QUIEN TE VA A QUERER 2003 from Pedro Lazaga on Vimeo.
26 mar 2010
Homenaje a Mifuel Hernandez
Labor Cumplida. -26 marzo-2006.- En Memoria-.
No verá el camino mis ojos apartarse,
Ni las sendas me verán reclinada esperando,
Ni me hallará la tarde con las manos vacías,
Ni me encontrará el cielo rodeando los muros.
Me verán de frente las veredas y los senderos,
De pie cara al aire me vislumbrará el horizonte,
Subiendo la colina me recibirán los años,
Mi paso continuará la medida de otros pasos.
Aprendí del árbol a crecer en vertical impulso,
Del árbol Roble que apuntaló mis raíces,
Aprendí que las estrellas están para alcanzarlas
Y que los mares se cruzan sin temer en la orilla.
Así continuo la obra emprendida en la infancia
El trabajo de yunque y la forja del fuego,
Recibiendo la savia del árbol para alzarme
Al tiempo que el crepúsculo en esplendor nocturno
Asiente y conoce que la labor se cumple.
No verá el camino mis ojos apartarse,
Ni las sendas me verán reclinada esperando,
Ni me hallará la tarde con las manos vacías,
Ni me encontrará el cielo rodeando los muros.
Me verán de frente las veredas y los senderos,
De pie cara al aire me vislumbrará el horizonte,
Subiendo la colina me recibirán los años,
Mi paso continuará la medida de otros pasos.
Aprendí del árbol a crecer en vertical impulso,
Del árbol Roble que apuntaló mis raíces,
Aprendí que las estrellas están para alcanzarlas
Y que los mares se cruzan sin temer en la orilla.
Así continuo la obra emprendida en la infancia
El trabajo de yunque y la forja del fuego,
Recibiendo la savia del árbol para alzarme
Al tiempo que el crepúsculo en esplendor nocturno
Asiente y conoce que la labor se cumple.
23 mar 2010
El Boadas
Leyendo un artículo de D. Arturo Pérez-Reverte, hablando de su estancia en Venecia y lo que le ocurrió, habla de un lugar casi olvidado para mi en Barcelona. El Boadas, para los que viven en Barcelona deben saber como es y que combinados tan buenos hacen, ya que hablando de Helados podemos mecionar o puedo ese lugar. Lo Frecuentaba.
Un sitio de paso hacía otros, cuando la noche ya entrada y después de Cenar se buscaba prolongar la reunión y siempre terminabamos en casa de alguien.
Pero el Boadas me trae recuerdos hermosos y felices, el barullo, la gente, la música y la bebida, siempre pedía el mismo combinado con guinda.
No miro atrás pensando que tiempo tan felices. La memoria tamiza los que no fueron así. Pero de un lugar en el que se viven años es normal que nos pasen cosas, y entre ellas algunas muy buenas.
Un sitio de paso hacía otros, cuando la noche ya entrada y después de Cenar se buscaba prolongar la reunión y siempre terminabamos en casa de alguien.
Pero el Boadas me trae recuerdos hermosos y felices, el barullo, la gente, la música y la bebida, siempre pedía el mismo combinado con guinda.
No miro atrás pensando que tiempo tan felices. La memoria tamiza los que no fueron así. Pero de un lugar en el que se viven años es normal que nos pasen cosas, y entre ellas algunas muy buenas.
Alatriste, capa y espada
Alatriste, capa y espada
LUIS ALBERTO DE CUENCA - 20/11/2007
Soy un fan irredento de Alatriste en cuanto saga y en cuanto que supone la resurrección de un subgénero narrativo, el folletín, que está en el centro de mis intereses como lector desde que comencé a serlo en serio, hace casi cincuenta años. Alatriste es un folletín.
¿Y qué demonios es un folletín? Veámoslo sin más demora, teniendo en cuenta que el ámbito en que nace, crece y se desarrolla el folletín es, fundamentalmente, francés, y que es en el seno de la literatura francesa del siglo XIX donde hemos de ir en busca de los principales modelos temáticos y estilísticos de la escritura alatristesca, por más que mi admirado Arturo Pérez-Reverte beba en fuentes plurales y diversas, pues para él, como para el personaje de Terencio, «nada de lo humano le es ajeno».
Las letras francesas decimonónicas constituyen, por lo demás, un territorio por donde siempre he discurrido con gusto e interés.
Ya en marzo de 1800, el diario francés Le Journal des Débats comenzó a dedicar la parte inferior de cada página, llamada rez-de-chaussée («planta baja») o feuilleton («folletín»), a temas de crítica literaria, teatral y musical. A partir del 1 de julio de 1836, las cosas iban a cambiar.
Fue entonces cuando los empresarios Émile de Girardin y Armand Dutacq lanzaron de manera simultánea Le Siècle y La Presse, ofreciendo suscripciones a mitad de precio y aumentando considerablemente el número de anunciantes.
Para granjearse aún más el favor de los lectores, a Girardin se le ocurrió publicar en la «planta baja» de su periódico, y a lo largo de varios números, una novela completa. Había nacido el folletín, tal y como lo entendemos hoy.
La primera novela que se publicó de este modo, entre el 23 de octubre y el 30 de noviembre de 1836, fue La vieille fille, de Balzac.
Poco a poco, la «planta baja» va especializándose en obras de ficción: de septiembre a diciembre de 1837, Le Siècle publica unos capítulos de Las memorias del diablo, de Frédéric Soulié (1800-1847), y, acto seguido, una novela completa de Alejandro Dumas, El capitán Paul.
El éxito es impresionante, las suscripciones se multiplican. Dumas perfecciona su técnica y publica en 1841, siempre en Le Siècle, su primer folletín histórico, El caballero d'Harmental.
El medio es nuevo y, por lo tanto, las técnicas literarias deberán adaptarse a él. Dumas y sus rivales -Soulié en Le Journal des Débats, Eugenio Sue en La Presse- transforman esa novela arbitrariamente fragmentada que era el folletín primitivo en una novela pensada ex profeso para la «planta baja» de los diarios.
Así aparecerán los grandes folletines del siglo: Los misterios de París, de Sue (1842-1843); Los misterios de Londres, de Paul Féval (1843-1844); Los tres mosqueteros, de Dumas (1844); El judío errante, de Sue (1844-1845), y El conde de Montecristo, de Dumas (1844-1846). Con razón escribía en 1845 un columnista anónimo en L'Époque: «El diario era una costumbre y la novela lo ha convertido en una necesidad.»
LUIS ALBERTO DE CUENCA - 20/11/2007
Soy un fan irredento de Alatriste en cuanto saga y en cuanto que supone la resurrección de un subgénero narrativo, el folletín, que está en el centro de mis intereses como lector desde que comencé a serlo en serio, hace casi cincuenta años. Alatriste es un folletín.
¿Y qué demonios es un folletín? Veámoslo sin más demora, teniendo en cuenta que el ámbito en que nace, crece y se desarrolla el folletín es, fundamentalmente, francés, y que es en el seno de la literatura francesa del siglo XIX donde hemos de ir en busca de los principales modelos temáticos y estilísticos de la escritura alatristesca, por más que mi admirado Arturo Pérez-Reverte beba en fuentes plurales y diversas, pues para él, como para el personaje de Terencio, «nada de lo humano le es ajeno».
Las letras francesas decimonónicas constituyen, por lo demás, un territorio por donde siempre he discurrido con gusto e interés.
Ya en marzo de 1800, el diario francés Le Journal des Débats comenzó a dedicar la parte inferior de cada página, llamada rez-de-chaussée («planta baja») o feuilleton («folletín»), a temas de crítica literaria, teatral y musical. A partir del 1 de julio de 1836, las cosas iban a cambiar.
Fue entonces cuando los empresarios Émile de Girardin y Armand Dutacq lanzaron de manera simultánea Le Siècle y La Presse, ofreciendo suscripciones a mitad de precio y aumentando considerablemente el número de anunciantes.
Para granjearse aún más el favor de los lectores, a Girardin se le ocurrió publicar en la «planta baja» de su periódico, y a lo largo de varios números, una novela completa. Había nacido el folletín, tal y como lo entendemos hoy.
La primera novela que se publicó de este modo, entre el 23 de octubre y el 30 de noviembre de 1836, fue La vieille fille, de Balzac.
Poco a poco, la «planta baja» va especializándose en obras de ficción: de septiembre a diciembre de 1837, Le Siècle publica unos capítulos de Las memorias del diablo, de Frédéric Soulié (1800-1847), y, acto seguido, una novela completa de Alejandro Dumas, El capitán Paul.
El éxito es impresionante, las suscripciones se multiplican. Dumas perfecciona su técnica y publica en 1841, siempre en Le Siècle, su primer folletín histórico, El caballero d'Harmental.
El medio es nuevo y, por lo tanto, las técnicas literarias deberán adaptarse a él. Dumas y sus rivales -Soulié en Le Journal des Débats, Eugenio Sue en La Presse- transforman esa novela arbitrariamente fragmentada que era el folletín primitivo en una novela pensada ex profeso para la «planta baja» de los diarios.
Así aparecerán los grandes folletines del siglo: Los misterios de París, de Sue (1842-1843); Los misterios de Londres, de Paul Féval (1843-1844); Los tres mosqueteros, de Dumas (1844); El judío errante, de Sue (1844-1845), y El conde de Montecristo, de Dumas (1844-1846). Con razón escribía en 1845 un columnista anónimo en L'Époque: «El diario era una costumbre y la novela lo ha convertido en una necesidad.»
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