11-M, 2.556 días después
Han pasado siete años, 2.556 días, desde que una vez más salió a la superficie la mente reptiliana del ser humano y sembró el horror por las estaciones de trenes de Madrid.
El 11-M será un estigma de la miseria del alma humana siempre, pasen los años que pasen, como hoy seguimos recordando salvajadas semejantes ocurridas hace mucho, mucho tiempo: Los fusilamientos de Príncipe Pío por las tropas napoleónicas, los sucesos de Casas Viejas durante la II República, el bombardeo de Guernika...
Siempre el odio, el fanatismo, el descenso a los infierno de quienes creen tener derecho a disponer de la vida de otros.
Los casi doscientos muertos de aquel día merecen la memoria y el respeto, los heridos ayuda y solidaridad.
Los familiares de los asesinados jamás encontrarán consuelo porque para que este llegue antes hay que comprender; y no hay manera de entender que te arranquen de manera tan arbitraria a un ser querido.
Y los muertos también merecen descanso, y que dejen de utilizarlos como arma política.
Respeto y memoria, pero no revanchismo de errores cometidos por unos o por otros -da lo mismo- pero que nada tienen que ver con las víctimas.
Hoy, 11-M, tal vez sería un gran homenaje que nos parásemos un minuto y pensemos que un acto tan brutal fue perpetrado por hombres como nosotros, porque el fanatismo, tristemente, es de humanos.
La sangre derramada clama silencio a quienes siguen utilizándola.
Sacado de Bardinia de Emilio González Déniz
11 mar 2011
Yo era él
JUAN JOSÉ MILLÁS
Estábamos 10 o 12 personas en el interior de la sucursal bancaria de la esquina, cuando entró un tipo fuera de sí blandiendo una pistola.
Tras ordenar que nos sentáramos en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre las rodillas, exigió la combinación de la caja fuerte.
Supe de súbito que aquel atracador era yo.
Lo supe de un modo intuitivo, claro, no racional, pero sin lugar a dudas de ninguna de clase.
Lo malo es que el resto de los clientes debieron de notarlo también, lo digo por la forma en que comenzaron a mirarme.
Se me ocurrió, para disimular, interpelar con dureza al atracador, que me respondió con un tiro en el pie derecho.
La bala atravesó el zapato, rompió los huesos que halló a su paso y salió por la suela, incrustándose en el suelo.
No me dolió, pero me incomodó ver el agujero, del que comenzó a salir perezosamente una sangre más negra que roja.
El tiro, lejos de disipar mi convicción de que yo era el que empuñaba la pistola, me afianzó en ello, igual que al resto de las víctimas, por lo que volví a encararme con el atracador, esta vez llamándole hijo de perra.
La respuesta fue un nuevo disparo, en el otro pie. A ver si de este modo, me dije, he logrado desviar la atención de mí.
Pero eché una ojeada a mi alrededor y comprobé, por el modo en que continuaban mirándome, que no. ¿Qué hacer? Sentía una vergüenza enorme. Pensaba en mi familia, en mis amigos; también, absurdamente, en los críticos literarios.
Entonces me abrí teatralmente la camisa y pedí a gritos al atracador que me matara, suponiendo que mi muerte disiparía todas las sospechas.
El tipo se volvió hacia mí, me pegó un tiro en el pecho y me morí.
No supe qué dijeron al día siguiente los periódicos, ni los críticos.
Pero di por bien empleado el sacrificio si sirvió para que nadie se diera cuenta de que yo era él.
Estábamos 10 o 12 personas en el interior de la sucursal bancaria de la esquina, cuando entró un tipo fuera de sí blandiendo una pistola.
Tras ordenar que nos sentáramos en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre las rodillas, exigió la combinación de la caja fuerte.
Supe de súbito que aquel atracador era yo.
Lo supe de un modo intuitivo, claro, no racional, pero sin lugar a dudas de ninguna de clase.
Lo malo es que el resto de los clientes debieron de notarlo también, lo digo por la forma en que comenzaron a mirarme.
Se me ocurrió, para disimular, interpelar con dureza al atracador, que me respondió con un tiro en el pie derecho.
La bala atravesó el zapato, rompió los huesos que halló a su paso y salió por la suela, incrustándose en el suelo.
No me dolió, pero me incomodó ver el agujero, del que comenzó a salir perezosamente una sangre más negra que roja.
El tiro, lejos de disipar mi convicción de que yo era el que empuñaba la pistola, me afianzó en ello, igual que al resto de las víctimas, por lo que volví a encararme con el atracador, esta vez llamándole hijo de perra.
La respuesta fue un nuevo disparo, en el otro pie. A ver si de este modo, me dije, he logrado desviar la atención de mí.
Pero eché una ojeada a mi alrededor y comprobé, por el modo en que continuaban mirándome, que no. ¿Qué hacer? Sentía una vergüenza enorme. Pensaba en mi familia, en mis amigos; también, absurdamente, en los críticos literarios.
Entonces me abrí teatralmente la camisa y pedí a gritos al atracador que me matara, suponiendo que mi muerte disiparía todas las sospechas.
El tipo se volvió hacia mí, me pegó un tiro en el pecho y me morí.
No supe qué dijeron al día siguiente los periódicos, ni los críticos.
Pero di por bien empleado el sacrificio si sirvió para que nadie se diera cuenta de que yo era él.
"La ciencia ficción es más importante que la astronomía"
Llega puntual y su aspecto recuerda más al de un roquero que al de uno de
"Nos machacaron con nuestro artículo sobre un agujero negro ubicado en un sistema binario con un agujero negro masivo que tiene una estrella muy similar al Sol.
Pero pudimos probar, gracias a los espectros, que las supernovas pueden producir agujeros negros.
Tuvimos que pasar cuatros controles de astrofísicos de prestigio para se publicara".
Su entusiasmo se desborda cuando explica su último proyecto: el festival Starmus. Un homenaje al cosmonauta Yuri Gagarin que se celebrará en Tenerife y la Palma en junio, y que reunirá a pioneros de la carrera espacial como Alexei Leonov o Valentina Tereshkova. "Por una vez y quizás la última, se reunirán los pioneros del espacio para recalcar que el descubrimiento del cosmos cambiará nuestro mundo".
"Nos machacaron con nuestro artículo sobre un agujero negro ubicado en un sistema binario con un agujero negro masivo que tiene una estrella muy similar al Sol.
Pero pudimos probar, gracias a los espectros, que las supernovas pueden producir agujeros negros.
Tuvimos que pasar cuatros controles de astrofísicos de prestigio para se publicara".
Su entusiasmo se desborda cuando explica su último proyecto: el festival Starmus. Un homenaje al cosmonauta Yuri Gagarin que se celebrará en Tenerife y la Palma en junio, y que reunirá a pioneros de la carrera espacial como Alexei Leonov o Valentina Tereshkova. "Por una vez y quizás la última, se reunirán los pioneros del espacio para recalcar que el descubrimiento del cosmos cambiará nuestro mundo".
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