Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

25 ago 2013

Entre los Andes y los ñoquis

Claudia Murillo ha viajado por medio mundo en busca de su vocación. La localizamos en Roma, volcada con la ilustracion.

María (collage) / Claudia Murillo

A Claudia Murillo (Arequipa, 1982) no le ha faltado trabajo casi desde el día que terminó sus estudios de periodismo; primero en prensa escrita y después en televisión.
Pero en estos tiempos de incertidumbre más llama la atención que haya sido capaz de compaginar su profesión con un estilo de vida prácticamente nómada
. Abandonó su Arequipa natal para terminar el instituto en Estados Unidos; regresó, pero a Lima, directa a la Universidad.
El año pasado, tras haber pasado unos meses en Londres, aterrizó en Barcelona para comenzar una nueva etapa; solo que esta vez no lo hizo en calidad de periodista, sino como ilustradora.
Parte de la culpa de ese trasiego por medio mundo la tiene su padre, que siempre le ha dado ánimos para encontrar su vocación.
 Le aconsejó cuando no era capaz de decidirse por una carrera.
 “Me gustaba escribir y dibujar. Pensé estudiar literatura pero me dijo que de eso no iba a conseguir vivir y me recomendó que hiciera periodismo”.
 Su reconversión también tiene mucho que ver con él. “A mis 31 años me dijo: ‘Claudia, ¿por qué no te dedicas a lo que realmente te gusta?”, explica algo desencantada con su anterior profesión
. Pocos meses después estaba estudiando ilustración en Barcelona, una ciudad que conoció en 2010 cuando asistió a un retiro budista. El periodismo era historia.
 “Dejé a mi familia, mi trabajo, mi novio, mi perro…”, bromea.
Allí ha tenido la oportunidad de perfeccionar una “técnica mixta” amalgama de todas las que de forma autodidacta ha empleado hasta ahora.
“Siempre me encantaron la tinta y las plumas
. Solía dibujar en blanco y negro hasta que descubrí unos rotuladores que pintaban como acuarela, y de ahí di el salto a la acuarela”.
 Ahora sigue echando mano de la tinta —”para los dibujos”—, la acuarela —”para el coloreo”—, y, en ocasiones, otros materiales que sirven de fondo o complementan pequeños detalles de sus composiciones. Un ejemplo de ello es El teatro de los sueños, un trasunto de escenario de marionetas cuyo telón de fondo está hecho con textil y papel de periódico.
Claudia Murillo
“Todo el mundo apostaba más que yo por esto de la ilustración”, recuerda.
 Pero cuando expuso por primera vez —una vez más animada por su padre— se dio cuenta de que a lo mejor no se trataba de un simple hobby. “Llevé cuatro cuadros a una galería y se vendieron tres el primer día”, relata aún sorprendida.
Dada por concluida su estancia en Barcelona, este verano hizo las maletas y se marchó a Roma sin hablar una palabra de italiano.
 Allí ha encontrado un empleo en una heladería para ir tirando hasta que comience su próximo curso de ilustración, esta vez en Milán. Su desembarco en Italia no es fruto del azar; aunque la rama paterna de su familia es de Cuzco, su madre tiene raíces transalpinas.
 ”Siempre he vivido entre los Andes y los ñoquis”. Hugo Pratt y su Corto Maltés encabezan, además, una lista de autores y personajes de la ilustración italiana cuya influencia es decisiva en su trabajo, tal y como ella misma reconoce.
Regresar a Perú está en su punto de mira —no sin antes probar suerte en Europa— aprovechando lo aprendido para intentar abrir brecha en el mercado local de ilustración editorial. “En España están surgiendo muchas editoriales independientes. Hay cuadernos que parecen auténticas obras de arte. En Perú todavía está empezando y existe un círculo muy cerrado más enfocado a la política y a lo clásico”.

Claudia Murillo en la web

La llamada de Se busca talento le pilla entre helados y cucuruchos.
 La idea de participar se la robó a un primo que animaba a su novia a través de Facebook a probar suerte. Ella lo vio por casualidad y no lo dudó un instante. “Hay gente que va a leer de mí cuando normalmente leo yo sobre otros”, reflexiona ahora con incredulidad tras saber que ha sido seleccionada.
Hasta que decida cuál va a ser su próximo destino seguirá soñando con ideas y personajes, a muchos de los cuales dará vida sin salir de su habitación.
“Mi cama es mi estudio. Ahora me he vuelto un poco más profesional y tengo una mesita al lado, pero sueño con tener un taller. Aquí he visto algunos que… Mamma mia!”.

 

“Mejor no hablar de basura porque aquí no se libra nadie”

La presentadora afirma que la televisión sirve para para entretener, informar, y aprender y que lo verdaderamente terrible es no tener otra compañía.

Maria Teresa Campos. / Gorka Lejarcegi

Le gusta que la llamen ‘La Campos’, así, con ese artículo determinado que da pátina y relumbrón a las divas del show
. En la tele lo fue todo, fue eso, una de esas bestias por las que se pegan los consejeros delegados, sabedores de que: A) los espectadores les dan su amor digan lo que digan y lo digan como lo digan, y: B) los anunciantes inyectan sus millones allá donde retumben sus cabecitas parlantes
. De pronto se le apareció el innombrable en forma de nódulos y ya fue otra mujer. Hoy presenta en Telecinco una cosa llamada Qué tiempo tan feliz, que ya es llamarse…
Pregunta. Ya tiene bemoles que, con la que nos está cayendo encima, los responsables de Telecinco mantengan este título de programa: Qué tiempo tan feliz.
Respuesta. La verdad es que yo esto lo he pensado muuuuchas veces, digo, hay que ver qué título tan inapropiado para el tiempo en que vivimos. Pero también pasa que este programa, al menos un rato, le alivia las preocupaciones a mucha gente. A mí me dicen por la calle: “Me siento a verla y se me olvida todo”.

DNI urgente

Tetuán, 18-6-1941. Se crió en Málaga. Licenciada en Filosofía y Letras. Empezó como chica Hermida en los 80 y acabó como Reina de las mañanas de la TV en Telecinco. En 2009 le fueron detectados unos nódulos en la garganta y se sometió a radioterapia.
P. ¿Piensa que el escapismo televisivo es medicinal?
R. No sé, en la vida nos afectan grandes cuestiones, la fundamental es la de la supervivencia
. En este país hoy en día mucha gente no tiene resuelta la supervivencia.
 Buscan en la basura, se van a un comedor social, les ponen en la calle… y esto a mí se me mete en el estómago
. Es un poco como si no fuera verdad lo que está pasando, como esas películas de catástrofes en las que veíamos edificios en Nueva York que se caían, hasta que un día vimos que era verdad, que no era cine, que se caían; y ese día fuimos conscientes de lo efímero que es todo…
P. Somos como kleenex.
R. Sí, somos de usar y tirar. Pero para algunos más que para otros.
 Hay gente con más conciencia social que otra. Y usar al otro como kleenex es no tener ninguna conciencia social.
P. ¿No se debería renunciar ahora mismo en el Parlamento a cualquier tema que no tratara sobre la necesidad de comer y de tener un techo?
R. Pues sí, pero he visto que los representantes sindicales han ido a ver al presidente del Gobierno y este les ha dicho: “Lo siento, pero esto es lo que tenemos que hacer en estos momentos”. (Tras unos largos segundos de entrevistador y entrevistada callados). ¡Qué valor ha tenido este silencio que se ha hecho de repente entre nosotros!, ¿verdad?
P. Volvamos a la supervivencia.
 Está la que entendemos como mínimos de dignidad para vivir, y la otra, la supervivencia pura y dura, entendida en términos de salud, de vida o muerte.
 ¿Cómo anda usted de esta, después de lo que le ha tocado pasar?
R. Yo, de supervivencia de coco me veo bien, pero claro, con la lógica pérdida de… es como dice mi amigo Raúl del Pozo, “oye, ¿te acuerdas de cuando hablábamos de corrido?”. Y bueno, mi mayor dificultad ahora está en la secuela de lo que yo tuve… aunque creo que eso, la que más lo nota soy yo.
Sigo aprendiendo, y esa es una de las cosas que me joden de morirme
P. Sí, porque, de puertas afuera está usted estupenda. Se diría que va sobrada.
R. Pero yo me lo noto mucho. Lo que tuve estaba en una amígdala, y aunque era muy pequeñito y me lo cogieron muy a tiempo, la prevención que se hizo fue tan grande y el sitio tan delicado, que… ahora estoy siempre que si la sequedad, que si la botellita de agua, sí, sí, me siento mermada.
P. ¿Podemos buscarle una parte positiva a la enfermedad? Un trance así —cuando se supera—… ¿no nos ayuda a relativizarlo todo, a conceder importancia real a las cosas realmente importantes?
R. En eso estoy totalmente de acuerdo, aunque... recuerdo que cuando me detectaron aquello, me dije: “Mira, me ha pasado esto, pero me lo voy a tomar con deportividad, me da exactamente igual, ya pasará, no pienso sufrir ni esto" (hace un gesto expresivo).
P. ¿Le enseñó el cáncer a priorizar en la vida? Por ejemplo, ¿a qué le concede hoy más importancia, al trabajo o a los seres queridos? ¿A un beso, un regalo, una caricia, un polvo… o a una exclusiva?
R. Yo tengo clarísimo el orden de valores de mi vida. Yo no puedo hacer bien mi trabajo si tengo una preocupación familiar. Cuando mi hija estuvo mal, el golpe fue fuerte de verdad.
 Cuando pienso en personas que han sufrido la pérdida de un hijo… eso no hay nada que lo compense, nada que lo supla.
P. ¿Sabía usted que cada español ve de media cuatro horas y media de televisión al día? Eso quiere decir que habrá gente que ve 10 horas.
 A este país se le van a torcer los ojos.
R. A lo mejor esos que ven 10 son ancianos que no tienen otra cosa que hacer. Igual están en una cama o en una silla de ruedas y no tienen nada más que la televisión. Lo terrible no es no tener otra distracción que la tele. Lo que debe de ser de verdad terrible es no tener otra compañía que la televisión.
Debe de ser terrible no tener otra compañía que la televisión
P. Y la oferta tampoco es que sea…
R. No, hay una oferta amplísima. La televisión sirve para entretener, para informar, y para aprender muchas cosas. Yo, por ejemplo, sigo aprendiendo mucho. Yo es que me he propuesto que, mientras siga aquí, voy a seguir aprendiendo. Y eso me gusta tanto que es… una de las cosas que más me joden de tener que morirme. Y digo yo —seguramente te voy a soltar una imbecilidad—, tanto que inventan… ¿por qué no inventan algo para que todo lo que has aprendido no haga un día de repente ¡cataplás! y se desenchufe todo? ¿No inventará nadie la posibilidad de que todo lo que has aprendido se lo puedas pasar a alguien, dejarlo en testamento? Lo mejor que le puedes dejar a un hijo.
P. Ya, pero es que la herencia de conocimiento que algunos que yo me sé les podrían dejar a sus hijos es tan temible que…
R. No, pero lo malo, que no se transmita.
 Lo malo no. Que donde están los hemisferios esos, pues que te pongan un enchufito y ya. Como si fuese una transfusión de sangre, pero en vez de sangre, de la cultura y del saber acumulados en toda una vida. Eso, los que acumulen, claro, porque algunos pasan por la vida como si no pasaran.
P. ¿No cree que hay demasiada gente dedicada en este mundo a hacer putadas a los demás?
R. A hacer putadas… sí… con lo fácil que es ser buena persona
. Pero a mí no me gusta vivir en la desconfianza, tengo tendencia a creer que todo el mundo es bueno hasta que me demuestre lo contrario. Y la gente que hay que hace daño como forma de vida, no es feliz.
 El odio, la envidia, la venganza, no pueden dar felicidad a nadie.
P. ¿Y telebasura? ¿Considera que ha hecho telebasura o es de las que ni siquiera admite el concepto?
R. A mí me parece muy pesada esa insistencia, sobre todo porque podría haber muchos colores de contenedores de basura. Telebasura, prensabasura, políticabasura, y un larguísimo etcétera… no hablemos de basura: aquí no se libra nadie.
P. Pues existir, yo creo que existe.
 Y que es fácilmente identificable.
R. Bueno, pues son mucho más peligrosas las otras que he nombrado que la que se ha dado en llamar basura de la televisión
. Y cuidado: además, cuando se dice telebasura, se puede estar ofendiendo no solo al que presuntamente la hace sino también al que la ve.

 

24 ago 2013

El club de los libros interminables

'Ulises', 'Moby Dick' o 'El señor de los anillos' son algunos de los títulos más abandonados

Los motivos por los que tiramos la toalla dibujan la evolución de las pautas de lectura globales.

Para los lectores, el peor defecto de una novela es que sea lenta. / Corbis

En Como una novela (Anagrama), Daniel Pennac propone un decálogo para el lector, en cuyo tercer punto reconoce “el derecho a no terminar un libro”.
 Una libertad que —a veces de forma impulsiva y otras, tortuosa— ejercemos con más del 55% de las obras compradas en formato digital, según datos del fabricante de e-books y aplicaciones literarias Kobo.
 Y aunque son los títulos más vendidos y reconocidos por la crítica los que acaparan el protagonismo, estos volúmenes que se caen de las manos, los repudiados, pueden resultar igual de trascendentes.
 Las obras que desechamos, las razones por las que lo hacemos y la página en la que sucumbimos no es algo anecdótico
. Estos datos revelan la evolución de los hábitos de lectura globales, la distancia que separa lo que nos gustaría que nos gustase de lo que, en realidad, nos gusta y “hasta el tipo de persona que somos, si nos ponemos un poco freudianos”, en palabras del novelista Rafael Reig.
Goodreads, la comunidad de lectores más grande del mundo, realizó recientemente una encuesta entre 7.500 usuarios —supera los 20 millones— para elaborar la lista de los más abandonados. Un ranking encabezado, en la categoría de clásicos, por Trampa 22, de Joseph Heller; El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien; Ulises, de James Joyce; Moby Dick, de Herman Melville, y La rebelión de Atlas, de Ayn Rand.
Entre los más
desertados están los libros a los que el lector llega atraído por su éxito en el cine o el tamaño
de su club de fans
De entre todas ellas, la novela de Tolkien es la única que, irónicamente, también forma parte del club de los best sellers. “Se trata de una de las obras más vendidas y pirateadas de la historia. Entra dentro de lo normal que haya un porcentaje significativo de compradores que no la acabe”, defiende José López Jara, responsable de Minotauro, el sello que la edita en España.
 Aunque también reconoce que El señor de los anillos lidera una categoría concreta de libros abandonados: la de aquellos a los que el consumidor llega atraído por el éxito de sus adaptaciones cinematográficas y las dimensiones de su club de fans. Como argumenta Teresa Corchete, coordinadora del grupo de lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, “esperan un producto trepidante y comercial, y se encuentran una historia compleja, vasta y rica en pormenorizadas descripciones”. Con capítulos tourmalet como el de Tom Bombadil, que termina en pájara para la mitad de los lectores, pero sin el que obra no sería igual, según sus seguidores más devotos.

El ‘top 5’ del instinto gregario

Además del ranking de libros clásicos más abandonados, la comunidad online de lectores Goodreads ha elaborado otra clasificación, la de los grandes éxitos comerciales inacabados. Según la directora literaria de Debolsillo, María Casas, muchos lectores llegan a estos títulos por curiosidad o siguiendo el silogismo gregario por antonomasia: “Si le ha gustado a tanta gente, a mí también me gustará”.
 Pero no siempre es así y, según su experiencia, los consumidores se muestran mucho menos compasivos con estas obras que con otras alabadas por la crítica o con los clásicos.
 “Suelen ser más persistentes porque creen que deben leerlas, o se perderán algo realmente importante. Pero si Cincuenta sombras de Grey te desilusiona a las 20 páginas lo dejas y a otra cosa. Has invertido dinero en un entretenimiento que el libro no te devuelve, y nada más”.
Según los lectores de Goodreads, los best sellers más indigestos son:
1. Una vacante imprevista, de J. K. Rowling.
2. Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James.
3. Come, reza, ama, de Elizabeth Gilbert.
4. Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.
5. Wicked, de Gregory McGuire.
Ulises y Moby Dick, ambos publicados por Debolsillo, son otros clásicos de la deserción.
 Incluso María Casas, directora literaria de esta editorial, confiesa que tardó tres años en llegar a la última página de la novela de Joyce. “Sabía que el esfuerzo merecería la pena”, se ríe. Ella personifica ese 38% de lectores que, según el estudio de Goodreads, terminan cualquier título que empiezan, cueste lo que cueste. “Aunque se les haga bola como filete correoso”. Son los perseverantes.
Aquellos que, según el psicólogo clínico Matthew Wilhelm, “sienten ansiedad ante las actividades inacabadas”.
Todo lo contrario que el editor de Minotauro, prototipo de lector alfa. López Jara se jugó una cena con sus compañeros de universidad a ver quién conseguía someter primero a Ulises. Tuvieron que pagarla entre todos.
 La indigestión literaria fue general. “Soy de los que piensa que hay muchos libros que leer en la vida y muy poco tiempo, así que mejor no desaprovecharlo”, apunta.
Como premio Tusquets, profesor de la escuela de creación literaria Hotel Kafka y librero, Rafael Reig respalda el abandono de libros sin remordimientos
. Sin compasión. Sin vergüenza. “Creo que lo verdaderamente preocupante no es dejar un libro que no te gusta, sino pasar meses sin que lo que lees te suponga ningún esfuerzo.
 Eso significa que no estás creciendo como lector. Es como ir al gimnasio: desarrollas un músculo que te dota de más capacidad y te permite llegar más lejos”.
Para el escritor, el entretenimiento no debe asumirse como fin absoluto de la novela. “Hay gente que disfruta con la comida rápida, pero también se puede aprender a tener mejores placeres”.
El ‘slow reading’ se postula como alternativa para los hastiados de ‘ametralladoras’ argumentales
Tan revelador como los títulos que se dejan, son las razones por las que se tira la toalla.
Y sorprende que la más común no sea, según la encuesta de Goodreads, “lo mal escrita que está” (una deficiencia que solo causa el 19% de las deserciones), la falta de argumento (8,5%) o “su extrema estupidez” (9%). El peor defecto para el 46,4% de los lectores es que la obra sea lenta.
La directora literaria de Debolsillo lo sabe bien. “Cuando tenemos entre manos un manuscrito que puede llegar a ser un best seller, siempre se intenta que en los primeros capítulos haya algo escabroso o que suceda algo muy fuerte.
 El lector necesita que una novela le envuelva en las primeras 50 páginas o la dejará”.
 De hecho, casi la mitad de los miembros de Goodreads no llegan a la 100.
Pero Casas concede que no hay reglas universales y recuerda el caso de El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Sus editores quisieron suprimir el arranque. Era demasiado pausado, decían.
 Pero el escritor se negó y la obra se convirtió en un fenómeno.
La dictadura de la gratificación (literaria) inmediata tiene su origen, según Teresa Corchete, en la vida digital. Las redes sociales, los whatsapp y correos electrónicos generan, en su opinión y en la de muchos expertos, “un cambio de tempo a la hora de afrontar la lectura”.
 Un nuevo sentido del ritmo que también está detrás de la querencia por el estilo entrecortado y de frases breves en detrimento de “las construcciones más complejas y de la pobre subordinada”.
Nada nuevo, solo el sino de la evolución, según López Jara: “Somos una civilización cada vez más dependiente de la imagen. Las descripciones de Moby Dick son increíbles y prolijas porque en el siglo XIX no había televisión y debían evocar hasta el último detalle, pero hoy esas mismas descripciones son las que pesan como un yunque sobre el lector”.
Por eso y, como coordinador del club de lectura del Hotel Kafka, Reig insta a sus miembros a vencer la comodidad de un gusto y unas expectativas moldeadas por la cultura audiovisual.
 “La edad media también era audiovisual: la gente era analfabeta y el cura señalaba los frescos. Es una condición que te infantiliza. Yo prefiero vivir en el Renacimiento”, espeta.
Pero lejos de un discurso derrotista sobre la vigencia de los densos clásicos, el editor de Minotauro defiende la teoría de la reacción. De la misma forma que el mercado de los vinilos cobra una fuerza inesperada en la era de Spotify, “el slow reading se postula como una alternativa contracorriente” para lectores hastiados de ametralladoras argumentales.
Aunque la velocidad narrativa, el estilo o la temática no son siempre el problema.
El momento vital en el que se afronta el libro también resulta determinante. Reig confiesa que la primera vez que se acercó a Trampa 22 —“una visión de la guerra absolutamente desoladora”— desistió por aburrimiento. Dos años después volvió a intentarlo y descubrió “un humor negro divertidísimo, una obra fácil y una gran recompensa final”. Porque algunos libros, como algunas personas, merecen una segunda oportunidad.

 

Un triunfo con sufrimiento al fondo...............................Rosa Montero

Todos los que ya tenemos cierta edad sabemos que en una vida siempre hay varias vidas.
 Yo voy como por mi tercera existencia importante, sin contar las ramas colaterales de pequeñas vidillas
. La certidumbre de esa pluralidad es al mismo tiempo consoladora e inquietante, porque nada dura para siempre.
 Como decía la frase grabada en aquel anillo mágico de Las mil y una noches, “también esto pasará”. Porque todo pasa, lo bueno y lo malo, el dolor pero también la dicha.
 Aun así, alivia pensar que siempre hay otra oportunidad.
 Lo importante es saber qué hacer con esas otras vidas.
 Cómo construirlas mejor, cómo aprender.
Todo esto viene a cuento de la increíble gesta de Juan Pedro Gómez, el millonario ganador de Pasapalabra. Para cuando salga este artículo, dos semanas después de haber sido escrito, puede que la gente esté aburrida de oír hablar de Juan Pedro: la actualidad devora rápidamente a sus hijos.
Pero a mí este antiguo conductor de grúas en paro me parece un héroe inmortal, una reencarnación contemporánea de Ulises, el prototipo del superviviente por excelencia, ingenioso, incombustible y tenaz.
"Lo que demuestra Juan Pedro es que es posible reinventarse y cambiar de existencia"
Hay tres cosas que me emocionan especialmente del caso de Juan Pedro.
 La primera, la amplitud de su imaginación y de su ambición: que, tras quedarse en paro en el sector de la construcción, buscara salida como participante de concursos culturales, demuestra una audacia, una originalidad de pensamiento y una confianza en sí mismo prodigiosas
. La segunda, que esa confianza en sí mismo no era la del papanatas megalómano, sino la del currante responsable y acostumbrado a ganarse la vida con esfuerzo: o sea, tenía fe en su capacidad de aprendizaje y sacrificio, en su disciplina para empapuzarse, seis horas al día durante cuatro años, varios diccionarios y enciclopedias, que no son precisamente una lectura desternillante y amena.
Sobre todo si uno piensa que todo ese esfuerzo tediosísimo lo afrontaba en pos de una quimera, de un castillo en el aire, de un ensueño del que quizá algunos de sus conocidos se rieran.
 No desfallecer en esas circunstancias es admirable.
Y el tercer detalle conmovedor es el sufrimiento que se adivina al fondo.
 Conozco de cerca otras familias que, como la de Juan Pedro, llevan cuatro años en paro y dos ya sin subsidio.
 Es una realidad demoledora. Digno y contenido, nuestro protagonista sólo dijo que querría hacer un viaje con su mujer y sus niños y disfrutar todos juntos, porque “habían sido unos años muy duros”.
 Por detrás de sus palabras se vislumbra el pequeño infierno de la exclusión social, ese trituradero en el que habitan cientos de miles de familias en España.
 Será la primera vez que Juan Pedro se suba a un avión, y ha cumplido ya 42 años: la vida anterior de nuestro héroe fue muy sobria.
Su historia es una parábola ejemplar para esta España en crisis: trabajador en paro que, con imaginación y esfuerzo, consigue hacerse millonario.
 El toque cultural es delicioso: me encanta que sus amigos declaren, admirados, que “¡siempre se le veía con un libro debajo del brazo!”, como si eso fuera lo más heroico, lo más difícil de todo
. O sea que, además de dar esperanza a los parados, Juan Pedro fomenta la lectura. Es un modelo tan perfecto que parece diseñado por un buen publicista.
 Claro que no todo el mundo se sentirá capaz de subir a su altura: lo que siempre sucede con héroes tan redondos es que nos resultan inalcanzables.
 Pero estábamos hablando de las muchas vidas que hay en toda vida, y lo que demuestra Juan Pedro es que es posible reinventarse y cambiar de existencia, y eso en realidad está al alcance de todos.
 Hay muchos otros tipos de heroicidad, menos espectaculares pero igual de alentadores.
 Por ejemplo, y por no salir del desesperante tema del desempleo, contaré una historia que me toca muy de cerca
. Una de mis más íntimas amigas perdió el trabajo en 2001; era administrativa en una multinacional tecnológica y la despidieron malamente, en realidad como represalia a su pasado sindicalista.
Tenía cincuenta años y los amigos estábamos consternados, convencidos de que no volvería a encontrar trabajo fijo.
 Contra nuestra opinión, aceptó meses después un empleo en condiciones económicas bajísimas, totalmente inadecuadas a su currículo, en una pequeña y nueva firma de tecnología.
 Hoy esa empresa es quince veces más grande y mi amiga es la directora financiera.
Es otro buen ejemplo de valor, de esfuerzo, de apuesta y de esperanza.
No es necesario salir en televisión para crearse otra vida.