Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

28 abr. 2013

Esos meteorólogos malditos Arturo Pérez Reverte

Esos meteorólogos malditos

Decía Joseph Conrad que la mayor virtud de un buen marino es una saludable incertidumbre.
 Después de quince años navegando como patrón de un velero, y con la responsabilidad que a veces eso te echa encima -el barco, tu pellejo y el de otros-, no sé si soy buen marino o no; pero lo cierto es que no me fío ni del color de mi sombra.
 Eso incluye la meteorología. 
Y no porque sea una ciencia inexacta, sino porque la experiencia demuestra que, en momentos y lugares determinados, la más rigurosa predicción es relativa.
 Nadie puede prever de lo que son capaces un estrechamiento de isobaras, una caída de cinco milibares o el efecto de un viento de treinta nudos al doblar un cabo o embocar un estrecho.
 Pese a todo, o precisamente a causa de eso, siento un gran respeto por los meteorólogos.
 Buena parte del tiempo que paso en el mar lo hago en tensión continua: mirando el barómetro, atento al canal de radio correspondiente con libreta y lápiz a mano, o sentado ante el ordenador de la mesa de cartas, consultando las previsiones meteorológicas oficiales e intentando establecer las propias.
 Hace años las completaba con llamadas telefónicas a los viejos compañeros de la tele -mis queridos Maldonado y Paco Montes de Oca-, que me ponían al corriente de lo que podía esperar.
 Los medios de predicción son ahora muchos y accesibles.
 España, que cuenta con un excelente servicio de ámbito nacional, carece sin embargo de cauces eficaces de información meteorológica marina: sus boletines públicos son pocos y se actualizan despacio, y su presentación en Internet es deficiente.
 Por suerte, funcionan páginas de servicios franceses, ingleses e italianos, entre otros, que permiten completar muy bien el panorama.
 Para quien se preocupa de buscarla, hay disponible una información meteorológica marina -o terrestre, en su caso- bastante razonable. O muy buena, en realidad. 
Debo algunos malos ratos a los meteorólogos.
 Es cierto. Pero no les echo la culpa de mis problemas.
 Hacen lo que pueden, lidiando cada día con una ciencia inexacta y necesaria.
 Me hago cargo de la dificultad de predecir el tiempo con exactitud.
 Nunca esa información fue tan completa ni tan rigurosa como la que tenemos ahora.
 Nunca se afinó tanto, aceptando el margen de error inevitable. 
Un meteorólogo establece tendencias y calcula probabilidades con predicciones de carácter general; pero no puede determinar el viento exacto que hará en la esquina de la calle Fulano con Mengano, los centímetros de nieve que van a caer en el kilómetro tal de la autopista cual, o los litros de agua que correrán por el cauce seco de la rambla Pepa. 
Tampoco puede hacer cálculos particulares para cada calle, cada tramo de carretera, cada playa y cada ciudadano, ni abusar de las alarmas naranjas y rojas, porque al final la peña se acostumbra, nadie hace caso, y acaba pasando como en el cuento del pastor y el lobo.
 Además, en última instancia, en España el meteorólogo no es responsable de la descoordinación de las administraciones públicas -un plural significativo, que por sí solo indica el desmadre-, de la cínica desvergüenza y cobardía de ministros y políticos, de la falta de medios informativos adecuados, de los intereses coyunturales del sector turístico-hotelero, de la codicia de los constructores ladrilleros y sus compinches municipales, ni de nuestra eterna, contumaz, inmensa imbecilidad ciudadana. 
Hay una palabra que nadie acepta, y que sin embargo es clave: vulnerabilidad. 
Hemos elegido, deliberadamente, vivir en una sociedad vuelta de espaldas a las leyes físicas y naturales, y también a las leyes del sentido común.
 Vivir, por ejemplo, en una España con diecisiete gobiernos paralelos, donde 26.000 kilómetros de carreteras dependen del Ministerio de Fomento y 140.000 de gobiernos autonómicos, diputaciones forales y consejeros diversos, cada uno a su aire y, a menudo, fastidiándose unos a otros.
 Una España en la que el Servei Meteorològic de Catalunya reconoce que no mantiene contacto con la agencia nacional de Meteorología, cuyos informes tira sistemáticamente a la papelera.
 Una España donde, según las necesidades turísticas, algunas televisiones autonómicas suavizan el mapa del tiempo para no desalentar al turismo. 
Una España que a las once de la mañana tiene las carreteras llenas de automóviles de gente que dice que va a trabajar, y donde uno de cada cuatro conductores reconoce que circula pese a los avisos de lluvia o nieve. 
Una España en la que quienes viven voluntariamente en lugares llamados -desde hace siglos- La Vaguada, Almarjal o Punta Ventosa se extrañan de que una riada inunde sus casas o un vendaval se lleve los tejados. Por eso, cada vez que oigo a un político o a un ciudadano de infantería cargar la culpa de una desgracia sobre los meteorólogos, no puedo dejar de pensar, una vez más, que nuestro mejor amigo no es el perro, sino el chivo expiatorio.

Por amor al cine inteligente

'Los idus de marzo' inaugura el próximo domingo, por 2,95 euros, la nueva colección de EL PAÍS.

 

Ryan Gosling y George Clooney, en 'Los idus de marzo'. / Saeed Adyani

La democracia la crearon los griegos, pero la política, ah, la política es de romanos.
 Al menos, los pactos, las intrigas, los mensajeros con secretos, los cargos, con sus cónsules, procónsules, emperadores, dictadores, senadores, gobernadores…
Cuando el eco de aquel aparato se diluía en el tiempo, llego Shakespeare, escribió Julio César, avisó sobre los terribles idus de marzo y nada volvió a ser igual.
George Clooney no es solo uno de los grandes actores del siglo XXI y uno de los cineastas más listos de la actualidad, sino que tras su espectacular percha se esconde un hombre comprometido con diversas luchas sociales, como el drama humanitario de Darfur (Sudán).
Lo mamó en casa: su padre, Nick Clooney, empezó como periodista, se convirtió en un conocido presentador de televisión y en 2004 se presentó en las elecciones a congresista por Kentucky. Perdió, por lo que volvió al periodismo y dirigió un documental junto a su hijo en Darfur.
 Así que a George un proyecto como Los idus de marzo no le sonaba raro.
 En realidad, la obra de teatro parecía destinada a alguien con su visión.
En mejores manos, imposible.
Clooney entendió desde el principio que Los idus de marzo es un thriller, y que por tanto la política es sencillamente el fondo.
 Claro que hay mensaje, pero no puede atrancar la trama. Tampoco deja que una estrella como él mismo robe la función. Clooney dirige, coescribe y actúa, pero su personaje, un gobernador con aspiraciones presidenciales, aún siendo motor de la trama no es el protagonista.
 Ese es Stephen, un joven idealista que cree aún en ciertos valores, y al que encarna con firmeza Ryan Gosling. La corrupción, el adulterio, las jugadas ajedrecísticas entre rivales, todo ese fructífero —para el cine— enredo queda para un soberbio equipo de secundarios: Evan Rachel Wood, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman, Marisa Tomei, Jeffrey Wright y Jennifer Ehle, que acudieron corriendo al son de Clooney. Los idus de marzo es un disfrute para el cinéfilo, que sabrá vislumbrar las referencias al cine político de los años setenta, y para el neófito, que cada vez encuentra menos buenas historias en el cine de Hollywood.
En los Oscar, muy injustamente, solo consiguió una candidatura al mejor guion adaptado.
 Pero Los idus de marzo, es, con todo merecimiento, el inicio de una colección nueva de cine de EL PAÍS, que empieza con este filme el próximo domingo 5 de mayo y que seguirá en entregas dominicales las semanas siguientes al precio de 2,95 euros.
 Ahí el lector podrá encontrar grandes clásicos modernos como El escritor, de Roman Polanski; La cinta blanca, de Michael Haneke, o Enemigos públicos, de Michael Mann. Películas a las que les une una apuesta por el espectador inteligente, por el formato clásico, por las buenas historias y los grandes actores. En definitiva, por el cine del disfrute.

Gwyneth Paltrow, la más odiada, la más bella

Gurú de la comida sana, consejera para una vida mejor, la oscarizada actriz no deja indiferente.

La actriz Gwyneth Paltrow. / AP

No es fácil dirimir qué opinión suscita entre la población estadounidense el trasero de Gwyneth Paltrow, ganadora de un Oscar en 1999 por Shakespeare in love.
Pese a que ha sido un tema candente de la semana, desde que, el miércoles por la noche, la actriz lo dejara entrever a través de las transparencias del vestido, de Antonio Berardi, que llevó al estreno de Iron man 3 en Los Ángeles. Pero las reacciones, entre la admiración y el hastío, que empezaron a fluir por blogs y redes sociales no llegan una conclusión certera.
 La polémica es algo muy común en esta actriz de 40 años.
 La semana pasada fue nombrada la famosa más odiada del mundo por la revista Star y horas después, elegida como la mujer más hermosa del mundo por la revista People.
 La primera afirmación es algo sabido: la muestra de un sentir muy popular entre quienes entienden a Paltrow como una pija desconectada de la realidad de la protagonista.
 La segunda es solo un ejemplo de esa perfección que hace que odiarla sea algo todavía más deseable.
El público que disfruta odiando a Gwyneth Paltrow ha gozado, en las últimas semanas, de un festival de motivos para afilar sus cuchillos
. La actriz, autoproclamada portavoz de la comida sana, ha publicado su segundo libro de recetas cuyo título sería traducible como Todo está rico: Recetas deliciosas y fáciles que te harán verte bien y sentirte genial.
 La acogida ha sido más bien tibia.
 Aparte de las web que publican sus frases más ridículas
-“El pescado está más rico cuando lo saco del mar frente a mi casa de verano”,
“Sencillamente, no puedo vivir sin mayonesa vegetariana”- el libro en sí comienza con el relato de una migraña que ella tomó por un ictus y que le llevó a un endocrino en busca de una vida más sana.
 La solución: “Deja el café, el alcohol, los lácteos, los huevos, el azúcar, el marisco, las patatas, los pescados que no vengan de la costa, el tomate, la pimienta, las berenjenas, el trigo, la carne y la soja”). Una web se molestó en calcular la relación de fotos que había de la actriz y de las recetas (más de 30 contra unas 50) y el libro fue, irremediablemente, de lo más vendido en Amazon.
Pero nada le ha restado más credibilidad que un pasaje en el que habla de la dieta de sus hijos con Chris Martin, cantante de Coldplay. La aspirante a gurú del buen comer reveló que Moses, de6 años y Apple, de 8, son alimentados con disciplina casi militar, sin granos procesados ni gluten. La revelación se unió al odio hacia Gwyneth y la bola de nieve resultante dio pie a rumores de que sometía a los niños a una dieta draconiana de algas y ningún carbohidrato.
“No sé de dónde sacan esas cosas”, se maravillaba hace dos semanas, cuando ya era demasiado tarde para que los rumores desaparecieran de la percepción colectiva, en el programa de televisión de Dr. Oz, otro aspirante a gurú de la salud. “Mis hijos comen Oreos y son de lo más normal”.
Esa polémica cobraría especial sentido tras una reciente publicación en Goop –su pizpireta página web, en la que recomienda “lo más positivo de la vida” como joyas valoradas en 1.200 euros y fundas de Valentino para iPad– en la que mostraba fotos de niñas de 4 años con biquinis de Melissa Obadash, como los que suele llevar Rihanna.
 “Una cosa es que las niñas quieran vestir como sus madres y otra, incentivarles  ser sexi”, critica Kristian Dooley, del Foro de Mujeres de Australia, una de las organizaciones que más criticó esa publicación. “No entienden las consecuencias de resaltar sus propios cuerpos.
 Promocionar así estos productos es algo muy peligroso”.

 

La casa agrietada...............Lluis Bassets

Sin grietas no hay filtraciones. Y está visto que las hay y cada vez más.
 El entero edificio tiene pinta de estar agrietado, puesto que todo acaba derivando en la aparición escandalosa de alguna filtración sobre los secretos de la CIA, del departamento de Estado, del Vaticano o más recientemente de las cuentas corrientes escondidas en paraísos fiscales.
 Quien impuso la moda llevaba la palabra inscrita en su nombre, Wikileaks, en la que se juntan la idea de la participación de la gente (wiki) con la de filtración (leak), inspirada en la enciclopedia elaborada por la audiencia que lleva el nombre de Wikipedia. El fundador, Julian Assange, está recluido en la embajada ecuatoriana en Londres, donde se refugió en junio de 2012 para escapar a los requerimientos de la justicia para su extradición a Suecia, pero desde allí todavía pretende mantener el liderazgo filtrador que le ha dado notoriedad.
El pasado diciembre anunció la inminente publicación de más de un millón de documentos que afectan a todos los países del mundo. Y así ha sucedido este lunes, cuando Wikileaks ha ofrecido el acceso a 1,7 millones de documentos y comunicaciones diplomáticas estadounidenses, correspondientes al período 1973-1976, en el momento en que Henry Kissinger era consejero nacional y secretario de Estado del presidente Nixon. El habitual sentido de la mesura demostrado por Assange se ha expresado también en la presentación de esta filtración, a la que ha denominado los Cables de Kissinger: "El mayor corpus de materiales de contenido geopolítico jamás publicado". Recordemos el tuit que anunció la filtración de los 250.000 documentos del departamento de Estado o Cablegate en noviembre de 2010: "los próximos meses verán un nuevo mundo, en el que la historia global quedará redefinida".
Wikileaks está perdiendo la carrera, pero no la reputación: ahora todo son filtraciones
Ahora la cantidad es mayor, siete veces más en cuanto a número de documentos, pero basta registrar algunos de los titulares de prensa que ha generado para darse cuenta de que está lejos de las filtraciones que lanzaron a Wikileaks a la fama. Los dos que ha publicado EL PAÍS son los siguientes: "Wikileaks revela el lado más turbio de la presidencia de Echeverría en México" y "Wikileaks crea un buscador para los documentos de la era Kissinger. Entre el millón de registros se encuentran las relaciones del secretario de Estado con Franco y la Familia Real española". Aunque otros periódicos han presentado al rey de España como un informador al servicio de Washington al dar cuenta de esta última noticia, los documentos tienen interés casi estrictamente para historiadores. El material publicado ya no está cubierto por el secreto, pues pertenece a la Public Library of US Diplomacy, y Wikileaks se ha limitado a crear un buscador que da acceso ordenado al archivo. Es un buen servicio a la transparencia, pero en este caso Wikileaks no emula al periodismo ni hace filtración alguna, sino que copia a Google.
Además, esta vez Assange no ha tenido suerte, porque pocos días antes se vio desbordado por otra filtración mayor en volumen, profesionalidad y relevancia internacional, esta sí mezcla de periodismo y de filtración, que afecta además a uno de los resortes más secretos e inquietantes del sistema financiero mundial como son los paraísos fiscales. Se trata de la publicación de 130.000 cuentas secretas, seleccionadas de un total de 2,5 millones, que mantenían ocultas clientes y entidades financieras de 170 países, entre las que aparecen BNP Paribas, Crédit Agricole y Deustche Bank.
La organización que ha realizado la filtración es el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, que dirige el periodista Gerard Ryle, australiano como Assange, y ha contado durante 15 meses con el trabajo de 86 periodistas de 46 países. La lista de evasores no tiene desperdicio, y en ella hay nombres perfectamente previsibles, como el del multimillonario Gunther Sachs o de la baronesa Thyssen, y otros que han desencadenado un terremoto político, como el de Jean-Jacques Augier, amigo del presidente francés François Hollande, tesorero de su campaña electoral y uno de los 130 evasores franceses detectados justo cuando acaba de dimitir el ministro de Hacienda, Jerôme Cahuzac, cazado con una cuenta opaca en Suiza de 600.000 euros.
Offshore leaks es el nombre con que se conoce esta última filtración. Wikileaks está perdiendo la carrera, pero no la reputación. Para denominar el Cablegate, Assange se inspiró en el remoto Watergate de 1973, cuando los periodistas del Washington Post descubrieron el espionaje de Nixon a la sede del Partido Demócrata en el edificio así denominado y terminaron obteniendo las grabaciones que lo avalaban. Todo debía llevar la palabra gate cuando se trataba de celebrar la denuncia ejercida desde la prensa. Ahora, en cambio, todo son filtraciones, leaks, incluso las que no lo son, en homenaje a las inevitables grietas tecnológicas por las que se escapan las informaciones secretas de los Estados y de las entidades financieras.