Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

31 jul 2009

Septiembre

31 julio, 2009 - 11:23

Septiembre
Me han regalado un cuarto en casa, para escribir, para los libros. Estanterías blancas, una mesa nueva. La vida se va haciendo con esas pequeñas ilusiones. Nada es tan grande en la vida como la ilusión de tener razones para seguir viviendo; mi amigo el poeta José Luis Pernas tiene ese verso que he transcrito aquí tantas veces. "Es necesario buscarse una esperanza para seguir viviendo". A veces las esperanzas se hacen de cosas tangibles, y no sólo de los espíritus que se esfuman. Anoche estuve cenando con Elvira Lindo y con Antonio Muñoz Molina, escritores, pareja; me estuvieron contando sus planes, Antonio tendrá en otoño un nuevo libro, Elvira trabaja en un guión de cine, y preparan una obra de teatro basada en una de sus novelas. Los planes son la esperanza tangible de las personas: se diluyen, son ilusiones que se van a cumplir, pero ahí están, son las sombras que hay delante de nuestros pasos. Aún no me he sentado ante la nueva mesa de escribir, pero ya imagino las manos, los codos, los libros, los papeles. Ayer me regaló mi librera favorita, Lola Larumbe, de la librería Rafael Alberti, un pequeño libro de poemas del venezolano Eugenio Montejo, que murió hace un año. Tiene un bello poema, que titula Setiembre (sin p, yo prefieron la p), uno de cuyos versos me asaltó ayer al tiempo que reflexionaba sobre el terrible atentado de Mallorca (el terror no nos va a quitar la ilusión, no podrá hacerlo, lo que hacen es para quitarle la ilusión a este país); el verso dice: "La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta". Y termina: "Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas,/ no dejes que una sola se te pierda". Esta mañana, muy temprano, Rita, la perra, que se quedó en casa anoche, se despertó conmigo, vino a mi lado, lamió mis brazos, se echó un rato. Pensé cómo serían las humildes ilusiones de los perros. ¿Humildes? Ninguna ilusión es humilde. La alegría de los perros es la ilusión de sus amos. Felicidades a los que se llamen Ignacio.

RATAS DE CLOACA


Estos son los caretos de los etarras que hicieron que cambiara la vida por la muerte en pocos segundos, son los que hacen llorar, sufrir, sentirse impotentes o caer en sentimientos tan bajos como los que ellos manejan. Son terroristas con cara de infelices que no se que ideas les vendieron para que su meta sea La muerte.
No sé si habrán salido de la isla, supongo que actuarian con sistemas retardados de bombas. No se donde se refugiaran para que la tragedia que siembran esos cobardes no les persiga.
Me da igual los que le pueda suceder son asesinos que no valoran el don más preciado del ser humano "la vida" ellos son muertos ya, ni sufren ni padecen , perros de caza adiestrados para MATAR. Debe ser que son fieras y su cerebro es como el de una rata de cloaca.

EL GRITO


JUAN CRUZ
EL GRITO
JUAN CRUZ 31/07/2009



Al final de Fiebre salvaje, la película de Spike Lee que ofreció a medianoche del miércoles TCM en Digital +, el protagonista, un arquitecto negro acosado por la violencia, grita para romper las paredes de su barrio. El hombre caminaba creyendo que la vida podría ser otra cosa, y de pronto surge de la alcantarilla la evidencia de que esa violencia no acabará jamás. Y el hombre profirió un grito terrible, como si quisiera parar el mundo.


La vida es un grito. Se empieza siempre llorando y así llorando se acaba, dice José Alfredo Jiménez, el inmenso mexicano. La violencia que retrataba Lee es la que se produce en los barrios cercados por la droga y la desesperación. Los policías dicen que cuando entra la droga en la casa ya te puedes olvidar de la casa. Y lo que pasaba en Fiebre salvaje tiene que ver con esa obturación de la esperanza.

La otra violencia, esta que cultiva la inteligencia malvada de los canallas, se parece a la violencia que genera la droga. Hoy mismo esos canallas conmemoran un aniversario que parece que les ha afilado la mirada azul sangre. Han reptado desde el lugar en el que son más ciegos los reptiles, y más letales, y se han parapetado en medio de la paz del sol y del verano y han arrojado su detritus contra la sangre de los inocentes. Y no consiguieron una matanza porque la casualidad a veces protege a los hombres.

Al segundo intento hicieron llorar. Lo pretenden; pretenden que la desolación sea el protocolo que siga a sus fechorías. A mediodía, en los informativos de la televisión, había como un estupor pausado, la antesala del asco: otra vez, estos tipos otra vez. Esas cosas no se dicen con palabras. Flaubert hablaba de la araña negra del hastío. Eso producen, y ante eso sólo cabe el grito, como ese aullido con el que acaba Fiebre salvaje. Un grito, y que se limpie el aire para siempre.

EL PAÍS DE LAS HADAS MUERTAS

FRAGMENTO LITERARIO: relatos fundido en negro
EL PAÍS DE LAS HADAS MUERTAS
Nuria Labari 31/07/2009



El se ha quedado dormido en su silla del jardín. La camisa se le abre un poco en la panza. Tu madre recoge la mesa sin hacer ningún ruido. Ella tampoco quiere que despierte. El calor derrite vuestra casa como un helado que nadie quiere comer. A ti te gusta ese calor porque lo deja tieso. Coges la aguja y te vas. Sales corriendo hasta el lugar donde brincan las alas azules y allí te quedas quieta mirando hasta que atrapas la primera.
Muy despacio, arrancas una de sus alas y posas el cuerpo mutilado de la libélula sobre la tierra. Le colocas una piedrecilla encima para que no arrugue las otras con sus estertores.
Coges la aguja y ensartas el ala en tu collar de hada. Cuando empezaste a hacerlo pensabas que sería azul transparente. Ahora algunas alas son verde oscuro y marrones, como pétalos secos. Es el collar de un hada muerta, pero te gusta.


Prefieres las heridas a los moratones. Todos los niños tienen heridas y algunas niñas también. Los moratones, sobre todo los de la espalda, no hay quien los explique.

Las lagartijas las llevas en el bolsillo pequeño de la mochila. Lo mejor es que mueran asfixiadas porque así no se estropea su piel ni les faltan las patas o la cola. Las que matan los chicos se quedan totalmente espachurradas. En tu habitación sacas el cutter y divides al primer animal en dos con una incisión que lo recorre de la cabeza a la cola.
Sacas las tripas con cuidado. Casi no hay sangre. No gotea como una herida humana, pero las vísceras sí son rojas. La vacías hasta que puedes extender su piel como una hoja sobre tu escritorio. Es hermosa y perfecta. Colocas dos tomos de la enciclopedia Larousse sobre la piel escamada y esperas mientras se prensa junto a las demás. Serán alfombras en tu casa de muñecas. Todas durarán siempre.

Él quiere al gato tanto como a sus herramientas. Lo encontró dentro del motor de la camioneta y lo llamó Alicates. Hoy Alicates ha salido de la casa y lo encuentras cerca del río. El animal casi nunca sale porque él nunca olvida cerrar una puerta. Cierra y volverá más tarde, cierra y ya no puedes salir, cierra y ya está en casa. El gato no está alerta.
Lanzas y la piedra lo atiza en la cabeza. Alicates gime como un chiquillo. Y sangra. No huye, sólo chilla y se lame la herida, como si pudiese beber toda la sangre que brota.
Quieres ayudarlo. Coges su cuerpecillo y lo metes en el río para lavar la herida. Pero Alicates se revuelve y lanza gemidos afilados. Sumerges su cabeza y así Alicates se tranquiliza. Inmediatamente deja de chillar y sus movimientos se vuelven lentos debajo del agua. Hasta quedarse completamente quieto. Por fin Alicates no siente nada.

Ha vuelto a olvidar cerrar una puerta. Baja por las escaleras al garaje. Ves su nuca y agarras la misma pala con la que enterraste a Alicates. Sabes que será más fácil que matar al gato.


Nuria Labari es autora de Los borrachos de mi vida (Lengua de Trapo), con el que ganó el VII Premio de Narrativa Caja Madrid.