Las cosas que nadie rompe pero se rompieron
Andreu Buenafuente hizo un esfuerzo extraordinario por hacer de la Gala de los Goya un acontecimiento integrador del mundo del cine.
Lo hizo también Álex de la Iglesia, en su última intervención como presidente de la Academia; su discurso integró a la gente del oficio en un solo abrazo; supuso una apuesta, otra vez, por el futuro que viene con Internet, y no hubo alusiones, en ningún caso, a las heridas abiertas en este oficio a raíz de la llamada ley Sinde.
La gala terminó con un nombre especialmente integrador en la historia del cine español del último medio siglo, Rafael Azcona, evocado por Andreu en su despedida.
De modo que, independientemente de los premios, de que gustaran más o menos, e independientemente de los discursos de gratitud, innecesariamente largos casi siempre, falsamente ingeniosos en otras ocasiones, y excesivamente emotivos en algunos casos, pues el cine es un arte de contención sabia de las emociones, esta fue una gala sobria en la que los partícipes del oficio cumplieron a rajatabla lo que subyacía debajo del guión: tengamos una fiesta, y que ésta se desarrolle en paz.
Andreu hizo todo lo que pudo, desde el excelente guión de su muerte y resurrección, hasta aquella ascensión a los cielos en busca de su amigo Azcona.
Hubo mejores momentos y peores momentos, pero Andreu condujo magistralmente esta balsa que salía con rachas muy salvajes de viento y de oleaje.
Pero no niego que durante todo este larguísimo rato que viví ante la pantalla sentí que era ya definitivamente evidente que algo se había roto, que había zonas en las que se notaba que la armonía se había interrumpido, que se cumplía aquí, una vez más, aquel verso que incrusta Pablo Neruda en su Oda a las Cosas Rotas, "las cosas que nadie rompe pero se rompieron".
Ahí se notan los fragmentos de una ruptura; ahora corresponde, desde la ministra a Álex, y desde éste al último de los partícipes del oficio (Andreu los enumeró en uno de sus parlamentos), la reconstrucción de esos pedazos que, sutilmente dispersos, afectó a las comisuras de los labios de muchos de los que fueron enfocados por las cámaras que retransmitieron la fiesta del cine.
A lo mejor, lo primero que había que conseguir es que Álex siguiera un rato, que ayudara a reconstruir los trozos rotos y que luego se vaya, si es que quiere irse entonces.
Ah, y enhorabuena a los ganadores, sobre todo a los que hicieron Pa Negre, que ha sido el pan en el que se mojó la salsa de este año de cine.
Al director Villaronga y al escritor Emili Teixidor, que dio de sí, primero, el libro emocionante en el que se basa esta historia conmovedora de la memoria más terrible de la España reciente.


