Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

17 sept 2018

La muerte lenta de Víctor Jara..................................MANUEL DÉLANO

Torturado y asesinado por los golpistas chilenos, el cantautor fue sepultado de forma casi clandestina en un modesto nicho. EL PAÍS reconstruye su muerte con los recuerdos de los testigos.

'La muerte lenta de Víctor Jara' es un reportaje del suplemento 'Domingo' del 6 de diciembre de 2009
El cantautor chileno Víctor Jara, en una imagen sin fechar facilitada por la fundación que lleva su nombre.
Cansados y con sus manos entrelazadas en la nuca, los 600 académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE) tomados prisioneros por los militares golpistas iban entrando al Estadio Chile, un pequeño recinto deportivo techado cercano al palacio de La Moneda. 
Un oficial con lentes oscuras, rostro pintado, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, observaba desde arriba de un cajón a los prisioneros, que habían permanecido en la universidad para defender el Gobierno del presidente socialista Salvador Allende
Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet.

Con voz estentórea, el oficial repentinamente gritó al ver a un prisionero de pelo ensortijado:
-¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto, recuerda el abogado Boris Navia, uno de los que caminaba en la fila de prisioneros.
"¡A ese huevón!, ¡a ése!", le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero.
 "¡No me lo traten como señorita, carajo!", espetó insatisfecho el oficial.
 Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.
-¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial.
 Navia rememora. Es uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes emblemáticos de la dictadura, porque Jara fue con su guitarra y con sus versos el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende en Chile. 
Por su impacto y la impunidad en que están los culpables, el crimen de Jara es en Chile el equivalente al asesinato de Federico García Lorca en España.
"Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. 
Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. 
Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho.
 De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. 
Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente", cuenta a este periódico el abogado Navia.
 
Los prisioneros se habían quedado pasmados mirando la escena. Cuando el oficial, conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado con plena certeza, se cansó de golpear, ordenó a los soldados que pusieran a Jara en un pasillo y que lo mataran si se movía. 
El autor de canciones como El cigarrito y Te recuerdo Amanda, que Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez y Víctor Manuel han incorporado en sus repertorios, entró así al campo de prisioneros improvisado por los militares donde vivió sus últimas horas.
Muchos recordaron a Jara con emoción esta semana, cuando su viuda e hijas y la fundación que lleva su nombre organizaron el funeral que no pudo tener en 1973, la despedida popular que merecía, para sepultar los restos del cantautor, exhumados en junio por orden del juez y devueltos a la familia después de una nueva autopsia, que confirmó las huellas de bala y torturas.

El ensañamiento con Jara fue uno de los signos de la dictadura de Pinochet (1973-1990), que truncó con brutalidad el Gobierno de Allende y los sueños socialistas, dejando un reguero de más de 3.200 muertos y desaparecidos, alrededor de 30.000 torturados y decenas de miles de exiliados. 
El Chicho, como era conocido Allende, un médico socialista y masón, había llegado a la presidencia en 1970, en su cuarto intento, con el 36% de los votos, encabezando la Unidad Popular, la coalición que reunía a la izquierda chilena en un arco multicolor.
Con un programa que ofrecía reforma agraria, medio litro de leche diaria para los niños y la nacionalización del cobre, principal riqueza de Chile, en manos de empresas norteamericanas, la victoria de Allende en las urnas, la primera de un marxista en Occidente en plena guerra fría, sorprendió a Estados Unidos e insufló esperanzas en muchos países, incluidos los opositores de Franco en España. 
Un irritado presidente Richard Nixon ordenó en la Casa Blanca intensificar las acciones desestabilizadoras.
Pero en Chile se vivían tiempos de efervescencia.
 Las movilizaciones sociales iban en ascenso y con Allende en La Moneda, el Gobierno ganó apoyo en las urnas en lugar de perderlo. El cerrojo norteamericano se apretó con el embargo de las exportaciones de cobre, en réplica a una nacionalización en la que Chile resolvió no indemnizar a las empresas expropiadas por haber obtenido ganancias excesivas, mientras la oposición de centro y derecha se reunió en una coalición contra Allende, y la izquierda más radicalizada comenzó a desbordar al Gobierno acusándolo de reformista. 
La lucha política se exacerbó.

Mientras estudiaba dramaturgia, comenzó a tocar y componer con el grupo Cuncumén. 
Después trabajó con la pléyade del folclor chileno: Quilapayún, Inti Illimani, Ángel e Isabel Parra, Patricio Manns, Rolando Alarcón. Violeta Parra, la autora del universal Gracias a la vida, fue una de las que descubrió tempranamente el talento de Jara como compositor e intérprete.
Militante comunista, Jara defendió a la Unidad Popular con su guitarra, hizo canciones de protesta, pero sus obras mayores, aquellas más sencillas e imperecederas, son las que brotan desde la tierra y de la pobreza de las barriadas periféricas de Santiago, las fuentes de su saber.
 Víctor creía que "la mejor escuela para el canto es la vida", recuerda su viuda, Joan Turner, en Un canto trunco, las memorias de Jara.
 Nombrado embajador cultural por Allende, prefería compadrear en una peña popular a los cócteles de diplomáticos.
Durante el paro de octubre de 1972, con el que la oposición quiso poner de rodillas al Gobierno, junto con decenas de miles de personas, Jara salió a realizar trabajos voluntarios para impedir que la economía se detuviera.
 En la vorágine escribió Manifiesto, su testamento musical: "Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón".

Con la inflación desbocada, desabastecimiento y mercado negro, el transporte paralizado y con el mayor partido opositor, la Democracia Cristiana, cerrando las puertas al diálogo para encontrar una salida, a Allende casi no le quedan opciones, y muchos creen que un golpe militar es inminente.
 Resuelve que el martes 11 septiembre llamará a un plebiscito que decidirá si sigue o no en el poder.
 Enterados, los militares adelantan el golpe militar para ese martes.
El escenario que había escogido Allende para pronunciar este discurso que podría haber cambiado la historia es la sede de la UTE. 
Nunca llegó. Enterado de la sublevación militar, Allende acude con sus colaboradores más cercanos a La Moneda, a defender la democracia. 
 Dispuestos a todo, los militares bombardean el palacio y Allende, que sólo saldrá sin vida de ese lugar, pide a los trabajadores que permanezcan en sus puestos, pero que no se dejen provocar, y anticipa en su lúcido discurso final que otras generaciones superarán ese momento.
En asambleas por facultad, la comunidad de la UTE resolvió permanecer en la sede universitaria, como pidió Allende. 
Entre ellos, Víctor Jara, que trabajaba en extensión en la universidad e iba a cantar en el acto de Allende. 
Habla dos veces por teléfono con Joan y cree que volverá a casa al día siguiente. 
Esa noche anima a los estudiantes en su último recital, mientras en todo Santiago suenan las balas de los militares.
Al día siguiente, los militares instalan un cañón frente a la universidad y disparan a la rectoría mientras un centenar de soldados vacía sus cargadores.
 No hay resistencia: estaban desarmados. Rompen puertas y cerrojos y toman prisioneros a los 600 que permanecían ahí.
El infierno está a un par de kilómetros, en el Estadio Chile, rebautizado en democracia como Estadio Víctor Jara. 
Ahí el cantautor queda tendido en el suelo
. A un estudiante peruano que confunden con cubano le cortan una oreja con un cuchillo.
 A un profesor de ciencias sociales que llevaba pruebas recién corregidas de sus alumnos le piden las dos mejores notas, las entrega y lo obligan a que se coma las hojas. 
 Los amenazan con barrerlos con "las sierras de Hitler", ametralladoras de gran calibre cuyas balas cortan los cuerpos. 
Un obrero grita: "¡Viva Allende!", y se arroja desde las graderías, muriendo desangrado. 
En el recinto caben apretadas 2.000 personas, pero hacinan a más de 5.000 prisioneros.
El Príncipe tiene visitas de oficiales y quiere exhibir a Jara.
 Un oficial de la Fuerza Aérea que está con un cigarrillo le pregunta a Jara si fuma. Con la cabeza, niega. "Ahora vas a fumar", advierte, y le arroja el cigarrillo. "¡Tómalo!", grita. Jara se estira tembloroso para recogerlo. 
"¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!", grita el oficial y pisotea las manos de Jara, relata Navia.
"Cuando llegaron más prisioneros y los soldados fueron a recibirlos, Víctor se quedó sin custodia. 
Entre varios lo arrastramos adonde estábamos y comenzamos a limpiar sus heridas. 
Llevaba casi dos días sin comida ni agua", dice Navia.
 Un detenido consigue que un soldado le regale un tesoro: un huevo crudo.
 Se lo dan a Jara. Con un fósforo, el cantautor perfora el huevo en ambos extremos y lo sorbe. "Nos dijo que así aprendió en su tierra a comer los huevos", recuerda.
A Jara le vuelven las energías. "Mi corazón late como campana", dice. 
Y habla, de Joan y sus hijas. Dos detenidos logran salir libres gracias a contactos.
 Varios escriben mensajes breves para que avisen a sus parientes de que están vivos. Víctor pide lápiz y papel. Navia le pasa una libreta pequeña de apuntes, que hoy conserva la Fundación Jara como pieza de museo. 
Escribe con dificultad sus últimos versos: "Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero".

Repentinamente, dos soldados lo toman y arrastran, y Jara alcanza a arrojar la libreta.
 Navia se queda con ella.
 Comienza una golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. Otros prisioneros lo verán con vida horas después. 
Un conscripto, José Paredes, confiesa 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos.
Es el único procesado vivo en el caso.
 El otro, el jefe del recinto, el coronel Mario Manríquez, falleció. La primera autopsia, en 1973, revela 44 disparos. 
La nueva, en 2009, confirma que Jara murió por múltiples impactos. Pero Paredes se retracta de su confesión.
Al anochecer del sábado 15 de septiembre trasladan a los prisioneros del Estadio Chile al mayor recinto del país, el Estadio Nacional.
 "Al salir al foyer para irnos, vemos un espectáculo dantesco. Hay entre 30 y 40 cadáveres apilados, y dos de ellos están más cercanos. Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco, porque cerca estaban apilados unos sacos de cal para hacer reparaciones, que cubre sus rostros y seca la sangre.
 Reconozco a Víctor en primer lugar, y después al abogado y director de Prisiones Littré Quiroga", relata Navia.
A Jara le han quitado el chaquetón que otro prisionero le había pasado porque tenía frío
. Esa noche, los soldados arrojan seis de estos cadáveres, Jara entre ellos, junto al Cementerio Metropolitano, en el acceso sur de Santiago.
 Una vecina reconoce al cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, un trabajador de este servicio, que era comunista, también reconoce a Jara y avisa a su esposa Joan para que lo sepulte antes de que lo sepulten en una fosa común.
El cuerpo del cantautor está junto al de cientos de víctimas en un mesón de la morgue, al final de una fila de jóvenes.
 Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho
. Jara está en su cenit creativo, poco antes de cumplir 41 años, y quienes tronchan su vida no saben que lo están haciendo más universal, a él, pero también a ellos mismos.
'La muerte lenta de Víctor Jara' es un reportaje del suplemento 'Domingo' del 6 de diciembre de 2009
Dios cuando la crueldad se hace Hombre....¿Dónde estás tu?





El Gobierno socialista concitó una amplia adhesión de artistas e intelectuales. En los tres años de Allende, Chile vivió un destape cultural como nunca antes y Víctor Jara fue uno de los protagonistas. Hijo de inquilinos campesinos, conoció de la explotación y miseria en su infancia y juventud. 
Aprendió música por la intuición de su madre. Cuando ella falleció, viajó a Santiago a estudiar teatro. Como director teatral recibió premios de la crítica y la prensa por sus montajes e hizo giras por dos continentes.

 

 

‘Bella Ciao’ no muere nunca.............................. Fernando Navarro

Tom Waits es el último en cantar este himno partisano italiano que este año es símbolo universal de la resistencia contra la ultraderecha.

Tom Waits, en un concierto en París en 2008.
Tom Waits, en un concierto en París en 2008. AFP/Getty Images

 Como la belleza de algunas flores, hay himnos que están destinados a no morir nunca. 

Es el caso de Bella Ciao, el canto partisano italiano que los grupos de la resistencia cantaban contra los fascistas durante la II Guerra Mundial.

 Esta canción popular sin autor reconocido podía haberse quedado enterrada en la memoria colectiva, como tantas composiciones tradicionales que tuvieron un significado determinado en la historia de un colectivo, una comunidad o un país, pero no ha sido así. 

Como por arte de magia, Bella Ciao ha cobrado nueva vida en 2018, mucho tiempo después de que fuera cantada por primera vez —según estudios históricos— allá por el siglo XIX por trabajadoras de los arrozales del Valle del Po, en el norte de Italia.

Tom Waits ha sido el último en rescatarla. 

Su voz cavernosa entona los versos en inglés de una canción que, como en las mejores fábulas, guarda las mismas dosis de idealismo y lucha.

 A diferencia del tradicional aire de marcha guerrera y triunfal de la versión más conocida, su interpretación suena tierna y cruda, como en esas baladas noctámbulas tan suyas, perfectas para escucharse en lo profundo de una cantina abandonada en un bosque. 

Guarda la atmósfera de esa parte de su personalísimo cancionero que podría llamarse vagabundo: cantos bastardos con un esqueleto de folklore, salpicados de reminiscencias de viejos blues, bluegrass campestre, polkas centroeuropeas o valses de taberna, que relatan historias de despedidas y destinos inciertos.

 Junto a composiciones como Long Way Home, Widow's Grove, Never Let Go, If I Have to Go, Goodbye Irene o Take Care of All My Children, Bella Ciao bien podría formar parte del segundo disco de su fastuosa caja de rarezas y canciones perdidas llamada Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards.

“Una mañana, me levanté / oh, adiós bella, adiós bella / una mañana, me levanté / y encontré al invasor”, reza el primer verso de Bella Ciao, cantado por Waits, que, cual partisano, parecía escondido en los montes tras dos años sin material nuevo.

 El músico estadounidense ha aparecido para colaborar en Songs of Resistance 1948 - 2018, el nuevo disco del guitarrista Marc Ribot, mano derecha en las giras de Waits. 

Se trata de un álbum que incluye también colaboraciones de Steve Earle, Tift Merrit o Justin Vivian Bond cantando himnos de los derechos civiles o baladas de protesta mexicanas con el fin de desafiar las políticas de Donald Trump. 

 

Partisanos italianos en 1944.
Partisanos italianos en 1944.
Bella Ciao parece hoy tan viva como en su época de arma contestaria contra los fascistas alemanes en la Italia de Mussolini, o cuando sirvió de himno revolucionario en las manifestaciones estudiantiles de Mayo del 68 o en el ambiente cultural del movimiento chileno socialista de Salvador Allende.
 A principios de junio, un grupo de viajeros comenzó a cantarla a pulmón abierto cuando reconocieron al ministro de Interior italiano, el ultraderechista Matteo Salvini, en el aeropuerto de Roma Fiumicino.
 Salvini ha tenido gravísimos gestos con los inmigrantes, a los que comparó con “esclavos”, y su política migratoria ha sido acusada de incitar al odio por la Unión Europea.
 Pero no sólo eso: Bella Ciao también fue entonada por organizaciones del Consejo Estatal del Pueblo Gitano en la puerta de la Embajada italiana en España para protestar contra el censo de gitanos propuesto por Salvini
Y, gracias a su mensaje de hermandad, también fue cantada en el buque de la ONG catalana Proactiva Open Arms con 60 inmigrantes rescatados a bordo.
 Incluso muchos han conocido la canción por formar parte de la exitosa serie de La Casa de Papel, que tiene el concepto de resistencia como hilo conductor de varios de sus personajes cuando intentan atracar la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.
“Esta es la flor del partisano, muerto por la libertad”. Así reza en su último verso Bella Ciao, una canción que nos recuerda que, como la belleza de algunas flores, hay ideas destinadas a no morir nunca.


La gran escritora que borró su nombre.......................... Eva Díaz Pérez

La editorial Renacimiento rescata la obra de María Lejárraga, la mujer que escribió las obras con las que su esposo, Gregorio Martínez Sierra, conoció el éxito.

 Novelista y dramaturga, murió pobre y exiliada.

Retrato de María Lejárraga en su juventud en una imagen del archivo familiar.
Retrato de María Lejárraga en su juventud en una imagen del archivo familiar.
Escribió en silencio, en soledad entre cuatro paredes, lejos de los aplausos por las obras de teatro que salían de su pluma. 
Su nombre es una ausencia, una sombra, un vacío y una historia dolorosa. 
María de la O Lejárraga (San Millán de la Cogolla, 1874-Buenos Aires, 1974) atravesó todo un siglo y fue una de esas mujeres brillantes y pioneras de la Edad de Plata de la literatura española, que abarcó desde 1900 hasta la Guerra Civil. Novelista, dramaturga, ensayista, traductora, feminista y, sin embargo, ausente de las portadas de sus libros. 
El nombre que leemos es el de su marido: Gregorio Martínez Sierra, quien recibía elogios en los estrenos de Canción de Cuna o El amor brujo y El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, mientras la autora y libretista esperaba en casa.
En estos tiempos en los que la historia de la creación parece estar curando olvidos y variando la brújula del canon oficial, la figura de María Lejárraga regresa con sed de justicia poética.
 La recuperación de su nombre en la portada de su obra supone el reconocimiento a una de las más destacadas autoras de su época.
Ahora la editorial Renacimiento rescata Viajes de una gota de agua, una colección de cuentos infantiles que la autora publicó en Argentina en 1954, cuando ya vivía en el exilio.
 Juan Aguilera Sastre e Isabel Lizarraga Vizcarra, expertos de la Edad de Plata, son los responsables del estudio introductorio y de otros dos rescates editoriales: Cómo sueñan los hombres a las mujeres y Tragedia de la perra vida y otras diversiones. Teatro del exilio (1939-1974).

El reconocimiento, para el marido

Esta edición tiene un valor especial porque aparece con su nombre auténtico: María Lejárraga, tal como hizo la autora, por primera y única vez en su vida, con su debut, Cuentos breves, publicado en 1899.
 Precisamente, el enfado que provocó en su familia que su nombre apareciera en esta primera obra fue la razón por la que decidió borrarse.

Al casarse con Gregorio Martínez Sierra, ella decidió esconderse tras su nombre. 
Ambos formaron una de las más fructíferas parejas artísticas de la época. Gregorio era el responsable de la dirección de las obras y quien se llevaba la gloria en los estrenos.
 María aceptó ese papel de sombra, como tituló oportunamente Antonina Rodrigo su biografía de la autora: María Lejárraja, una mujer en la sombra
 Gregorio llevaba la parte visible de la sociedad, pero ella era quien escribía.
 A veces, los ensayos se paraban porque María estaba escribiendo el último acto de la obra firmada por Gregorio Martínez Sierra. Todo el mundo sabía que Lejárraga era la "negra" de su exitoso marido.
 Hasta tal extremo llegó esta situación que Gregorio pronunciaba discursos feministas que escribía su mujer.
 Ahí está el libro Cartas a las mujeres de España donde ella anima a la libertad e independencia femenina, aunque su nombre no aparece por ninguna parte.
 A pesar de este silencio, Lejárraga llegó a ser diputada socialista en la Segunda República, experiencia que relató en su libro Una mujer por los caminos de España, escrito en el destierro.
María Lejárraga y su marido en su casa de Madrid.
María Lejárraga y su marido en su casa de Madrid.
La historia de Lejárraga tiene un momento especialmente doloroso. Su marido se enamoró de la famosa actriz Catalina Bárcena con quien tuvo una hija.
 El matrimonio se rompió, pero Lejárraga siguió colaborando con su marido y escribiendo los libros que él continuaba firmando.

El gran desengaño de Lejárraga llegará en 1947 con la muerte de Gregorio Martínez Sierra, cuando la hija de Catalina Bárcena exigió los derechos de autor de su padre. 
María vivía con escasos recursos en el exilio y fue entonces cuando reaccionó y comenzó a publicar con su nombre, pero aún refugiada en los apellidos de su marido: María Martínez Sierra. 
Y decidió escribir sus memorias — Gregorio y yo— donde desvela en qué consistió la colaboración.
 Una obra en la que por fin sale del silencio, aunque de forma muy tibia.
Viajes de una gota de agua es un libro de melancolías, el recuerdo dolorido de la exiliada: "Es un ejercicio de nostalgia alentada por la desazón de sentir que sus libros se prohibían en España y que tampoco hallaba modo de acceder a los escenarios españoles, donde solo de manera ocasional se reponía su producción anterior", explican Juan Aguilera e Isabel Lizarraga.

Con uno de estos cuentos, Lejárraga sufrió otra decepción.
 La autora, a través de su traductora Collice Portnoff, envió en 1951 a Walt Disney el manuscrito de Merlín y Viviana, donde contaba la historia de un perro que se enamora de una gata coqueta, por si le interesaba para alguna película. 
Sin embargo, a los dos meses Disney se lo devolvió. 
En 1955 se estrenó La dama y el vagabundo con la que se podrían encontrar ciertas similitudes.
 En una carta a su traductora habla del supuesto plagio: "La enviamos a Walt Disney, la tuvo un par de meses y la devolvió diciendo que no admitían más que las obras que habían encargado. Después, hizo una película, La dama y el vagabundo, que era la misma historia, sin más cambio que haber convertido la gata en perra elegante. 
Esta vez no quise protestar, ¿para qué?".
A pesar de que se ha hablado de plagio, "los parecidos son escasos aparte de que el proyecto de Disney comenzó a gestarse mucho antes de que María le enviase su original", según los autores del estudio. 
Sería así, pero para María Lejárraga fue otro nuevo episodio de apropiación de su obra. 
Ahora, por fin, aquellas historias escritas en soledad no olvidan quién fue la verdadera autora.

La venganza contra los adúlteros

A pesar de que durante años silenció su nombre, hay una secreta proyección autobiográfica en sus obras.
 En ocasiones, Lejárraga introducía trasuntos de la relación entre su marido y la actriz.
 Era una forma de venganza porque esas obras las interpretaba Catalina Bárcena y el marido infiel era quien dirigía.
 Juan Aguilera e Isabel Lizarraga señalan que en uno de los cuentos se descubre esta intención: Merlín, el perro atontado, es un personaje de buen corazón que podría ser Gregorio, sometido a las veleidades de un amor caprichoso; mientras que Viviana, la gata egoísta, engreída, cínica, cruel, podría representar los rasgos negativos que veía en Catalina".



 

16 sept 2018

Manuel Carrasco y Almudena Navalón se casan por sorpresa

La pareja, padres de una niña, se dan el "sí quiero" en una ceremonia en Cádiz, acompañados de artistas y amigos como Alejandro Sanz y Pablo López.

 

Manuel Carrasco y Almudena Navalón presentan a su hija Chloe, en Madrid, en junio de 2017.

Manuel Carrasco 

Manuel Carrasco y Almudena Navalón ya son marido y mujer. 
La pareja, padres de una niña de un año, se ha dado el “sí quiero” en un enlace íntimo cerca de la playa de Bolonia, en Tarifa (Cádiz), celebrado este jueves 13 de septiembre. 
Además de sus familiares, según ha informado el periodista Kike Calleja en Sálvame, a la ceremonia no han faltado sus amigos más cercanos, entre los que se encontraban artistas como Alejandro Sanz, Pablo López, Vanesa Martín o Pastora Soler.
Por el momento, ninguno de los novios ha publicado fotos en sus redes sociales, como tampoco lo han hecho sus invitados. 
La única pista la ha dado el cantante y amigo de Carrasco, Pablo López, quien publicó sobre las siete de la tarde de ayer un vídeo en su Instagram vestido de traje y en un coche, posiblemente de camino a la ceremonia.
 Además, el intérprete de El Patio, se ausentó a la gala de los nominados de los 40 Principales, celebrada anoche en Madrid, pese a ser uno de los más nominados para LOS40 Music Awards 2018.

 

Que Tarifa haya sido el lugar elegido no resulta extraño, puesto que los novios son andaluces y siempre que pueden aprovechan para viajar a su tierra natal, como han hecho unos días este verano, según han mostrado en sus cuentas de Instagram.
El cantante y la periodista llevan más de cuatro años de relación, y en junio de 2017, daban la bienvenida a su primera hija en común, Chloé.
 La pequeña ha cambiado totalmente la vida de sus padres que antes eran más celosos de su intimidad.
 Ahora no dudan en presumir de familia feliz en sus redes sociales.

Manuel Carrasco, que actualmente está a caballo entre España y Londres, donde prepara su nuevo disco, es uno de los cantantes de más éxito del panorama musical español.

 Su popularidad también se ha aumentado debido a su participación en el programa La Voz, donde ha sido coach en las dos últimas ediciones coincidiendo con Alejandro Sanz y Pablo López, forjando así una fuerte amistad entre los tres.