Hay una casa estrecha en la casbah. Tan poca cosa, que pasaría desapercibida. Sus techos son bajos y las escaleras angostas.
Esta sembrada de alfombras y envuelta en aromas de kif. Los haces de luz entran por pequeños ventanucos sembrando de sombras y magia cada estancia. Fue la cueva de un escritor y el solaz de su mujer y sus amantes. Quedo aprisionada y cerrada, perdida en el tiempo, con la llave en manos de una desaparecida maga que dicen vaga en el desierto. Cuentan que a los protagonistas de esta historia de la casbah tangerina les separo la magia. O quizá, cualquier artificio literario.
Llegué con Paul Bowles hace unos años hasta la puerta de esta casa. Cuando nos acercamos a la entrada oímos un murmullo, voces femeninas de tonos altos que caían desde la azotea. La casa parecía revivir, levantando ante nosotros una presencia turbadora. Esté donde esté enterrada, lo cierto es que el espíritu de Jane Bowles sigue en el escenario de sus fiestas y sus tribulaciones, en Tánger. Fue una mujer inquieta, autora de obras inquietantes. Siempre se mantuvo en el territorio de la duda y recurrió como arma de salvación a su gran capacidad de sorprender. Desde su misterio, Jane Bowles sigue provocando sobresaltos y conmociones. Ahora se ha removido en su tumba de Málaga, como si una vez mas tratase de levantar su sonora voz de soprano para reclamar atención.
Jane corría peligro de ser enterrada una vez mas. La reforzada fama literaria de su marido Paul Bowles proyectaba una zona de sombra sobre su obra, que empezaba a ser muy difícil de encontrar en librerías o almacenes editoriales. Hace apenas dos años, el Voice Literary Suplement (VLS) de Nueva York lanzaba la alarma con este titulo “La misteriosa desaparición de Jane Bowles”.
La empresa encargada de remodelar y exhumar cadáveres del cementerio de San Miguel de Málaga, donde Jane está enterrada, ha puesto los detalles del guión para hacer bueno el titulo. Hemos estado a punto de perder sus huesos. Y también sus letras. El conflicto de derechos surgido entre las editoriales Ecco y Farrar Straus hizo tener que la autora de “En la casa de verano”, “Placeres sencillos” y “Dos señoras muy serias” quedara enterrada literariamente.
La obra de Jane Auer, su nombre de soltera, apenas ocupa quinientas páginas. Mas que costarle, le dolía escribir. Sus personajes van descargandose de las capas que cubren su personalidad y su memoria para confrontar los temores mas hondos, las ausencias del cariño, las culpabilidades emocionales, la cautividad de la infancia...
Aquella “cabeza de gardenia”, como la describió Capote, hizo de su vida plena literatura, y utilizó la escritura para indagar en los pasajes mas sombríos de su vida. Emilio Sanz de Soto, compañero y amigo de aventuras por aquel Tánger, comenta que “Jenny era una especie de fuegos artificiales continuos, que en cierta forma malgastó parte de su genialidad. Bueno, la malgasto, pero los que eramos amigos suyos la recibimos”.
Lo que nos queda para poder descubrir, desde la literatura, quien fue Jane Bowles está en “La mano de mi hermana en la mia” (My sister´s hand in mine). Este es el título de sus obras completas, que tras el clamor y la duda editorial, han visto la luz arropadas por el prólogo original de la edición firmado hace treinta años por Truman Capote. Uno de sus mejores amigos y defensores de su obra- “a la que no falta calidad, sino cantidad ”-Capote recuerda que vio tres veces “In the summer house”, estrenada en 1964 en Nueva York, considerando que la obra teatral rezuma “un sabor nuevo, el de una bebida refrescantemente amarga.
Las mismas cualidades que me atrajeron de su primera novela “Two serious ladies”. Pero el texto preferido por Capote es ”Camp Catarat”, un relato que considera como “el mas representativo de su trabajo, un ejemplo perfecto de su controlada conmiseración: una apocalíptica historia cómica que tiene en su corazón, y como corazón, una puntillosa comprensión de la excentricidad y el aislamiento humano. Solo esta historia- concluye Capote -obliga a que tengamos a Jane Bowles en gran estima”. Curiosamente, “Camp Catarat” es una producción del año mas singular en la vida de Jane, 1948. Es cuando se traslada a vivir a Tánger, conoce a su influyente amante marroquí Cherifa y es el año en el que Paul Bowles completa “El cielo protector”.
La vida disipada de la extrovertida Jane le iría restando fuerzas e imaginación para el trabajo. La sombra protectora de Paul la aprisionó en lugar de darle alas literarias. Sumado a sus miedos de infancia y al creciente uso del alcohol, Jane terminaría dislocada.
“Todo en ella se convertía en duda y la duda engendraba angustia”, comenta Emilio Sanz de Soto al recordar una anécdota reveladora de la personalidad de Jane en el preludio de su internamiento psiquiátrico: Iba yo a la Librairie des Colonnes y me encuentro a Jenny descompuesta. "Pero ¿que te pasa Jenny?". "Emilio, un horror. Creo que he perdido la llave. Paul está de viaje, yo no puedo entrar en mi casa, no se que hacer.
Pero la solución o no al problema esta aquí, aquí...en este bolso tan lleno de problemas”. Le dije "Jenny, ¿por que no abres el bolso?". "No puedo, yo no puedo". Entonces le invite a que pasara al Café Claridge, nos pusimos en una mesa del fondo, abrí el bolso y salió todo: lentejas, muchas lentejas; un pájaro muerto, un espejo roto y la llave. Jenny cogió la llave entusiasmada y me dijo: “Pero mira todos estos problemas que tengo que resolver. Tengo que enterrar este pájaro, tirar al mar este maldito espejo roto porque trae mala pata, y estas lentejas que se me escapan por todos lados..." "Bueno, eso se puede arreglar". Efectivamente, llamé al camarero, metimos las lentejas en un saquito, cogimos un taxi, fuimos al puerto, tiramos el espejo roto al mar y, al lado de su casa, en un terreno baldío que había, hice un boquetito y enterramos al gorrión muerto. Y cuando la despedí en la puerta de su casa, ya con la llave para abrir, lloraba de emoción diciendome: "Me has salvado Emilio, tu me has salvado". Esa era Jenny Bowles, sentencia Sanz de Soto.
Rastreé hace unos años, para el rodaje del documental sobre la vida de los Bowles, “Mapas de agua y arena”, el último itinerario vital de Jane. En Málaga, el psiquiátrico original de la Clínica de los Angeles ha sido prácticamente destruido y en el cementerio de San Miguel costó encontrar la parcela F del numero 453 donde Jane reposa desde el 5 de mayo de 1973 sin lapida ni identificación personal alguna. La empresa que remodelaba el cementerio me aseguró que sus restos pasarían al pabellón de personajes ilustres de la ciudad, aunque han estado a punto de dejarla sin tierra alguna para el uútimo suspiro.
Su final fue traumático, duro, agobiante. En el historial clínico se habla de una psicosis maniaco-depresiva y de la aplicación, en los años 67 y 68, de hasta veintitrés electroshoks. Conocí en el nuevo psiquiátrico malagueño a Sor Mercedes, una monja navarra de fina y curtida piel, que cuidó en sus últimos días a Jane. Recuerda sus esfuerzos por mantenerse activa hasta el final, escribiendo y leyendo, cuando no estaba atormentada por sus obsesiones.”Hablaba de que le habían dado un brebaje, una mora en el desierto, lo repetía continuamente”.
Victima de un abandono creciente por parte de sus amigos y de su cerebro, Jane no conseguiría completar su obra definitiva. Frente al titulo de una de las novelas de Paul “Por encima del mundo” (Up above the world), ella estaba decidida a titular su autobiografía novelada como “En el mundo” (Out in the world).
Simples títulos para revelar la opuesta visión de la vida de los dos miembros de la pareja. Su biógrafa Millicent Dillon ha utilizado precisamente ese titulo al publicar una selección de cartas de Jane, entre las que se incluyen algunos fragmentos del texto inacabado e inédito. La póstuma inquietud de Jane Bowles bajo las tierras de Málaga aparece como el último grito desesperado para reclamar una vez mas atención sobre su singular travesía en el mundo.
13 nov 2009

Biografía
Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, noviembre de 1951) se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión, cubriendo informativamente los conflictos internacionales en ese periodo. Trabajó doce años como reportero en el diario Pueblo, y nueve en los servicios informativos de Televisión Española (TVE), como especialista en conflictos armados.
Como reportero, Arturo Pérez-Reverte ha cubierto, entre otros conflictos, la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, la guerra del Sahara, la guerra de las Malvinas, la guerra de El Salvador, la guerra de Nicaragua, la guerra del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la guerra de Angola, el golpe de estado de Túnez, etc. Los últimos conflictos que ha vivido son: la revolución de Rumania (1989-90), la guerra de Mozambique (1990), la crisis y guerra del Golfo (1990-91), la guerra de Croacia (1991) y la guerra de Bosnia (1992-93-94).
Desde 1991 y, de forma continua, escribe una página de opinión en XLSemanal, suplemento del grupo Correo que se distribuye simultáneamente en 25 diarios españoles, y que se ha convertido en una de las secciones más leídas de la prensa española, superando los 4.500.000 de lectores.
El húsar (1986), El maestro de esgrima (1988), La tabla de Flandes (1990), El club Dumas (1993), La sombra del águila (1993), Territorio comanche (1994), Un asunto de honor (Cachito) (1995), Obra Breve (1995), La piel del tambor (1995), Patente de corso (1998), La carta esférica (2000), Con ánimo de ofender (2001), La Reina del Sur (2002), No me cogeréis vivo (2005) y El pintor de batallas (2006) son títulos que siguen presentes en los estantes de éxitos de las librerías, y consolidan una espectacular carrera literaria más allá de nuestras fronteras, donde ha recibido importantes galardones literarios y se ha traducido a 34 idiomas. Arturo Pérez-Reverte, que en Cabo Trafalgar (2004) ofrece su particular visión del combate naval más famoso de la historia, y en Un día de cólera (2007) devuelve a la vida a los protagonistas de la jornada que cambió el destino de una nación, tiene uno de los catálogos vivos más destacados de la literatura actual.
A finales de 1996 aparece la colección Las aventuras del capitán Alatriste, que desde su lanzamiento se convierte en una de las series literarias de mayor éxito. Por ahora consta de los siguientes títulos, que han alcanzado cifras de ventas sin parangón en la edición española: El capitán Alatriste (1996), Limpieza de sangre (1997), El sol de Breda (1998) y El oro del rey (2000), El caballero del jubón amarillo (2003) y Corsarios de Levante (2006). Hacía mucho tiempo que en el panorama novelístico no aparecía un personaje, como Diego Alatriste, que los lectores hicieran suyo y cuya continuidad reclaman. Un personaje como Sherlock Holmes, Marlowe, o como Hércules Poirot.
Alatriste encarna a un capitán español de los tercios de Flandes -de hecho no es capitán, pero qué más da-. Una figura humana, con sus grandes virtudes y sus grandes defectos, perfectamente trazada, minuciosamente situada en su tiempo -siglo XVII- y su geografía, rodeada de amigos que han hecho historia, partícipe de las más principales hazañas de su época. Un personaje para siempre.
Arturo Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia Española el 12 de junio de 2003, leyendo un discurso titulado El habla de un bravo del siglo XVII.
El cazapiratas sin complejos
El cazapiratas sin complejos
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 8 de Noviembre de 2009
Me dicen los amigos hay que ver, Reverte, con esto del paisaje que tenemos y la que está cayendo, salimos a cabreo semanal con blasfemias en arameo, y hace tiempo que no cuentas ninguna de esas peripecias de la historia de España que dejabas caer por esta página, de marinos, conquistadores, aventureros y gente así, políticamente incorrecta, que a veces consuelan y hacen descansar de tanta basura parlamentaria y municipal, y tanta cagada de rata en el arroz. Y como los amigos siempre tienen razón, o casi, y es verdad que hace tiempo no toco esa tecla, hoy vamos a ello. De todas formas, para no perder el pulso de la actualidad actual, quisiera recordar a un personaje que practicó la alianza de civilizaciones a su manera. Ya me dirán ustedes si viene a cuento, o no.
Se llamaba Antonio Barceló, Toni para los amigos. Como de costumbre, si hubiera sido francés, inglés o de cualquier otra parte, habría películas y novelazas con su biografía. Pero tuvo el infortunio de ser mallorquín, o sea, español. Con perdón. Que es una desgracia histórica como otra cualquiera. El caso es que ese fulano es uno de mis marinos tragafuegos favoritos. Tengo su retrato enmarcado en mi casa, junto al de su colega de oficio Jorge Juan, y en el Museo Naval de Madrid hay un cuadro ante el que siempre me quito un sombrero imaginario: D. Antonio Barceló con su jabeque correo rinde a dos galeotas argelinas. Hijo de un marino comerciante y corsario, embarcó siendo niño en los barcos de su padre. La primera fama la consiguió con sólo 19 años, en 1736, cuando ya navegaba como patrón del jabeque correo de Palma a Barcelona, y empezó a darse candela con los piratas norteafricanos que infestaban el Mediterráneo occidental. En aquellos tiempos, como no había telediarios donde hacer demagogia, a los piratas se les aplicaba directamente el artículo 14. Y Toni Barceló, que conocía el percal y no estaba para maneras de oenegé, lo aplicaba como nadie. El ministro Moratinos y la ministra Chacón habrían hecho pocas ruedas de prensa con él. Prueba de ello es que, pese a ser marino mercante y no de la Real Armada –allí sólo podían ser oficiales y jefes los chicos de buena familia–, fue ascendiendo en ésta, con los años, de alférez de fragata a teniente general, a lo largo de una vida marinera bronca, azarosa y acuchilladora. Dicho de otra forma, a puros huevos.
Lástima, insisto, de película que, como tantas otras, en este país de cantamañanas nunca hicimos. Ni haremos. Barceló libró combates y abordajes de punta a punta del Mediterráneo. Combatió a los piratas y corsarios, e hizo él mismo la guerra de corso con resultados espectaculares. Sin complejos. Su ascenso a teniente de navío lo consiguió por la captura al arma blanca de un jabeque argelino, que le costó dos heridas. Sólo entre 1762 y 1769 echó a pique 19 barcos piratas y corsarios norteafricanos, hizo 1.600 prisioneros y liberó a más de un millar de cautivos cristianos. Y menos de diez años después, sus jabeques, navegando pegados a tierra y jugándosela en las playas, impidieron que la expedición española contra Argel terminara en un desastre. Eran tiempos poco favorables a la lírica, y lo de las fuerzas armadas españolas humanitarias marca Acme se la traía a Barceló, como a todos, bastante floja. Argelia era la Somalia de entonces, más o menos, y a los atuneros de entonces los protegió a su manera: en 1783 fue con una escuadra a Argel, disparó 7.000 cañonazos contra la ciudad e incendió 400 casas. Sin despeinarse.
También he dicho que era español, y eso tiene su pago de peaje. La envidia y la mala fe lo acompañaron toda su vida. Sus colegas de la Real Armada no podían verlo ni en pintura, y andaban locos por que se la pegara. No tuvo, como es natural, amigos entre sus pares. Ayudaba a eso su persona y carácter, poco inclinado a tocar cascabeles. Era hombre rudo y de escasa educación –sólo sabía escribir su nombre–, brusco de modales, sordo como una tapia por el ruido de los cañones. Tampoco era guapo, pues la cicatriz de un sablazo le cruzaba el careto de lado a lado. Gajes del oficio. Pero sus tripulaciones lo adoraban, peleaban por él como fieras y lo acompañaban, literalmente, a la misma boca del infierno. Ganó honores y botines, rindió a enemigos, asombró al mismo rey, y mandó barcos y escuadras hasta los 75 años. Se retiró al fin a Mallorca, donde murió entre el respeto de todos. Fue uno de los poquísimos casos en que España no se comportó como ingrata madrastra, y agradeció los servicios prestados. Su fama fue tanta que en sus tiempos corrió en coplas una décima famosa, a él dedicada, que concluía: «Va como debe ir vestido / fía poco en el hablar / mas si llega a pelear / siempre será lo que ha sido».
Imaginen lo que se habría reído viendo lo de Somalia en el telediario, y a los piratas en la Audiencia Nacional.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 8 de Noviembre de 2009
Me dicen los amigos hay que ver, Reverte, con esto del paisaje que tenemos y la que está cayendo, salimos a cabreo semanal con blasfemias en arameo, y hace tiempo que no cuentas ninguna de esas peripecias de la historia de España que dejabas caer por esta página, de marinos, conquistadores, aventureros y gente así, políticamente incorrecta, que a veces consuelan y hacen descansar de tanta basura parlamentaria y municipal, y tanta cagada de rata en el arroz. Y como los amigos siempre tienen razón, o casi, y es verdad que hace tiempo no toco esa tecla, hoy vamos a ello. De todas formas, para no perder el pulso de la actualidad actual, quisiera recordar a un personaje que practicó la alianza de civilizaciones a su manera. Ya me dirán ustedes si viene a cuento, o no.
Se llamaba Antonio Barceló, Toni para los amigos. Como de costumbre, si hubiera sido francés, inglés o de cualquier otra parte, habría películas y novelazas con su biografía. Pero tuvo el infortunio de ser mallorquín, o sea, español. Con perdón. Que es una desgracia histórica como otra cualquiera. El caso es que ese fulano es uno de mis marinos tragafuegos favoritos. Tengo su retrato enmarcado en mi casa, junto al de su colega de oficio Jorge Juan, y en el Museo Naval de Madrid hay un cuadro ante el que siempre me quito un sombrero imaginario: D. Antonio Barceló con su jabeque correo rinde a dos galeotas argelinas. Hijo de un marino comerciante y corsario, embarcó siendo niño en los barcos de su padre. La primera fama la consiguió con sólo 19 años, en 1736, cuando ya navegaba como patrón del jabeque correo de Palma a Barcelona, y empezó a darse candela con los piratas norteafricanos que infestaban el Mediterráneo occidental. En aquellos tiempos, como no había telediarios donde hacer demagogia, a los piratas se les aplicaba directamente el artículo 14. Y Toni Barceló, que conocía el percal y no estaba para maneras de oenegé, lo aplicaba como nadie. El ministro Moratinos y la ministra Chacón habrían hecho pocas ruedas de prensa con él. Prueba de ello es que, pese a ser marino mercante y no de la Real Armada –allí sólo podían ser oficiales y jefes los chicos de buena familia–, fue ascendiendo en ésta, con los años, de alférez de fragata a teniente general, a lo largo de una vida marinera bronca, azarosa y acuchilladora. Dicho de otra forma, a puros huevos.
Lástima, insisto, de película que, como tantas otras, en este país de cantamañanas nunca hicimos. Ni haremos. Barceló libró combates y abordajes de punta a punta del Mediterráneo. Combatió a los piratas y corsarios, e hizo él mismo la guerra de corso con resultados espectaculares. Sin complejos. Su ascenso a teniente de navío lo consiguió por la captura al arma blanca de un jabeque argelino, que le costó dos heridas. Sólo entre 1762 y 1769 echó a pique 19 barcos piratas y corsarios norteafricanos, hizo 1.600 prisioneros y liberó a más de un millar de cautivos cristianos. Y menos de diez años después, sus jabeques, navegando pegados a tierra y jugándosela en las playas, impidieron que la expedición española contra Argel terminara en un desastre. Eran tiempos poco favorables a la lírica, y lo de las fuerzas armadas españolas humanitarias marca Acme se la traía a Barceló, como a todos, bastante floja. Argelia era la Somalia de entonces, más o menos, y a los atuneros de entonces los protegió a su manera: en 1783 fue con una escuadra a Argel, disparó 7.000 cañonazos contra la ciudad e incendió 400 casas. Sin despeinarse.
También he dicho que era español, y eso tiene su pago de peaje. La envidia y la mala fe lo acompañaron toda su vida. Sus colegas de la Real Armada no podían verlo ni en pintura, y andaban locos por que se la pegara. No tuvo, como es natural, amigos entre sus pares. Ayudaba a eso su persona y carácter, poco inclinado a tocar cascabeles. Era hombre rudo y de escasa educación –sólo sabía escribir su nombre–, brusco de modales, sordo como una tapia por el ruido de los cañones. Tampoco era guapo, pues la cicatriz de un sablazo le cruzaba el careto de lado a lado. Gajes del oficio. Pero sus tripulaciones lo adoraban, peleaban por él como fieras y lo acompañaban, literalmente, a la misma boca del infierno. Ganó honores y botines, rindió a enemigos, asombró al mismo rey, y mandó barcos y escuadras hasta los 75 años. Se retiró al fin a Mallorca, donde murió entre el respeto de todos. Fue uno de los poquísimos casos en que España no se comportó como ingrata madrastra, y agradeció los servicios prestados. Su fama fue tanta que en sus tiempos corrió en coplas una décima famosa, a él dedicada, que concluía: «Va como debe ir vestido / fía poco en el hablar / mas si llega a pelear / siempre será lo que ha sido».
Imaginen lo que se habría reído viendo lo de Somalia en el telediario, y a los piratas en la Audiencia Nacional.
Un 'Asedio' de aventura, intriga y amor

Arturo Pérez-Reverte desvela el alma de su nueva novela, una historia de más de 700 páginas ambientada en el Cádiz de 1812 - "Es mi obra técnicamente más compleja".
Sssshhhh. El sable de coracero francés hace un ruido escalofriante al sacarlo de su vaina, como la piel de un demonio al rociarlo de agua bendita. "Cuidado con el filo", advierte Arturo Pérez-Reverte, algo inquieto ante el entusiasmo de su interlocutor, que blande el arma al estilo del general D'Hautpoul en Eylau.
Sssshhhh. El sable de coracero francés hace un ruido escalofriante al sacarlo de su vaina, como la piel de un demonio al rociarlo de agua bendita. "Cuidado con el filo", advierte Arturo Pérez-Reverte, algo inquieto ante el entusiasmo de su interlocutor, que blande el arma al estilo del general D'Hautpoul en Eylau. El sable, de bruñida lámina de acero, es muy largo, y pesa lo suyo. Es fácil imaginar su terrible efecto sobre la infantería, o los muebles. "Una herramienta hecha para matar", observa el escritor con una mueca, retirándolo de las manos del periodista.
El autor de La tabla de Flandes, El Club Dumas o El maestro de esgrima ha citado en su casa para hablar en primicia de su nueva novela, un pedazo de novela, de más de 700 páginas, llena de aventura, intriga y romanticismo, entre otras muchas cosas, que aparecerá el próximo 3 de marzo (Alfaguara). Se titula Asedio y transcurre en 1811 y 1812 en Cádiz, durante el sitio del Ejército francés en la Guerra de Independencia, pero no es propiamente, recalca el escritor, una novela histórica como Cabo Trafalgar o Un día de cólera.Tampoco bélica.
Imaginario
De camino hacia el estudio de Pérez-Reverte, uno puede ver objetos que forman parte ya del imaginario de sus lectores: su casco de corresponsal de guerra, la espada que utilizó Viggo Mortensen al encarnar al capitán Alatriste, un mosquete francés, la pintura de un húsar del 4º Regimiento -el de Frederic Glüntz-, unos clavos oxidados rescatados de los pecios de Trafalgar... De una cajita, extrae un tornillo: una nadería, hasta que te enteras de que pertenece a una de las torretas del Graf Spee, el acorazado de bolsillo nazi hundido, gracias a Dios y al Exeter, en la bahía de Montevideo.
El sanctasanctórum de Pérez-Reverte es casi un zulo y está abarrotado de libros. Junto al ordenador, sus preciados portulanos, tintines y cortos maltés, una placa con el recordatorio -como si hiciera falta- "donde hay patrón no manda marinero" y alrededor un formidable despliegue de libros de las más variadas materias que ha usado para la novela: botánica, ciencia, comercio, moda, armamento, taxidermia, esgrima de navajas... El escritor sirve dos vasos de limonada, a la que está enganchado. El original de Asedio -aún no lo ha librado a la editorial: está acabando de corregirlo- son dos gruesos cartapacios. El novelista deja hojearlo. La primera frase: "Al decimosexto golpe el hombre atado sobre la mesa se desmaya".
"No es una novela histórica ni sobre la guerra de Independencia. Transcurre en el Cádiz del asedio francés, pero es una novela de personajes, de varios personajes con distintas historias cuyas vidas se van cruzando y cuyas actitudes y conflictos enlazan directamente con ahora. Es en ese aspecto una novela contemporánea. La guerra, la Constitución, la parte histórica son sólo el telón de fondo, pero no el objetivo de la novela; no hay nada didáctico en ella". Como siempre que habla de sus obras, Arturo Pérez-Reverte se expresa con una pasión que raya casi en la ferocidad. Su entusiasmo es contagioso. "Hay una trama policiaca, de espionaje, y otra científica, y otra folletinesco-romántica, y otra marina, y otra aventurera". Vamos, todo Pérez-Reverte. "Cada tema tiene un personaje que representa una parte de la historia; se van cruzando, todos convergen. La novela transcurre en el Cádiz de esa época pero podía haber elegido el Madrid del 36 o el Sarajevo del 92".
El escritor dice algo que conmocionará a sus muchos lectores: "Mi tiempo como escritor está limitado, me pueden quedar con vigor narrativo diez o quince años como mucho; eso significan de cinco a siete novelas más, si no me muero antes". Y silencia la exclamación estirando un brazo. "Así que he de elegir mucho lo que hago y lo que descarto".
Asedio es como un compendio de todo lo que ha hecho Pérez-Reverte y de lo que quería hacer: ¿una forma de engañar al destino? "Me le adelanto", sonríe con cara de espadachín de estocada secreta. "Es mi novela técnicamente más compleja, de una arquitectura muy complicada. Han sido dos años de trabajo gozoso. Y ha sido un ejercicio personal de volver a mis viejas novelas pero con 20 años más de experiencia".
Es Asedio una novela llena de peripecias; hay un enigma central de tipo científico, un desafío que planea por toda la historia. "Hay ajedrez, que me sigue apasionando. Como si toda la bahía de Cádiz fuera un inmenso tablero en el que los personajes de la novela se mueven como en una partida". El enigma: "Tiene que ver con parábolas de artillería, y con ajedrez, y con lo más oscuro y peor del ser humano". Ahí estamos en El pintor de batallas... "Están todas mis novelas. Todos los libros que he escrito están aquí".
Y ahora, a por el séptimo Alatriste: El puente de los asesinos.
La España que pudo ser y no fue
¿Va a ser Asedio la gran novela sobre Cádiz? "Estoy intentando que lo sea. De la bahía de Cádiz. He hecho un trabajo de documentación muy exhaustivo, la cartografía, el cálculo de distancias, los vientos, la forma de hablar, las técnicas forenses de entonces; he reconstruido todo el mundo de la época". Dice haber disfrutado "como un gorrino en un maizal", que ya es imagen.
Para Pérez-Reverte, ese Cádiz, en el momento en que España, ocupada por las tropas napoleónicas, "se redujo prácticamente a una isla, desde donde luego debía relanzarse", es algo excepcional. De nuevo estamos en su discurso más sentido, en su personal "me duele España". Ese Cádiz, marco de la novela, "era un sitio fascinante, pero no por la guerra ni por la Constitución. Allí las mujeres de clase alta estudiaban inglés y contabilidad. Era una ciudad liberal y culta, abierta al mundo por el comercio con América. La España que pudo ser y nunca fue, la gran ocasión perdida". Aquello "fue un espejismo, un paréntesis, volvimos a lo de siempre, los aristócratas rapaces, los curas que ponían leña para quemar libros y personas y los reyes crueles y estúpidos". Ante sus personajes, ante la gente de aquel Cádiz que ha revivido con su pluma, de aquel "concentrado de España en miniatura", el novelista siente una gran melancolía: "Todo aquello que pudo ser resultó aplastado, aniquilado, malgastado. Con Constitución o sin ella los españoles continuaron siendo habitantes de un país históricamente enfermo y culturalmente plano"
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