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6 may 2019
Isabel Pantoja: auge, caída y fango de la última folclórica
Hay toda
una generación de espectadores televisivos que cree saber quién es.
Pero, en realidad, no tiene la menor idea de su dimensión cultural.
Isabel
Pantoja lo tenía todo para ser un icono pop como han acabado siendo sus
coetáneos, pero hoy existe lejos de la idolatría que despiertan ellos
entre los modernos, los progres y el pueblo llano. En la imagen, la
tonadillera tras una actuación en Barcelona en 2010.Foto: Getty
¿Qué se le pasaría por la cabeza a Isabel Pantoja antes de saltar del helicóptero de Supervivientes? Quizá en la ironía que supone ser la quinta de su estirpe, tras sus
hijos Kiko y Chabelita y sus primas Anabel y Sylvia, en dejarse caer al
vacío del océano y al vacío de la telerrealidad. ¿Pero tiene la Pantoja
sentido de la ironía? Hay toda una generación de espectadores que cree
saber quién es Isabel Pantoja (la madre de Kiko y Chabelita, la
archienemiga de Chelo García Cortés, la exnovia del exalcalde excorrupto
de exMarbella), pero que en realidad no tiene la menor idea de su
dimensión cultural.
Quizá lo que pensaba ella en aquel helicóptero
de 'Supervivientes', además de “hay que ver lo alto que está esto”, es
lo mismo que se pregunta cualquiera que recuerde aquellos años de
adoración popular y unánime: ¿cómo demonios he acabado aquí?
Otra generación, la de sus padres, aún recuerda quién es María Isabel
Pantoja Martín (Sevilla, 1956) o, al menos, quién fue: la última
folclórica, la viuda de España, la mujer más famosa del país durante 40
años. La intérprete de un disco, Marinero de luces (1985), que estuvo en una de cada 10 hogares españoles en los 80. Y lo más parecido que ha tenido España a su propia “princesa del
pueblo”.
En plena euforia ante la recién estrenada democracia, la España de
finales de los 70 se empeñó en huir de su folclore al asociarlo
indisolublemente al régimen de Franco. El rock, el destape y la Movida
reemplazaron a las batas de cola y los caracolillos, pero los
exuberantes bailes de Pantoja (cuya vocación nunca fue el cante, sino la
danza), sacudieron la caspa del género a ojos del gran público. Si la
diva Rocío Jurado aportó erotismo al folclore y lo volvió pop comercial,
Isabel Pantoja lo tiñó de realismo: ella no solo cantaba coplas, ella
vivía en una copla.
Manuel Román, autor de Los grandes de la copla (Alianza editorial), recuerda que Pantoja estaba obsesionada con casarse con un torero. Su matrimonio con Francisco Rivera Paquirri
en 1983 actualizó el tópico cañí de la folclórica y el torero gracias
al glamur que (en aquel momento todavía) proporcionaban las revistas del
corazón. Miles de personas hicieron noche en los aledaños de la iglesia
para no perderse el espectáculo. Pero la cogida mortal
de Paquirri en Pozoblanco 15 meses después de la boda la dejó sola con
un hijo de menos de un año. Y de nuevo la multitud zarandeó a la viuda
oficial de España, en estado catatónico tras unas enormes gafas de sol,
porque el espectáculo (ahora macabro) debía continuar con o sin su
consentimiento.
A partir de entonces, Isabel Pantoja se convirtió en la mujer sobre la que se han escrito más palabras en este país: Ángel Fernández-Santos dijo que encarnaba “un fetiche del erotismo popular español, el de la viuda sagrada” ; Rosa Montero definió su estado civil como “viudedad superlativa”; Ricardo Cantalapiedra describió
sus doce meses de duelo como “la letra de un cuplé: vestida de riguroso
luto, solo se deja ver en algunas ocasiones, ojerosa, triste, dolorida,
Dolorosa, llorando por los rincones igual que La Zarzamora y partiendo
el corazón de las mujeres en todas las peluquerías del Estado”. José
Luis Perales le escribió un disco entero, Marinero de luces. La reaparición de Pantoja con Marinero de luces, algo tan atípico en el folclore como un disco conceptual, se convirtió en un asunto de Estado cuando la Reina Sofía presidió su concierto emitido
además por (el único canal que había de) televisión en horario de
máxima audiencia en diciembre de 1985. Vestida como una diva de la ópera
y con un tocado que la coronaba como la otra reina de España, Pantoja
arrancó con Hoy quiero confesar: “Por si una pregunta en el aire,/ por si hay alguna duda sobre mí”. La cantante durante un concierto celebrado en Las Palmas en 2011.Foto: Getty
Ella sabía lo que el público quería y estaba dispuesta a dárselo, con
intereses: aquel fue un concierto llorado en el que la cantante entraba
y salía de personaje difuminando la barrera entre luto real y luto
teatral. Ricardo Cantalapiedra comparó el nuevo repertorio de Pantoja
con los relicarios de Quintero, León y Quiroga que “rezumaban sangre,
tragedia y llanto, el peligro que puede tener esta nueva etapa es que se
la llegue a confundir con la imagen patética de Juana La Loca gritando
por los caminos sus amores con un muerto”.
Lo que quería confesar la cantante era que estaba “algo cansada de
llevar esta estrella que pesa tanto”. Pues cómo de cansada debe de estar
ahora. Marinero de luces fusionaba el melodrama barroco de la
copla con los arreglos ochenteros de la canción ligera y funcionaba como
una terapia psicológica, una confesión católica y una exclusiva al Hola.
En diez canciones, Pantoja recorría las fases del duelo: del delirio alucinógeno de Pensando en ti, en la que el difunto se le aparecía (“te miro, me sonríes y después te vas”), a la abnegación de ser viuda eterna en Era mi vida él
(“que nadie me repita la palabra amor/ volver a ser feliz es imposible/
murieron tantas cosas esa tarde que no me queda nada por vivir”, además
de referencias a su vigor sexual: “un día fui volcán entre sus brazos”)
y finalmente al final feliz con Mi pequeño del alma. Esta
canción presentó en sociedad a Paquirrín, que con menos de dos años
acompañaba a su madre mientras ella le prometía un voto de castidad:
“Serán tus besos los únicos besos del mundo”. Marinero de luces
vendió un millón de ejemplares, una cifra que en aquella época solo
alcanzaba Julio Iglesias, porque todos los españoles quisieron llevarse a
casa un souvenir de la tragedia. Cantalapiedra aseguraba que Pantoja parecía “el sueño de algún poeta
sentimental”, pero también era una fantasía para las masas: aquella
España fascinada con las telenovelas venezolanas encontró su propio
culebrón patrio. La cantante después repetiría el éxito virando hacia el
pop con composiciones de Perales (Se me enamora el alma) o Juan Gabriel (Así fue). Y cuando debutó como actriz en Yo soy esa en 1990,
la Reina Sofía envió a su hija Cristina al estreno para perpetuar la
imagen campechana de la familia real e investir a Pantoja como la
tonadillera favorita de la corte.
“La película es todo un monumento kitsch a la canción
española, concebida además para el goce y disfrute morboso de ver a la
viuda de España vestida de nuevo de novia y en brazos de un galán [José
Coronado]” escribió
Elsa Fernández-Santos, “La noche del estreno parecía una de esas
antiguas que hoy vemos con nostalgia del NO-DO de los años 40 y 50”. Yo soy esa recaudó 650 millones de pesetas, que al cambio y ajustando a inflación es una recaudación similar a la de Spiderman: Homecoming. A cientos de kilómetros de aquel cine de la Gran Vía en el que Isabel
Pantoja recreaba la España de posguerra estaba la nueva España, la que
miraba al futuro de la Expo, de los Juegos Olímpicos y del ladrillazo en
las costas mediterráneas. La España que le iba a quitar el acento a Yo soy esa. En 1991, un año después del estreno de aquella película y mientras Martes y 13 (que habían hecho giras en espectáculos de variedades con Pantoja en los 70) ridiculizaban la amistad
de Pantoja con Encarna Sánchez, Jesús Gil conseguía la mayoría absoluta
en el ayuntamiento de Marbella. Isabel Pantoja no lo sabía, pero en ese
momento su legado artístico quedó condenado. Isabel Pantoja lo tenía todo para ser un icono pop como han acabado
siendo sus coetáneos (Jurado, Raphael, Iglesias), pero hoy existe lejos
de la idolatría (irónica, quizá, pero apasionada) que despiertan ellos
entre los modernos, los progres y el pueblo llano. El icono pop requiere
trascendencia cultural, algo de lo que Pantoja va sobrada, pero también
simpatía colectiva. Y eso es algo que ella nunca despertó, al apostar
todas las fichas de su relación con el público a la lástima y la
compasión, pero jamás al carisma que desbordaba Rocío Jurado, por
ejemplo.
La cultura pop exige además un peaje de misterio: el artista siempre
debe estar por encima de la persona. Y no hay nada más mundano, más
ordinario y más vulgar, por muchos motivos que tuviera para reaccionar
así, que ver a la Pantoja forcejear con un paparazi gritando: “No me vas
a grabar más, esta es mi casa” (refiriéndose a Cantora, la finca que
heredó de Paquirri y que hace las veces de Graceland para nosotros y Manderlay para ella).
O pasearse con su novio corrupto con una sonrisa furiosa exclamando: “Dientes, Julián, dientes, que es lo que les jode”. O asediada por miles
de personas que una vez más le gritaban “¡guapa!” pero también
“ladrona”, “sinvergüenza” y “choriza” al salir del juzgado condenada a
dos años por blanqueo de capitales.
De nuevo, Pantoja estaba en el centro de las pasiones del pueblo,
pero ahora como chivo expiatorio: la masa demandó un sacrificio humano
ante la corrupción y el sistema le entregó a uno de sus ídolos. Que
Pantoja o Iñaki Urdangarín, esposo de la espectadora de honor en aquel
fastuoso estreno en la Gran Vía, entrasen en la cárcel representó la
moraleja que la sociedad española necesitaba. Isabel Pantoja le había jurado a España que no volvería a enamorarse. Y allí estaba, subida a una calesa con otro hombre. Un hombre casado. Ella se obstinó en proteger su derecho a la intimidad, quizá con una
soberbia desproporcionada (¿acaso todo en ella no ha sido siempre
desproporcionado?), sin ser consciente de que su intimidad nunca le
perteneció: ella misma se la había entregado al pueblo en aquel
concierto televisado.
Cuando llamó a Chabelita mientras esta concursaba en GH Vip el septiembre pasado, le recordó que “soy tu madre, la que se muere por ti”. Cuando no le dejaba ver a su nieto, Pantoja le contó a Ana Rosa Quintana que su madre Ana (la madre de la artista definitiva) tenía “las pestañas blancas de tanto llorar”. Isabel Pantoja no puede tener sentido de la ironía porque vive su vida
en términos de copla. Y hubo una época en la que eso garantizaba los
aplausos del público, pero hoy solo sirve para hacer televisión. El 46,7
% de la audiencia sintonizó Telecinco para verla saltar al mar la
semana pasada. ¿Será una mala idea participar en Supervivientes,
teniendo en cuenta que mostrar su personalidad es lo que ha hundido su
leyenda? Solo hay una forma de averiguarlo. Y nadie va a querer
perdérselo.
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