Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

2 nov 2009

PATENTE DE CORSO : LA MILICIA NO ES ANGËLICA

PATENTE DE CORSO
La milicia no es angélica


ARTURO PÉREZ-REVERTE |



Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente.
Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente.
Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas.
Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte.
Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.

En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas.
A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo.
Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta.
Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda.
Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros.
Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.

Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan.
Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada.
Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas.
Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate.
Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque.
No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.
(no estoy de acuerdo en el decrédito de Carmen Chacón, no, ella da la cara y no ha sido la que impuso la frase en misión humanitaria, eso se decía ya cuando nuestras tropas iban con Trillo, Carmen Chacón tiene frentes abiertos en lugares de paz, yo estaría encantada de que ella no tuviera que ser la que haga lo que inició el anterior Gobierno, no lo tiene facil si encima caen sobre ella con críticas de muñequitos , Le duele el dolor de la familia de un soldado al que el pobre si se metió en el ejército es el quedebe tener claro que ser Soldado es un oficio de riesgo, de riesgo de muerte, y el que no lo sepa es que no ha querido oirlo)

PATENTE DE CORSO:Esos Chicos

PATENTE DE CORSO
Esos chicos


ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 1 de Noviembre de 2009



Conozco, desde hace tiempo, a una señora que tiene a los niños criados y al marido ocupado en sus cosas, y la suerte, ella, de no tener que trabajar para ganarse la vida. Es una de esas mujeres afortunadas con posición económica cómoda, dentro de lo que cabe, que dispone de tiempo suficiente para dedicarlo a sí misma.
Como todavía está de buen ver –fue muy guapa y todavía lo es–, no necesita dedicar horas a mantenerse en forma, pues tiene una forma estupenda. De maruja calza lo mínimo: no es de mucha tele –excepto los debates políticos, que se los zampa–, sino del tipo lectora.
Devora libro tras libro; sobre todo, novelistas rusos y centroeuropeos, en ficción, e historia, ensayo y memorias sobre la primera mitad del XX. De bolcheviques, revoluciones y ocaso de la monarquía austrohúngara, entre otras cosas, sabe más que nadie. Disfruta con todo eso, sin otro objeto que el conocimiento en sí mismo. Saber y pensar.
Ni se le ocurre escribir novelas, ni nada. Sólo tiene una profunda curiosidad por la vieja y zurcida Europa. Por comprender, a la luz de la memoria escrita y la cultura, el mundo que fue y el que es. El pasado que explica el presente y los seres que lo pueblan.

Tiene tiempo libre, como digo. Y hace un par de años, en vez de meterse en un gimnasio o estirarse la piel, decidió hacer una segunda carrera universitaria. Volver a las aulas, estudiar de nuevo, asistir a clases que abrieran nuevas puertas a sus ganas de saber, a su mirada curiosa y lúcida.
Empezó temiendo ser la abuelita Paz de su clase, pero se integró bien. Intercambia apuntes, hace trabajos en común. El año pasado, estudiando como una leona, aprobó el primer curso de una carrera de humanidades.
Está encantada. Feliz. Sobre todo, como ella dice, porque es maravilloso aprender sin otra ambición que el conocimiento. Y también porque, afirma, su respeto por los jóvenes es mayor desde que los trata cada día. Estamos equivocados con ellos, sostiene.
La mayor parte de mis compañeros de clase son chicos cultos, de una tenacidad admirable. Con ganas de aprender. Con vocación, inteligencia y coraje. Nunca he vuelto a hablar despectivamente de un joven universitario desde que estoy de nuevo allí. Deberías decirlo en uno de tus artículos, Reverte. Es de justicia.

Porque sólo es otro mundo, afirma mi amiga. El que viene. Chicos orientados hacia una manera diferente de ver la vida, nacidos en un territorio hostil, más desesperanzado que el de sus padres y abuelos. Con un futuro incierto, peligroso. Pero eso no mata su entusiasmo.
Es cierto que muchos llevan impresa la mirada del soldado perdido: de quien sabe que el combate tiene pocas posibilidades de victoria. Sin embargo, es admirable verlos levantar la mano en clase para plantear preguntas o iniciar una discusión; la energía valerosa con que defienden lo que creen saber y se adentran en lo que les interesa.
Su tenacidad, su sensatez. Una chica con piercings y la tripa al aire, un pasota desastrado, pueden hacer de pronto una observación o formular una pregunta que te hacen mirarlos, asombrada. Fascina observar cómo se afirman intelectualmente, adentrándose en su vocación. En sus sueños. Y no creas que van engañados: saben lo que les espera. Perfectamente.
Su generación creció con la certeza del paro irremediable, del triste paisaje que les dejamos como herencia. Y sin embargo, es conmovedor verlos perseverar, tenaces, en lo que les pide el cuerpo. Persiguiendo lo que aman. Estudian hermosas carreras, en apariencia inútiles, porque la utilidad que persiguen es otra. Va más allá del simple ganarse la vida.

Hay pedorros, claro. Muchos. Descerebrados e imbéciles. Simple carne de botellón: borregos listos para el matadero. Pero ésos siempre los hubo –haz memoria, Reverte–. En cuanto a mis actuales compañeros de clase, te sorprendería ver los libros que llevan, mezclados con los de Stieg Larsson y Ken Follet: clásicos griegos y latinos, o literatura de altísima calidad.
Los hemos visto crecer pensando que son una generación irresponsable, analfabeta funcional, que poco sabe y menos quiere saber. Sin darnos cuenta de que las necesidades y el modo de aprender han cambiado, pero las ganas siguen.
Si piensas en lo que a nuestra generación le enseñaron y lo que aprendió por su cuenta, comprenderás que es lo mismo. Estos chicos hacen idéntico esfuerzo al que hicimos nosotros; más admirable en su caso, pues ahora las interferencias son mayores.
Los juzgamos con dureza al verlos todo el día con el ordenador y la tele, sin darnos cuenta de que ése es otro modo de formarse, que nosotros no tuvimos. Una herramienta útil, adecuada al tiempo que viven y a lo que les espera, que ellos manejan como nadie.
Que los lleva más allá de donde a nosotros nos llevaban nuestros simples libros. Así que no te equivoques con ellos, amigo. Y deja de gruñir. Durante algún tiempo seguirá habiendo justos en Sodoma.

1 nov 2009

AUTORRETRATO

Karl Lagerfeld

Con él se extinguirá una forma de entender la moda. Retirado Valentino y muerto Yves Saint Laurent, se acerca el final de una estirpe, la de los grandes monarcas del estilo. Adicto al cambio y alérgico a la nostalgia, el septuagenario diseñador, fotógrafo y editor continúa en plena forma: “ir en mi contra es un lujo que sale muy caro”.

Incluso para alguien tan acostumbrado a la soledad de lo excepcional, éste es un momento crítico. Karl Lagerfeld es el último de una estirpe. La de los grandes monarcas de la moda, formados en la era dorada de la alta costura parisiense. Muerto Yves Saint Laurent y retirado Valentino, permanece como el único superviviente de un oficio que se extingue. Pero que nadie espere que el septuagenario alemán enarbole con orgullo esa bandera. Detesta la cuestión generacional, aborrece la nostalgia y mentar glorias pasadas es la forma más rápida de exasperarle. "La verdad es que los talleres de los años cincuenta eran de lo más sórdido", apostilla con el característico deje teutónico que tanto impresiona la primera vez que uno se enfrenta a su vertiginosa elocuencia.

“El diseñador torturado esconde un complejo de inferioridad por no ser artista”

“Mi madre era divertida y ácida, no mala. siempre tenía razón. Fue perfecta para mí”

“Nunca he querido hijos. Los trataría como a mí y estarían demasiado consentidos”

“Me gusta que piensen que soy perverso. Y tengo un vicioso talento para la venganza”
Para explicar la longevidad de Lagerfeld hay que entender ciertos aspectos de su personalidad. Además del olfato para identificar el signo de los tiempos, está la germánica intelectualización de cuanto le rodea. Su pose es extravagante y le gusta desafiar las convenciones, pero su disciplina le sitúa a años luz del hedonismo desbocado de Valentino y de la atormentada existencia de Saint Laurent. "Me mantuve a una distancia prudencial de la locura en los sesenta y setenta", admite. "Soy un voyeur, no una víctima. Mi instinto de supervivencia creó un muro de cristal. Me gusta la idea de la decadencia, pero no lo soy demasiado. No me interesan las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol. La verdad es que no siento la necesidad de paraísos artificiales".

Si con Valentino mantuvo una relación suficientemente cordial como para asistir a las interminables celebraciones de su 45º aniversario en la moda, con Saint Laurent mantuvo una rivalidad histórica. El planteamiento que Lagerfeld hace de su antagonismo vital arroja otra clave sobre ese espíritu de supervivencia en el que le gusta reconocerse. "Lo conocí muy bien a los 20 años. Hasta que apareció Pierre Bergé y lo estropeó todo. Pero la auténtica historia es muy distinta a lo que lees por ahí. Yves interpretaba el papel de la víctima, pero no lo era. Me parecen patéticos todos esos lloros sobre el chiffon. Hay algo impúdico en semejante despliegue de emociones. En el fondo, el diseñador torturado esconde un complejo de inferioridad por no ser artista. Todos querrían ser grandes artistas, pero han acabado haciendo ropa. Igual que querrían ser de la alta sociedad y sólo pueden vestirla".

Un libro que él desprecia, The beautiful fall, apunta que la enemistad entre Lagerfeld y Saint Laurent se debió a motivos bastante menos conceptuales. Coloca en el centro del conflicto al tormentoso Jacques de Bascher. "Se dice que fue mi novio, pero no es cierto", asegura. "Era la persona más divertida y más distinta a mí que he conocido. Salvaje, chic y divertido. Tenía todos los defectos y todas las cualidades. Para mí era divino, pero otros lo encontraban diabólico". De Bascher, que murió de sida en 1989, está enterrado junto a la otra figura fundamental de la vida de Lagerfeld -su madre- en un castillo de Bretaña que fue propiedad del diseñador durante 15 años. "Es terrible vivir junto a alguien que sabe que va a fallecer", recuerda. "Cuando era joven fantaseaba con la idea de morir a los 23, pero, a los 30, cuando le llegó la hora de morir, ya no quería desaparecer tan pronto".

Lo asombroso de Lagerfeld es que no sólo ha desplegado una carrera de una enorme vitalidad y potencia a lo largo de medio siglo. Además, ha exhibido su talento en distintos frentes y disciplinas. A una velocidad tan constante como mareante. Se instaló en París a principios de los años cincuenta y, tras su época como aprendiz en Balmain y Jean Patou, trabajó como freelance para varias firmas. Hasta que estableció una relación duradera con Chloé en los años setenta. A partir de la década siguiente -y hasta hoy- compaginó su trabajo de diseño de prêt-à-porter y alta costura en Chanel (lo que ya significa, al menos, ocho colecciones al año) con la dirección creativa de la casa peletera italiana Fendi y la de sus propias líneas (colecciones de hombre y mujer, de gafas, de novias o de perfumes). En 1987 empezó a fotografiar sus campañas de publicidad y a disparar reportajes y retratos para revistas como Harper's Bazaar, Vogue o Visionaire. Su triángulo profesional se cierra con su faceta de librero y editor. Este ávido coleccionista -propietario de una biblioteca con más de 200.000 volúmenes- inauguró una tienda de libros en 1999 y poco después lanzó una editorial en colaboración con Steidl.

"Es un omnívoro cultural", opina el periodista Tim Blanks, que lo entrevistó por primera vez hace 20 años. "Es el último de una raza, porque ya no existe la cultura para producir tipos así. Las revoluciones que él ha vivido, su sentido de la historia y su devoción por el conocimiento ya no son valores que la sociedad promueva. Aunque va a toda velocidad, es producto de un tiempo más lento en el que se permitía el aprendizaje". Por famosa que sea su colección de 20 iPods, su infancia pertenece ciertamente a otra era. El único hijo varón de una cultivada pareja de ascendencia sueca, rusa y alemana, nació teóricamente en 1938 en Hamburgo. La cautela se debe a una confusión alimentada por él desde la aparición de un acta de bautismo fechada en 1933. "Esto no es un tribunal, así que puedo decir lo que me dé la gana", responde. "¿A quién le importa si nací cinco años antes o después? Este lío me hace reír y me permite tener en menor consideración a los periodistas. Por perezosos. Es divertido ver los infantiles esfuerzos de la gente para escribir algo con sentido sobre ti".

Su padre, un pragmático industrial nacido en 1880, hablaba nueve idiomas. Su madre, violonchelista de indocumentada fortuna, había vivido en el alocado Berlín de los años veinte. La familia se trasladó al campo en 1943, y allí, aislado y rodeado de adultos -su hermana y su hermanastra fueron enviadas a internados-, se formó su carácter. Le gusta contar que la velocidad y el ingenio de su discurso se deben al peculiar instinto de su madre. Su escasa paciencia para las diatribas de un niño le obligaba a contar las historias muy rápido, antes de que ella consiguiera escapar de la habitación. Y a esmerarse para captar su atención. "Tú tienes seis años, pero yo no. Haz un esfuerzo", le espetaba. Lagerfeld, que habla tres idiomas, asegura que no fue al colegio y que jamás pisó una iglesia. Una vidente predijo que sería cura, y la idea asustó tanto a su madre como para prohibirle que se acercara a un templo. Ni siquiera para una boda.

"Siempre me sentí protegido por mis padres", explica. "Nunca tuve necesidad de escapar al mundo exterior porque me gustaba la libertad y protección de la que gozaba en el interior de casa. Mi madre era ácida, pero no mala. Era divertida y siempre tenía razón. Fue perfecta para mí. Yo nunca quise ser un niño, de todas formas. Odiaba a los otros chavales y los usaba para que me lavaran la bici. Pasaba el tiempo dibujando o aprendiendo idiomas". Desde la muerte de su madre, Lagerfeld se enorgullece de no tener lazos familiares que le perturben. "Constantemente estoy de mal humor conmigo mismo, nunca miro el reloj... Siempre supe que no estaba hecho para la vida en familia o en pareja. Me gusta estar solo". Su hermana vive en Estados Unidos junto a su marido, sus hijos y un devoto y religioso círculo de familiares políticos en el que cuesta imaginar a Lagerfeld. "Soy demasiado raro para la América profunda", explica divertido. Su obstinada renuncia a la nostalgia explica que vendiera la casa de Hamburgo y Gran Champ, el castillo en el que enterró a su madre y a De Bascher.

Tal vez, el dato definitivo para entender a Lagerfeld esté encerrado en esa terca huida hacia delante. En su firme defensa de que el futuro es lo único que importa y que en él todo es posible. El definitivo triunfo de la voluntad. Capaz de doblegar hasta el más primario de los apetitos. En la trastienda de su librería, más de 50.000 volúmenes cubren por completo las altas paredes de su estudio fotográfico. Se cuelan por todos los rincones, desde los camerinos hasta la cocina. Envuelto en ese apabullante tapiz de letras, en el curso de una conversación de dos horas regada por abundante Coca-Cola Light y marcada por su mordaz carisma, Lagerfeld repite varias veces una idea: "No es tan importante hacer las cosas como saber que puedes hacerlas. La posibilidad es excitante, aunque no la uses".

No puede estar quieto. No quiere hacerlo. Empezó el siglo quitándose de encima 47 kilos y subastando su colección de mobiliario del siglo XVIII y sus valiosas pinturas clásicas. Obtuvo 30 millones de dólares por la operación y adaptó su hôtel particulier de la Rue de l'Université a su nueva figura y estética. Lo decoró con piezas de afiladas líneas de Jean Michel Frank o Eileen Grey y pantallas de plasma. No le duró mucho. Nunca lo hace, en realidad. En los últimos 50 años ha tenido más de 20 residencias: en Biarritz, Montecarlo, Berlín, Roma o, recientemente, en Vermont (EE UU). El año pasado cerró la casa de París, que redecoró cinco veces en los 30 años que allí vivió de alquiler, y se trasladó a un apartamento en Quai Voltaire, a orillas del Sena. Un piso de ocho habitaciones y tres baños desapareció para convertirse en un laboratorio hipermoderno -casi un platillo volante- de un único espacio. Todo cristal, Corian, acero y muebles diseñados después de 2000. Ya planea su próximo movimiento, harto de oír su nombre por la megafonía de los barcos de turistas que recorren el río. "Es poco saludable estar demasiado apegado a los espacios, ya que no puedes llevarlos contigo. Por eso he tenido casas tan distintas. En dos o tres de ellas ni siquiera llegué a vivir: no me gustaron cuando estuvieron terminadas. Colecciono cosas, pero no quiero poseerlas. Construyo decorados de películas. Cuando quiero ver una nueva, lo cambio todo".

Por mucho que a Lagerfeld le guste la soledad, en esas películas tiende a utilizar abundantes extras. Los amigos son el único vínculo afectivo que reconoce. "No son como la familia. Son una elección", argumenta. "Nunca veo a gente de mi generación. Me aburren mortalmente. Tengo un presente más que placentero, ¿por qué desperdiciarlo recordando el pasado? Así que mis amigos son más jóvenes, o mucho más mayores". Entre ellos está Stephen Gan, de 42 años y fundador de la revista Visionaire. "Conocí a Karl en 1996", recuerda. "En esa época organizaba fantásticas cenas en su jardín de la Rue de l'Université. Recibí una llamada diciendo que Karl quería 'gente joven y divertida'. Le pedí a Hedi Slimane uno de los primeros trajes que había diseñado. Era de seda brillante. Cuando me presentaron a Karl, lo primero que me dijo fue: '¿Lila?' con cara de asombro. Yo sabía que era estridente, pero Hedi me había dicho: 'Si no puedes ponértelo en casa de Karl Lagerfeld, ¿dónde vas a poder?'. Después llevé a Hedi a conocerle y a partir de ahí empezó a perder peso. El deseo por la moda consiguió alterar por completo su silueta".

Su fascinación por la belleza y la juventud se ha concentrado últimamente en un modelo, Baptiste Giacobini, que protagoniza sus campañas publicitarias, desfiles y exposiciones. En la última edición de la feria de arte de Basel presentó una serie de imágenes de gran tamaño en platino de Giacobini, escultóricamente desnudo y emulando a un dios contemporáneo. Las ocho se vendieron -por 25.000 dólares cada una- la noche de la inauguración. Lagerfeld está encantado con él: "Cuando le preguntaron si no le importaba estar desnudo, ¿sabe qué dijo?: 'Pero si todo el mundo sabe que los chicos están hechos así'. ¿No es un planteamiento saludable? Estoy muy orgulloso de haberlo encontrado. Vi en él algo que los demás no veían".

A sí mismo, tal vez. Aunque niega buscar su reflejo en otros hombres, admite que se interesó por el chico porque le recordaba a él en su juventud. No pudo resistir la tentación de jugar a El retrato de Dorian Gray, una novela que ya inspiró uno de sus libros de fotografías. "No estoy seguro de que yo fuera tan mono", confiesa sarcástico. "Es el mismo tipo de hombre, eso sí. Está increíblemente dotado para la transformación y es muy inteligente... Si tuviera un hijo no me importaría que fuera como él. Me entiende mejor que los demás".