Un Blues

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29 jun 2011

El Museo del Prado recuerda a Jorge Semprún

La pinacoteca rinde homenaje al escritor y exministro, fallecido el pasado día 7
."Lo que es absolutamente insólito es que un ministro de Cultura vaya al Museo del Prado pretendiendo la felicidad, y el acabóse es que así lo sienta y lo proclame". Con esta frase Francisco Calvo Serraller quiso glosar ayer otra de Jorge Semprún en la que decía que el 26 de julio de 1988, pasado en el Museo del Prado, había sido un día de "auténtica felicidad".




La mirada fija de Jorge Semprún en el Prado



El escritor se refería a una visita "total" a la pinacoteca (de los sótanos al ático) que el escritor realizó a las tres semanas de ser nombrado ministro de Cultura por Felipe González. Así lo cuenta en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993) sus memorias de aquellos años y así lo recordó Calvo Serraller en un acto programado por la Fundación de Amigos del Museo del Prado antes de la muerte de Semprún el pasado día 7 y que esa desaparición convirtió en homenaje póstumo. A él acudieron el expresidente González y varios exministros (de Javier Solana a Carlos Solchaga pasando por Enrique Múgica o Mercedes Cabrera); editores como Joan Tarrida (de Círculo de Lectores) o Beatriz de Moura (de Tusquets, el sello español de Semprún); el arquitecto Rafael Moneo (discretamente sentado en las últimas filas) y ensayistas y periodistas como Javier Pradera, Miguel Ángel Aguilar, Joaquín Estefanía, José María Ridao, Juan Cruz o Jorge Lozano. La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, no pudo acudir por encontrarse en el Congreso de los Diputados, pero en su lugar lo hizo el director general del Libro, Rogelio Blanco.



La sobria entrega del premio de la Fundación de Amigos del Prado a Dominique, hija del escritor fallecido, cerró un acto que se había abierto hora y media antes con las palabras de bienvenida de los presidentes del patronato del museo, Plácido Arango, y de la propia fundación de amigos, Carlos Zurita, Duque de Soria. Fue luego el turno de Francisco Calvo Serraller y Bernard-Henri Lévy, que dictaron dos emocionantes lecciones magistrales sobre un intelectual al que conocieron bien y al que Dominique de Villepin, citado ayer por Arango, se refirió a su muerte como "un hombre fuera del tiempo pero en medio de la historia".



Calvo Serraller arrancó con el recuerdo de Semprún como ministro feliz recorriendo una institución cuyas salas, lo dijo él mismo alguna vez, podrían haberle servido como hilo conductor para escribir sus memorias. De las visitas dominicales con su padre -que tenía prohibido los desnudos femeninos, es decir, casi todo Rubens- a las horas pasadas entre cita y cita en los días de clandestinidad comunista durante el franquismo o, finalmente, a los recorridos que, como miembro del Gobierno, debía repetir como guía de las personalidades que visitaban oficialmente España, ya se tratase de la reina de Inglaterra o de Raisha Gorbachov.



En sus memorias, recordó Calvo, Semprún trufa el relato de esos recorridos -siempre El Greco, Velázquez, Goya- con sus reflexiones sobre el lugar del Guernica de Picasso, por entonces todavía en el Casón del Buen Retiro pero con un destino ya trazado: su instalación en el Museo Reina Sofía. El escritor siempre fue partidario de respetar a la letra el deseo del artista de medirse en el Prado, y concretamente en el edificio central de Villanueva, con los grandes de su tradición.



Para cerrar el acto, el filósofo francés Bernard-Henri Lévy leyó, declamó casi, en español cinco aproximaciones a otras tantas facetas de Jorge Semprún: el español marcado por la Guerra Civil, el antifascista, el antitotalitario por antiestalinista, el escritor y el europeo. Así, en un texto que este diario adelantó el pasado 9 de junio, BHL situó al autor de La escritura o la vida al lado de Sartre y Malraux entre los grandes intelectuales y hombres de acción del siglo XX.
Un grande que en el Museo del Prado fue feliz.

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