Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 mar 2011

Extravios Pepe Junco

EXTRAVÍO







Me he encontrado unos brazos flotando en la memoria



Y, casi por instinto, me he tocado los míos



Y he calmado la angustia al saber que aquí siguen



-desgastados, escuálidos, buscando los bolsillos



Del pantalón vaquero que visto de uniforme-



Pegados a los hombros como niños pequeños



Que, por miedo a extraviarse, agarran una mano.







Sin embargo, los brazos que habitan mi memoria



No me dejan tranquilo, e irrumpen en mis sueños



Moviéndose y clamando en todas direcciones,



Igual que ramas de árboles arrancadas de cuajo



Que huérfanas pululan los confines del mundo.







(Es curioso lo del andar errante de las ramas partidas:



Al principio parece que, superado el miedo,



Intentan torpemente llevar su propia vida



Hasta que mueren solas sintiendo que la savia



No atraviesa sus venas y quedan desangradas



Y muertas para siempre detrás de unos suspiros)







He intentado, sin suerte, saber su procedencia



Y el sentido que tiene su presencia en mi vida



Sabiendo como saben que yo tengo mis brazos



Y que no necesito ni trasplantes ni injertos.







Los he visto subiendo por lugares inhóspitos



E intentando quedarse en mis hombros desnudos



Suplicando cobijo y amparo entre los vivos,



Esbozando sonrisas fraternales y tiernas.







Son pequeños, y buscan en los parques del alma



Un columpio de flores que los lleve muy lejos



Y transporte sus sueños más allá de la muerte.







A veces me da miedo pensar que se han caído



Del cuerpo de algún niño machacado en combate



Y no han podido luego retornar a su cuerpo



Y vagan solitarios buscando explicaciones.







No he tenido coraje, ni corazón, ni ganas



Para hacer que abandonen mi memoria atrofiada,



Y he dejado que sigan torpemente mis pasos



Y a todas partes vienen como si fueran míos.







Pepe Junco

Horteras pero altamente rentables

En ese oscuro mundo de los famosos que lo son sin ningún mérito profesional más allá del de saber explotar con maestría y sin pudor la fascinación ciega de nuestra cultura por la fama, la familia Kardashian es un fenómeno digno de análisis.
Y no solo por la capacidad de seducción que ejerce sobre millones de estadounidenses, sino principalmente porque ha sabido transformar ese poder de sugestión en una máquina de hacer dinero sin precedentes en la historia de las celebridades vacuas.






Con su programa y su línea de productos ganaron 60 millones en 2010

Según publicaba hace un mes The Hollywood Reporter, el clan Kardashian ganó 60 millones de euros en 2010, más que Angelina Jolie o las principales estrellas de Hollywood. Tres reality shows y un cuarto en camino, líneas de ropa y zapatos, boutiques, perfumes, accesorios, biografías, apariciones pagadas en decenas de locales de moda y hasta una tarjeta de crédito con intereses desmedidos para sus usuarios con los pechos de la Kardashian más famosa -Kim- impresos sobre ella, contribuyeron a engrosar las cuentas bancarias de esta familia colosalmente hortera y codiciosa.



Saltaron a la fama a través de un reality show llamado Keeping up with the Kardashians, cuyo eje central consistía en seguir de cerca las aventuras y desventuras de esta familia numerosa formada por Kourtney, Khloé y Kim, tres hermanas veinteañeras de curvas sinuosas crecidas en Beverly Hills a la vera de otras diosas del oportunismo mediático como Paris Hilton; Kris Jenner, la matriarca, viuda de Robert Kardashian, un poderoso abogado que defendió a OJ Simpson durante su famoso juicio por asesinato; Bruce Jenner, el padrastro y nuevo marido de Kris; y Kendall y Kylie, las hijas pequeñas de la pareja.



El programa, que arrancó en 2007, se convirtió en un éxito instantáneo. Semana tras semana el público asistía a las tardes familiares en las que las hermanas mayores les explican a las pequeñas cómo ponerse un tampón, o a las noches locas en las que vestidos imposibles cubren las carnes de las tres voluptuosas féminas que llevan el peso del programa, y que se atacan como gatas cuando la una utiliza el bolso de Chanel de la otra sin permiso. Tramas profundas, para entendernos.



El primer capítulo sentó además el tono desalmadamente utilitario que caracterizaría toda la saga familiar: Kim, la maciza oficial del clan, tiene que enfrentarse a su madre tras la publicación de una cinta porno en la que aparece en pleno traqueteo sexual con su exnovio, el rapero Ray J. Pero como suele decirse, de tal palo tal astilla. Así que mamá Kris le aconseja a su hija que le saque tajada económica al asunto.



Kim recibió en 2007 cinco millones de la empresa Vivid Entertainment a la que denunció cuando se hizo pública la cinta. Curiosamente hay una página en Internet perteneciente a la misma empresa en la que aún puede verse el vídeo.



Desde el estreno de la primera temporada de Keeping up with the Kardashians, la popularidad de toda la familia se ha disparado hasta límites insospechados, sobre todo la de Kim, que tiene más de seis millones de seguidores en Twitter (es la quinta persona del mundo más seguida en la red social). Y esa cifra no es anecdótica. Cada vez que esta estrella del tabloide tuitea sobre algún producto, recibe sustanciosas sumas de dinero por patrocinarlo (algo que por supuesto hacen muchas otras celebridades, aunque lo camuflen con mensajes de entusiasmo espontáneo y sus fans ni se enteren de que hay gato encerrado).



Keeping up with the Kardashians terminó su quinta temporada el pasado diciembre con el episodio más visto de la historia del canal que lo emite (casi cinco millones de personas, un récord para un canal de pago como E!), pero los estadounidenses ahora reciben su dosis de Kardashians por múltiples vías.
Las tres hermanas aparecen en revistas y programas de televisión opinando sobre lo divino y lo humano, promocionando sus propios productos o ejerciendo de mujer florero en cualquier evento petardo. Además, Kim y Kourtney tienen su propio reality sobre su vida en Nueva York al frente de una de sus boutiques y el mes próximo se estrenará otro más que seguirá la vida matrimonial de Khloé y su marido, Lamar Odon, compañero de Paul Gasol en Los Angeles Lakers. Como se descuide, el español también acaba en las garras del clan.

"El peligro no es lo digital; es la gratuidad"

JUAN CRUZ
Hay un barco en miniatura en algún lugar del espléndido despacho que tiene Antoine Gallimard en la editorial que su abuelo Gaston fundó hace ahora un siglo.








"El libro digital permite una gran flexibilidad. Es una oportunidad para enriquecer el catálogo y mantener los libros vivos"



"En Francia tenemos la suerte de contar con muy buenos libreros, al contrario que en el Reino Unido, donde han desaparecido"

Están, también, los libros de la Pléiade, la colección intachable de clásicos que esta editorial "que condiciona el juicio literario francés", como recoge Pierre Assouline en su monumental biografía del fundador.



Y está, claro, la atmósfera que el mismo Antoine, al frente de este transatlántico de la cultura europea, ha creado para seguir haciendo de Gallimard un faro editorial del siglo XX dispuesto a surcar una navegación dificilísima, la de los retos oceánicos del siglo XXI. Él está dispuesto, dice.



Es marinero; a veces, dice Gustavo Guerrero, responsable de la línea hispanoamericana -tan importante en Gallimard-, Antoine deja este despacho, que está al lado de su casa, donde le fotografió Daniel Mordzinski, y se va por esos mares, solitario, a leer, a recargar su manual de instrucciones para llevar adelante este barco.



Ante este marinero nos sentamos, en ese despacho sobrio desde cuyas paredes nos mira la Pléiade.



Pregunta. ¿Cómo ve un gran editor el porvenir del libro?



Respuesta. En primer lugar, no hay grandes editores sino, simplemente, editores, ya sean grandes o pequeños. No me preocupa el lugar del libro en el futuro. Estoy seguro de que seguirá siendo extremadamente importante.
El libro digital, lejos de suponer el fin del libro, es una nueva oportunidad para este. Un libro no es simplemente una alineación de caracteres, una maquetación, unos capítulos..., y el libro digital no hace más que añadir un cuerpo nuevo, un peso nuevo al libro tradicional.
El libro digital, como la fotografía, permite una gran flexibilidad: diferentes formatos, reimpresiones limitadas.
 Por lo tanto, es una oportunidad para enriquecer el catálogo y mantener los libros vivos. Creo que el porvenir del libro depende a la vez de los editores y de los autores. Para ejercer este oficio no solo hay que amar la literatura, sino también a los escritores y a la gente, al público.
Es un oficio que surge del afán de compartir, a través del libro, universos secretos. Vargas Llosa lo dijo muy bien en su discurso del Nobel: "Cuento historias para hacer que la vida sea mejor". Siempre necesitaremos historias para mejorar la vida. Por eso creo que el libro tiene un brillante porvenir.



P. ¿Es usted optimista desde hace tiempo? ¿O desde el momento en que todo el mundo ha empezado a ser pesimista?



R. Creo que hay que ser voluntariamente optimista.
 Lo que más me ha preocupado en los últimos años no ha sido la aparición del libro digital, sino una nueva manera de buscar satisfacción en las comunidades adolescentes, que han sumado al tiempo dedicado a la televisión toda una plétora de actividades y prácticas sociales en Internet, de manera que cada vez disponen de menos tiempo para leer.



P. ¿Y es posible que los jóvenes vuelvan a los libros?



R. Siempre es difícil protegerse de las dificultades de la vida. Están ahí, hay que afrontarlas. La cuestión sería saber si nuestra civilización del gusto por la lectura, por toda esa cultura de lo escrito que hemos heredado de nuestros antepasados, va a sufrir una especie de regreso a la Edad Media y a convertirnos en monjes en sus monasterios o, al contrario, vamos a saber dirigirnos al gran público.
No hay que temer la desaparición de un cierto tipo de lector: sigue habiendo escritores muy exigentes, como Javier Marías en España, con un gran éxito de ventas.
Pero también ha habido una gran distancia entre escritores como Borges u Octavio Paz y la literatura que "llega" al gran público. No hay fatalidad en estas cosas. Podríamos preguntarnos si ese gran público va a dedicarse exclusivamente a Facebook o va a seguir leyendo.
Yo estoy convencido de que seguirá habiendo lectores. La literatura siempre ha sido algo precioso: extremadamente frágil y, a la vez, asombrosamente resistente.
No, no hay que temer su desaparición, ya la hemos visto sobrevivir al surgimiento de los nuevos medios de comunicación; pero tampoco debemos esperar que se extienda.
 Se ha vertido mucha tinta sobre la evolución del mundo editorial hacia el mundo de los negocios, sobre cómo editoriales como Planeta, Hachette o Bertelsmann han ido comprando y vendiendo otras empresas: pero estos grandes movimientos de capital no tienen relación propiamente dicha con el mundo del libro, con la cultura del libro.



P. El libro de Assouline sobre su abuelo muestra que inquietudes actuales fueron también inquietudes del pasado.
A él le preocupaba si debía o no publicar literatura popular, y creó la "serie negra". ¿A usted qué le preocupa ahora de la relación entre la industria y su concepto personal del libro?



R. La problemática no ha cambiado desde principios del siglo XX. Mi abuelo no dudó en publicar libros muy comerciales junto con otros mucho más exigentes, como la poesía de Lorca o los ensayos de Valéry.
Lo importante era saber cómo se podía combinar la publicación de libros populares y la de libros de calidad. Y atreverse a decidir.
Mi abuelo no quiso publicar a Simenon en la Pléiade, a pesar del apoyo de Gide. Fue un error por su parte, que yo corregí.
Por el contrario, Céline fue publicado en la antigua Pléiade, a pesar de ser un antisemita y un provocador: fue una elección difícil y muy valiente.
En el oficio de editor hay que saber amar, pero también hay que saber elegir. No hay que ponerle límites al gusto literario. Siempre hay que buscar, como busca un pescador, pero también hay que conocer y dejar que lleguen las mareas en lugar de intentar atraerlas.



P. Su abuelo tenía una enorme autoridad y dominaba todos los sectores de la edición. ¿Qué diferencia hay entre él y la figura del editor actual?



R. En la época de mi abuelo, la librería desempeñaba un papel muy importante, había muchas editoriales familiares, independientes: el mundo del libro era como un verdadero pueblecito.
 Hoy rige la ley de mercado y encontramos grandes engranajes, grandes superficies, pocas editoriales independientes, una gran concentración en los grupos fuertes, cada vez menos librerías. Por fortuna, las editoriales no construyen aviones, y pueden recuperar con mayor facilidad el equilibrio frente a los problemas de mercado y de distribución, sin que el tamaño de la empresa productora suponga una diferencia fundamental.
 La fuerza de Gallimard radica en ser una editorial de escritores. Malraux, Paz, Borges nos han recomendado libros; escritores como Vargas Llosa nos siguen descubriendo autores.



P. Gallimard se ha mantenido independiente durante un siglo. ¿Cómo lo ha logrado?



R. Son varios los factores que han protegido la editorial en momentos de peligro: la calidad, la opinión pública, incluso la preocupación de políticos como Mitterrand.
Ha habido un movimiento general de simpatía por nuestro quehacer literario, por una editorial que ha representado algo importante a lo largo de toda su historia y lo sigue haciendo ahora.



P. ¿Con los mismos presupuestos intelectuales, culturales, en medio de la revolución digital?



R. La revolución digital es una revolución tecnológica, basada en la rapidez con la que podemos captar contenidos. Lo importante es saber si esta revolución va a transformar el comportamiento del lector o del imaginario del escritor. Yo no creo que eso suceda, del mismo modo que ni la radio ni la televisión transformaron nada en ese aspecto. El peligro no es lo digital: como dije antes, la edición digital es una oportunidad. El auténtico peligro es la gratuidad. No se trata de culpar a Internet sino a la piratería. Estamos trabajando en crear una colección digital que sea atractiva para los jóvenes, no demasiado cara. Gallimard ha entablado procesos judiciales contra servidores de acceso como Orange, para que dejen de alojar sitios en los que la gente sube ilegalmente libros de la editorial. Y hemos conseguido que se cierren esos portales, pero a la vez Orange nos ha atacado en nombre del libre acceso.
Como presidente del SNE [Sindicato Nacional de la Edición], actualmente lucho por los derechos de la explotación digital y por conseguir una ley que asegure el control de precios del libro digital, tanto para preservar el valor del libro, de la creación y de la edición como para proteger a los libreros y a los escritores.



P. La música y el cine se han visto gravemente afectados por la piratería. ¿Considera que el mundo del libro está mejor equipado para luchar contra ella?



R. El libro está mejor armado que la música porque, por naturaleza, no es tan inmaterial. El libro alcanza a más sentidos: el tacto, por el formato, el olor del papel, la vista... Y su intermediario histórico es el librero.
En Francia tenemos la suerte de seguir contando con muy buenos libreros, al contrario que en el Reino Unido, por ejemplo, donde el librero ha desaparecido...
El mundo de la música nunca se dio cuenta del peligro; pero el libro ha llegado más tarde que la música al mundo digital. Incluso los políticos, los medios de comunicación y la opinión pública han tomado conciencia del riesgo.
Ahora tratamos de que el mercado sea lo más amplio y atractivo posible, pero sin dejar de luchar contra la piratería.



P. Pero hay un sector que considera que la cultura debe ser gratuita.



R. Sin duda. No solo en Francia, en todas partes.



P. ¿Y cómo se puede luchar por el libro en el medio digital?



R. Es importante construir un marco legislativo que permita sostener el mercado. Si los editores dejan de pelearse entre sí por el precio del libro, se puede crear un mercado capaz de instalarse.
 Hasta ahora, la política comercial la han dirigido, sobre todo, las grandes superficies como la FNAC. Los editores deben ganar mayor presencia en la política comercial. Y el Gobierno europeo debe acordar, de una vez por todas, medidas tan duras contra los servidores de acceso respecto a la piratería como, por ejemplo, respecto a la pedofilia. Aceptar el hecho de que la piratería existe, y penalizarla.
Cosa que hará; es una cuestión de tiempo.



P. ¿Cree que la opinión pública europea está preparada para asumir medidas tan impopulares?



R. No, creo que todavía es pronto. Pero creo que lo hará en los próximos 20 años.



P. ¿Cuál es su percepción, como editor tradicional, del mercado del libro digital?



R. De momento, nuestra experiencia en este sector es muy limitada. En Estados Unidos, el mercado digital empieza a ser importante. En Francia, por ahora, supone menos del 1%. Encontramos en él muy poca literatura, y apenas libros de arte. Sin embargo, hemos digitalizado nuestro catálogo para que las obras estén más disponibles, lo cual nos facilita también la capacidad de reacción a la hora de editar. En 2007 se instaló en Estados Unidos la primera máquina pública de "libro expreso", que permitía al usuario la impresión y encuadernación "a la carta" de un libro en cuestión de minutos. Sin duda, el libro digital facilita muchas cosas; por ejemplo, las devoluciones de las librerías suponen una gran dificultad para el editor, pero el libro digital soluciona el problema del almacenamiento.



P. Puede ocurrir que, como en las películas de Hitchcock, nos estén desviando con las preocupaciones digitales otros asuntos cruciales del mundo del libro...



P. El libro digital nos preocupa porque puede suponer, sobre todo, la desaparición de los intermediarios naturales entre el lector y el autor. Y se teme que esto arrastre toda una conmoción, un cambio radical en el mundo del libro.
 Que ya no haya necesidad de editores o de libreros.
Yo creo, al contrario, que puede producirse un retorno a ciertos valores tradicionales, un rechazo a la idea de que nuestra vida gira en torno al dinero, del mismo modo que ya existen movimientos alternativos de reacción contra la comida rápida de mala calidad o contra el consumismo compulsivo, especialmente a raíz de la crisis económica. Esta es mi apuesta.



P. A su alrededor la gente se refiere a usted como al capitán de un barco. Para quien no es marinero como usted, un barco puede evocar la idea de soledad y miedo. ¿Siente usted a veces esa soledad, ese miedo, en el mundo de la cultura de hoy? ¿Estamos en un momento en que sería legítimo sentirlo?



R. La imagen marítima es acertada por dos razones.
 La primera, porque me gusta la navegación de cabotaje, me gusta descubrir gentes y paisajes.
 La segunda, porque la tripulación es fundamental para mí.
Puede que haya noches en que no consiga dormir, me levante y lea un libro; pero durante el día, la presencia de la tripulación me tranquiliza. Tengo amigos que tripulan el barco del mundo del libro en todas partes, mantengo con ellos una relación cálida, hospitalaria, generosa.



P. Un veterano periodista español, Jesús de la Serna, dice que el capitán come solo en su camarote...



R. También me gusta estar solo. No hay nada más importante que disponer de momentos para uno mismo. Por ejemplo, momentos para leer.



P. Una editorial que ha pasado de su abuelo a su padre, a usted. ¿Qué peso tiene la tradición aquí?



R. La tradición es descubrir y editar un libro por su calidad intrínseca.
Y para preservar la tradición a veces hay que retorcerle el cuello, so pena de convertirse en una caricatura de la propia historia.
Por eso Gallimard no ha tenido miedo de acoger al mismo tiempo a autores muy diferentes entre sí: desde los surrealistas al nouveau roman o Mauriac, hasta los autores contemporáneos.



P. ¿Hay una palabra que defina su relación con el mundo de la edición?



R. Diría que la paciencia.