Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

8 sept 2010

Un pedazo de carne con gafas de sol


gafas de sol

Pinochet; todo el mundo conoce a Pinochet. Su historia política, pública, que se entrecruza y confunde con su carrera criminal. Hace mucho, mucho, leyendo a no sé quién encontré una frase de Pinochet, como una especie de boutade surrealista.

"A las mujeres no hay que creerlas ni siquiera cuando dicen la verdad."

Bien pensado, el viejo cabrón está todo en esa frase. Salud, y que se mueran los feos.

Una entrevista a Faulkner


Una entrevista a Faulkner
Me cae bien este fulano, que deja a todos sus seguidores (probablemente el escritor que más imitadores tuvo del siglo pasado) en una pandilla de cagones, más o menos fértiles e interesantes, apretándose bajo su sombra, como gorilas probándose un jersey de angora, dando el pego algunos, es decir, adaptándose a la fuerza al cuerpo enano y malvado del señor de bigote éste.
Hizo lo que le dio la gana; es normal que después muchos hayan querido copiar su libertad copiándole.
Me gusta cuando dice que se lo pasaba bien escribiendo; todos dios presume de sufrir muchísimo escribiendo, de atormentarse, de estar superestreñidos, menos el bocazas de la legua Pérez Reverte que presume de lo contrario y viendo lo que fabrica (clics de playmobil vestidos de banderilleros) mejor casi nos quedamos con los dolorosos, con los agarrotados. William Faulkner (1897-1962).
Aquí dejo un extracto de una entrevista. Sus libros saben mejor con un vaso de vino, una lámpara al lado de una butaca y pasando de introducciones. Perdón por esta. Incluso la entrevista no vale nada si la comparamos con el gozo de abrir un libro suyo por cualquier página y... bebemos un poco de vino...

"-¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?

-99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo.
Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo.
Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.

-¿Quiere usted decir que el artista debe ser completamente despiadado?

-El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista.
Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...

-Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera, ¿sería un factor importante en la capacidad creadora del artista?

-No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

-Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?

-El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel.
En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local.
El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar.
En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor".
Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado.
Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

-¿Bourbon?

-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.

-Usted mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

-No. El escritor no necesita libertad económica.
Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación.
Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica.
El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor.
Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?

-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía.
Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro.
En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro.
Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.


-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?

-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones.
Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo.
El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo.
Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar.
Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-¿Lee usted a sus contemporáneos?

-No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman.
He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final.
Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.

-¿Y Freud?

-Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.

-¿Qué le sucedió a usted entre La paga de los soldados y Sartoris? Es decir, ¿cuál fue el motivo de que usted empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?

-Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio.
La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo.
Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también.
El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales.
No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo.
Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme."

El verdadero milagro de los mineros


Una vida entera. Creo que los 33 mineros sepultados en las profundidades de la mina San José en Chile se han estado preparando toda su vida para enfrentar el desafío de múltiples meses bajo tierra.
O tal vez hasta aventurar que es una batalla que vienen librando desde antes de que nacieran.


Es así como siempre han resistido los trabajadores chilenos frente a los retos
A semejanza de su país.

La epopeya de hombres que descienden a las tinieblas de la montaña y desgajan minerales desde la oscuridad y luego sufren un accidente que los deja a la merced de aquella oscuridad, es parte del ADN de Chile, una parte integral de la historia de mi país.

Fue una de las primeras cosas que aprendí sobre Chile cuando llegué a Santiago en 1954 a los 12 años de edad. -abran sus libros hasta encontrar El Chiflón del Diablo, nos requirió el profesor de castellano-. Un cuento de Baldomero Lillo, publicado en 1904.

Era un relato de una catástrofe parecida a esta que, tantas décadas más tarde, el 6 de agosto del 2010, afectaría a los mineros de San José.
Ahí se encuentra una tragedia que habría de repetirse interminablemente, cómo la tierra devora a los que se atreven a sumergirse en sus entrañas, una exploración de la miseria que, como tantos otros cuentos clásicos que escribió Baldomero Lillo a principios del siglo XX, todo escolar en Chile debe estudiar.

Claro que aquellos 33 mineros no sabían cuando leyeron El Chiflón del Diablo en el colegio que algún día tendrían que vivir ese terror en la realidad de sus vidas y no ya en la literatura.
No podían adivinar que más de 100 años después de que Baldomero Lillo imaginara esa ficción, las precarias condiciones de la vida minera, la explotación inhumana, los riesgos para los trabajadores, seguirían esencialmente inalterados.

Fue la minería la que forjó a Chile.

Los conquistadores que fundaron las primeras ciudades cruzaron páramos alarmantes y valles prohibidos en busca de oro.
Después se apreció el valor de otros minerales: el hierro que se fundía en altos hornos y el cobre que es todavía hoy la principal exportación de Chile, y el carbón del Sur del que Lillo escribió y que fue crucial para los barcos que se detenían a reabastecerse camino hacia una California presa de la fiebre del oro. De hecho, muchas de las técnicas utilizadas en California a partir de 1849 se debieron a chilenos que nacieron y se criaron en Copiapó, no lejos de donde hoy se encuentra la mina San José, miles y miles que partieron a los Estados Unidos con la repentina ilusión de enriquecerse.

Pero de todos los minerales, fue el salitre el que, sobre todos los otros, creó el Chile de la modernidad. Esas extensiones de costra salada en el Atacama, el desierto más seco del mundo, constituían la base para el mejor fertilizante conocido por el hombre y, además, servían para fabricar explosivos.
Centenares de pequeñas ciudades se levantaron en las sábanas pedregosas de la pampa salitrera y millones de toneladas fueron enviadas a una Europa presa de una revolución industrial que necesitaba desesperadamente aumentar su producción agrícola.

Y unas décadas más tarde, como ocurre con tanta frecuencia en América Latina y otros sitios tristes del planeta -piénsese en el caucho del Amazonas, en la plata de Potosí-, disminuyó la demanda del salitre y solo quedaron pueblos fantasmas, una diáspora de casas raquíticas desparramadas por el desierto, una legión de vidas en ruina.

El nitrato dejó algo más que desolación tras sí. El mundo se ha maravillado con la manera en que los 33 mineros confinados bajo la tierra de San José se han organizado en turnos, han generado una jerarquía de mando, han dispuesto un plan de supervivencia echando mano a los talentos y recursos acumulados a lo largo de una vida de labranza tenaz.
Yo confieso, en cambio, no sentir sorpresa alguna.Es así como siempre han resistido y perdurado los trabajadores chilenos frente a los retos más formidables.

Es el legado de aquellos que extrajeron el salitre desde el desamparo, aquellos que, en la época en que Baldomero Lillo escribía acerca de los tormentos de los mineros, supieron establecer los primeros sindicatos, los primeros grupos de lectura, los primeros periódicos de la clase obrera.
Esas lecciones de unidad y fortaleza y orden y, sí, astucia, se pasaron de padre a hijo a nieto, lo que todo hombre precisaba saber si había de superar los desastres que lo esperaban en un mundo inmisericorde.

Por cierto que fue una suerte piadosa la que visitó a los 33 mineros ese día reciente de agosto cuando la montaña se derrumbó.
Pero no fue la suerte lo que los mantuvo con vida. Adentro de ellos se encontraba el entrenamiento invisible, el aliento de sus ancestros, que se perpetuaron para murmurarles qué debían hacer para no morir una y otra vez en la oscuridad.

Hubo un milagro allá, en San José, pero poner el énfasis tan solo en la fortuna benigna es perder de vista lo que puede ser quizás el significado más recóndito de lo que ocurrió en ese paraje, lo que sigue ocurriendo, es dejar de lado las preguntas que de verdad importan.

¿Cómo es posible que, más de un siglo después de que los cuentos de Baldomero Lillo denunciaran las circunstancias feroces en que se laboraba bajo el suelo terrestre, aún persistan la misma inseguridad, los mismos peligros? ¿Cuántos nuevos accidentes como este hacen falta para que se legisle preventivamente y los mineros puedan acometer su faena cotidiana sin arriesgar en forma indecorosa sus vidas?

Esos 33 mineros son ahora héroes nacionales e internacionales, con todo Chile, junto a una buena parte del resto del mundo, pendiente de sus trances y de su progreso paulatino hacia la luz del día.
Debido a una de esas coincidencias que la historia nos depara de vez en cuando, esos hombres han quedado atrapados en el preciso momento en que las últimas estadísticas han demostrado, para nuestra vergüenza, que la pobreza en Chile ha aumentado drásticamente por primera vez desde que Pinochet dejó de ser dictador del país.

¿Es demasiado soñar que las tribulaciones de esos hombres perturbarán la conciencia de Chile, que ayudarán a crear un país donde, dentro de 100 años, los relatos de Baldomero Lillo y la historia de los 33 mineros de San José serán cosa del pasado, una reliquia, algo legendario pero ya no rutinario?

Eso sí que sería un milagro.

Ariel Dorfman, escritor chileno, es el autor de la novela Americanos: Los Pasos de Murieta y del libro Memorias del desierto, que explora la vida de los mineros del Norte de Chile.

La princesa de Asturias estrena nuevo estilo


La princesa de Asturias estrena nuevo estilo. Con un traje de chaqueta de bermuda gris muy estrecho y un corte y color diferente de pelo (más escalonado y con mechas de diferentes tonos) doña Letizia se presentó hoy en Segovia junto con el Príncipe de Asturias para inaugurar el centro de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i)del Grupo Siro. Eso sí recuperó unos zapatos peep-toe abotinados de color beige claro que ya había llevado en otras ocasiones.

La princesa Letizia estrenó un corte y color diferente de pelo (más escalonado y con mechas de diferentes tonos).-
Los Príncipes durante su visita a este centro, que investiga la mejora de la calidad nutricional de los productos, han estado acompañados, entre otros, por el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, y por el alcalde de El Espinar, David Rubio.