Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

31 mar. 2019

Zaz, la niña rebelde de la ‘chanson’

La cantante Zaz, cuyo verdadero nombre es Isabelle Geffroy, en París.
La cantante Zaz, cuyo verdadero nombre es Isabelle Geffroy, en París.
EN SU NUEVO sencillo, ‘Qué vendrá’, canta un estribillo en castellano.
 Zaz aprendió a chapurrearlo durante los veranos que pasó cerca de Tortosa, en el delta del Ebro, a la sombra de la huerta de una amiga de su madre donde una vieja alberca de hormigón hacía las veces de piscina.
 Además, la cantante está convencida de haber sido “una prostituta española, con el pelo muy negro, en una vida anterior”.
 Por esos motivos, tiene en un pedestal a España, uno de los países donde su música funciona mejor.
 “Cantar en castellano es una manera de agradecerlo”, dirá al comienzo de un distendido encuentro en París, tan poco formal que cuesta definirlo como entrevista. 
La cita tiene lugar en un peculiar espacio: la sala de un hotel de diseño situado en los gentrificados barrios del este de la capital francesa, que las empresas suelen alquilar para organizar sesiones de team building
Allí, esta cantante de 38 años y con aspecto de mochilera parece pintar lo mismo que un pulpo en un garaje.
“Intento seguir siendo una niña porque cuando dejas de serlo te mueres. 
Pero he encontrado una serenidad. Me encuentro más en paz conmigo misma que en otras épocas.
 Antes estaba muy enfadada.
 Ahora no es un sentimiento que privilegie.
 Me gustaría que mi vida fuese un bonito guion”, dice Zaz, nacida con el nombre de Isabelle Geffroy, aunque dice que hoy solo la llaman así al presentarla en las entrevistas.
 
Zaz, en un hotel de París.
Zaz, en un hotel de París.
La primera vez que se escucha, parece la crónica inconfesa de una crisis personal. 
Se adivina una ruptura. Sus temas están escritos en un intento de reafirmar su identidad frente a alguien que la ha puesto en duda, ante un mundo que la desdeña.
 En los títulos abunda la primera persona del singular: “Hablo fuerte”. “Las críticas me resbalan”. “He llegado aquí y estoy orgullosa”. Pese a mostrarse pudorosa, Zaz no lo negará.
 “Ese es mi estado permanente: siempre estoy en crisis”, bromea. “Este es un disco que responde a una voluntad de conocerme mejor y de liberarme de todo aquello que no me representa.
 Mi objetivo es encontrar mi propio camino y no ser prisionera de las creencias de los demás, de lo que he heredado por vía familiar o por presión social”.
 El disco también es un compendio de sensaciones experimentadas durante los ocho años que ha pasado en la carretera, dando varias vueltas al mundo para acercar su música a todos los rincones. 
Eso se traduce en un popurrí de estilos, que van de Cuba a Laponia, de la fanfarria desbocada al cántico intimista sentada al piano.
 Cuando estudiaba música, dejó todas las puertas abiertas. “Hice blues, jazz vocal, música afrocubana, coros de góspel… 
En mi casa escuchaba a Aznavour y a David Bowie, a Jacques Brel, pero también a A-ha
Pero las voces que más me emocionaban eran las que cantaban a la fe, como Whitney Houston”, recuerda. Hay cantantes eclécticos, y luego está Zaz.

Zaz, en un concierto en Colonia en 2013.
Zaz, en un concierto en Colonia en 2013.
El éxito la pilló por sorpresa. Casi nadie apostó por el debut de una desconocida sin experiencia, más allá de haber cantado en los pasillos del metro parisiense —“un episodio ingrato”, recuerda— y en los rincones más turísticos de Montmartre, como la Place du Tertre, a donde los extranjeros acuden buscando las esencias de una ciudad que ha dejado de existir (y puede que no haya existido nunca). 
“Es un lugar muy cerrado, pero los pintores que hay me hicieron un hueco. 
Y hasta me dieron dinero para producir mi primer álbum.
La cantante, en 2015 con el fallecido Charles Aznavour.
La cantante, en 2015 con el fallecido Charles Aznavour. EFE
Se dio cuenta de que su vida iba a cambiar al volver de un viaje por España con su novio de aquella época.
 Pararon en una gasolinera por cuyos altavoces sonaba el contagioso estribillo de ‘Je veux’: “Quiero amor, alegría, buen humor. / No es vuestro dinero lo que me dará la felicidad. / Lo que quiero es morir con la mano en el corazón”. 
Convertida en millonaria por las ventas, las giras y los royalties, ¿ha cambiado Zaz de opinión sobre el asunto desde que escribió esos versos? 
Tal vez algo molesta, la cantante contesta con un “no” lapidario.
 “Creo que se entendió mal esa letra. Lo que yo rechazaba era el lujo”, reflexiona Zaz. 
“Pero el dinero es importante porque te permite hacer cosas”. Entre ellas, cita su apoyo financiero al movimiento Colibri, liderado por el pensador Pierre Rabhi, que cuenta con miles de seguidores en Francia por su mensaje ecologista, antiliberal y antiglobalización.
 Y también la fundación creada por ella, Zazimut, a través de la que organiza un festival de música cada verano en la región francesa de la Ardèche, donde también cita a asociaciones que trabajan por causas en las que cree. “Pierdo 130.000 euros cada año. 
Podría comprarme muchas cosas con ese dinero, pero prefiero crear conexiones entre la gente”, afirma. Zaz quiere organizar un encuentro parecido en Rusia y montar un festival itinerante en el continente africano, un proyecto largamente acariciado. 

Entre sus fans hay personajes tan célebres como Martin Scorsese, que le pidió una canción para su pelícu­la Hugo, al considerar que su voz lograba transportar automáticamente a los años treinta.
 Plácido Domingo accedió a interpretar un dúo con ella, igual que Pablo Alborán —firmaron una versión de Entre sus fans hay personajes tan célebres como Martin Scorsese, que le pidió una canción para su pelícu­la Hugo, al considerar que su voz lograba transportar automáticamente a los años treinta. Plácido Domingo accedió a interpretar un dúo con ella, igual que Pablo Alborán —firmaron una versión de Sous le ciel de Paris, una de esas viejas canciones que popularizaron Piaf, Juliette Gréco e Yves Montand— y que el cantante de Rammstein, Till Lindemann, con quien ha colaborado recientemente. Y Paul Krugman, conocido por sus columnas de referencia en The New York Times, le declaró su admiración en su blog., una de esas viejas canciones que popularizaron Piaf, Juliette Gréco e Yves Montand— y que el cantante de Rammstein, Till Lindemann, con quien ha colaborado recientemente. 
Y Paul Krugman, conocido por sus columnas de referencia en The New York Times, le declaró su admiración en su blog.
Para explicar su éxito, Zaz dice que solo ha intentado cumplir sus visiones en realidad. 
Una vez se le apareció Quincy Jones en sueños. Decidió pedir al mítico músico que le produjera un tema. “Mi propio equipo puso los ojos en blanco y me trató de ilusa”, recuerda.
 Para sorpresa de todos, respondió que sí. Su nuevo empeño es que le haga caso Dr. Dre, el productor de hip-hop que convirtió en reyes del género a Tupac Shakur y Kendrick Lamar.
 Y luego hay otra fantasía en la que se ve convertida en madre. Ese será el próximo capítulo de su vida. “También me planteo adoptar. Sé que puede ser un proceso largo y complicado, pero soy muy cabezota”, asegura. 
Lo dicen sus últimos versos: “Si me pierdo, es que ya me he encontrado. / Y sé que debo continuar”.

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