Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

1 ene 2019

Noam Chomsky: “La gente ya no cree en los hechos”

A punto de cumplir 90 años, acaba de abandonar el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). 

Allí revolucionó la lingüística moderna y se convirtió en la conciencia crítica de Estados Unidos.

 'Babelia' visita al gran intelectual en su nuevo destino, Arizona.

 

Noam Chomsky, en su despacho de la Universidad de Arizona en Tucson.
Noam Chomsky, en su despacho de la Universidad de Arizona en Tucson.

libros que te harán amar el género negro

libros que te harán amar el género negro

Claudia Piñeiro vuelve a las librerías con Las maldiciones, una novela sobre las perversiones en el mundo de los políticos.
 Trama negra mezclada con los juegos que se establecen en las altas esferas del poder, que desnuda principalmente a la llamada nueva política .
Piñeiro es autora de varias novelas negras que han entusiasmado a los lectores.
 Ella tiene también su propio canon de este género, que recomienda en esta selección:
La pesquisa, de Juan José Saer:
 “Escrita por uno de los mejores autores argentinos, es un policial de estructura laberíntica donde nada es lo que parece”.
The Buenos Aires Affaire, de Manuel Puig: “Escrita por otro de los mejores autores argentinos.
 Un policial al mejor estilo Puig, donde cada capítulo empieza con una escena de una película de Hollywood.
 Es el libro por el que Puig tuvo que exiliarse en la dictadura”.
El largo adiós, de Raymond Chandler: “Inevitable no incluir en la selección un libro de la serie del detective Philip Marlowe, y éste es el que más me gusta”.
Memento Mori, de Muriel Spark: “Un grupo de ancianos que reciben un reiterativo llamado anónimo que les indica: “Recuerda que vas a morir”.
 Una novela con uso magistral del diálogo”.
Almas grises, de Phillipe Claudel: “Una gran novela del subgénero “policial psicológico”. Gran construcción de personajes”.
La hora de las sombras, de Johan Theorin: 
“En el universo de novela negra nórdica, las de Theorin son de mis preferidas. Esta inicia el cuarteto de Öland”.
Irene, de Pierre Lemaitre. “Lemaitre es uno de los autores de novela negra que más me gustan.
 Es uno de los autores que más me gustan en general. Y en esta novela presenta a su gran (aunque bajo de estatura) detective Camile Verhoeven”.
-¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace Mc Coy. “Una gran novela del género que denuncia a la vez, como toda novela negra que se precie, una situación social: aquellos que en la gran depresión son capaces de bailar hasta morir para salir de la pobreza”.
El gato, de Georges Simenon: “Simenon ha escrito infinidad de novelas negras que protagoniza el genial detective Maigret. Esta no es una de ellas, pero es mi preferida. 
Dos ancianos que se casan en segundas nupcias y se detestan. Nada puede salir bien”.
Mar de fondo, de Patricia Highsmith: “De la reina del suspenso, lo que sea, pero este título me atrae mucho por lo ambiguo y perverso de su protagonista”.


Creada por Claudia Piñeiro
Escritora

Strauss vienés con brillantez prusiana................... Pablo L. Rodríguez

Christian Thielemann optó por el control y la calidad frente a la fantasía en su debut al frente del Concierto de Año Nuevo.

 

Christian Thielemann al frente de la Filarmónica de Viena durante el Concierto de Año Nuevo.
Christian Thielemann al frente de la Filarmónica de Viena durante el Concierto de Año Nuevo. GTRES
 
Todas las biografías de Christian Thielemann (Berlín, 1959) relatan un curioso fracaso en su trayectoria.
 Tuvo lugar en 1985, durante el Concurso Karajan para jóvenes directores, cuando resultó descalificado por no pasar de los primeros compases del preludio de Tristán e Isolda, de Wagner, tras veinte minutos de trabajo con la orquesta.
 Los demás contendientes, en ese espacio de tiempo, habían ensayado e incluso tocado la obra, pero el berlinés quería bucear más profundamente en la partitura y encontrar sus propios tesoros.
 Eso mismo ha hecho en su debut en el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena.
 Pero si lo acontecido hace más de treinta años marcó el arranque de uno de los mejores wagnerianos del presente, lo sucedido este martes 1 de enero en Viena no pasará a la historia.
Vista de la Sala de oro del Musikverein en Vienna durante el Concierto de Año Nuevo
Vista de la Sala de oro del Musikverein en Vienna durante el Concierto de Año Nuevo GTRES
El berlinés inició la primera parte marcando el terreno con mucho temple.
 Pero la Filarmónica de Viena brilló hasta en una marcha de aire pomposo escrita por un músico rival de los Strauss y especializado en bandas, como Karl Michael Ziehrer. Siguió la primera prueba de fuego del concierto, el vals Transacciones, de Josef Strauss, donde se pretendía conmemorar el siglo y medio de relaciones comerciales austro-japonesas, y el berlinés sacó a relucir su paleta de colores y dinámicas, pero también asomó su rigidez prusiana. 
Todo mejoró en la mendelssohniana pieza de carácter titulada Corro de elfos, de Josef Hellmesberger hijo, y lució encanto y precisión en la polca rápida Exprés, de Johann hijo, que era novedad en el Concierto de Año Nuevo. 
Las cartas se volvieron en la introducción del vals Estampas del mar del Norte, del mismo compositor.

La relación de Thielemann con la Filarmónica de Viena, dentro de su serie de conciertos en el Musikverein, se inició en octubre de 2000.
 Dirigió entonces un memorable concierto con la Sinfonía alpina y la suite de la ópera El caballero de la rosa, de Richard Strauss, es decir, el compositor alemán que nada tiene que ver con la dinastía austríaca del mismo apellido que protagoniza el Concierto de Año Nuevo. 
Thielemann relató a Kläre Warnecke su experiencia dentro de su biografía de 2003 (Henschel): 
“Fue amor a primera vista con la Filarmónica de Viena. 
Pensé que sería una orquesta difícil y me sorprendió gratamente lo extremadamente educada, amigable y abierta que era”. 
El sensacional resultado puede escucharse en un CD publicado por Deutsche Grammophon. 
Pero una cosa es el Strauss bávaro y otra bien diferente la saga vienesa, aunque Thielemann aplique con ellos el mismo patrón de refinamiento sonoro y esa personal visión global de la obra.
La exquisitez no se tradujo en magia. 
Y pasaron delante de nuestros ojos unas evocaciones elegantes y naturalistas (como esa tormenta que sonó a El holandés errante wagneriano), pero el vals no terminó de despegar y sonó con poco sabor. 
Thielemann imponía el acento prusiano sobre la natural y fluida pronunciación vienesa del vals. 
La primera parte se cerró con un digno homenaje al menos habitual de los Strauss, Eduard, y una de sus mejores polcas rápidas, Con franqueo extra, que corrió como la electricidad por las secciones de la orquesta vienesa.
La segunda parte siguió el mismo recorrido.
 En la obertura de la opereta El barón gitano, de Johann Strauss hijo, Thielemann hizo gala de oficio como director operístico.
 Y funcionó idealmente esa fusión entre lo rapsódico húngaro y la elegancia vienesa, pero el vals no terminó de ascender. 
El berlinés controlaba con precisión cada detalle de las polcas, como la francesa La bailarina, de Josef Strauss, o La bayadera, de su hermano Johann, incluida en su opereta Índigo y los cuarenta ladrones
Pero los valses seguían el trazo de un poema sinfónico, tal como demostró en el famoso Vida de artista, de Johann hijo.
 Aquí pudo verse la primera de las dos escenas pregrabadas de ballet, con coreografía de Andrei Kaidanovski y vestuario de Arthur Arbesser, como homenaje al 150º aniversario de la Ópera Estatal de Viena.
 Ambos insuflaron aires de modernidad y frescura visual, como también hizo Henning Kasten con su excelente realización. 
Lo mejor volvieron a ser las polcas, con una deliciosa versión de la francesa Tarde en la ópera, de Eduard Strauss, que era también novedad en el Concierto de Año Nuevo.

Una versión brillante pero sin fantasía

El referido homenaje al aniversario del teatro de la Ringstrasse vienesa se centró en dos obras instrumentales de la única ópera que Johann Strauss hijo estrenó allí, precisamente un 1 de enero de 1892: 
Caballero Pásmán, un título insulso que hoy se recuerda, especialmente, por su magnífico ballet. 
Sonó el Vals de Eva, otra novedad en esta edición, seguido de la sensacional zarda del ballet. 
Thielemann dirigió una versión brillante, pero sin un ápice de fantasía; muy lejos de ese hito que fue Carlos Kleiber, en 1989.
 Otra vez la escena pregrabada de ballet volvió a ganar la partida a la música con la magnífica coreografía y vestuario ambientada en el bello Castillo Grafenegg.
 La Marcha egípcia, de Johann Strauss hijo, incluyó la única concesión lúdica, a pesar de que el canturreo de la orquesta venga indicado en la partitura. 
Y el estilo prusiano de los valses de Thielemann llegó al extremo con el Vals entreacto, de Hellmesberger hijo.
 La polca mazurca Elogio de las mujeres, de Johann hijo, fue quizá lo mejor de todo el concierto, junto al vals Música de las esferas, de Josef Strauss, con ese perfume del Tannhäuser wagneriano. 
Thielemann volvió a un trazo global de poema sinfónico, pero sin atender a las sutilezas del vals vienés que representaron en esta misma sala Karajan o Kleiber en los conciertos de Año Nuevo de 1987 y 1992.
 La relación del berlinés con la orquesta es ciertamente inmejorable.
 Lo demostró haciendo levantar a varios músicos al final de las obras programadas.
 Entre ellos más mujeres que nunca, y en puestos destacados, como la violinista búlgara Albena Danailova, la flautista italiana Silvia Careddu y la fagotista francesa Sophie Dervaux.
Las propinas arrancaron este año con la polca rápida Deprisa y corriendo, también de la opereta Índigo y los cuarenta ladrones, de Johann hijo, con otra brillante versión de Thielemann.
 Tras la felicitación del año, el concierto se cerró con las dos composiciones de rigor: el vals El bello Danubio azul, de Johann Strauss hijo, otro poema sinfónico en manos del berlinés y una curiosa versión de la palmeada Marcha Radetzky, donde Thielemann lució su poder de sugestión con el público, al que indicó todo tipo de dinámicas, como si fuera parte de la orquesta. 
El documental del intermedio, de Felix Breisach , se dedicó al referido aniversario de la Ópera vienesa y terminó con una versión excepcional de los valses de El caballero de la rosa, pero en un arreglo para violín y piano, que tocó magistralmente el concertino de la orquesta vienesa Volkhard Steude.
 Fue la prueba fehaciente de que el Strauss alemán sí funciona a la vienesa. 

 

El reproche de Chicote a Pedroche durante las campanadas canarias de Antena 3

El cocinero y la presentadora volvieron a juntarse para despedir el año.

Cristina Pedroche y Alberto Chicote volvieron a juntarse un año más para dar las campanadas en Antena 3. Sin embargo, este año lo han hecho por partida doble, ya que han dado también las campanadas canarias, ya que el reloj de la Puerta del Sol se retrasó una hora para que los habitantes del archipiélago pudieran disfrutar también de las campanadas desde Madrid.
Para la ocasión, Cristina Pedroche cambió de vestido y tanto ella como el cocinero no estuvieron solos. Se unió a ellos Brays Efe (Paquita Salas), nacido en Las Palmas de Gran Canaria.
Y no fueron unas campanadas fáciles, porque durante los cuartos los tres sintieron que las cosas no iban bien. 
De hecho, la propia Pedroche llegó a comentar: "¿Suenan un poquito raros los cuartos, no?".
Los tres ponían cara de circunstancias hasta que las campanadas comenzaron a sonar. 
"Una, dos, tres", iba contando Chicote, que al llegar a la octava campanada lanzó este reproche a su compañera: "¡Siempre las canto yo, Cristina!".
"Venga, si lo haces muy bien", contestó Pedroche.