el retrato de su personalidad más cotidiana era una acumulación de contradicciones.



Alguno de sus familiares recordaba cómo se enfadaba con los libros de texto que le hacían estudiar a sus sobrinos y los tiraba al suelo asegurando que allí no iban a aprender nada.
En un momento dado su voz sonaba en una antigua grabación para recordar que sin una educación estética, cualquier formación estaría siempre incompleta.
Sonaba extraño oírlo en la televisión, que se empeña tan a menudo en arrasar cualquier propuesta estética frente a lo acumulativo.
 La televisión es una ducha que cae sobre el espectador sin dejar huella, como un proceso cotidiano en el que la acción de mirar está vacía de contenido y la propuesta estética es un estorbo.
Igual que Oteiza sostenía que el arte no era para los museos, sino para el hombre, podríamos preguntarnos para quién es la televisión.
Mucho me temo que es solo para la propia televisión.