12 jun 2010
La Mujer en el Arte
Magdalena Penitente de Pedro de Mena es una obra realizada en madera de cedro (material reservado para las obras excelentes) tratándose de una escultura finamente tallada.
Consigue comunicar el fervor religioso mediante gestos muy meditados: la mano derecha de finos dedos reposa sobre el pecho; la mano izquierda sostiene con fuerza el crucifijo, símbolo de la redención; el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante ayuda a centrar la atención en la mirada que dirige la mujer a la cruz en busca de auxilio; en el rostro es donde cuida más los detalles: los labios resecos, la boca entreabierta, los ojos enrojecidos, las mejillas rígidas del llanto y la frente arrugada muestran el arrepentimiento de la joven Magdalena; cualquier indicio de sensualidad queda oculto bajo la túnica de palma, que esconde las formas femeninas hasta el punto de que ni siquiera de insinúan; el sobrio uso de colores más bien oscuros (ocres y marrones rojizos) llamados tierras de Sevilla, realzan la espiritualidad de la obra.
Sobre curas casados
Desde hace varios años, este sacerdote suizo comparte su vida con una mujer. Pierre no tiene alternativa: Sara no podrá jamás mostrarse con él en público. Los únicos momentos de libertad son vacaciones en parajes lejanos".
Así empieza un reportaje bastante insólito en La Tribune de Lausanne del 6 de abril pasado. "Debemos dar prueba de una extremada prudencia.
No hay que provocar a la Iglesia. Nos tienen atrapados por el terror. Si alguien revela nuestra situación, seré expulsado de la Iglesia. La presión de perder mi empleo es demasiado fuerte. No conozco otro oficio", dice el sacerdote.
En todo el mundo hay miles de sacerdotes que tienen esposas. Unos y otras son discriminados
¿Y su mujer? "Es muy duro esconderse. No ser nada. Una Señora Nadie". Sara dice que hoy ya no tendría coraje para comenzar una historia como esta. "Condenada a encuentros furtivos, soy la compañera clandestina y solitaria", dice.
Cuando el padre Léon Laclau tuvo que dimitir en 2007 por no respetar el celibato, su obispo le dijo simplemente "No hagas olas". Su matrimonio con Marga, en octubre de 2008 en el País Vasco, fue una auténtica fiesta popular. "No veo ningún futuro en esta Iglesia hipócrita, alejada de la gente del pueblo, inaccesible para la gran mayoría, muy juzgadora, convertida en una máquina para excluir", dice.
"Soy sacerdote y estoy casado", proclama por su parte Veremundo Carrillo, uno de los 3.000 sacerdotes mexicanos casados según las cifras de la Federación Internacional de Sacerdotes Casados. "Llevo 40 años de ser sacerdote católico y 20 de estar casado con Rosario Reveles, con quien procreé dos hijos", relata. "Hay algunos sacerdotes que viven en dos planos", dice el monje benedictino alemán Anselm Grün en una entrevista en La Nación. "Los sacerdotes deberían poder elegir entre dos formas: aquellos que quieren contraer matrimonio y los que quieren ser célibes".
El citado Veremundo Carrillo es un ejemplo entre los miles y miles existentes en el mundo -no es posible dar cifras sobre países como Indonesia o Filipinas, por ejemplo- según la revista Teología desde el Margen de la red Movimiento Pro Celibato Opcional (Moceop), que, como la Federación Europea de Sacerdotes Casados, o la asociación A Plena Luz y tantas otras, locales o internacionales, aporta una asistencia real a casos particulares y lucha contra el celibato de los sacerdotes. Solo en Suiza, y según cifras de una asociación de ayuda mutua para mujeres vinculadas a sacerdotes católicos, unas 500 mujeres viven una relación secreta con alguno de los 1.900 sacerdotes activos o religiosos.
Esta cifra incluye únicamente a mujeres de dicha asociación y en ella registradas. Alrededor de 200 niños han nacido allí de una relación ilícita.
"Son sobre todo las personas que sufren mucho las que franquean esta etapa", expli-ca Gabriella Loser Friedli, responsable de la asociación.
Desde 1965, más de 100.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, o sea, uno de cada cinco, han abandonado el ministerio, la mayor parte para contraer matrimonio. En Francia, un promedio de 250 abandonan la Iglesia cada año.
Desde luego, no siempre fue así, y una relación histórica sería interminable. Según el historiador cristiano Pierre Pierrard, en el siglo XI la mayor parte de los sacerdotes vivían en un "concubinato" muy bien aceptado. Esposas e hijos de sacerdotes son un aspecto de la alegre promiscuidad y desorden popular de fines de la Edad Media. Todavía en el siglo XII, un buen porcentaje de curas vivían con una mujer, con el beneplácito de la población local, que así salvaba de posibles acosos a sus mujeres e hijas. "Las riquezas intelectuales y espirituales de un cura son inmensas.
Asociadas a las de una esposa, pueden componer un tipo humano, una pareja de excepcional valor", concluye este historiador. Es a partir de los Concilios Lateranenses cuando se multiplican las condenas del concubinato y cuando la castidad se convierte en una "santa virtud", seguidos a lo largo de los siglos por una verdadera "aristocratización" del clero, tanto en su saber como en los buenos modales y costumbres aparentes.
En su cruzada contra de los avances del Concilio Vaticano II, Benedicto XVI, el de los tantos errores, siempre alejado del mundo real, olvida uno de las recomendaciones del texto Presbyterorum Ordins, 16: "El celibato eclesiástico no está exigido por la naturaleza del sacerdocio, como se ve en las prácticas de las iglesias orientales".
En todo caso, la solución de este drama parece urgente: más de 40 italianas con relación sentimental con sacerdotes acaban de escribir una carta al mismísimo Papa pidiéndole que, en su infinita bondad, afronte de una vez el problema y dé por anulada la regla del celibato, según The Guardian.
¿Acaso el mismo Papa no acaba de aceptar en el seno de la Iglesia a los pastores anglicanos casados que se conviertan al catolicismo? "Tengo la solución para el matrimonio de los sacerdotes", se bromea en un blog, "se los ordena anglicanos; se casan y se convierten al catolicismo. Problema resuelto".
Creyente o ateo, no es difícil comprender la tragedia moral o religiosa que viven los miles de sacerdotes y sus compañeras.
En parte porque las parejas se deshacen naturalmente, pero, sobre todo, porque la clandestinidad es insoportable a largo plazo y las consiguientes tensiones son destructivas. Dichas compañeras a menudo quedan abandonadas al cabo de años de convivencia.
Ciertas mujeres se han sometido contra su voluntad y convicción profunda al aborto. Otras son madres solteras en pleno conflicto con sus familias practicantes. Es lícito pensar que un sacerdote que se siente éticamente responsable de su vínculo peligroso, vacila antes de finalizarlo y prolonga una unión agotada.
No todos tienen la fuerza moral de Léon Laclau, que, a la pregunta de un periodista "¿qué siente usted no pudiéndose casar por la religión?", respondió: "Nada. Porque sé que la mirada de Dios es mucho más amplia que las restricciones disciplinarias de la Iglesia". Otros, en cambio, contestan anónimamente, como H. y F. en una emisión de Radio France del 10 de abril de 2009.
¿Y si el asunto del celibato de los sacerdotes tuviera una relación directa con la misoginia increíble de la Iglesia católica? Poner como modelo femenino a una virgen asexuada debería hacer temblar a más de una; las referencias a una verdadera fobia por la mujer son innumerables.
"La mujer es al hombre lo que lo imperfecto y defectuoso es a lo perfecto. La mujer es físicamente inferior, y también mentalmente (...).
No es sino un error de la naturaleza, una suerte de hombre mutilado", escribe Tomás de Aquino. "No era esa la opinión del papa Benedicto IX, quien dos siglos antes, en 1045, se dispensaba a sí mismo del celibato y dimitía para contraer justas nupcias", recuerda Eva Lacoste en Los sin papeles de la Iglesia, artículo lapidario en la revista católica Golias.
Para Jean Delumeau, catedrático de Historia de las Mentalidades Religiosas en el Occidente Moderno, que da numerosos ejemplos de la misoginia de la Iglesia a lo largo de los siglos en su libro Miedo del Occidente, en la saña de esta al exigir a sus clérigos el celibato tiene suma importancia un sentimiento ancestral antifemenino.
La Inquisición y los doctores de la ley castigaban a las mujeres inteligentes, a las artistas, a las curanderas, porque desplegaban sus capacidades intelectivas y artísticas y expresaban su subjetividad.
Y las cosas no se arreglan en el curso de los siglos, más bien al contrario: en los siglos XIX y XX se añadirán la condena del sexo, particularmente el de la mujer, designada en el mismo lenguaje eclesiástico como "persona del sexo...". "Educar católicas consistía en prevenir la conciencia de género y enajenar la sexualidad.
En su mayoría (las niñas) aprendían a ser mentirosas, vergonzantes y culposas", escribe Carolina Sanín, que se educó en un colegio católico de Colombia. Lo dice muy bien el cardenal Cipriani, actualmente en ejercicio, tanto hombres como mujeres tienen una misión determinada genéticamente: "Esta realidad biológica determinante es a lo que podemos aspirar en el mundo".
Punto.
Nicole Muchnik es escritora y pintora.
Este tema para mi es algo que no me interesa pero si que me da que pensar muchas cosas.
El celibato y vencer la tentación de la carne ???¿¿¿ es algo que no me quta el sueño.
Es más con todo el poder de la Iglesia tienen sus miembros que someterse a una disciplina. Nadie les obliga a ser sacerdotes y no sé como oyen la llamada del Señor.
Si son sacerdotes saben que renuncian al mundo y a sus "pompas" eso nos contaban de niñas las monjas, y el sacrificio a que se debían someter, incluso físico, como ponerse un cinturón de pinchos. No entendia como el dolor te acercaba a ese Diios. o como ese Dios veía complacido que sufrieras. pero como no nos explicaban nada, pues pensé que así era la vida hasta que al irme de ese ambiente religioso, entendí que la vida no era eso. "ESO" era una opción.
Se quejan de que no pueden verse los matrimonios entre curas y mujeres. Pues que no se casen, ellos hicieron las reglas sino las cambian pues se aguantan, como tantas veces me aguanté yo en un mundo que ellos dividían entre el Cielo y el Infierno.
No creo que el celibato lleve a esas personas a ser pederastas o pedófilos, eso es un delito y no un pecado, por mas que el Papa pida pedón hasta la eternidad.
Por cierto se imaginan un Papa con su señora esposa? que inmenso poder sobre el mundo tendría esa Mujer. un poder que se le daría en función del cargo de su marido.
Y podría el Papa tener amantes?.
Creo que me meto en aguas pantanosas, lo cierto es que Los religiosos, La Iglesia Católica y anglincana ha hecho siempre lo que le ha dado la gana, y piden aún que se de clase de esas creencias.
Mal les tiene que ir el negocio cuando un acto tan personal e individual como es la creencia, necesita ser una asignatura.
El quebradero de cabeza latinoamericano
América Latina sigue siendo un quebradero de cabeza. Casi 200 años de vida independiente no han sido suficientes para otorgarle a nuestra región la madurez necesaria para alcanzar un mayor desarrollo; no han sido suficientes para que dejemos de ser una tierra de ocurrencias, en donde la imaginación y la creatividad sirven más para escribir novelas mágicas que para diseñar políticas públicas eficaces.
Nuestros pueblos aún tienen que comprobar que la libertad funciona mejor para conseguir el desarrollo
Cuando se trata de democracia, nuestra región tiene todavía mucho que aprender. Es cierto que abandonamos el yugo dictatorial hace ya 20 años, pero ese solo fue el primer paso de una caminata que nos hemos rehusado a emprender. Seguimos sin hacer las reformas necesarias para consolidar nuestras instituciones y fortalecer nuestro Estado de derecho.
Seguimos siendo presas del mesianismo y del populismo, enemigos acérrimos de la libertad. Seguimos aplaudiendo discursos revolucionarios que son vacíos en todo menos en su amenaza a la institucionalidad. Seguimos siendo incapaces de garantizar la independencia de poderes. Seguimos no respetando las reglas del juego y haciendo del incumplimiento de las leyes un deporte nacional.
La democracia es mucho más que promover constituciones, firmar cartas democráticas o votar en elecciones periódicas; es mucho más que una camisa que se viste en los domingos y en los días de guardar. Es una forma de vida. De nada sirve nacer democráticamente si se vive autoritariamente, si la política se ejerce desde la coerción y la fuerza.
Hay en nuestra región líderes que se valen de los resultados electorales para justificar comportamientos antidemocráticos. Utilizan el apoyo recibido en las urnas como un cheque en blanco, y llevan adelante su proyecto político a costa de las garantías individuales de sus pueblos. El pluralismo, la otredad, la tolerancia, la crítica, son rasgos distintivos de la democracia. Cerrar medios de comunicación, censurar a los opositores, influenciar en los procesos judiciales, perpetuarse indefinidamente en el poder, son rasgos indiscutiblemente autocráticos, así vengan de un Gobierno elegido por el pueblo.
Es justo decir que en América Latina solo existe una dictadura, y es la dictadura cubana. Los demás regímenes, nos guste o no, son regímenes democráticos. Pero algunos tienen propensiones autoritarias. Ya no se trata de la situación de la segunda mitad del siglo XX, cuando una retahíla de golpes de Estado instauró dictadura tras dictadura. Se trata, en cambio, de una escala de grises: todas las naciones latinoamericanas, con excepción de Cuba, son democráticas. Pero algunas son más democráticas que otras.
Los pueblos latinoamericanos no eligen Gobiernos populistas por masoquismo. Los eligen porque creen en la promesa mesiánica, porque creen que esos Gobiernos construirán sociedades más justas y más prósperas. Hasta que no comprueben que la libertad funciona mejor en la consecución de un mayor desarrollo, no habrá verdadera vocación democrática en América Latina.
Cosechar los frutos de las políticas públicas es salvar la democracia. Ese es el desafío del desarrollo latinoamericano.
Los Estados latinoamericanos están entre los que más han luchado por convertirse en países industrializados.
Hay factores culturales que han influido negativamente en nuestra capacidad de desarrollarnos, como nuestra resistencia al cambio y nuestra falta de apoyo a la innovación. Pero hay también factores políticos, que tienen que ver con una incapacidad de forjar proyectos de desarrollo a largo plazo y elaborar una visión de país. En lugar de fijar el rumbo y poner nuestra nave en "piloto automático", los países latinoamericanos cambian de dirección con cada Administración.
En nada es esto más evidente que en nuestro esquizofrénico comportamiento en torno a la apertura comercial. Hay en nuestra región países que premian las exportaciones, la inversión extranjera y el libre comercio. Hay también países que defienden el espejismo de la autarquía comercial y alimentaria, ignorando que aquellos que han tenido éxito en los últimos años, desde Singapur hasta China e Irlanda, han abrazado la apertura comercial.
Aprovechar las oportunidades del libre comercio requiere, sin embargo, la presencia de Estados eficientes, que puedan adaptarse rápidamente. Y en América Latina, los aparatos estatales son maquinarias escleróticas e hipertrofiadas, para las que es terriblemente difícil traducir las promesas en realidades.
Nos hemos enredado en una maraña de trámites y controles que ahogan la iniciativa pública y privada. Nuestros ordenamientos jurídicos privilegian la forma sobre los fines, los procedimientos sobre los resultados.
Hemos permitido que sea más importante presentar un informe que hacer un hospital, un centro de arte o una carretera. Y de nada les sirve a nuestros Gobiernos cumplir puntillosamente los trámites si esos trámites no traen frutos concretos para nuestras poblaciones.
Si América Latina desea traspasar el zaguán del mundo desarrollado, será necesario que sea capaz de perfeccionar su democracia y modernizar su función pública, para que pueda elevar las condiciones de vida de sus habitantes, único y último objetivo de la actividad política.
Óscar Arias Sánchez es ex presidente de Costa Rica. Este artículo es un extracto de la conferencia pronunciada en la Secretaría General Iberoamericana de Madrid el pasado mayo.
10 jun 2010
Cae otro justo Maruja Torres
El día se inició bien, aunque nublado, al proclamarse la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Amin Maalouf, ese escritor de ética global y estética mestiza que no se desentiende nunca del ser humano ni de los conflictos que larvan sus discordias.
En seguida llegó el mazazo: la dimisión de Carlos Castresana de su cargo al frente de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala. Le han acosado tanto desde las organizaciones criminales como desde el poder, que en ese país desdichado está corrupto hasta las raíces.
Nadie, ni el presidente del Gobierno guatemalteco, le arropó en su trabajo incansable, en su persecución de la verdad. Vergüenza.
Vergüenza y dolor. Siento por Castresana, más que admiración, reverencia. No es un hombre vanidoso, aunque podría.
Lucha implacable e impecablemente por la integridad. Él fue quien hizo posible el procesamiento de Pinochet, quien presentó ante la Audiencia Nacional, en 1996 y en nombre de la Unión Progresista de Fiscales, un dossier tan bien urdido sobre los crímenes del dictador chileno que el viejo cocodrilo tuvo que recurrir a la farsa de una grave enfermedad para que le permitieran huir.
No solo eso: los casos Jesús Gil, Sintel, Berlusconi en Tele 5. Se va de Guatemala, y no únicamente porque los grupos criminales se han unido para poner su vida en peligro. Se va porque le han dejado solo. Detrás queda su última denuncia: la que acusa al recién nombrado fiscal general, Conrado Reyes, de tener vínculos con el crimen organizado.
Una de cal, pues -el premio a un escritor que no cree en las fronteras-, y otra de amarga arena, el nuevo agravio a la justicia universal, ese ideal tan herido, perpetrado en la honesta figura de Carlos Castresana.
Llueve mientras escribo esto. Llueve como en los tristes días, esas jornadas en que la lluvia desmonta los tinglados y muestra la sucia realidad.
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