Nuevas ediciones, filmes e inéditos recuerdan dos décadas de la muerte del cantante .
Basta acercarse a su casa parisiense de siempre, vacía desde hace 20 años, en Saint-Germain-des-Prés, para darse cuenta de que Serge Gainsbourg sigue contando: las persianas, la verja, las paredes, la puerta... todo está abarrotado de pintadas, de grafitis, de dibujos, de frases ("eras el mejor, eras guapo, eras un artista"). Muchos son recientes, y todos pertenecen a seguidores de este artista feo y orejón, que sedujo a las mujeres más bellas de la época, Brigitte Bardot entre ellas, tímido hasta la enfermedad en sus comienzos y provocador obsceno y chabacano al final de su carrera, que murió solo mientras se echaba la siesta en esa misma casa el 2 de marzo de 1991. Francia se prepara para celebrar el 20º aniversario: todas sus canciones se editarán de nuevo en una serie de 20 CD que saldrá a la venta el 28 de febrero. Antes, una antología de sus textos se publicará en un volumen de 700 páginas llevada a cabo por su biógrafo de referencia, Gilles Verlant. Paralelamente se exhuman y se radian viejos temas pretendidamente inéditos: una versión en la que acompaña en un ensayo a la cantante Dani, para la que compuso la canción Como un boomerang.
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Todas sus canciones se editarán en 20 discos que saldrán a la venta en febrero
Cinco imprescindibles del mito feo y orejón
El viejo Gainsbourg ha vuelto, pues, con su Gitanes y su cóctel de algo en la mano, al lado siempre de la más guapa. La verdad es que Gainsbourg ya estaba ahí. El año pasado, una película del cineasta Joann Sfar (Gainsbourg, vida de un héroe), le devolvió parte de su fama y desde entonces, como en los buenos tiempos, no se ha bajado de las páginas de los periódicos franceses o de las pantallas de la televisión.
Gainsbourg, conocido en España sobre todo por su célebre -y escandalosa en su tiempo- Je t'aime... moi non plus, interpretada junto a Jane Birkin, el tema más explícitamente sexual que se ha compuesto nunca, nació en París, en 1928.
Su territorio de infancia fue Montmartre.
Quiso ser pintor, pero para ganarse la vida tocaba el piano en un tugurio de travestís de Pigalle. Obsesionado por triunfar, por ganar dinero, fama y reconocimiento, comenzó a componer.
Por entonces ofreció a Juliette Gréco una joya en forma de canción titulada La Javanaise, que él también interpretó en su tiempo con su estilo algo acomplejado y timorato de entonces.
Su primera grabación en televisión data de 1957 y al recordarla, en un documental emitido hace meses por France 2 titulado Gainsbourg caras ocultas, Gréco se echaba las manos a la cabeza, asegurando: "era espantoso". Tras algunos años de aparecer a lo Jacques Brel, sin ganar ni fama ni dinero, abandonó el escenario y se dedicó a componer canciones para otros.
En 1965 escribe para la casi adolescente France Gall Poupée de cire, poupée de son con la que esta gana el Festival de Eurovisión de 1965.
Adiós a los trajes y al existencialismo: bienvenido al mundo yeyé, mucho más lucrativo y alegre
En 1967 conoció a Bardot. Se enamoraron en un restaurante. Ella le pidió una noche, según la leyenda, que le compusiera la canción de amor más bonita del mundo y él rescató una melodía que había utilizado años atrás para una banda sonora y escribió Je t'aime... moi non plus. La grabaron juntos.
La versión de Bardot es más explosiva que la de Birkin.
Tanto que la actriz, casada por entonces, al ver el escándalo monumental que se organizó en la Francia de la época, rogó a su amante que la retirara del mercado.
Gainsbourg, tan feo como caballeroso, accedió.
Dos años después lo volvería a grabar, esta vez con su mujer de entonces, la cantante y actriz Jane Birkin. La canción les catapultó a los dos para siempre.
Gainsbourg grabó más de 19 álbumes, dirigió cuatro películas, participó como actor en muchas más, compuso cientos de canciones y vivió un momento extraño de gloria y redención: en 1979, en un recital en Estrasburgo, un grupo de militares franceses y miembros de la extrema derecha más feroz ocuparon las primeras filas de la sala. Venían dispuestos a impedir que Gainsbourg interpretara su último éxito, Aux armes et caetera, una versión reggae de La Marsellesa, considerada por muchos un ultraje. Al ver el panorama, el cantante ordenó a sus músicos rastas que no se bajaran del autobús. Subió al escenario solo a pesar de que el dueño de la sala le advirtió del peligro. Y dijo: "los que han impedido el concierto han devuelto a La Marsellesa su sentido inicial". Después, este hombre apolítico, con fama de chulo y de degenerado, probablemente borracho, levantó el brazo derecho -el del cigarro- y adquiriendo una dignidad y una grandeza inesperada, comenzó a cantar, en solitario, el himno de Francia.
Los militares que le observaban atónitos no pudieron hacer otra cosa que cuadrarse.
Alcoholizado, hundido psicológicamente, abandonado por Birkin, deprimido, enflaquecido, sus últimos años fueron una pesadilla a veces retransmitida por televisión, donde seguía interpretando el personaje provocador que se había creado: llegó a quemar un billete de 500 francos en directo para protestar por los impuestos que pagaba o a proponer a Whitney Houston que se acostara con él.
Murió a los 63 años, en su casa de siempre, la que compró para vivir con Brigitte Bardot y en la que vivió con Jane Birkin, después de haber tratado inútilmente de deshacerse del alcohol y el tabaco.
Ya entonces sus admiradores escribían frases en su puerta.
23 ene 2011
La rehabilitación de Roman Polanski
Se ve que aquel día de 1988, en San Sebastián, Roman Polanski no se había levantado de la cama con buen pie.
Corrección. Roman Polanski nunca tiene buen pie cuando se trata de atender a la prescindible y peligrosa prensa.
Son demasiados y están demasiado presentes en la cabeza de este cineasta superdotado los prejuicios y temores acerca de lo que vendrá... gente con grabadora queriendo entrar en las partes oscuras de su vida, que son variadas y profundas.
Así que el diálogo con el periodista español (hoy eminente crítico de cine) que le entrevistaba con motivo del estreno de su película Frenético, fluyó por los caminos de la tensión, más o menos como sigue:
Su trayectoria ha estado vertebrada por sucesivas versiones del Mal
Es protagonista del odioso episodio de la supuesta violación de una menor
Tras su travesía del desierto vio cómo en Tallin sus colegas le rendían armas
Llevará al cine la adaptación de una obra teatral de Yasmina Reza
-Señor Polanski, el mal es algo que ha influido profundamente en su forma de hacer cine y...
-No siga usted por ahí.
-Desde que hizo El cuchillo en el agua, el mal, decía, puede presentarse en sus películas como elemento simbólico, real, relacionado con Satán,...
-Le he dicho que no quiero hablar de eso en la entrevista.
-No estoy hablando de su vida, sino de sus películas.
-No hablaré de eso.
-Pues si no podemos hablar de eso, yo ya he acabado la entrevista.
Y la media hora de encuentro entre las dos partes irreconciliables quedó en 10 minutos. Todo por culpa del mal, del Mal.
Es relativamente fácil de comprender la tozudez del personaje en la renuencia innegociable a hablar de su vida y en su aversión a la dichosa palabra de tres letras.
Sin lugar a dudas estamos ante alguien cuya biografía estuvo vertebrada por sucesivas versiones del Mal y de la desgracia: la muerte de su madre a manos de los nazis, la huida del gueto de Varsovia escapando de la bota esvástica, el asesinato en 1969 de su segunda esposa, Sharon Tate, a cargo de Charles Manson y sus iluminados (para más inri, Manson, que sigue en prisión, acabó grabándose una cruz gamada en la frente); el oscuro y odioso episodio de la supuesta violación de la menor Samantha Geimer en casa de su amigo Jack Nicholson en 1977;
la huida de Estados Unidos tras haber cumplido 40 días de cárcel... y, como colofón, la detención en el aeropuerto de Zúrich en septiembre de 2009 y el posterior arresto primero en la prisión suiza de Winterthur y después en su chalé de la exclusiva estación de esquí de Gstaad.
Veintitrés años después de aquella no-entrevista sobre el Mal, Rajmund Roman Liebling (París, 1933) sigue huyendo del mundanal ruido y de su correa de transmisión, la prensa. Sin embargo, la luz se ha vuelto a hacer en la atribulada existencia de uno de los tipos más inquietantes y más brillantes del cine del último medio siglo.
La absolución de Polanski emitida por los jueces suizos y su negativa a atender la demanda de extradición de la justicia estadounidense -que quiere juzgarle sea como sea por el caso Geimer- ha desembocado en una rehabilitación total del cineasta.
Si su detención en Suiza ya provocó un indignado movimiento de solidaridad y apoyo por parte de algunos elefantes del cine mundial que pusieron el grito en el cielo llevados por un inquebrantable sentimiento gremial (Pedro Almodóvar, Wim Wenders, Jean-Luc Godard, Bertrand Tavernier, Woody Allen, Martin Scorsese, David Lynch...), la vida reciente del director de El pianista (Palma de Oro en Cannes en 2002 y Oscar al mejor director en 2003) se ha traducido en una incesante gama de éxitos.
Todo comenzó el pasado 4 de diciembre en Tallin (Estonia), durante la ceremonia de entrega de los Premios del Cine Europeo. Tras su personal travesía del desierto, Roman Polanski veía cómo los colegas de profesión le rendían armas en forma de un homenaje plagado de recompensas: premio a la mejor película, al mejor director, al mejor guión, al mejor actor (Ewan McGregor) y a la mejor banda sonora (Alexandre Desplat) fueron los galardones que cosechó su película El escritor. El hombre de la noche no viajó a Estonia, pero el Concert Hall de Tallin entero se puso de pie cuando Polanski apareció en la pantalla gigante, por videoconferencia, para agradecer los premios. Toda una venganza.
Muy recientemente, el pasado día 16, la Academia de los Premios Lumière (una especie de Globos de Oro a la francesa) volvía a tributar en París un sonoro homenaje al director, guionista y actor con un reconocimiento al conjunto de su carrera y las estatuillas de mejor director y mejor guión para El escritor. Nuevas ovaciones y nuevas emociones para el cineasta maldito... y rehabilitado. Un cineasta que, el 25 de febrero, en la próxima edición de los otros premios del cine francés, los César, optará de nuevo al aplauso, ya que El escritor tiene hasta ocho nominaciones, entre ellas la de mejor película.
La guinda de la nueva versión rehabilitada de este Polanski blanqueado llega como tenía que llegar: en forma de película. Su título original es God of carnage y es una adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza Un Dios salvaje. La autora de Arte y Polanski, amigos desde hace tiempo, escribieron juntos el guión de la película durante el arresto domiciliario del director en su chalé de Gstaad.
De hecho, Reza se había reunido con Polanski justo dos días antes de que la policía suiza detuviera a este en el aeropuerto de Zúrich. God of carnage, cuyo rodaje arrancará en febrero en Francia, está protagonizada por Jodie Foster, Kate Winslet y Christoph Waltz (el hilarante y terrorífico comandante nazi de Malditos bastardos de Tarantino).
Roman Polanski ha vuelto. Menos... Mal.
Corrección. Roman Polanski nunca tiene buen pie cuando se trata de atender a la prescindible y peligrosa prensa.
Son demasiados y están demasiado presentes en la cabeza de este cineasta superdotado los prejuicios y temores acerca de lo que vendrá... gente con grabadora queriendo entrar en las partes oscuras de su vida, que son variadas y profundas.
Así que el diálogo con el periodista español (hoy eminente crítico de cine) que le entrevistaba con motivo del estreno de su película Frenético, fluyó por los caminos de la tensión, más o menos como sigue:
Su trayectoria ha estado vertebrada por sucesivas versiones del Mal
Es protagonista del odioso episodio de la supuesta violación de una menor
Tras su travesía del desierto vio cómo en Tallin sus colegas le rendían armas
Llevará al cine la adaptación de una obra teatral de Yasmina Reza
-Señor Polanski, el mal es algo que ha influido profundamente en su forma de hacer cine y...
-No siga usted por ahí.
-Desde que hizo El cuchillo en el agua, el mal, decía, puede presentarse en sus películas como elemento simbólico, real, relacionado con Satán,...
-Le he dicho que no quiero hablar de eso en la entrevista.
-No estoy hablando de su vida, sino de sus películas.
-No hablaré de eso.
-Pues si no podemos hablar de eso, yo ya he acabado la entrevista.
Y la media hora de encuentro entre las dos partes irreconciliables quedó en 10 minutos. Todo por culpa del mal, del Mal.
Es relativamente fácil de comprender la tozudez del personaje en la renuencia innegociable a hablar de su vida y en su aversión a la dichosa palabra de tres letras.
Sin lugar a dudas estamos ante alguien cuya biografía estuvo vertebrada por sucesivas versiones del Mal y de la desgracia: la muerte de su madre a manos de los nazis, la huida del gueto de Varsovia escapando de la bota esvástica, el asesinato en 1969 de su segunda esposa, Sharon Tate, a cargo de Charles Manson y sus iluminados (para más inri, Manson, que sigue en prisión, acabó grabándose una cruz gamada en la frente); el oscuro y odioso episodio de la supuesta violación de la menor Samantha Geimer en casa de su amigo Jack Nicholson en 1977;
la huida de Estados Unidos tras haber cumplido 40 días de cárcel... y, como colofón, la detención en el aeropuerto de Zúrich en septiembre de 2009 y el posterior arresto primero en la prisión suiza de Winterthur y después en su chalé de la exclusiva estación de esquí de Gstaad.
Veintitrés años después de aquella no-entrevista sobre el Mal, Rajmund Roman Liebling (París, 1933) sigue huyendo del mundanal ruido y de su correa de transmisión, la prensa. Sin embargo, la luz se ha vuelto a hacer en la atribulada existencia de uno de los tipos más inquietantes y más brillantes del cine del último medio siglo.
La absolución de Polanski emitida por los jueces suizos y su negativa a atender la demanda de extradición de la justicia estadounidense -que quiere juzgarle sea como sea por el caso Geimer- ha desembocado en una rehabilitación total del cineasta.
Si su detención en Suiza ya provocó un indignado movimiento de solidaridad y apoyo por parte de algunos elefantes del cine mundial que pusieron el grito en el cielo llevados por un inquebrantable sentimiento gremial (Pedro Almodóvar, Wim Wenders, Jean-Luc Godard, Bertrand Tavernier, Woody Allen, Martin Scorsese, David Lynch...), la vida reciente del director de El pianista (Palma de Oro en Cannes en 2002 y Oscar al mejor director en 2003) se ha traducido en una incesante gama de éxitos.
Todo comenzó el pasado 4 de diciembre en Tallin (Estonia), durante la ceremonia de entrega de los Premios del Cine Europeo. Tras su personal travesía del desierto, Roman Polanski veía cómo los colegas de profesión le rendían armas en forma de un homenaje plagado de recompensas: premio a la mejor película, al mejor director, al mejor guión, al mejor actor (Ewan McGregor) y a la mejor banda sonora (Alexandre Desplat) fueron los galardones que cosechó su película El escritor. El hombre de la noche no viajó a Estonia, pero el Concert Hall de Tallin entero se puso de pie cuando Polanski apareció en la pantalla gigante, por videoconferencia, para agradecer los premios. Toda una venganza.
Muy recientemente, el pasado día 16, la Academia de los Premios Lumière (una especie de Globos de Oro a la francesa) volvía a tributar en París un sonoro homenaje al director, guionista y actor con un reconocimiento al conjunto de su carrera y las estatuillas de mejor director y mejor guión para El escritor. Nuevas ovaciones y nuevas emociones para el cineasta maldito... y rehabilitado. Un cineasta que, el 25 de febrero, en la próxima edición de los otros premios del cine francés, los César, optará de nuevo al aplauso, ya que El escritor tiene hasta ocho nominaciones, entre ellas la de mejor película.
La guinda de la nueva versión rehabilitada de este Polanski blanqueado llega como tenía que llegar: en forma de película. Su título original es God of carnage y es una adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza Un Dios salvaje. La autora de Arte y Polanski, amigos desde hace tiempo, escribieron juntos el guión de la película durante el arresto domiciliario del director en su chalé de Gstaad.
De hecho, Reza se había reunido con Polanski justo dos días antes de que la policía suiza detuviera a este en el aeropuerto de Zúrich. God of carnage, cuyo rodaje arrancará en febrero en Francia, está protagonizada por Jodie Foster, Kate Winslet y Christoph Waltz (el hilarante y terrorífico comandante nazi de Malditos bastardos de Tarantino).
Roman Polanski ha vuelto. Menos... Mal.
Se marcha el mago LA ENFERMEDAD DE UN GENIO
Steve Jobs, el hombre que revolucionó el ordenador personal con los Mac, el cine de animación con Pixar, la música con el iPod, los móviles con el iPhone, y pretende cambiar los medios de comunicación con el iPad, se retira forzado por una grave enfermedad .
Desde el lugar desconocido donde cuida de su maltrecha salud, Steve Jobs, co-fundador de Apple en 1976, habrá visto con alivio cómo ha soportado la empresa el terremoto de su partida y su sustitución temporal por su lugarteniente Tim Cook.
Las cosas, de momento, van viento en popa para Apple, que en abril pasado superó a su eterno rival, Microsoft, y se colocó como la segunda compañía del mundo por capitalización bursátil, con un valor de 232.000 millones de euros, solo por detrás del gigante petrolero Exxon.
Y todo gracias a Jobs. Expulsado de la que era su casa en 1985 y repescado en 1997, en poco más de diez años ha conseguido el milagro: colocar a Apple en la cima y hacer de ella una de las empresas punteras del mundo en innovación.
Un logro más de esta especie de rey Midas moderno que solo cobra un dólar simbólico al año, y ha convertido en oro casi todo lo que ha tocado.
¿Cuánto vale la salud de Steve Jobs?
Siete años luchando contra el cáncer
Apple supera a Petrochina y se convierte en la segunda empresa del mundo con mayor valor en Bolsa
A los seis meses de iniciar los estudios en el Reed College de Oregón, los abandonó. Solo iba a clase de caligrafía
Budista, vegetariano, con fama de autoritario, Jobs fue entregado en adopción por su madre nada más nacer
La rivalidad entre Jobs y Gates es legendaria. Son dos líderes coetáneos, pero sus orígenes y sus vidas divergen enormemente
La rivalidad entre Jobs y Gates es legendaria. Son dos líderes coetáneos, pero sus orígenes y sus vidas divergen enormente "Si me ocurre algo no será una fiesta, pero en Apple hay gente capaz para sucederme" dijo Jobs hace tres años
Jobs tiene el don de anticiparse a los deseos de los consumidores. Lo ha conseguido con los ordenadores iMac, con el iPod, con el iPhone, con el iPad, productos que han conformado la fisonomía de nuestro mundo.
La gente, cree, no está en condiciones de saber cuál será el siguiente producto estrella.
Por eso le gusta la frase de Henry Ford, el hombre que hizo del automóvil un producto de consumo masivo: "Si les hubiera preguntado a mis clientes lo que querían, me habrían dicho: 'un caballo más rápido".
Budista, vegetariano -aunque come también pescado-, con fama de autoritario e intratable, casado y padre de cuatro hijos - a la mayor, fruto de una relación juvenil tardó meses en reconocerla-, Jobs ha estado marcado desde el principio por un destino especial. Nacido en San Francisco, en febrero de 1955, sus padres, dos jóvenes licenciados de la Universidad de Wisconsin, decidieron darle en adopción.
Su madre, según contaría el propio Jobs muchos años después, había localizado a un matrimonio de abogados de buena posición para entregarles a la criatura, pero a última hora lo rechazaron porque querían una niña.
Se abrió pasó entonces una solución de urgencia, la de los Jobs, los segundos en la lista de aspirantes al bebé, un matrimonio de Mountain View, una pequeña ciudad en el área de la bahía de San Francisco (California).
No puede decirse que fuera la mejor manera de llegar al mundo, pero el pequeño Steve Paul Jobs tardó en enterarse de estos detalles.
En algún momento de su vida, sin embargo, el asunto debió de obsesionarle lo suficiente como para contratar a un detective privado para que localizara a su madre biológica. Resultó ser Joanne Simpson, especialista en terapia del lenguaje que finalmente se había casado con el padre de Steve, Abdulfattah Jandali, sirio de religión musulmana, poco después de entregarle a él en adopción.
La pareja duró apenas cuatro años, tiempo en el que nació una hija, Monna Simpson, una escritora famosa en Estados Unidos.
Todo un culebrón que contribuyó seguramente a construir la personalidad hermética y exigente del jefe de Apple.
¿Vivió Jobs el episodio como el primer rechazo de su vida? Es imposible saberlo. En Estados Unidos no son infrecuentes los vientres de alquiler, ni este tipo de acuerdos para evitar el recurso al aborto en casos de embarazos indeseados.
Pero no era lo más frecuente en los años cincuenta. Lo único claro es que las relaciones de la señora Simpson con su hijo se reanudaron, ya que fue invitada a la boda de Steve, oficiada por su gurú budista, en 1991.
El padre, en cambio, ha sido borrado de la memoria del patrón Apple.
Los Jobs, la pareja que le crió, eran gente normal de clase obrera, con pocos estudios, que prometieron gastar sus ahorros en dar al niño una buena educación.
Después de asistir a la escuela de Cupertino (California), pasó al Reed College de Portland (Oregón).
Inconformista y autodidacta por naturaleza, dejó los estudios a los seis meses de iniciarlos, pero siguió yendo a algunas clases.
No faltaba a las de caligrafía, mientras malvivía recuperando latas vacías de Coca- Cola y disfrutando de la caridad de los comedores de los Hare Krishna.
Jobs pertenece a una generación que se entregó a los ídolos de sus hermanos mayores: devoto de Bob Dylan y de los Beatles, tuvo, años después, una relación con la cantante Joan Baez.
A mediados de los setenta viajó a la India en busca de la paz interior.
Experimentó con el LSD y volvió convertido al budismo.
Sin haber perdido un ápice del talento y el sentido práctico que le llevarían a crear Apple, con la ayuda de su amigo Steve Wozniak, en el garaje de su casa, en 1976.
El éxito temprano, y los tremendos enfrentamientos después en el seno de Apple, las dificultades para competir con los sistemas operativos de Microsoft, que les ganó inicialmente la partida, forjaron el carácter de Jobs.
Un tipo trabajador, entregado con pasión a su empresa, acostumbrado a controlar todas las variables de su vida. Buscar el propio camino, seguir los propios criterios, vivir de acuerdo con lo que uno realmente piensa de las cosas, ese es su ideario. En junio de 2005 aconsejó a los estudiantes de Stanford recién licenciados: "No os dejéis atrapar por los dogmas, que es vivir con el resultado del razonamiento de otros.
No dejéis que el ruido de las opiniones ajenas ahogue vuestra voz interior, Y, lo más importante, tened el coraje de seguir vuestros impulsos y vuestra intuición.
Porque de alguna manera son los que saben lo que queréis ser. Lo demás es secundario".
El consejo no parece fácil de seguir, pero a Jobs le ha llevado a la cima y le ha convertido en una de las personas más reverenciadas y temidas de Silicon Valley.
Como ha explicado Jean-Louis Gasse, ejecutivo que trabajó un tiempo a sus órdenes, "las democracias no crean productos estupendos, se necesita un tirano competente para eso". Y los productos de Apple lo son.
La firma de la manzana ha conquistado no solo un mercado, sino una legión de admiradores. En noviembre pasado, Christie's subastó el primer ordenador -el Apple I- salido del garaje de la casa de Jobs, en 1976.
Lo compró un italiano, por casi 160.000 euros, para incorporarlo a un museo de Apple.
Es verdad que el mito estuvo a punto de perecer en los años noventa, tras una serie de fracasos de la firma de Cupertino, con productos lanzados al mercado que no obtuvieron éxito.
Pero entonces llegó la salvación. Appel compró Next, una empresa de ordenadores puntera creada por Jobs en los años de exilio aunque no especialmente rentable, y con ella regresó el antiguo jefe. La noticia no fue celebrada por todos. Muchos empleados se echaron a temblar.
La leyenda dice que coincidir con Jobs un mal día en el ascensor puede significar un despido fulminante.
Él no lo niega del todo. En unas declaraciones a la revista Fortune, hace casi tres años, explicaba: "Mi trabajo no es ser un tipo fácil con la gente, sino procurar que mejoren. Mi tarea es unir las diferentes piezas de la compañía, despejar los obstáculos del camino y conseguir el dinero para los proyectos clave".
No todas las ideas geniales salen de su cabeza, pero Jobs es el que escoge qué proyectos desarrollar y el que da forma definitiva al producto resultante.
Su criterio, aseguran empleados y ex empleados, es vital.
Otra cosa es lidiar a diario con un tipo de sus características, que vive por y para Apple, según confesión propia.
"Solo le pido a la gente que se enamore de la empresa", ha dicho más de una vez.
Él es el primer enamorado de su criatura, sobre la que ejerce un férreo control.
Dicen que Jobs no se siente un mero genio, un gurú cultural, sino un verdadero artista. Su nombre figura en más de un centenar de patentes de la firma, y la estética es una de sus mayores preocupaciones.
En tiempos criticó a Microsoft duramente, no tanto por la calidad de sus productos como por "su fealdad". En Apple, la belleza ha sido siempre una parte del todo.
Desde el Macintosh, uno de los primeros ordenadores personales que llegó a los consumidores, en 1984, hasta el más moderno iMac, un ordenador de mesa que solo consta de teclado y pantalla.
"El sistema operativo tiene sus dificultades, pero se entiende admirablemente con cualquier aparato que le conectes, cámara de fotos, de vídeo, iPod", dice una usuaria que compró un iMac hace un par de años al precio, ciertamente no económico, de 1.000 euros.
Estética y funcionalidad se conjugan también en el iPod, el iPad y en el exitosísimo iPhone.
¿Por qué entró Appel en el terreno de la telefonía móvil? "Todos detestábamos nuestros teléfonos móviles, todos teníamos quejas", dijo Jobs por toda respuesta.
Steve Jobs es un hombre directo, acostumbrado a mandar, sin pelos en la lengua ni tiempo para complacencias. Cuando en octubre de 2003, durante un chequeo rutinario, los médicos le descubrieron un tumor en el páncreas, decidió tomar el tema bajo su control. Inicialmente, un tumor de páncreas es algo bastante serio, pero una biopsia reveló que el suyo era de un tipo mucho menos agresivo y perfectamente operable. Pero Job dijo no. No se operaría y buscaría otra alternativa, quizá de medicina holística. Mientras decidía qué hacer mantuvo una dieta especial. Pero las cosas no funcionaron, y nueve meses después, un tiempo enormemente largo para este tipo de dolencias, se operó en el hospital universitario de Stanford, en San Francisco.
Aunque la intervención fue un éxito, y Jobs reapareció en público aparentemente recuperado, la enfermedad no estaba vencida.
Su aspecto empeoró alarmantemente a finales de 2008. En enero de 2009 fue sometido a un trasplante de hígado en un hospital de Tennessee.
De nuevo empleó solo unos meses en recuperarse, pero su salud volvió a deteriorarse a mediados del año pasado.
Jobs se había convertido en una figura esquelética, con el rostro completamente consumido.
Finalmente, el lunes 17 de enero se hizo público su mensaje electrónico enviado a los empleados de Apple donde, en unos pocos párrafos, anunciaba una nueva baja médica, sin fecha de regreso.
La enfermedad, al contrario que su trabajo, escapa a su control. Aunque nadie hable del tema y el propio Jobs subraye su derecho a la privacidad, inversores y periodistas se han lanzado a hacer toda clase de especulaciones.
Hace unos tres años, preguntado por la sucesión, Jobs respondió con sensatez.
"Si algo me ocurre, no será una fiesta, pero hay mucha gente capaz en Apple para sucederme". A corto y medio plazo puede que sí. Las dudas se plantean más a largo plazo.
La identificación de Jobs con Apple es tal que, según las malas lenguas, controla desde el diseño de las sillas hasta la empresa que se contrata para llevar la cafetería.
Él hace las reglas. También en su vida privada. Conduce un Mercedes sin placas y, según Fortune, a veces aparca en los espacios para minusválidos. Vive en una gran mansión, pero no profesa especial amor a los objetos, salvo a los juguetes informáticos que crea su compañía. Hace años adoptó un uniforme que se adapta a sus gustos y su estética. Una camiseta de manga larga y cuello alto, invariablemente negra, jeans azules y zapatillas deportivas. Tras las gafas de montura ligera brillan unos ojos intensos y dominantes. Jobs es uno de los mitos vivientes de Silicon Valley, un lugar donde crecían árboles frutales hace unas décadas, y donde despuntan ahora las primeras compañías de Internet del mundo, empresas punteras como Google o Facebook.
Es legendaria su rivalidad con Bill Gates, fundador de Microsoft, una especie de personalización de la batalla entre las dos empresas.
Prácticamente coetáneos (Jobs nació en febrero de 1955, y Gates, en octubre de ese año), sus orígenes y su vida no pueden divergir más.
Gates nació en un hogar acomodado de Seattle, estudió en la Universidad de Harvard (aunque nunca terminó sus estudios) y ha desarrollado una segunda personalidad como gran filántropo.
Jobs creció en un hogar trabajador en California, fue al Reed College de Portland, dejó los estudios a los seis meses, y cortó el grifo a las donaciones caritativas nada más regresar a Apple.
Ambos son grandes triunfadores, pero solo Jobs ha sido elevado a la categoría de semidiós, con su culto y sus adoradores, por sus dotes de visionario y los conocimientos tecnológicos que ha demostrado.
Y, al contrario que la de Gates, su carrera ha registrado inusuales retrocesos. Tras el éxito inicial de Apple, a los 26 años era millonario y portada de la revista Times.
Pero a los 30 años, Jobs se vio de patitas en la calle por incompatibilidad manifiesta con la persona que él mismo había contratado para guiar los destinos de Apple, el antiguo jefe de Pepsi Cola John Sculley.
¿Por qué? Diferencias de criterio.
En su libro de memorias, Sculley le compara con una especie de Trotski. Un tipo mesiánico, un purista que persigue la perfección más allá de los límites razonables. Pero Sculley cayó, y Jobs volvió al puesto de mando cargado de ideas.
Años después reconocería que, pese a la amargura del momento, aquel despido fue crucial en su carrera. "Dio paso a la etapa más creativa de mi vida".
Una etapa en la que fundó la empresa Next, se casó con Laurene Powell y dio vida a Pixar, su incursión en el mundo del cine de animación por ordenador, que cosechó éxitos clamorosos con Toy story o Buscando a Nemo y que fue, finalmente, adquirida por Disney.
La enfermedad ha truncado, de momento, esa espectacular carrera.
Para alguien acostumbrado a decidir y a llevar el timón de una gran empresa debe de ser muy duro rendirse a la evidencia de que lo más importante, su salud, es un tema incontrolable, que se escapa a sus dotes de intuición, a sus firmes creencias budistas. A todo.
Y devuelve a esta deidad de Silicon Valley a la contingente y frágil condición de mortal.
Desde el lugar desconocido donde cuida de su maltrecha salud, Steve Jobs, co-fundador de Apple en 1976, habrá visto con alivio cómo ha soportado la empresa el terremoto de su partida y su sustitución temporal por su lugarteniente Tim Cook.
Las cosas, de momento, van viento en popa para Apple, que en abril pasado superó a su eterno rival, Microsoft, y se colocó como la segunda compañía del mundo por capitalización bursátil, con un valor de 232.000 millones de euros, solo por detrás del gigante petrolero Exxon.
Y todo gracias a Jobs. Expulsado de la que era su casa en 1985 y repescado en 1997, en poco más de diez años ha conseguido el milagro: colocar a Apple en la cima y hacer de ella una de las empresas punteras del mundo en innovación.
Un logro más de esta especie de rey Midas moderno que solo cobra un dólar simbólico al año, y ha convertido en oro casi todo lo que ha tocado.
¿Cuánto vale la salud de Steve Jobs?
Siete años luchando contra el cáncer
Apple supera a Petrochina y se convierte en la segunda empresa del mundo con mayor valor en Bolsa
A los seis meses de iniciar los estudios en el Reed College de Oregón, los abandonó. Solo iba a clase de caligrafía
Budista, vegetariano, con fama de autoritario, Jobs fue entregado en adopción por su madre nada más nacer
La rivalidad entre Jobs y Gates es legendaria. Son dos líderes coetáneos, pero sus orígenes y sus vidas divergen enormemente
La rivalidad entre Jobs y Gates es legendaria. Son dos líderes coetáneos, pero sus orígenes y sus vidas divergen enormente "Si me ocurre algo no será una fiesta, pero en Apple hay gente capaz para sucederme" dijo Jobs hace tres años
Jobs tiene el don de anticiparse a los deseos de los consumidores. Lo ha conseguido con los ordenadores iMac, con el iPod, con el iPhone, con el iPad, productos que han conformado la fisonomía de nuestro mundo.
La gente, cree, no está en condiciones de saber cuál será el siguiente producto estrella.
Por eso le gusta la frase de Henry Ford, el hombre que hizo del automóvil un producto de consumo masivo: "Si les hubiera preguntado a mis clientes lo que querían, me habrían dicho: 'un caballo más rápido".
Budista, vegetariano -aunque come también pescado-, con fama de autoritario e intratable, casado y padre de cuatro hijos - a la mayor, fruto de una relación juvenil tardó meses en reconocerla-, Jobs ha estado marcado desde el principio por un destino especial. Nacido en San Francisco, en febrero de 1955, sus padres, dos jóvenes licenciados de la Universidad de Wisconsin, decidieron darle en adopción.
Su madre, según contaría el propio Jobs muchos años después, había localizado a un matrimonio de abogados de buena posición para entregarles a la criatura, pero a última hora lo rechazaron porque querían una niña.
Se abrió pasó entonces una solución de urgencia, la de los Jobs, los segundos en la lista de aspirantes al bebé, un matrimonio de Mountain View, una pequeña ciudad en el área de la bahía de San Francisco (California).
No puede decirse que fuera la mejor manera de llegar al mundo, pero el pequeño Steve Paul Jobs tardó en enterarse de estos detalles.
En algún momento de su vida, sin embargo, el asunto debió de obsesionarle lo suficiente como para contratar a un detective privado para que localizara a su madre biológica. Resultó ser Joanne Simpson, especialista en terapia del lenguaje que finalmente se había casado con el padre de Steve, Abdulfattah Jandali, sirio de religión musulmana, poco después de entregarle a él en adopción.
La pareja duró apenas cuatro años, tiempo en el que nació una hija, Monna Simpson, una escritora famosa en Estados Unidos.
Todo un culebrón que contribuyó seguramente a construir la personalidad hermética y exigente del jefe de Apple.
¿Vivió Jobs el episodio como el primer rechazo de su vida? Es imposible saberlo. En Estados Unidos no son infrecuentes los vientres de alquiler, ni este tipo de acuerdos para evitar el recurso al aborto en casos de embarazos indeseados.
Pero no era lo más frecuente en los años cincuenta. Lo único claro es que las relaciones de la señora Simpson con su hijo se reanudaron, ya que fue invitada a la boda de Steve, oficiada por su gurú budista, en 1991.
El padre, en cambio, ha sido borrado de la memoria del patrón Apple.
Los Jobs, la pareja que le crió, eran gente normal de clase obrera, con pocos estudios, que prometieron gastar sus ahorros en dar al niño una buena educación.
Después de asistir a la escuela de Cupertino (California), pasó al Reed College de Portland (Oregón).
Inconformista y autodidacta por naturaleza, dejó los estudios a los seis meses de iniciarlos, pero siguió yendo a algunas clases.
No faltaba a las de caligrafía, mientras malvivía recuperando latas vacías de Coca- Cola y disfrutando de la caridad de los comedores de los Hare Krishna.
Jobs pertenece a una generación que se entregó a los ídolos de sus hermanos mayores: devoto de Bob Dylan y de los Beatles, tuvo, años después, una relación con la cantante Joan Baez.
A mediados de los setenta viajó a la India en busca de la paz interior.
Experimentó con el LSD y volvió convertido al budismo.
Sin haber perdido un ápice del talento y el sentido práctico que le llevarían a crear Apple, con la ayuda de su amigo Steve Wozniak, en el garaje de su casa, en 1976.
El éxito temprano, y los tremendos enfrentamientos después en el seno de Apple, las dificultades para competir con los sistemas operativos de Microsoft, que les ganó inicialmente la partida, forjaron el carácter de Jobs.
Un tipo trabajador, entregado con pasión a su empresa, acostumbrado a controlar todas las variables de su vida. Buscar el propio camino, seguir los propios criterios, vivir de acuerdo con lo que uno realmente piensa de las cosas, ese es su ideario. En junio de 2005 aconsejó a los estudiantes de Stanford recién licenciados: "No os dejéis atrapar por los dogmas, que es vivir con el resultado del razonamiento de otros.
No dejéis que el ruido de las opiniones ajenas ahogue vuestra voz interior, Y, lo más importante, tened el coraje de seguir vuestros impulsos y vuestra intuición.
Porque de alguna manera son los que saben lo que queréis ser. Lo demás es secundario".
El consejo no parece fácil de seguir, pero a Jobs le ha llevado a la cima y le ha convertido en una de las personas más reverenciadas y temidas de Silicon Valley.
Como ha explicado Jean-Louis Gasse, ejecutivo que trabajó un tiempo a sus órdenes, "las democracias no crean productos estupendos, se necesita un tirano competente para eso". Y los productos de Apple lo son.
La firma de la manzana ha conquistado no solo un mercado, sino una legión de admiradores. En noviembre pasado, Christie's subastó el primer ordenador -el Apple I- salido del garaje de la casa de Jobs, en 1976.
Lo compró un italiano, por casi 160.000 euros, para incorporarlo a un museo de Apple.
Es verdad que el mito estuvo a punto de perecer en los años noventa, tras una serie de fracasos de la firma de Cupertino, con productos lanzados al mercado que no obtuvieron éxito.
Pero entonces llegó la salvación. Appel compró Next, una empresa de ordenadores puntera creada por Jobs en los años de exilio aunque no especialmente rentable, y con ella regresó el antiguo jefe. La noticia no fue celebrada por todos. Muchos empleados se echaron a temblar.
La leyenda dice que coincidir con Jobs un mal día en el ascensor puede significar un despido fulminante.
Él no lo niega del todo. En unas declaraciones a la revista Fortune, hace casi tres años, explicaba: "Mi trabajo no es ser un tipo fácil con la gente, sino procurar que mejoren. Mi tarea es unir las diferentes piezas de la compañía, despejar los obstáculos del camino y conseguir el dinero para los proyectos clave".
No todas las ideas geniales salen de su cabeza, pero Jobs es el que escoge qué proyectos desarrollar y el que da forma definitiva al producto resultante.
Su criterio, aseguran empleados y ex empleados, es vital.
Otra cosa es lidiar a diario con un tipo de sus características, que vive por y para Apple, según confesión propia.
"Solo le pido a la gente que se enamore de la empresa", ha dicho más de una vez.
Él es el primer enamorado de su criatura, sobre la que ejerce un férreo control.
Dicen que Jobs no se siente un mero genio, un gurú cultural, sino un verdadero artista. Su nombre figura en más de un centenar de patentes de la firma, y la estética es una de sus mayores preocupaciones.
En tiempos criticó a Microsoft duramente, no tanto por la calidad de sus productos como por "su fealdad". En Apple, la belleza ha sido siempre una parte del todo.
Desde el Macintosh, uno de los primeros ordenadores personales que llegó a los consumidores, en 1984, hasta el más moderno iMac, un ordenador de mesa que solo consta de teclado y pantalla.
"El sistema operativo tiene sus dificultades, pero se entiende admirablemente con cualquier aparato que le conectes, cámara de fotos, de vídeo, iPod", dice una usuaria que compró un iMac hace un par de años al precio, ciertamente no económico, de 1.000 euros.
Estética y funcionalidad se conjugan también en el iPod, el iPad y en el exitosísimo iPhone.
¿Por qué entró Appel en el terreno de la telefonía móvil? "Todos detestábamos nuestros teléfonos móviles, todos teníamos quejas", dijo Jobs por toda respuesta.
Steve Jobs es un hombre directo, acostumbrado a mandar, sin pelos en la lengua ni tiempo para complacencias. Cuando en octubre de 2003, durante un chequeo rutinario, los médicos le descubrieron un tumor en el páncreas, decidió tomar el tema bajo su control. Inicialmente, un tumor de páncreas es algo bastante serio, pero una biopsia reveló que el suyo era de un tipo mucho menos agresivo y perfectamente operable. Pero Job dijo no. No se operaría y buscaría otra alternativa, quizá de medicina holística. Mientras decidía qué hacer mantuvo una dieta especial. Pero las cosas no funcionaron, y nueve meses después, un tiempo enormemente largo para este tipo de dolencias, se operó en el hospital universitario de Stanford, en San Francisco.
Aunque la intervención fue un éxito, y Jobs reapareció en público aparentemente recuperado, la enfermedad no estaba vencida.
Su aspecto empeoró alarmantemente a finales de 2008. En enero de 2009 fue sometido a un trasplante de hígado en un hospital de Tennessee.
De nuevo empleó solo unos meses en recuperarse, pero su salud volvió a deteriorarse a mediados del año pasado.
Jobs se había convertido en una figura esquelética, con el rostro completamente consumido.
Finalmente, el lunes 17 de enero se hizo público su mensaje electrónico enviado a los empleados de Apple donde, en unos pocos párrafos, anunciaba una nueva baja médica, sin fecha de regreso.
La enfermedad, al contrario que su trabajo, escapa a su control. Aunque nadie hable del tema y el propio Jobs subraye su derecho a la privacidad, inversores y periodistas se han lanzado a hacer toda clase de especulaciones.
Hace unos tres años, preguntado por la sucesión, Jobs respondió con sensatez.
"Si algo me ocurre, no será una fiesta, pero hay mucha gente capaz en Apple para sucederme". A corto y medio plazo puede que sí. Las dudas se plantean más a largo plazo.
La identificación de Jobs con Apple es tal que, según las malas lenguas, controla desde el diseño de las sillas hasta la empresa que se contrata para llevar la cafetería.
Él hace las reglas. También en su vida privada. Conduce un Mercedes sin placas y, según Fortune, a veces aparca en los espacios para minusválidos. Vive en una gran mansión, pero no profesa especial amor a los objetos, salvo a los juguetes informáticos que crea su compañía. Hace años adoptó un uniforme que se adapta a sus gustos y su estética. Una camiseta de manga larga y cuello alto, invariablemente negra, jeans azules y zapatillas deportivas. Tras las gafas de montura ligera brillan unos ojos intensos y dominantes. Jobs es uno de los mitos vivientes de Silicon Valley, un lugar donde crecían árboles frutales hace unas décadas, y donde despuntan ahora las primeras compañías de Internet del mundo, empresas punteras como Google o Facebook.
Es legendaria su rivalidad con Bill Gates, fundador de Microsoft, una especie de personalización de la batalla entre las dos empresas.
Prácticamente coetáneos (Jobs nació en febrero de 1955, y Gates, en octubre de ese año), sus orígenes y su vida no pueden divergir más.
Gates nació en un hogar acomodado de Seattle, estudió en la Universidad de Harvard (aunque nunca terminó sus estudios) y ha desarrollado una segunda personalidad como gran filántropo.
Jobs creció en un hogar trabajador en California, fue al Reed College de Portland, dejó los estudios a los seis meses, y cortó el grifo a las donaciones caritativas nada más regresar a Apple.
Ambos son grandes triunfadores, pero solo Jobs ha sido elevado a la categoría de semidiós, con su culto y sus adoradores, por sus dotes de visionario y los conocimientos tecnológicos que ha demostrado.
Y, al contrario que la de Gates, su carrera ha registrado inusuales retrocesos. Tras el éxito inicial de Apple, a los 26 años era millonario y portada de la revista Times.
Pero a los 30 años, Jobs se vio de patitas en la calle por incompatibilidad manifiesta con la persona que él mismo había contratado para guiar los destinos de Apple, el antiguo jefe de Pepsi Cola John Sculley.
¿Por qué? Diferencias de criterio.
En su libro de memorias, Sculley le compara con una especie de Trotski. Un tipo mesiánico, un purista que persigue la perfección más allá de los límites razonables. Pero Sculley cayó, y Jobs volvió al puesto de mando cargado de ideas.
Años después reconocería que, pese a la amargura del momento, aquel despido fue crucial en su carrera. "Dio paso a la etapa más creativa de mi vida".
Una etapa en la que fundó la empresa Next, se casó con Laurene Powell y dio vida a Pixar, su incursión en el mundo del cine de animación por ordenador, que cosechó éxitos clamorosos con Toy story o Buscando a Nemo y que fue, finalmente, adquirida por Disney.
La enfermedad ha truncado, de momento, esa espectacular carrera.
Para alguien acostumbrado a decidir y a llevar el timón de una gran empresa debe de ser muy duro rendirse a la evidencia de que lo más importante, su salud, es un tema incontrolable, que se escapa a sus dotes de intuición, a sus firmes creencias budistas. A todo.
Y devuelve a esta deidad de Silicon Valley a la contingente y frágil condición de mortal.
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